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No era amor - Capítulo 4

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4: CAPÍTULO 4 4: CAPÍTULO 4 Stirling Academy tiene reglas para absolutamente todo: la hora exacta de apagar las luces, los centímetros permitidos en el largo de las faldas y, sobre todo, ese silencio sepulcral en los pasillos que me hace querer gritar solo para ver si las paredes se rompen.

Odiaba las tres cosas.

Mis calificaciones eran un desastre absoluto, pero no porque me faltara cerebro; era capaz de recitar teorías sociológicas enteras mientras dormía.

Simplemente me negaba a entregar trabajos que me parecían absurdos, diseñados para robots sin alma.

—¿Segura de esto?

—susurró Chloe.

Sus gafas reflejaban la luz de la luna mientras nos agachábamos cerca del muro bajo del gimnasio.

Ella era el pragmatismo cínico en persona: ya tenía el contacto de un taxista que no hacía preguntas y un plan de escape que ni la CIA superaría.

—Si nos atrapan, nos expulsan —añadió, ajustándose la mochila.

—Si nos quedamos, morimos de aburrimiento —repliqué, saltando el muro con una agilidad que me sorprendió a mí misma—.

Prefiero la expulsión a la lobotomía por protocolo.

Maya saltó detrás de mí, soltando una risita amortiguada por su mano.

La adrenalina era mejor que cualquier café que Ángel me hubiera traído.

Llegamos a un bar en el centro de la ciudad, un antro de mala muerte con luces de neón parpadeantes, música distorsionada que hacía vibrar el suelo y ese olor a libertad barata —una mezcla de cerveza derramada y humo— que era exactamente lo que necesitaba para silenciar las voces en mi cabeza.

Esas voces que me recordaban, a cada segundo, que no encajaba en mi propia vida.

Estaba en la barra, pidiendo la tercera ronda de tragos para las tres, cuando sentí una presión en el hombro.

Por un microsegundo, mi corazón dio un vuelco estúpido.

Pensé en el niño de mi recuerdo, imaginando que de alguna forma mágica aparecería allí.

Pero al girarme, me encontré con la mirada de Ángel.

Sus ojos miel estaban cargados de una mezcla de terror y decepción que me revolvió el estómago.

—¿Qué haces aquí, Livie?

—tuvo que gritar para que lo oyera sobre el bajo retumbante.

Se veía completamente fuera de lugar con su suéter impecable y su aire de pulcritud.

Era como ver un ángel real en el foso del infierno.

—Es peligroso —continuó, acercándose demasiado—.

Tienes que volver conmigo ahora mismo, antes de que se den cuenta de que no estás en tu cama.

Sentí un calor súbito subirme por el cuello, y no era por el alcohol.

Era pura y auténtica rabia.

—¿Me has estado siguiendo, Ángel?

¿En serio?

—dejé el vaso en la barra con un golpe seco.

—Te vi salir.

Me preocupé por ti —respondió él, tratando de sonar razonable—.

No puedes seguir así, Livie.

Tus notas están por el suelo, tu conducta es un desastre…

¡Estás arruinando tu futuro por una noche en un antro!

Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras narices casi se rozaron.

Mis ojos debían de estar echando chispas.

—¡Mi futuro no es asunto tuyo!

—le grité—.

¿Quién te crees que eres?

No somos novios, no somos familia…

ni siquiera estoy segura de que seamos amigos.

¿Por qué te metes en mi vida?

—¡Porque me importas!

—exclamó él, desesperado, intentando tomarme de la mano.

Solté una carcajada amarga que me raspó la garganta.

—Ese es tu problema, Ángel.

Buscas a una damisela en apuros para sentirte el héroe de la historia.

Pero adivina qué: yo no busco un salvador, y mucho menos te estoy esperando a ti.

Vete a casa a estudiar, “chico de oro”.

Déjame hundirme en paz.

El rostro de Ángel se descompuso.

Fue como si le hubiera dado una bofetada física.

