No era amor - Capítulo 9
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9: CAPÍTULO 9 9: CAPÍTULO 9 Tras la confesión sobre mi padre, la atmósfera entre Ángel y yo cambió por completo.
El sarcasmo defensivo que yo usaba como escudo empezó a oxidarse hasta caerse a pedazos.
Él se había convertido en mi lugar seguro, el único rincón del mundo donde no me sentía juzgada por ser “el error de la familia” o un proyecto que necesitaba reparación.
Ángel no solo me escuchaba; él tomaba el control cuando yo ya no podía más.
Esa semana, tuve un bloqueo total con un proyecto de diseño.
Mi padre me enviaba correos diarios recordándome que “la excelencia no era opcional”.
Estaba al borde del colapso, encerrada en la biblioteca con los ojos rojos y el pulso acelerado.
De pronto, una mano cerró suavemente mi computadora.
—No vas a trabajar más por hoy —dijo Ángel.
No venía a darme una charla motivacional.
Traía una manta, sus propios auriculares con mi música favorita y una bolsa de comida casera que su madre le había enviado.
—Tu padre no está aquí, Livie.
Yo estoy aquí.
Y para mí, este proyecto ya es perfecto simplemente porque lo hiciste tú.
Me dejé caer en su hombro, agotada.
Por primera vez en años, alguien me daba permiso para, simplemente, parar.
Desde la mesa de al lado, sentía las miradas de Maya y Chloe.
Eran como un jurado que ya había dictado sentencia.
—Si ella no se hace su novia oficial esta semana, voy a presentarle a mi prima —susurró Maya, lo suficientemente alto para que yo la oyera—.
Ángel es, literalmente, un santo.
Mira cómo la mira; parece que ella fuera el centro del universo.
Chloe, que siempre era la más escéptica, asintió con una seriedad inusual.
—Livie necesita orden, y él es el único que sabe dárselo sin romperla.
Realmente se sacó la lotería con él.
Es casi injusto.
Incluso dentro de mí, la duda empezaba a disiparse.
Ángel era el hombre que cualquier chica querría tener.
¿Por qué seguía yo buscando razones para huir?
Sucedió el viernes por la noche, en la azotea del edificio de artes.
No hubo carteles, ni una banda de música, ni nada pretencioso.
Solo nosotros dos bajo un cielo gris que amenazaba lluvia y el viento moviendo suavemente mi cabello.
El peso de mis problemas familiares se sentía a kilómetros de distancia.
Ángel me tomó de las manos, sintiendo el frío de mis dedos, y me miró con esa honestidad que me desarmaba.
—Livie, sé que hemos pasado por mucho estas semanas.
Y quiero ser tu refugio —hizo una pausa, buscando mis ojos—.
No quiero que haya dudas entre nosotros.
Me gustas, Livie.
De una forma que no puedo explicar.
¿Quieres ser mi novia?
Sentí un vuelco en el corazón.
Una parte de mí quería gritar que sí, lanzarse a sus brazos y dejar que él manejara el barco de mi vida.
Pero otra parte, una marcada por los traumas de mi casa, me detuvo.
—Ángel…
—susurré, bajando la mirada—.
Eres la persona más increíble que he conocido.
De verdad.
Y me encantaría decirte que sí ahora mismo, pero…
no sería justo para ti.
Él no soltó mis manos.
Su expresión se volvió atenta, casi clínica.
—Tengo tantas cosas en la cabeza ahora mismo —continué con la voz quebrada—.
Mi padre, la presión…
esta sensación de que apenas estoy aprendiendo a respirar.
No quiero apresurarme y que, por mis miedos, terminemos rompiendo en dos meses.
Te quiero demasiado como para arruinar esto por ir rápido.
Necesito estar bien conmigo misma antes de ser la novia que te mereces.
Hubo un silencio.
Un silencio de respeto que me hizo querer llorar.
Ángel soltó una pequeña risa suave y acarició el dorso de mi mano con el pulgar.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Livie?
Tu honestidad.
Otra chica habría dicho que sí solo por la emoción, pero tú te preocupas por nosotros.
Se acercó y me dio un beso tierno en la frente.
Fue un gesto que valió más que cualquier beso en los labios.
—Te esperaré.
El tiempo que sea necesario.
No tengo prisa, Livie.
Mi meta no es solo un título; mi meta es estar en tu vida.
Si hoy somos mejores amigos que se cuidan, para mí es suficiente.
Esa respuesta terminó de demoler mis defensas.
Pasamos el resto de la noche compartiendo una manta y lo que él llamó “intercambio de secretos”.
Contamos anécdotas de la infancia; yo evité mencionar al niño del recuerdo, prefiriendo contar la vez que intenté escaparme a los siete años con una mochila llena de galletas.
Ángel me confesó lo agotador que era mantener la fachada de “hijo perfecto”.
Al final de la noche, cuando me dejó en la puerta con un abrazo cálido, entré sintiéndome más ligera que nunca.
Maya y Chloe me asaltaron con la mirada.
—No somos novios —les dije con una sonrisa—.
Pero somos algo mucho más real.
Por fuera, todo era calma.
Pero en el fondo de mi mente, el espacio que antes ocupaba la curiosidad por el chico de mi infancia se estaba llenando, centímetro a centímetro, con la perfección de Ángel.
Él estaba ganando la guerra sin haber disparado una sola bala.
Simplemente sabía esperar a que yo misma terminara de construir mi propia jaula de oro.
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