Noble Depravado: ¡Forzado a Vivir la Vida Libertina de un Noble Malvado! - Capítulo 612
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Capítulo 612: ¿Qué impulsa tus ambiciones y deseos?
Aunque Joy no creía que Casio estuviera mintiendo, aun así necesitaba una prueba.
Así que tomó la gruesa carpeta y empezó a moverse de un cuerpo colgado a otro, intentando cotejar los rostros con los carteles de se busca y los archivos que había dentro.
No fue fácil; la mayoría de los cadáveres estaban mutilados hasta quedar irreconocibles.
Pero con algo de esfuerzo, consiguió identificar a algunos de ellos.
Cuanto más comprobaba, más claro quedaba que Casio no había falsificado los documentos.
Mientras Joy estaba ocupada, Casio se giró hacia Carmela, que observaba una mesa cercana repleta de herramientas de aspecto siniestro: varillas oxidadas, tenazas, ganchos.
—Y bien —empezó Casio con naturalidad—. ¿Cómo encontrasteis este lugar exactamente?
Se cruzó de brazos, frunciendo ligeramente el ceño.
—Siempre me aseguro de que no me sigan. No dejo rastros de maná y toda la zona está sellada contra la magia de detección.
—Así que, a menos que alguien entrara sonámbulo en el pozo por accidente, no hay forma de que pudierais haber… tropezado con este sitio.
—No tropezamos con él —Carmela esbozó una pequeña y seca sonrisa—. Nos guiaron hasta aquí.
—¿Guiadas? ¿Por qué? —inquirió Casio, enarcando una ceja—. ¿Una coincidencia divina? ¿Hadas del bosque?
—Casi —replicó ella, mirando hacia Joy—. Joy le rezó a su Diosa pidiendo guía… y, al parecer, la Diosa decidió responder.
Aquello hizo que Casio se detuviera en seco, con el rostro inexpresivo por un momento antes de murmurar.
—… Espera. ¿Me estás diciendo que la mismísima Diosa os ayudó a encontrarme?
—Así es —asintió Joy sin levantar la vista de los archivos—. Le pedí claridad y me envió una señal que nos trajo directamente aquí.
Casio se quedó helado y luego gimió con fuerza, pasándose una mano manchada de sangre por la cara.
—¡Oh, vamos! ¿¡Habláis en serio!?
Levantó las manos al cielo.
—Me paso días creando protecciones, escondiendo este lugar, cubriendo hasta el último rastro… ¿y de alguna manera la mismísima Diosa decide chivarse de mí?
—¿¡Qué clase de acoso divino es este!?
Caminaba de un lado a otro, irritado, despotricando para sí.
—O sea, ¿no se supone que los dioses deben quedarse en sus Cielos y ocuparse de sus propios asuntos? ¿Por qué pierde su sagrado tiempo metiéndose conmigo? ¿Qué, no tiene nada mejor que hacer?
—¿Ninguna plegaria sobre hambrunas o guerras o algo por el estilo?
—Solo… «¡Oh, Casio parece sospechoso hoy, vamos a lanzarle una luz encima!».
—…¿Qué será lo siguiente? ¿Enviará ángeles para que presenten un informe?
Entonces dejó de caminar y señaló acusadoramente a Joy y a Carmela.
—¿Y cuál es su objetivo final aquí, de todos modos? ¿Quería que me encontrarais y qué… que me matarais después de ver esto? ¿Es eso? ¿Algún complot divino para aniquilar al mortal que es demasiado guapo para vivir?
Carmela suspiró.
—No conozco sus intenciones exactas, ni tampoco Joy… —admitió—. …Pero una cosa está clara.
—La Diosa tiene un interés particular en ti. Es difícil decir si te ve como una amenaza o como algo completamente distinto…
Casio frunció el ceño profundamente, guardando silencio por un momento.
«Tiene que ser lo que pensé antes», reflexionó con amargura. «La Diosa de la Luz… está claro que no soporta la creciente influencia de la Diosa del Libertinaje».
«Soy su recipiente en este mundo, así que por supuesto querría interferir. Típica rivalidad divina, y yo soy el pobre mortal atrapado en medio».