Se quedó en silencio, procesando el veneno de mis palabras mientras la música seguía tronando a nuestro alrededor.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió del bar, perdiéndose entre la multitud.

Pasaron tres días.

Tres días de una “paz” que se sentía más como una guerra fría.

La ausencia de Ángel en los pasillos era un ruido ensordecedor.

Ya no había cafés, ni notas, ni miradas en clase de historia.

Maya y Chloe intentaban animarme, pero yo me sentía como la villana de una película que ni siquiera quería protagonizar.

Me sentía…

vacía.

Al cuarto día, lo encontré.

Estaba sentado en el banco de piedra frente a mi dormitorio, el mismo lugar donde siempre solía esperarme.

No traía nada en las manos.

Solo una expresión cansada y los hombros un poco caídos.

Me acerqué, con la guardia en alto, preparada para otra discusión.

Pero él habló primero.

—Tienes razón —dijo, mirándome a los ojos—.

Me equivoqué.

Me detuve en seco.

Había ensayado mil insultos nuevos en mi cabeza, pero no estaba preparada para una disculpa.

—Me proyecté en ti —continuó con una honestidad que me hizo sentir diminuta—.

Intenté que hicieras lo que yo creía que era correcto porque me aterra la idea de que te pase algo.

Pero tú no eres un proyecto que yo tenga que arreglar.

Eres tú.

Y si quieres quemar el mundo, supongo que es tu derecho.

Perdóname por intentar controlarte.

Me quedé desarmada.

Su madurez me golpeó mucho más fuerte que su insistencia.

En ese momento, la rabia que sentía en el bar se transformó en una culpa pesada, asfixiante.

Me sentí como un monstruo por haberle gritado a alguien que, al final del día, solo quería cuidarme.

—Está bien…

—murmuré, bajando la vista—.

Gracias por entenderlo.

Él sonrió suavemente, esa sonrisa de “chico bueno” que volvía a ser segura, pero esta vez se sentía diferente.

—¿Amigos de nuevo?

Asentí en silencio.

Él se levantó y me dio una palmadita afectuosa en el hombro antes de irse.

Mientras lo veía alejarse, algo en mi interior me advirtió que esto era mucho más peligroso que sus persecuciones.

Ángel acababa de ganar la batalla más importante.

Al ser el “bueno”, al perdonarme mis faltas, acababa de ponerme una cadena invisible que me ataría mucho más fuerte que cualquier regla de la Stirling Academy.

Acababa de entregarle las llaves de mi conciencia, y ni siquiera me di cuenta.

La semana de paz llegó a su fin, pero no con fuegos artificiales ni con Ángel volviendo a su papel de sombra pegajosa.

Al contrario, lo que siguió fue mucho más inquietante: la amabilidad estratégica.

Ángel ya no me esperaba en la puerta, pero cuando nos cruzábamos en el comedor, me dedicaba una inclinación de cabeza y una sonrisa tranquila, como si compartiéramos un secreto que solo él era lo suficientemente maduro para manejar.

Esa actitud me estaba volviendo loca.

Me hacía sentir que yo era la niña caprichosa y él el adulto paciente.

—Es un genio —sentenció Chloe una tarde mientras caminábamos hacia la biblioteca—.

Te dio lo que querías para que te dieras cuenta de que, en realidad, te aburre no tenerlo encima.

—No me aburre —mentí, aunque el silencio en mi teléfono ese sábado por la noche se sentía extrañamente pesado—.

Es solo que…

es raro que no intente detenerme.

—Bueno, prepárate, porque esta noche no habrá silencio —intervino Maya, dando un saltito—.

He oído que hay una fiesta en los muelles.

Música tecno, hogueras y nada de uniformes.

¿Nos escapamos?

La escapada fue más fácil que la anterior.

Ya conocíamos los puntos ciegos de las cámaras y el guardia del turno de noche era lo suficientemente mayor como para no notar tres sombras cruzando el jardín.

El ambiente en los muelles era eléctrico.

