No toques a la novia - Capítulo 45
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45: CAPÍTULO 45: No te pongas celoso 45: CAPÍTULO 45: No te pongas celoso Miles
Miraba fijamente el teléfono, con la mandíbula tan apretada que pensé que se me romperían los dientes.
La llamada había terminado, pero el eco de su risa persistía en mis oídos, burlándose de mí.
No pretendía contestar.
Eso lo sabía.
Pero lo hizo, y yo había escuchado cada palabra.
«Creo que es hora de que veas mi habitación».
Apreté el vaso que tenía en la mano y el whisky se agitó, peligrosamente cerca del borde.
Me lo bebí de un solo trago seco, pero el ardor no hizo nada para calmar el dolor de mi pecho.
Me serví otro; mis movimientos eran espasmódicos, mi visión estaba teñida de rojo.
Se suponía que tenía que estar estudiando.
No… no dejando que un niñato la llevara en brazos como si fuera suya.
Estrellé el vaso contra el escritorio y una grieta lo recorrió en zigzag.
Pero no se hizo añicos.
Y yo tampoco.
La puerta chirrió y Gavin entró con aire despreocupado, pero su habitual sonrisa arrogante se desvaneció en cuanto me vio.
Contempló la escena: yo, encorvado sobre el escritorio, con la botella de whisky a medias y la mandíbula tan apretada que me dolía.
¿Por qué mi princesa me está haciendo esto?
—Vaya, esto es nuevo —dijo con aire socarrón, apoyado en el marco de la puerta—.
¿Alguien ha conseguido cabrear al gran Miles Han?
Espera, ¿qué digo?
A ti todo te cabrea.
¿Qué ha sido ahora?
No lo miré.
No pude.
Mis ojos seguían fijos en su nombre en la pantalla.
—Está saliendo con alguien.
—Mi voz sonó gélida.
Plana.
Gavin enarcó las cejas.
—¿Ella?
¿Te refieres a… Cheryl?
No contesté; me limité a servirme otra copa.
Ya había perdido la cuenta de cuántas llevaba.
—Espera… ¿No era eso lo que querías?
—preguntó Gavin, apartándose del marco de la puerta para acercarse—.
La mandaste a que conociera gente nueva, ¿no?
—Esa no es la cuestión —espeté, con la voz más áspera de lo que pretendía.
Esta vez, el whisky me supo amargo, arañándome la garganta—.
No esperaba que lo olvidara todo.
Que me olvidara a mí.
El rostro de Gavin se suavizó, una expresión poco común en él.
—Miles… No te ha olvidado.
—¿Ah, no?
—me mofé, y volví a estrellar el vaso contra la mesa.
La grieta se ensanchó, una fina línea que corría hacia el borde—.
No ha contestado a mis llamadas.
Ni una sola vez.
Y hoy… hoy ha descolgado por accidente.
—Se me hizo un nudo en la garganta—.
Le oí.
Le oí decir que la llevaba a su dormitorio.
Gavin soltó un silbido.
—Uf.
Me aferré al borde del escritorio, con los nudillos blancos.
—Es mía.
La mirada de Gavin se ensombreció y su cuerpo se tensó.
—Cuidado, Miles.
Estás entrando en terreno peligroso.
—No sería quien es hoy si no fuera por mí —mascullé, con cada palabra cargada de amargura—.
Yo la salvé.
La protegí.
Le di una vida que jamás habría tenido.
—Eso no significa que sea tuya —replicó Gavin con dureza—.
Hiciste todo eso porque te importaba.
No para que estuviera en deuda contigo el resto de su vida.
Aparté la mirada, sintiendo una opresión en el pecho.
—Nunca he dicho que tenga que estar en deuda conmigo.
Pero, como mínimo, debería respetarme lo suficiente como para no… para no largarse con un niñato que ni siquiera puede cuidar de ella.
—O a lo mejor solo quiere sentirse normal —dijo Gavin en voz baja—.
Sentirse joven y libre, como si no estuviera atada a tu mundo, a tus reglas.
Apreté la mandíbula; sus palabras me hirieron más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Yo no quería atraparla.
—Entonces, déjala marchar —dijo Gavin, clavando su mirada en la mía—.
Ya has hecho más que suficiente por ella.
Si al final te elige a ti, será porque de verdad quiere, no porque se sienta obligada.
Sentí que se me agotaban las fuerzas y se me hundieron los hombros.
—¿Y si no lo hace?
Gavin no titubeó.
—Entonces tendrás que encontrar la forma de vivir con ello.
Bajé la vista hacia el teléfono; su nombre seguía en la pantalla.
Mi pulgar se detuvo sobre su contacto, con un ansia irrefrenable de llamarla, de exigirle una explicación.
Pero no podía.
No después de lo que había oído.
No después de darme cuenta de que era feliz… sin mí.
Miré el vaso roto, la grieta que se extendía lentamente, igual que el dolor en mi pecho.
—No sé cómo dejarla marchar —admití, con una voz que era apenas un susurro.
—Eso es porque no quieres —dijo Gavin, suavizando la voz—.
Pero tendrás que hacerlo.
Por su bien.
Un suspiro silencioso rompió la tensión.
Alcé la vista y vi a Isaac apoyado en la ventana, con los brazos cruzados y el rostro pensativo.
Casi había olvidado que estaba allí, observando en silencio, escuchándolo todo.
Isaac se apartó de la ventana con expresión resuelta.
—Yo, en cambio, creo que deberías ir a por tu chica.
Gavin giró la cabeza bruscamente hacia él, con los ojos como platos.
—Isaac…
—No —lo atajó Isaac, con la mirada fija en mí—.
La has querido desde el principio.
Y le importas más de lo que crees.
Hiciste sacrificios por ella, Miles.
Le diste una vida.
Pero, en algún momento, te convenciste de que no la merecías.
Por eso la dejaste marchar.
Sentí que se me oprimía el pecho; sus palabras habían dado en el clavo.
Isaac se acercó más, con la mirada encendida.
—Pero la mereces.
Tú también mereces ser feliz.
Así que, si de verdad la quieres, no te quedes aquí sentado emborrachándote hasta quedar en estupor.
Ve y lucha por ella.
Demuéstrale por qué debe elegirte a ti.
La habitación se sumió en el silencio, con sus palabras flotando, pesadas, en el aire.
Miré a Gavin, cuyo rostro reflejaba un conflicto, dividido entre la razón y la esperanza.
Luego volví a mirar a Isaac, que permanecía firme, inquebrantable.
El corazón me latía con fuerza, dolorosamente, mientras mi mente se arremolinaba con imágenes de su risa, su sonrisa… en los brazos de él.
Me puse de pie de un salto, y la silla chirrió contra el suelo.
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza; la decisión era meridianamente clara.
No iba a dejarla marchar.
No sin luchar.
Yo era Miles Han.
Y Cheryl era mía.
La boca de Isaac se curvó en una sonrisa de complicidad.
—Así me gusta más.
Gavin suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Bueno… esto se va a poner interesante.
Cogí la chaqueta con movimientos rápidos y decididos.
—Voy a recuperarla.
No esperé su respuesta.
Salí por la puerta antes de que pudieran detenerme, con el corazón palpitando con un propósito renovado.
Se acabó lo de mirar desde la barrera.
Se acabó lo de fingir que no me importaba.
Esta vez, iba a luchar por ella.
Costara lo que costara.
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