No era amor - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: CAPÍTULO 7 8: CAPÍTULO 7 La relación con mis padres siempre había sido una cuerda tensa a punto de romperse, y cada vez que hablaba con ellos, sentía que alguien daba un tirón más.
Para mi padre, la Stirling Academy no era una escuela prestigiosa; era un reformatorio de lujo diseñado para “corregir” el carácter defectuoso de su hija.
Sucedió un martes por la tarde.
Estaba en el patio trasero de la academia, intentando que el aire fresco me despejara la cabeza, cuando mi teléfono vibró.
Al ver el nombre en la pantalla, el estómago se me encogió.
—¿Cómo van las notas de economía, Olivia?
—La voz de mi padre entró como un bloque de hielo por el auricular.
No hubo un “hola”, ni un “¿cómo estás?”.
Solo la auditoría de siempre.
—Siguen igual, papá.
Hago lo que puedo —respondí, apretando el borde de mi falda gris.
—Lo que puedes no es suficiente.
Tu madre me dice que has estado saliendo de noche.
Si recibo una sola queja más de la dirección, te sacaré de allí y te olvidarás de la universidad.
Te quedarás aquí, bajo mi supervisión, hasta que aprendas lo que es la disciplina.
Me quedé helada.
Sabía que mi madre estaba escuchando por el altavoz, siempre en segundo plano, siempre invisible.
—Mamá, por favor…
—supliqué, esperando un rastro de defensa.
—Haz caso a tu padre, cariño —respondió ella con esa voz suave, casi imperceptible, que me dolía más que los gritos—.
Él sabe lo que es mejor para nuestro futuro.
Colgué.
Las manos me temblaban de pura impotencia.
Me sentía pequeña, asfixiada por esa lealtad ciega de mi madre hacia el hombre que las gobernaba a ambas.
Ella no existía fuera de sus órdenes, y mi mayor terror era que ese fuera también mi destino: ser la sombra de alguien más.
Ángel me encontró minutos después.
Me había escondido en un rincón oscuro de la biblioteca, entre estanterías llenas de libros de leyes que parecían juzgarme.
Tenía las lágrimas secas en las mejillas, pero el temblor de mis manos me delataba.
Él no me preguntó si estaba bien.
Simplemente se sentó en el suelo de madera junto a mí y me ofreció una botella de agua.
Su silencio fue lo que me rompió.
—Mi padre es un tirano —solté de golpe, sin poder contener el veneno—.
Y mi madre…
ella me ama, lo sé, pero lo ama más a él.
Me aterra terminar así, Ángel.
Me aterra convertirme en una nada que solo dice “sí, señor”.
Ángel me escuchó en silencio.
No me interrumpió con consejos baratos ni frases motivacionales de esas que te dicen que “todo mejorará”.
Dejó que vomitara todo el dolor acumulado por años: las cenas en silencio sepulcral, las críticas constantes por mi forma de vestir, la insoportable sensación de ser un “proyecto fallido” para mi propia sangre.
Cuando terminé de hablar, Ángel tomó mi mano.
Sus dedos eran cálidos y estables, un ancla en medio de mi tormenta.
—Escúchame bien, Livie —dijo, obligándome a mirarlo—.
Tú no eres tu madre.
Y tu padre no tiene poder aquí.
Él puede controlar tu cuenta bancaria o tu matrícula, pero no puede controlar quién eres cuando estás conmigo.
—Él quiere que sea perfecta, Ángel.
Como tú —murmuré con una amargura que me quemaba la garganta.
—No —él negó con la cabeza, acercándose un poco más—.
Él quiere que seas sumisa.
Yo quiero que seas libre.
A mí no me importa si tus notas bajan o si te escapas cada noche, siempre y cuando estés a salvo.
Si el mundo entero te juzga por ser “un caos”, entonces yo seré el único que se quede en el centro de ese caos contigo.
No tienes que fingir conmigo, Livie.
Nunca.
En ese momento, sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.
El muro que había construido para mantener a Ángel fuera de mi corazón se derrumbó por completo.
Él acababa de validar mi dolor más profundo, algo que nadie, ni siquiera Maya o Chloe, había logrado entender del todo.
Al ponerse de mi lado en contra de mi padre, Ángel se convirtió en el único aliado real que yo creía tener en este mundo asfixiante.
Ya no era solo el chico que me traía café o que me acompañaba a fiestas clandestinas; era el hombre que me entendía cuando nadie más lo hacía.
Lo miré y, por un segundo, la imagen del niño de los cinco años se desvaneció por completo.
¿Para qué buscar un fantasma borroso del pasado cuando tenía a alguien de carne y hueso dispuesto a pelear mis batallas del presente?
Me incliné hacia él, buscando su refugio.
Sin saberlo, acababa de aceptar la cadena más pesada de todas: la cadena de la gratitud.
Me sentía libre, pero en realidad, le estaba entregando a Ángel el control remoto de mi vida.
Porque ahora, ¿cómo podría decirle que no al único que me aceptaba tal como era?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com