—Fantástico. Me veo envuelto en una disputa celestial para la que nunca me apunté.
Apretó la mandíbula antes de mirar al techo con los puños cerrados.
—¿No tenéis nada mejor que hacer los de vuestra calaña divina que entrometeros con los mortales?
Para cuando terminó de desahogarse, Joy había acabado de examinar los cuerpos. Cerró la carpeta y dio un paso al frente, con expresión serena pero resuelta.
—Es tal y como dijiste —admitió—. Todos y cada uno de ellos eran culpables. Asesinos, esclavistas, traficantes… no merecen piedad, ni tampoco un funeral o una oración.
—Que se pudran con los pecados que cometieron, en lugar de quemar sus restos.
—¿Tú crees? —Casio esbozó una leve sonrisa—. Personalmente, preferiría que no. El olor ya me está matando aquí dentro.
Joy parpadeó, mirándolo con incredulidad.
—¿Estás bromeando en un momento como este?
Casio simplemente sonrió, sin inmutarse por los cadáveres que lo rodeaban.
Su compostura, su leve regocijo en un escenario tan horrible, la inquietó.
Había algo en ello —no malicia, sino una extraña paz— que no podía comprender del todo.
Lo estudió en silencio por un momento, y finalmente dio un paso al frente y decidió hacerle la pregunta que rondaba su mente.
—Casio —dijo en voz baja, con tono mesurado—. ¿Por qué haces esto?
Él no dudó.
—¿No te lo he dicho ya? Es mi afición.
Pero el tono de Joy se agudizó.
—No. Me niego a creer que esto sea solo un pasatiempo retorcido tuyo…
—…Creo que es algo mucho más profundo.
Casio ladeó la cabeza, curioso pero en silencio.
—Como noble… —continuó Joy— …tienes infinitas formas de ocupar tu tiempo. Podrías dedicarte al arte, a la magia, al comercio… a cualquier cosa. Después de todo, eres uno de los hombres más ricos del continente. El mundo se pliega ante ti.
—Y sin embargo, ¿esto es lo que eliges?
Hizo un gesto hacia los cadáveres.
—¿Un justiciero verdugo, descuartizando asesinos en la oscuridad? No me insultes llamando a eso una afición.
—E incluso si es algún tipo de afición, toda acción nace de una emoción, de un propósito. Así que, ¿cuál es el tuyo? ¿Qué te impulsa a hacer esto?
—Tiene razón.
Carmela intervino para apoyar a Joy, ya que ella también tenía sus dudas, y continuó diciendo:
—Es evidente que tienes los recursos para purgar la corrupción por los canales adecuados. Si quisieras justicia, podrías ordenarla por la vía legal: con soldados, investigadores, toda la autoridad de Holyfield a tu disposición.
—Pero en lugar de eso, te escabulles en plena noche, te manchas las manos y te arriesgas a que te descubran.
—Es que… no tiene sentido.
Se cruzó de brazos, fulminándolo con la mirada.
—Desde otro ángulo, podría decir que eres un sádico y que por eso haces todo esto. Pero no me lo pareces. No disfrutas de esto. No obtienes placer de ello.
—Incluso la forma en que esta gente fue… manejada…
Miró con gravedad uno de los cuerpos mutilados.
—…no fue prolongado. Fue metódico. Eficiente. No estabas jugando con ellos; los estabas interrogando. Era un deber, no un capricho.
Su mirada se suavizó ligeramente.
—Así que dinos, Casio, ¿qué deber te obliga a hacer esto tú mismo? ¿Qué es lo que intentas arreglar, o demostrar, o proteger?, porque me cuesta mucho creer que sea por una simple afición.
Casio se quedó allí un momento, con expresión pensativa, incluso distante, como si sopesara sus palabras.
El silencio era tenso, roto solo por el débil crepitar del horno a sus espaldas.
Entonces, lentamente, exhaló y ofreció una pequeña y relajada sonrisa.
—¿No creéis… —empezó con ligereza— …que quizá le estáis dando demasiadas vueltas a las cosas?
Joy frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada. Carmela solo ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos con recelo.
Casio continuó, encogiéndose de hombros con indiferencia.
