Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor - Capítulo 11
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11: ¿Un nuevo comienzo?
11: ¿Un nuevo comienzo?
Ya habían pasado tres meses desde aquel abrazo que me hizo sentir que había descubierto un nuevo lugar seguro.
Uno donde no tenía que explicarme, ni fingir que estaba bien.
Solo dejarme cuidar.
Y cinco meses desde que perdí la memoria.
Aún me frustraba que todos evitaran hablar de lo que olvidé.
Amigos, conocidos, incluso personas que decían quererme.
Todos repetían lo mismo: “Es mejor que lo recuerdes por tu cuenta”.
Como si mi mente fuera una habitación cerrada a la que yo tuviera la llave… pero no supiera dónde la dejé.
Cuando lo intentaba, solo aparecían fragmentos.
Y lo peor era que esos fragmentos eran felices.
O al menos así los sentía.
Desde que supe lo del matrimonio, todo cambió.
Saber que aquello pudo haber sido por lástima me dejó un sabor amargo.
Tal vez esa felicidad solo fue mía.
Tal vez yo amé más.
O peor… amé sola.
Las sesiones con la psicóloga se volvieron menos frecuentes, pero más intensas.
Cada pregunta abría una herida nueva.
Salía con la cabeza llena y el pecho apretado, con la ansiedad esperando cualquier descuido para devorarme.
Lucas siempre estaba ahí después.
No decía mucho.
No preguntaba de más.
Solo estaba.
Y a veces, eso bastaba.
Desde aquel abrazo entendí algo que nadie más se atrevía a ser conmigo: Lucas no me endulzaba la verdad.
Mientras otros caminaban de puntillas a mi alrededor, él despejaba mis dudas sin rodeos.
Doliera o no.
—María, ¿cómo estuvo el trabajo?
—preguntó, apoyándose en el marco de la puerta como si ese fuera su lugar natural.
Otra vez estaba ahí, como casi todos los días.
Y, contra todo pronóstico, me alegraba verlo.
—Bien —respondí—.
Te traje un café… y un postre.
Le extendí la bolsa con una sonrisa tímida.
—¿Me estás consintiendo o intentas sobornarme?
—dijo, alzando una ceja.
—Tal vez ambas.
Sonrió, de esa forma relajada que me hacía olvidar, por un momento, que mi vida estaba hecha de huecos.
—Si sigues así voy a pensar que me quieres malcriar.
—No te emociones —repliqué—.
Solo estoy agradecida.
—Eso suena peligrosamente a “me estoy acostumbrando a ti”.
Me encogí de hombros.
—¿Eso es malo?
Lucas tomó el café, dio un sorbo y me miró con atención.
—No —dijo—.
Solo es… nuevo.
Hubo un silencio cómodo.
De esos que no piden ser llenados.
—María —añadió después, más serio—.
Hoy te ves cansada.
—La psicóloga —confesé—.
Hizo preguntas… incómodas.
—Las buenas siempre lo son.
—A veces siento que recordar va a doler más que no saber.
Lucas se acercó un poco, sin invadir mi espacio.
—Dolerá —admitió—.
Pero no estarás sola.
Eso sí te lo prometo.
Lo miré.
Y, aunque una parte de mí gritaba que no debía apoyarme tanto en él, el resto solo quería creerle.
—Gracias por quedarte —susurré.
—No me estoy quedando por obligación —respondió, con una media sonrisa—.
Así que deja de mirarme como si te estuviera haciendo un favor.
Reí, bajando la mirada.
—Eres imposible.
—Y, aun así aquí estás.
Tenía razón.
Pero en ese momento, con un café tibio entre las manos y Lucas a mi lado, el mundo parecía menos hostil.
Y para alguien que había perdido su pasado… Eso era suficiente.
El sol ya estaba bajo cuando salimos.
Ese punto exacto en el que la ciudad se vuelve más lenta, como si todos respiraran al mismo ritmo después de un día largo.
Eran casi las seis y media.
Mi hora habitual de salida.
Lucas insistió en acompañarme, como siempre.
—Podría acostumbrarme a esto —dijo mientras caminábamos—.
A esperarte después del trabajo.
—No te pagan por eso —respondí—.
Deberías cobrar horas extra.
—Me pagan en café y postres —sonrió—.
No me quejo.
Las luces de los locales empezaban a encenderse.
El aire estaba fresco, de ese que invita a caminar un poco más lento.
Yo llevaba las manos en los bolsillos, él caminaba a mi lado, marcando el paso sin darse cuenta.
—¿Qué hiciste hoy?
—pregunté.