El olor a salitre se mezclaba con el humo de las fogatas y el ritmo machacón de la música.

Por primera vez en días, sentí que la presión en mi pecho desaparecía.

Me senté en un tronco caído con una cerveza en la mano, observando cómo Maya bailaba de forma frenética bajo las luces de colores que alguien había colgado de las grúas.

—Pensé que preferías el bar de la otra vez.

Este tiene mejores vistas, ¿no?

Casi escupo el trago.

Ángel estaba allí, sentado a unos metros de mí sobre una roca, vistiendo unos vaqueros oscuros y una sudadera gris.

No se veía como el “Chico de Oro” de la Stirling; se veía…

normal.

Incluso un poco peligroso bajo la luz de las llamas.

—¿Me estás siguiendo otra vez?

—le espeté, aunque esta vez no sentí rabia, sino una curiosidad punzante.

—Para nada —respondió, levantando las manos en señal de paz.

Tenía una lata de refresco en la mano—.

Maya le dijo a un amigo que vendrían.

Solo quería asegurarme de que, si las cosas se ponían feas, hubiera alguien aquí con un coche que no fuera un taxi robado.

Pero no te preocupes, Livie.

No voy a decirte qué hacer.

Se quedó ahí, simplemente acompañándome.

No me pidió que volviera, no me sermoneó sobre mis notas, ni siquiera me miró con decepción.

Y eso fue lo que me desarmó.

—¿Por qué haces esto, Ángel?

—pregunté después de un rato, dejando que el alcohol me soltara un poco la lengua—.

Tienes la vida perfecta.

Podrías estar con cualquier chica que sí quiera un “seguro de vida”.

¿Por qué perder el tiempo con alguien que solo quiere quemar el guion?

Él guardó silencio, mirando las chispas de la hoguera subir hacia el cielo negro.

—Porque todos en Stirling son de cristal, Livie.

Son brillantes, pero si los presionas un poco, se rompen en mil pedazos iguales.

Tú no.

Tú eres de piedra.

O de hierro.

Eres real.

Y prefiero pelearme con alguien real que aburrirme con alguien perfecto.

Me quedé sin palabras.

Fue la primera vez que sentí que Ángel veía algo más allá de su propio deseo de ser un héroe.

En ese momento, en medio del ruido y el frío, la imagen del niño del porche volvió a mi mente.

Aquel niño también se sentía real.

Y por un segundo, la calidez de Ángel se pareció peligrosamente a la protección que ese recuerdo me ofrecía.

—¿Quieres bailar?

—me preguntó, extendiendo la mano.

No era una orden, era una invitación.

—No hay música de baile aquí, Ángel.

Es solo ruido —dije, aunque mi mano ya se estaba moviendo hacia la suya.

—Entonces hagamos nuestro propio ruido.

Bailamos entre la multitud, pero no como en el baile de bienvenida.

Fue algo desordenado, lleno de empujones y risas, y por primera vez, no sentí que me estuviera asfixiando.

Al final de la noche, cuando el frío se volvió insoportable, fue él quien nos llevó a las tres de vuelta en su coche, en absoluto silencio, respetando mi cansancio.

Al dejarme en la puerta de mi habitación, no hubo beso en la mejilla, ni promesas.

—Mañana hay examen de literatura —dijo simplemente—.

Te he dejado mis apuntes en tu casillero.

Por si decides que quemar el mundo puede esperar a la tarde.

Entré en el cuarto sintiéndome derrotada.

Ángel no estaba usando la fuerza, estaba usando la complicidad.

Y era mucho más efectiva.

Al aceptar su ayuda, al aceptar su compañía en “mi mundo”, le estaba dando permiso para colonizarlo.

Me acosté pensando que era libre porque él ya no me prohibía nada.

No me di cuenta de que esa era la trampa más inteligente de todas: Ángel ya no necesitaba perseguirme, porque ahora era yo la que empezaba a buscarlo en cada rincón oscuro de mi rebeldía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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