No toques a la novia - Capítulo 11
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11: CAPÍTULO 11: No sueñes con el novio 11: CAPÍTULO 11: No sueñes con el novio Cheryl
¿Amor?
Pff.
¿Por qué la llamó así?
Suspiré y me incorporé en la cama.
La luz de la lámpara de mi mesita de noche se encendió con un parpadeo y busqué mi bloc de dibujo y mi lápiz.
Mis dedos empezaron a trazar líneas, esta vez dibujando algo diferente, pero que seguía siendo inconfundiblemente él.
El recuerdo se repetía en mi cabeza: el señor Han dándome un golpecito en la barbilla después de recordar a los becarios que no causaran problemas.
Mis mejillas se sonrojaron al pensarlo.
Es el único hombre que me ha mostrado verdadera amabilidad.
«Está bien sentirse… diferente a su lado», me repetí, haciéndome eco de las palabras de mi terapeuta.
Aun así, por instinto, metí el bloc de dibujo debajo del edredón cuando sonó un golpe en la puerta.
—Ya voy —grité mientras me levantaba de la cama.
Cuando abrí la puerta, allí estaba él.
—Señor Han —dije en voz baja, haciéndome a un lado para dejarlo entrar.
—Hola —dijo con voz cálida pero suave—.
No bajaste a cenar.
Quería asegurarme de que estuvieras bien.
—Estoy bien.
Solo… que no tengo hambre —respondí, volviendo a mi cama y acurrucándome bajo las sábanas.
—Bueno, por si te da hambre más tarde —dijo, dejando un plato con un sándwich y una manzana.
Me guiñó un ojo al retroceder, y sentí un revoloteo en el estómago, igual que en esas novelas románticas de cliché.
—Gracias —murmuré.
Antes de irse, cogió mi teléfono y tecleó algo.
Al devolvérmelo, dijo: —Es mi número.
Llámame si necesitas cualquier cosa.
Me quedé mirando el teléfono mucho después de que se fuera, dudando antes de guardar el contacto.
Sonriendo para mis adentros, introduje el nombre: Oppa.
Justo cuando el sueño empezaba a vencerme, llamaron de nuevo a la puerta.
Atontada, me arrastré hasta ella.
—¿Señor Han?
—parpadeé, mirándolo confundida.
—Quiero quedarme contigo esta noche —dijo, entrando en la habitación.
—¿Y qué pasa con Brae…?
—Shhh —me interrumpió, presionando un dedo sobre mis labios.
Lo seguí hasta la cama, aún sin saber muy bien qué estaba pasando.
Nos tumbamos uno al lado del otro y me quedé mirando el techo, con el corazón latiéndome tan fuerte que me pregunté si podría oírlo.
¿Por qué quiere quedarse?
Me giré para mirarlo.
Tenía los ojos cerrados, el rostro sereno y a solo unos centímetros del mío.
—Cheryl —susurró, y sus ojos se abrieron con un parpadeo.
—Señor Han —musité.
Su mano se deslizó hasta mi cintura, atrayéndome hacia él.
Sentí un cosquilleo en los labios cuando los suyos rozaron los míos.
¿Va a besarme?
Cerré los ojos, conteniendo la respiración…
… y me desperté de golpe, empapada en sudor.
El corazón me retumbaba en el pecho mientras me incorporaba, frotándome la sien.
—¿Pero qué coño?
—mascullé.
Había sido un sueño… un sueño estúpido y ridículo.
Fui a trompicones al baño, dejando que el agua fría se llevara el calor del verano y los restos del sueño.
Después de ponerme unos pantalones de chándal y una camiseta, me dirigí al jardín donde se habían reunido los becarios.
Mi mente, sin embargo, se negaba a quitarse de encima el sueño.
¿Por qué estoy soñando con él ahora?
—¡Cheryl!
—Lili me saludó con la mano en cuanto aparecí.
—¡Chicos, tengo aquí a una matemática profesional!
Apostaría el patrimonio de mi padre por ella —anunció dramáticamente, arrastrándome hacia un grupo de becarios.
—¡No puede ganarle a Ahren!
—la desafió alguien.
Arqueé una ceja.
No sabía quién era Ahren, pero estaba segura de que podía ganarle.