—Lo estáis tratando como si fuera un gran misterio. Pero en realidad no lo es. Después de todo, no tengo ninguna gran filosofía secreta detrás de esto.
—Podéis pensar en mí simplemente como un noble que ama la justicia, eso es todo. Pero a diferencia de los que se sientan en sus fincas y ordenan a otros que impartan justicia por ellos, yo prefiero hacerlo yo mismo. Personalmente.
Sonrió levemente.
—Eso es todo. Sin grandes ideales, sin significados ocultos. Solo… satisfacción personal.
—¿Así que eso es todo? —inquirió Joy, enarcando una ceja—. ¿Vas por ahí masacrando criminales porque «amas la justicia»?
Casio asintió con naturalidad. —Exacto. No hace falta que lo compliquéis.
Pero Joy no parecía convencida. Se cruzó de brazos y lo estudió durante un largo momento, entrecerrando los ojos como si buscara grietas en su compostura.
—Quizá tengas razón —admitió lentamente—. Quizá le estamos dando demasiadas vueltas.
Entonces su tono cambió, más agudo y serio.
—Pero… —ladeó ligeramente la cabeza—. Mis instintos me dicen lo contrario.
—¿Tus instintos?
—Sí —su mirada era ahora firme, penetrante—. Me dicen que esto no es algo simple. Que no es solo el capricho de un noble o una afición para la autosatisfacción.
—Hay algo más profundo dentro de ti, algo que impulsa esto. Algo que puede que ni tú mismo quieras admitir.
Carmela asintió a su lado.
—Mis instintos me dicen lo mismo —dijo con calma—. Y créeme, los instintos son la razón por la que he sobrevivido tanto tiempo. Nunca me han fallado, ni una sola vez. Incluso cuando la lógica me dice lo contrario, siempre me llevan a la verdad.
Sus ojos carmesí se dirigieron hacia él, firmes e inquebrantables.
—Y ahora mismo, esos instintos me dicen que lo que estás diciendo no es del todo falso, pero tampoco es toda la verdad. Algo más te impulsa. Algo más fuerte. Hay algo más detrás de esto.
Los tres guardaron silencio.
La mirada de Casio se detuvo en ambas: primero en Joy, cuya expresión serena se mezclaba con una obstinada determinación, y luego en Carmela, que le sostuvo la mirada con frialdad pero con un leve destello de curiosidad.
Parecía un punto muerto, en el que ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder.
Y, sinceramente, en ese momento podría haberlo ignorado.
Podría haberse reído, llamarlas paranoicas y haberse marchado.
Pero algo en sus ojos —esa extraña sinceridad— lo detuvo.
Y quizá, en el fondo, una parte de él quería contárselo a alguien.
Finalmente, soltó un largo suspiro. —…Está bien, está bien. Me habéis pillado.
A Joy le sorprendió que cediera, mientras que Carmela se cruzaba de brazos con expectación.
Casio se giró ligeramente, mirando hacia los cadáveres colgados antes de hablar, con un tono más bajo ahora.
—Tenéis razón. No es exactamente una afición o un capricho cualquiera. Es algo completamente distinto…
—…algo que ha estado dentro de mí desde el mismo día en que nací.
Aquello hizo que ambas mujeres intercambiaran una mirada de confusión.
Carmela frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir con «el día que naciste»? Haces que suene como si estuviera predeterminado.
Casio no respondió de inmediato. Empezó a caminar lentamente, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Antes de explicarlo —dijo con calma—, quiero preguntaros algo primero.
Levantó la vista, con los ojos brillando débilmente en la penumbra.
—¿Y vosotras dos? ¿Qué os impulsa a hacer lo que hacéis? ¿Qué os convirtió en las personas que sois hoy?
Joy parpadeó, desconcertada por la repentina pregunta.
—Por ejemplo… —continuó Casio, volviéndose hacia ella—. …tú, Joy, ¿por qué te convertiste en una verdugo de pecadores? Podrías haber sido una sanadora, una protectora, alguien a quien la gente adorara.
—Pero en cambio, te convertiste en la mujer a la que todos temen. La «Santa Asesina», te llaman, ¿no es así?
