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Noble Depravado: ¡Forzado a Vivir la Vida Libertina de un Noble Malvado! - Capítulo 562

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  3. Capítulo 562 - Capítulo 562: Necesito tu sangre
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Capítulo 562: Necesito tu sangre

—Ya veo —dijo Casio lentamente, asintiendo—. Así que eso es lo que te convenció.

Entonces, esbozó una leve sonrisa al pensar en algo.

—Pero dime algo, Carmela. ¿Y si solo estoy actuando? ¿Y si toda esa supuesta amabilidad que mostré a los demás fue solo una actuación? ¿Y si en el fondo soy un cabrón manipulador y simplemente estaba actuando delante de ti?

Carmela bufó de inmediato. —Eso es imposible.

Él se inclinó un poco hacia adelante, intrigado. —¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—Porque —dijo ella, con un tono monótono pero seguro—. Si estuvieras actuando para mí, tendrías que saber cuándo te estaba observando.

La sonrisa de Casio se hizo más amplia. —Oh, pero sí que lo sabía.

Carmela se quedó helada. —¿… Qué?

—Ayer —dijo con aire despreocupado, enumerando con los dedos—. Te escondías en la bodega. Antes de eso, hace dos días, en lo alto del melocotonero que hay fuera del patio. Y hace tres días, en la cima de la torre del reloj, observándome desde arriba mientras hablaba con los guardias.

Sus ojos se agrandaron ligeramente. —¿Lo sabías?

—Por supuesto que lo sabía —rio suavemente, echándose hacia atrás—. Eres buena, Carmela. Muy buena. Pero no es tan fácil pillarme por sorpresa.

Apretó la mandíbula, y un destello de irritación cruzó por sus ojos.

—Y también sabía —dijo, inclinándose hacia adelante con una sonrisa de complicidad— que ya estabas en este despacho antes de que yo entrara. Te escondes bien…, pero la próxima vez, a lo mejor deberías calmar un poco los latidos de tu corazón.

—¡Pum, pum, pum! Es como un tambor que anuncia: «¡Hay una vampira en tu habitación!».

Carmela lo fulminó con la mirada, con una ligera crispación en las mejillas, más por irritación que por ira.

A Carmela le temblaron los labios, con una irritación evidente. Había pasado años perfeccionando su sigilo, y ahí estaba él, diciéndole como si nada que la había pillado todas y cada una de las veces.

Aun así, no perdió la compostura.

—Incluso si eso es cierto —dijo con frialdad—. No cambia lo que he dicho. Sigo sin creer que invocaras a la Iglesia para matarme. No tiene ningún sentido.

Casio enarcó una ceja. —¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—Porque no solo te he estado observando a ti —dijo Carmela—. Sino también a tu gente. A tu familia. A tus sirvientes. A toda la gente de la que te rodeas.

Volvió a acercarse, con un tono calmado pero resuelto.

—Cada vez que te ven, se les ilumina la cara. Te miran igual que los niños a sus padres. Con calidez, con afecto, e incluso los desconocidos. En el momento en que le hablas a alguien, esa persona se relaja. Tu presencia atrae a la gente. Dejas huella en todos los que conoces.

Casio parpadeó, sorprendido por la intensidad con que hablaba.

—E incluso los que cotillean sobre ti —continuó—. Los que repiten los rumores… cambian de opinión en cuanto te conocen en persona. Es como si tu mera existencia contradijera la inmundicia que les han contado.

Casio se quedó sentado en silencio, desconcertado por la profundidad de su observación.

No se había dado cuenta de lo mucho que lo había estado observando, ni de hasta qué punto el pequeño gesto de ofrecerle sus ojos y su corazón había afectado la percepción que ella tenía de él.

Carmela exhaló lentamente.

—Y además… —añadió en voz baja—. No tienes ninguna razón para traerme a la Iglesia. Ya estoy débil. Podrías haberme matado tú mismo el día que nos conocimos si eso hubieras querido.

—Pero no lo hiciste. Por eso sé que esto no fue más que una desafortunada coincidencia.

Casio enarcó una ceja, impresionado. —Te lo has pensado bien.

—Siempre lo hago —replicó ella con simpleza.

Él sonrió levemente. —Entonces dime, si estabas tan segura, ¿por qué amenazarme con una daga? ¿Era realmente necesario?

Carmela entrecerró los ojos, cruzándose de brazos.

—Porque quería ver cómo reaccionarías. Si rogarías, lucharías o mentirías. Eso es todo.