—Solo tienes que responder a unas preguntas de matemáticas complejas sin calculadora.
¡Confío en ti!
—Lili me empujó a una silla.
Me sequé las palmas sudorosas en los pantalones.
No era miedo, solo nervios.
Los grupos grandes siempre me ponían inquieta.
—¿Lista?
—el que hacía las preguntas levantó una pila de tarjetas.
Asentí y le eché un vistazo a Ahren, que estaba recostado en su asiento con aire de confianza.
—783 × 654 —llegó la primera pregunta.
Golpeé el suelo rítmicamente con el pie, un tic nervioso que me ayudaba a concentrarme.
—512.082 —respondí en menos de tres segundos.
La multitud estalló en vítores y Ahren me miró, atónito.
—Raíz cuadrada de 65.827.
—256,57, aproximadamente —respondí en cuatro segundos.
Alguien lo comprobó con una calculadora y los vítores se hicieron más fuertes.
—5.675.325 + 9.532.100.
Sonreí.
La suma era mi punto fuerte.
—15.207.425 —respondí casi al instante.
Llegaron más preguntas y, cada vez, respondía más rápido que Ahren.
La multitud creció a medida que la gente empezaba a grabarme, y sus vítores eran más fuertes con cada respuesta correcta.
Por el rabillo del ojo, vi que el señor Han, Brae y Gavin estaban mirando.
El corazón se me aceleró.
Ya no podía soportar tanta atención.
Salí corriendo.
—¡Cheryl!
—Lili corrió tras de mí.
—¡¿Qué?!
—grité cuando por fin me alcanzó.
—¡Estuviste increíble!
¿Por qué te fuiste corriendo?
—preguntó, jadeando.
—No lo sé.
Es que… me sentí abrumada.
Ella sonrió y me pasó un brazo por los hombros.
—Vamos a tomar algo.
¡Me has dado sed solo de verte!
Lili y yo nos sentamos bajo la farola en el rincón tranquilo de la azotea, compartiendo unos aperitivos.
Yo mordisqueaba una tableta de chocolate, saboreando el ligero amargor bajo el dulzor.
—Hala, Cheryl, eres tendencia —anunció Lili, con los ojos pegados al teléfono—.
Todo el mundo piensa que eres un genio.
—Sonrió y le dio a «me gusta» a uno de los muchos vídeos que había en la red.
—A ver —dije, arrebatándole el teléfono.
El vídeo me mostraba golpeando el suelo nerviosamente con el pie mientras respondía a preguntas de matemáticas una tras otra.
Me dio repelús.
Vestida con mis pantalones de chándal informales y una camiseta ancha, parecía que acababa de salir de la cama.
—Salgo horrible en este vídeo —me quejé, devolviéndole el teléfono—.
Y odio estar en internet.
—¡Sonríe!
—exclamó Lili y, antes de que pudiera detenerla, se hizo un selfi con las dos.
—¿Por qué?
—pregunté, exasperada.
—Porque le voy a poner de pie de foto: «Yo y la genio».
—Se rio y me enseñó la publicación antes de darle a subir.
Suspiré y negué con la cabeza.
—Vale, ya basta de hablar de la «genio».
Me voy a la cama.
Buenas noches, Lili.
Nos vemos mañana para la insoportable caminata por la montaña.
—Buenas noches —dijo mientras me inclinaba y le daba un beso en la mejilla antes de volver a mi habitación.
Justo cuando llegué a mi puerta, alguien me tocó el hombro.
—Chris —lo saludé, girándome para ver su sonrisa familiar.
—Hola, genio —bromeó, guiñándome un ojo.
Puse los ojos en blanco.
—De verdad, ojalá la gente dejara de llamarme así.
Si supieran que preferiría ser conocida como la guapa señora Han.
—¿Me estabas buscando?
—pregunté mientras abría la puerta con la llave.
—Sí.
El señor Han quiere verte —dijo Chris con naturalidad.
Antes de que pudiera responder, cerró mi puerta y me agarró del brazo, tirando de mí.
—Espera, ¿ahora?
—protesté, intentando seguirle el ritmo.
—Sip.
Palabras suyas, no mías —dijo Chris, con un tono ligero pero insistente.
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