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No era amor - Capítulo 7

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7: CAPÍTULO 8 7: CAPÍTULO 8 Para el resto del mundo, mi padre era un hombre de negocios respetable, un pilar de la sociedad con el traje siempre bien planchado y el discurso medido.

Para mí, mi padre era el olor a whisky barato mezclado con colonia cara, el sonido metálico de las llaves tintineando en la cerradura a las tres de la mañana y ese silencio sepulcral que inundaba la casa en cuanto él ponía un pie dentro; un silencio denso y eléctrico que solo precedía a la tormenta.

Sucedió un martes por la tarde en el área común de la universidad.

Un grupo de chicos estaba celebrando un partido, gritando y golpeando las mesas con un entusiasmo contagioso.

Era un ruido normal, vibrante, de universitarios siendo jóvenes, pero para mí, el sonido de un vaso rompiéndose accidentalmente contra el suelo fue como el disparo de un cañón.

Me quedé paralizada en mi sitio.

Mis oídos empezaron a pitar y, de repente, ya no estaba en la cafetería de Stirling; estaba en la cocina de mi casa a los diez años, con el cuerpo encogido, viendo a mi madre limpiar frenéticamente los restos de una botella rota mientras mi padre le gritaba palabras que ninguna niña debería conocer jamás.

—Livie, ¿estás bien?

—la voz de Maya sonó lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.

No pude responder.

Mi respiración se volvió errática y, en un acto de puro instinto, me levanté bruscamente tirando mi silla y salí corriendo hacia el jardín trasero, necesitando aire, necesitando escapar de un pasado que me perseguía como una sombra hambrienta.

Ángel me encontró junto al estanque viejo.

Yo estaba hecha un ovillo, abrazada a mis rodillas y temblando de forma incontrolable.

Cuando sentí pasos sobre la hierba, me encogí instintivamente, esperando un reclamo o un insulto.

—Soy yo, Livie.

Solo soy yo —dijo Ángel con una suavidad extrema.

Se mantuvo a dos metros de distancia, respetando mi espacio.

—Vete, Ángel.

No quiero que me veas así —sollocé, ocultando mi rostro.

—No me voy a ir.

Pero tampoco me voy a acercar si no quieres.

Solo respira conmigo, ¿vale?

Inhala…

exhala.

Pasaron diez minutos así.

Él no trató de “arreglarme”; simplemente se quedó ahí, siendo una presencia constante.

Cuando los temblores cesaron, empecé a hablar con una voz rota que me dolía incluso a mí.

—Mi padre no es solo estricto, Ángel.

Es un monstruo —confesé, mirando al agua—.

Lo he visto todo.

Las botellas, las sustancias…

he visto cómo mi madre se deshace para complacerlo mientras él la anula.

He sentido sus manos en mis hombros, no para abrazarme, sino para sacudirme y decirme que no valgo nada.

Que soy una decepción.

Toda mi vida pensé que los hombres eran eso: depredadores, borrachos, sombras que te quitan el aire.

Por eso soy así.

Por eso alejo a todo el mundo.

Ángel se acercó lentamente y, esta vez, no me encogí.

Se sentó a mi lado y me apartó un mechón de pelo de la cara.

—Livie, mírame —le pidió—.

Yo no soy él.

Y nunca, mientras yo respire, permitiré que vuelvas a sentir ese miedo.

Sé que las palabras no borran las cicatrices, pero deja que mis acciones lo hagan.

No todos los hombres destruyen, algunos queremos construir.

Déjame construir algo contigo que no se rompa.

Ese día, Ángel no solo ganó mi confianza; ganó mi alma.

Ya no había juegos de poder entre nosotros.

Incluso días después, cuando me vio colapsada por un proyecto de diseño, apareció para cerrar mi computadora con suavidad.

—No vas a trabajar más por hoy —me dijo—.

Tu padre no está aquí.

Yo estoy aquí.

Y para mí, este proyecto ya es perfecto porque lo hiciste tú.

Me dejé caer en su hombro, sintiendo que alguien me permitía, por fin, simplemente parar.

Maya y Chloe nos miraban desde la otra mesa.

—Si ella no se hace su novia oficial esta semana, voy a presentarle a mi prima —susurró Maya—.

Ángel es, literalmente, un santo.

Mira cómo la mira.

—Livie necesita orden, y él es el único que sabe dárselo sin romperla —asintió Chloe—.

Realmente se sacó la lotería con él.

Todo culminó el viernes en la azotea del edificio de artes.

Ángel tomó mis manos, sintiendo el frío de mis dedos, y me miró a los ojos.

—Livie, sé que hemos pasado por mucho estas semanas.

Y sé que te he dicho que quiero ser tu refugio.

No quiero que haya dudas entre nosotros.

Me gustas, Livie.

Me gustas de una forma que no puedo explicar.

¿Quieres ser mi novia?

Sentí un vuelco en el corazón.

Quería decir que sí, pero mis miedos fueron más fuertes.

—Ángel…

eres la persona más increíble que he conocido.

De verdad.

Y me encantaría decirte que sí ahora mismo, pero…

no sería justo para ti.

Tengo tantas cosas en la cabeza.

Mi padre, la presión…

apenas estoy aprendiendo a respirar por mí misma.

No quiero arruinar lo que tenemos por ir rápido.

Necesito tiempo para estar bien conmigo antes de ser la novia que te mereces.

Hubo un silencio de respeto.

Él soltó una risa suave y me acarició la mano.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Livie?

Tu honestidad.

Otra chica habría dicho que sí solo por la emoción, pero tú te preocupas por nosotros.

Te esperaré.

El tiempo que sea necesario.

No tengo prisa, Livie.

Mi meta no es solo tener un título de “novio”, mi meta es estar en tu vida.

Si hoy somos mejores amigos que se cuidan, para mí es suficiente.

Se acercó y me dio un beso tierno en la frente.

Al final de la noche, cuando me dejó en mi dormitorio con un abrazo cálido, les sonreí a mis amigas.

—No somos novios —les dije—, pero somos algo mucho más real.

Por fuera todo era calma, pero Ángel estaba ganando la guerra sin disparar una sola bala, simplemente sabiendo esperar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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