Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor - Capítulo 16
- Inicio
- Todas las novelas
- Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor
- Capítulo 16 - 16 Presencias que incomodan
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: Presencias que incomodan.
16: Presencias que incomodan.
Pasaron dos días.
Dos días en los que volví a sentirme perdida, como si el suelo bajo mis pies se moviera sin avisar.
Entre las terapias y esa idea insistente de que tal vez… tal vez alguien estaba guiando demasiado mis pasos, algo dentro de mí empezó a resistirse.
Había creído que lo mejor era olvidar.
Aceptar que mi mente eligió no recordar por una razón.
Pero ahora, esa decisión empezaba a doler.
Lucas llamó varias veces.
Mensajes.
Llamadas perdidas.
Notificaciones que se acumulaban sin que yo pudiera abrirlas.
Cada vez que veía su nombre, el pecho se me cerraba.
Como si no hubiera suficiente aire en el mundo para responder.
Ese día fui al trabajo como siempre.
La cafetería estaba llena, las luces demasiado brillantes, la gente moviéndose rápido… demasiado rápido.
Yo, en cambio, estaba quieta por dentro.
Como si alguien hubiera puesto pausa solo en mí.
Una compañera se acercó y me tocó el hombro con cuidado.
—María, ¿estás bien?
Parpadeé.
Volví.
—Sí… solo estaba distraída —respondí con una sonrisa que no sentí.
Ella me observó un segundo más, como si buscara algo en mis ojos.
—Deberías ir a cambiarte —dijo señalando el reloj—.
Ya es tarde.
Vamos a cerrar.
Miré la hora.
Casi medianoche.
Me cambié rápido.
Nos despedimos.
Salí sola.
En lugar de ir directo a casa, caminé sin rumbo.
Necesitaba que el ruido se acomodara.
Que el cuerpo bajara el ritmo que mi cabeza no podía.
Encendí el celular.
Había mensajes de Lucas.
Muchos.
Pero uno me detuvo.
“María, ya no sigas con esto.
Solo empeoras tu salud.
No me acercaré a ti si no quieres, pero quiero que sepas que te estoy cuidando de lejos.
Lo hago por tu bien.
No merezco que me hagas esto cuando solo he deseado que seas feliz.
Respóndeme, por favor.” Leí el mensaje más de una vez.
No había gritos.
No había amenazas.
Y aun así… algo se me cerró en el estómago.
“No merezco que me hagas esto”.
¿Esto qué era?
¿Pensar?
¿Necesitar silencio?
¿No responder?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Guardé el celular sin contestar.
Por primera vez desde que salí del hospital, ocho meses atrás, no quise explicar nada.
No quise tranquilizar a nadie.
No quise ser buena.
Seguí caminando, con el corazón acelerado y una certeza incómoda creciendo despacio: Tal vez no estaba retrocediendo.
Tal vez estaba empezando a ver.
Y eso… eso también daba miedo.
Llegué a un parque que se me hizo familiar.
Una pareja se balanceaba en los columpios.
Reían.
Se sostenían la mano.
Él gritó algo sobre cuánto la amaba, sin importarle quién escuchara.
Me senté en una banca vacía bajo la luz amarilla de un faro.
La noche se había vuelto más fría.
Miré la hora: pasaba la medianoche.
El celular vibró otra vez.
Más mensajes.
Más llamadas.
Los ignoré.
Entonces algo cruzó mi mente como humo.
El parque se nubló.
Escuché la voz de Chris llamándome a lo lejos.
La imagen se aclaró.
Lo vi acercarse.
Vi su mano buscando la mía.
Vi su sonrisa.
Y el pecho me dolió con una fuerza que casi me dobló.
Las lágrimas cayeron sin permiso.
—Chris… —susurré.
Cuando levanté la vista, los columpios estaban vacíos.
La pareja ya no estaba.
Volví a la realidad de golpe.
Sola.
De madrugada.
El miedo se instaló en mi estómago.
No sabía exactamente dónde estaba, aunque ese parque me había devuelto un recuerdo donde el amor parecía mutuo.
Donde no todo dolía.
Me levanté y comencé a caminar de nuevo, fingiendo seguridad.
Escuché pasos detrás de mí.
No volteé.
Aceleré.
Un hombre pasó a mi lado sin mirarme.
Solo caminaba.
Respiré aliviada.
No me di cuenta cuándo alguien me tomó del brazo y me giró con fuerza.
El calor de sus dedos me quemó la piel.
Cuando levanté la vista, vi unos ojos oscurecidos entre rabia, miedo y algo más que no supe nombrar.
Era Lucas.
Estaba agitado.
Descompuesto.
No era el hombre tranquilo de siempre.
Tomó aire antes de hablar.
—¡MARÍA!
—gritó—.
¿Qué diablos crees que estás haciendo?
Su voz rebotó en el parque vacío.
—¡¿Por qué me haces esto?!
—continuó—.
¿Tienes idea de lo preocupado que estaba?
Intenté zafarme, pero su mano seguía ahí.
—Lucas… me estás lastimando.
Me soltó, pero dio un paso más cerca.
—Desapareces —dijo—.
No respondes.
No dices nada.
¿Sabes lo que pensé?
¿Sabes las cosas que se me pasaron por la cabeza?
—Necesitaba estar sola —respondí, más bajo—.
Solo eso.
—¿Sola?
—rio sin humor—.
María, tú no estás bien para estar sola.
La frase me heló.
—Eso no te corresponde decidirlo —dije, aunque mi voz tembló.
Lucas me miró fijo.
Demasiado fijo.
—Todo lo que hago es por ti —dijo—.
Todo.
Y aun así me tratas como si yo fuera el problema.
Sentí el mismo nudo que en la sesión con la psicóloga.
—No dije eso.
—Pero lo piensas —replicó—.
Desde que volviste a hablar de Chris, cambiaste.
Te alejas.
Te cierras.
¿Qué esperas encontrar ahí que no te di yo?
El silencio se volvió pesado.
—No quiero discutir —susurré—.
Estoy cansada.
Lucas apretó los labios.
Luego respiró hondo, forzando una calma que llegó tarde.
—Perdón —dijo—.
Me alteré porque me importas.
Asentí.
Sonreí.
Fingí.
—Quiero irme a casa.
Me acompañó sin hablar.
Cuando cerré la puerta detrás de mí, las piernas ya no me sostuvieron.
Me dejé caer contra la madera, abrazándome las rodillas.
Las preguntas de la psicóloga regresaron una por una.
¿Te sientes libre?
¿Por qué te da culpa pensar?
¿Qué pasa cuando él se molesta?
Lloré en silencio.
Lloré por mí.
Por no saber en quién confiar.
Por sentir miedo otra vez… aunque nadie me hubiera gritado antes.
Entendí algo que me estremeció hasta los huesos: Estar acompañada no siempre significa estar a salvo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com