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No era amor - Capítulo 6

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6: CAPÍTULO 6 6: CAPÍTULO 6 La transformación de Ángel no fue ruidosa.

No empezó a usar cuero ni a hacerse tatuajes de la noche a la mañana; fue algo mucho más inteligente.

Empezó a usar su estatus de “chico perfecto” para proteger mis imperfecciones.

Ya no era el muro que me detenía, era el puente que me facilitaba el desastre.

Todo empezó la noche del concierto clandestino.

Maya, Chloe y yo estábamos agazapadas tras un arbusto cerca del muro norte, planeando cómo llegar a un almacén en las afueras.

Pero el guardia nocturno de esa semana era el más estricto, un exmilitar que parecía tener visión térmica.

—No vamos a pasar —susurró Maya, con el labio temblando de frustración—.

Ese tipo no parpadea.

—De hecho —dijo una voz suave detrás de nosotras, haciendo que casi soltara un grito—, tiene un punto débil: el café de la máquina de la facultad de derecho y una debilidad obsesiva por las reglas de estacionamiento.

Me giré, con el corazón en la garganta.

Era Ángel.

Estaba allí, con su suéter de cachemira impecable, pero con una mirada divertida que nunca le había visto.

—¿Qué haces aquí, Ángel?

—siseé, indignada porque incluso mis escapes tenían su sombra proyectada.

—Ayudarlas.

Ya hablé con él —respondió con una calma insultante—.

Le dije que mi auto se quedó mal estacionado cerca de la salida principal y que necesitaba que fuera a revisarlo para evitar una multa.

Tenemos exactamente quince minutos antes de que regrese a su puesto.

Vámonos.

Me quedé congelada.

Él no nos estaba regañando.

No nos estaba amenazando con delatarnos.

Nos estaba escoltando hacia nuestra propia travesura.

En el almacén, el aire estaba saturado de humo, sudor y una música tan alta que hacía que mis pulmones vibraran.

Era un lugar sucio, ruidoso y peligroso; exactamente el tipo de lugar que yo necesitaba para sentirme real.

Esperaba que Ángel se sintiera incómodo.

Quería que se quejara del olor, que mirara su reloj, que dijera que “esto no era para él”.

Pero Ángel se quedó a mi lado.

Pidió cervezas para todos y empezó a hablar con la gente del lugar con una naturalidad que me dio escalofríos.

Se veía cómodo en mi infierno.

—¿No vas a decirme que esto es una pérdida de tiempo?

—le grité al oído para que pudiera escucharme sobre el estruendo de la batería.

Ángel se acercó a mi oreja.

Su aliento cálido rozó mi piel y, por primera vez, su cercanía no se sintió como una invasión, sino como un refugio extraño en medio del caos.

—Te dije que me equivoqué, Livie —me susurró—.

No quiero sacarte de aquí.

Quiero entender por qué te gusta tanto este lugar.

Si esto es lo que te hace sentir viva, entonces yo también quiero estar aquí.

Lo miré y sentí una grieta profunda en mi armadura.

Era la manipulación perfecta: Ángel se estaba convirtiendo en el caos que yo buscaba, pero en un caos seguro, uno que él mismo controlaba.

Al estar allí, le estaba robando el significado a mi rebeldía.

Ya no era una fugitiva; era una turista con guía privado.

Al regresar, cerca de las tres de la mañana, el silencio del campus era total.

Caminábamos hacia los dormitorios y yo, impulsada por la mezcla de adrenalina y el cansancio acumulado, me detuve frente a la fuente vieja.

—¿Por qué haces esto, Ángel?

—le solté, enfrentándolo—.

No te gusta este mundo.

Se nota en cómo miras el suelo para no ensuciarte los zapatos.

Te esfuerzas demasiado por encajar en mi desorden.

Él se detuvo y me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.

Se acercó un paso.

Solo uno, pero fue suficiente para que el mundo alrededor desapareciera.

—Mis zapatos se pueden lavar, Livie.

Mi vida antes de que tú llegaras era aburrida, llena de las expectativas de mis padres y de un futuro que ya estaba escrito en mármol.

Tú eres lo único real que me ha pasado en este lugar.

Se inclinó un poco, sus ojos miel brillando bajo la luz de la luna.

—No trato de ser el héroe de la historia, Livie…

trato de ser tu historia.

No supe qué responder.

Sus palabras se enredaron en mi pecho como hiedra.

Esa noche, al entrar en mi habitación y cerrar la puerta, no sentí la victoria del escape.

Sentí una crisis que me golpeó como una ola.

Me senté en el suelo, con la espalda contra la madera, y lloré.

Lloré en silencio para no despertar a Maya y Chloe.

No sabía por qué lo hacía.

Quizás porque me sentía acorralada por su bondad.

Quizás porque Ángel estaba borrando al niño de mi recuerdo con una eficiencia aterradora.

Intenté buscar el rostro de mi “amigo querido”, intenté recordar el juguete roto del porche, pero no pude.

Solo veía a Ángel.

Ángel en la biblioteca, Ángel en la galería, Ángel en el almacén.

Él ya no era solo un chico que me gustaba o me irritaba.

Se estaba convirtiendo en el aire que respiraba, y yo estaba empezando a olvidar cómo era respirar por mí misma.

Me estaba salvando tanto que me estaba matando.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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