—¿Y bien? —Casio ladeó la cabeza con curiosidad—. ¿Qué has sacado en claro?

Guardó silencio un momento antes de responder.

—No mucho —admitió—. Eres… complicado. Llevas demasiadas máscaras. Incluso la gente más cercana a ti probablemente no sabe quién eres en realidad.

Su mirada carmesí se ablandó, estudiándolo en silencio antes de decir:

—Pero tengo la sensación de que es como si no tuvieras que ser un noble, ni alguien en tu posición. Como si te hubieran cambiado por otra persona.

Casio se tensó, y una única gota de sudor le resbaló por el lado de la cara, mientras Carmela fruncía el ceño ligeramente, murmurando para sus adentros.

—O quizá… le has robado el alma a la persona que debía ocupar tu lugar. Da la sensación de que eres otra persona por completo.

Pero entonces, negó rápidamente con la cabeza. —Pero eso no tiene ningún sentido. Da igual.

Lo descartó con un leve suspiro y se dio la vuelta.

Pero Casio se quedó helado en su silla, forzando una sonrisa tranquila, aunque los latidos de su corazón se aceleraron ligeramente.

«Está demasiado cerca», pensó, tragando saliva. «Si sigue hablando así, lo descubrirá todo».

Por suerte para Casio, Carmela no insistió en su inquietantemente acertado comentario de que él no pertenecía a su propio cuerpo.

Simplemente suspiró y apartó la vista.

—Sea lo que sea —masculló—. No es asunto mío. Sé que no intentas apuñalarme por la espalda. Veo que esto ha sido solo… una coincidencia.

Pero entonces, volvió a clavar en él sus ojos, de nuevo afilados y recelosos.

—Sin embargo —dijo lentamente, entrecerrando los ojos—, todavía hay algo que quiero saber.

Casio ladeó la cabeza, fingiendo inocencia. —¿Y qué podría ser?

Se le ensombreció el rostro.

—¿Por qué… —preguntó con frialdad— no me hablaste antes de este asunto?

—Si de verdad querías protegerme, deberías haberme avisado de antemano.

Su voz se alzó ligeramente, más por confusión que por ira.

—Si hubiera sabido que la Iglesia venía, podría haberme ido a otro sitio. A un lugar más seguro.

Entonces, casi para sus adentros, añadió:

—Aunque… parte de mí habría preferido quedarse y acabar con esas hermanas de ser necesario —apretó la mandíbula, mascullando—. Pero no puedo. No en este estado.

Se llevó la mano al costado y un levísimo rastro de dolor cruzó su expresión. Al darse cuenta, él no pudo evitar preguntar:

—Aún no te has curado, ¿verdad?

Carmela ignoró la pregunta. En vez de eso, volvió a mirarlo fijamente.

—Así que dime, Casio… ¿por qué no dijiste nada? No me digas que simplemente se te olvidó.

Casio abrió la boca, pero ella continuó, con la voz cada vez más tensa.

—Tus doncellas sabían perfectamente lo que iba a pasar hoy. Y si ellas lo sabían, yo debería habérselo oído a alguna.

—Después de todo, les encanta cotillear y, gracias a escuchar sus conversaciones, me he enterado de todo sobre ti: cada ridículo hábito y escándalo.

—Así es como me he enterado de la mitad de lo que sé de esta mansión.

Casio gruñó en voz baja y masculló entre dientes: —Esas chicas tienen que dejar de hablar tanto.

Pero Carmela no había terminado.

—Y, sin embargo —dijo, cruzándose de brazos—, ni una sola de ellas mencionó a la Iglesia. Ni una vez. Cada vez que se acercaban al tema, decían que venía de visita un «noble distinguido». Un invitado de postín —frunció el ceño con severidad—. Como si alguien les hubiera dicho que no hablaran abiertamente de ello.

Su afilada mirada se clavó en él.

—Como si supieras que estaba merodeando y no quisieras que me enterara. Así que dime, Casio… ¿por qué? ¿Por qué ocultar algo tan importante? ¿Por qué mantenerme cerca de las mismas personas que podrían matarme?

En los labios de Casio se dibujó una sonrisa lenta y socarrona.

—Bueno —dijo en tono de broma—. En realidad, es sencillo. Eres como una linda mascotita que acabo de traer a casa, una con el pelaje suave y la costumbre de sisearle a todo el mundo.

A Carmela le tembló una ceja mientras él continuaba, con una sonrisa aún más amplia.

—E imagina comprar una adorable cachorrita, traerla a tu casa y que luego se escape en el momento en que oye que hay truenos fuera.