Joy parpadeó, sorprendida por el repentino cambio de tema.
—Porque desprecio a los pecadores —dijo con firmeza—. Desprecio a los que dañan a los inocentes.
—No, no, no.
Casio la interrumpió, levantando un dedo con una sonrisa burlona.
—Eso ya lo sé, lo que quiero saber es ¿cuándo empezó ese odio?
—¿Cuándo echó raíces tu aversión por la corrupción?
—Seguro que no naciste odiando a la gente. Entonces, ¿qué te cambió?
Joy bajó la mirada ligeramente. Durante un largo momento, no dijo nada. Luego, su voz se tornó un poco emotiva.
—Empezó con mi madre —admitió—. La vi sufrir toda su vida. Era amable, desinteresada y pura… y, sin embargo, fue traicionada por gente que fingía ser santa.
—Sacerdotes, nobles, mercaderes… sonreían en público, bendecían en nombre de la diosa, pero a puerta cerrada eran monstruos. La usaron, la torturaron, la destrozaron. Y yo…
Su voz flaqueó ligeramente.
—…no pude hacer nada.
Apretó los puños.
—Fue entonces cuando juré que nunca más dejaría que gente así prosperara. Me convertí en la Espada de la Diosa para acabar con la hipocresía. Eso es lo que soy.
Casio asintió lentamente, mientras una leve sonrisa regresaba a su rostro.
—Ya veo. Tu odio nació de presenciar la corrupción, del dolor, de la impotencia. Comprensible.
Entonces su mirada se dirigió a Carmela. —¿Y qué hay de ti, mi pequeña y temperamental vampiresa?
Carmela le lanzó una mirada fulminante de inmediato. —No me llames así —murmuró.
Él sonrió, pero no insistió.
—Entonces respóndeme. ¿Qué te impulsa, Carmela?
Se cruzó de brazos con fuerza, su voz era firme pero cortante.
—Debería ser obvio. Mi raza entera fue masacrada. Mi gente fue borrada de la historia: quemada, cazada, aniquilada.
—Hace siglos, los nobles y sacerdotes que vuestra gente adora lideraron una cruzada santa que convirtió mi tierra natal en cenizas. Y por si eso no fuera suficiente…
Su expresión se suavizó ligeramente, casi con dolor.
—También me arrebataron a mi familia. Mis padres fueron masacrados por el mismo tipo de gente que ahora se sienta cómodamente en sus templos a predicar la virtud.
—¿Preguntas qué me impulsa? Esa es mi respuesta. La venganza.
Casio volvió a asentir, con expresión serena pero comprensiva.
—Ya veo. Así que ambas… —dijo lentamente— …fuisteis moldeadas por el trauma: el dolor y la pérdida que retorcieron algo en vuestro interior. Y…
—…eso es, en realidad, normal.
—La mayoría de la gente que vive vidas extremas es forjada por alguna tragedia. Es lo que los impulsa. Ese trauma se convierte en la raíz de su convicción.
Se apartó ligeramente de ellas, mirando el suelo ensangrentado.
—Pero ¿y si os dijera…
Levantó un dedo lentamente, mirándolas por encima del hombro.
—…que yo nunca tuve nada parecido?
Joy frunció el ceño, confundida por lo que había dicho.
—¿Qué quieres decir?
Casio sonrió levemente.
—Quiero decir que nunca perdí a mis padres en un suceso trágico.
—Nunca vi morir a mis seres queridos.
—Nunca fui traicionado, nunca me rompieron el corazón, nunca fui torturado ni marcado por el mundo como vosotras dos.
—No me convertí en esto por un trauma, ni por odio, ni por una pérdida.
Se giró completamente hacia ellas, con los ojos rebosantes de emoción pero inquietantemente claros.
—En cambio, desde el momento en que nací, o mejor dicho, desde el momento en que fui creado, ya había algo dentro de mí.
—Un sentido del deber.
—Un impulso que no elegí.
—Un propósito que es… difícil de explicar.
—Si os dijera que estaba destinado a mantener el equilibrio del mundo desde el mismísimo comienzo de mi existencia, ¿me creeríais?
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