—Trabajo aburrido, jefe predecible, gente que cree que todo es urgente —enumeró—.
O sea, un martes normal.
—Entonces sí trabajamos en lugares parecidos.
—No me sorprende —me miró—.
Tienes cara de cargar con responsabilidades que no te corresponden.
—¿Eso es un halago?
—Es una observación profesional.
Reí.
Me gustaba eso de poder reír sin pensar demasiado.
Llegamos a su auto.
Me abrió la puerta sin decir nada, como si fuera un gesto automático.
Me senté y sentí esa tranquilidad absurda de los espacios compartidos que ya no incomodan.
—¿A casa?
—preguntó, encendiendo el motor.
—Sí.
El cielo se teñía de naranja y violeta.
La radio sonaba bajo, una canción que no reconocí, pero que se sentía familiar de alguna forma.
—A veces pienso —dije de repente— que debería recordar más cosas del trabajo.
De antes.
Lucas no me miró de inmediato.
—¿Y para qué?
—Para sentir que no todo empezó cuando desperté en el hospital.
Asintió despacio.
—La vida no empieza ni termina en un accidente, María —dijo—.
Solo… cambia de ritmo.
—Hablas como si supieras mucho de eso.
—He tenido que empezar de nuevo más veces de las que me hubiera gustado.
No pregunté.
Y él no explicó.
Ese silencio también se estaba volviendo costumbre.
—Hoy una compañera me dijo que me veía más tranquila —continué—.
Me preguntó si estaba saliendo con alguien.
Lucas levantó una ceja.
—¿Y qué respondiste?
—Que no —dije rápido—.
Porque no lo estoy.
—Correcto —respondió, pero su tono fue extraño.
Más suave—.
Aunque… no tendría nada de malo.
Lo miré de reojo.
—¿Estás sugiriendo algo?
—Estoy diciendo —aclaró— que no todo lo que da paz tiene que ser cuestionado.
Llegamos frente a casa.
El motor se apagó, pero ninguno se movió de inmediato.
—Gracias por traerme —dije.
—Gracias por dejarme.
Bajé del auto.
Antes de cerrar la puerta, él habló de nuevo.
—María.
—¿Sí?
—Si algún día sientes que todo se te viene encima… no esperes a que te pregunte.
Solo dime.
Asentí.
Cerré la puerta y lo vi alejarse.
Mientras entraba a casa, pensé que tal vez no estaba enamorándome.
Tal vez solo estaba aprendiendo a quedarme donde no dolía.
Y eso, sin darme cuenta, ya era mucho.
El departamento seguía oliendo a nuevo, a lugar prestado, a algo que todavía no terminaba de ser mío.
Dejé las llaves sobre la mesa y apoyé la espalda contra la puerta.
Vivir sola había sido una recomendación de la psicóloga.
Recuperar autonomía.
Reconstruir identidad.
Evitar dependencias emocionales.
Palabras bonitas para algo que seguía doliendo.
Después de lo de Chris, nadie cuestionó la decisión.
Nadie dijo “tuvimos miedo”.
Pero todos lo pensaron.
Caminé hasta la cocina y serví un vaso de agua.
Mis manos aún temblaban un poco.
No por el trabajo.
No por el cansancio.
Por las preguntas.
Las mismas que la psicóloga repetía sesión tras sesión, como si supiera que estaban enterradas en mí, esperando el momento exacto para salir.
¿Qué sentiste cuando despertaste y él no estaba?
¿A quién buscaste primero?
¿Te dolió más perder los recuerdos… o perder a la persona que creías amar?
Si el amor era tan fuerte, ¿por qué tu cuerpo no lo recordó?
Cerré los ojos.
Recordaba risas.
Momentos tranquilos.
Sensaciones cálidas.
Pero también recordaba algo más… Una presión en el pecho que no sabía de dónde venía.
Lucas decía que el matrimonio fue por lástima.
Que Chris no supo irse.
Que quedarse también podía ser una forma de mentir.
Y yo quería creerle.
Porque era más fácil pensar que todo fue una mentira… que aceptar que algo real se rompió sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Me acerqué a la ventana.
Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente a mis dudas.
Cinco meses sin memoria.
Tres meses desde que ese abrazo se volvió refugio.
Vivía sola ahora.
Tomaba decisiones.
Trabajaba.
Sonreía.
Pero en las noches, cuando nadie me miraba, la pregunta volvía siempre, insistente, incómoda: Si ya estoy a salvo… ¿por qué sigo sintiendo que olvidé algo importante?
Apagué la luz.
Y por primera vez, el silencio de mi propia casa no me dio paz.
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