—¿No te entristecería?

—Por eso no te lo dije —se encogió de hombros—. No quería que mi adorable vampira mascota se escapara antes de acostumbrarse a su cama.

Se hizo un silencio largo y peligroso, y a Carmela le tembló un párpado mientras su mano se deslizaba de nuevo hacia su daga.

Al ver esto, Casio levantó ambas manos de inmediato y rio con nerviosismo.

—¡Era broma! ¡Era broma, no te lo tomes en serio!

Su mano se detuvo, pero su mirada podría haberlo incinerado en el acto.

Carraspeó y cambió rápidamente a un tono más sincero.

—Está bien, está bien, ahora en serio… —se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Quería ayudarte.

La expresión de ella vaciló ligeramente mientras él continuaba, con un tono cargado de convicción.

—Verás, las hermanas de las que tanto recelas tienen algo que podría ayudarte.

Carmela entrecerró los ojos al instante. —¿Ayudarme? —repitió con sarcasmo—. ¿Y qué se supone que podrían darme esas hipócritas para ayudarme, si se puede saber?

—A menos que planeen cortarse el cuello delante de mí, no hay nada que puedan hacer que me satisfaga.

—Lo entiendo. De verdad que sí —Casio sonrió levemente, comprendiendo su amargura—. Pero esta vez no se trata de ellas, se trata de algo o, más bien, de alguien a quien han traído consigo.

—Alguien que…

Pero justo cuando estaba a punto de terminar, sucedió algo inesperado.

Carmela se puso rígida como si la hubieran apuñalado por la espalda.

Sus pupilas se contrajeron hasta ser del tamaño de la cabeza de un alfiler.

Un agudo y dolorido gemido brotó de su garganta.

La expresión de Casio cambió al instante.

—¿Carmela?

Pero no respondió; su cuerpo se estremecía con violencia. Se agarró el pecho y sus colmillos se deslizaron hacia fuera mientras un siseo grave escapaba de sus labios.

El sudor perlaba su piel y su respiración salía entrecortada y desigual.

—¡Carmela! —Casio se levantó de su silla y corrió hacia ella justo cuando se tambaleó.

La sujetó antes de que pudiera desplomarse, agarrándole los hombros con firmeza.

—¿Qué ocurre? ¿Te han vuelto a dar problemas las heridas?

Su cuerpo temblaba sin control. Sus ojos carmesí brillaban con más intensidad, parpadeando descontroladamente como si luchara contra algo en su interior.

—Yo… no puedo… —logró decir con voz ahogada, ronca y tensa—. Intenté contenerlo… pero ya no puedo más…

Casio la miró, desconcertado. —¿Contener el qué? ¿De qué estás hablando?

Su respiración se volvió más pesada, más errática. Sus dedos arañaron débilmente su camisa mientras susurraba desesperada.

—N-no puedo contenerlo. Lo necesito. Lo quiero… tanto…

A Casio le martilleaba el corazón. —¿Querer el qué? ¡Dímelo! ¡Sea lo que sea, te lo conseguiré! —dijo a toda prisa—. Si se te han vuelto a abrir las heridas, puedo traer algunas pociones curativas de alta calidad…

Ella negó con la cabeza violentamente, mientras el pelo le azotaba la cara. —Eso no… pociones no.

—Entonces, ¿qué…?

Sus ojos se clavaron en los de él, brillando como dos luceros, su voz temblorosa pero feroz.

—Sangre —susurró—. Necesito sangre.

Casio se quedó helado. —¿Sangre?

—Tengo hambre —siseó, y su voz se quebró para dar paso a un tono feral, primario—. Tengo mucha hambre.

Le temblaban los labios y sus colmillos eran ahora completamente visibles. Su cuerpo se estremecía, no de miedo o dolor, sino de un hambre insoportable.

Casio parpadeó. —¿Sangre? De acuerdo. Puedo llamar a las doncellas. De cerdo, de cordero, la que prefieras…

Se giró ligeramente, a punto de alcanzar la campanilla de llamada.

Pero de repente…

Carmela le agarró la camisa con una fuerza sorprendente.

Tiró de él hasta ponerlo a su altura, con los colmillos temblándole visiblemente y el aliento cálido en su rostro.

—Sangre de animal no —siseó.

Apretó más el agarre.

—No. No quiero sangre de animal.

Sus ojos se clavaron en los de él.

—Necesito tu sangre.

Le tembló la voz.

—Ahora mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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