Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor
- Capítulo 17 - 17 Tocando fondo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Tocando fondo.
17: Tocando fondo.
El miedo no se fue cuando amaneció.
Solo se volvió más silencioso.
Pasé la noche entera tratando de controlarme, respirando como me habían enseñado en terapia, contando hasta diez, apretando las sábanas con los puños.
Pero, aun así, algo dentro de mí seguía preguntando, una y otra vez: ¿De dónde viene este miedo?
¿Por qué duele tanto… si nadie me ha tocado?
He vivido momentos de tensión antes.
Decisiones pequeñas.
Elegir qué comer, qué beber, a qué hora dormir.
Nada de eso me paralizaba.
Pero después de ese recuerdo fugaz, de esa imagen de felicidad con Chris… todo se volvió confuso.
Si nuestro matrimonio fue solo por lástima, como Lucas decía… ¿por qué mi cuerpo reaccionaba como si hubiese perdido algo real?
¿Qué es verdadero en mi vida?
Esa pregunta empezó a pesar más que el deseo de recordar.
Aun así, me levanté.
Fui a trabajar.
Era lo único que me mantenía con los pies en la tierra.
El ruido de la cafetería, el olor a café, las órdenes repetidas, la rutina.
Ahí no tenía que pensar.
Solo moverme.
Cerca de las tres de la tarde salí a sacar la basura.
El contenedor estaba a dos cuadras.
El sol caía directo sobre el asfalto y el aire se sentía espeso.
Dejé la bolsa en su lugar… y entonces escuché mi nombre.
—María… Me giré.
La vi.
Esa sonrisa que conocía desde hace años.
Esa mirada cálida que nunca me había dado miedo.
Mi corazón reaccionó distinto esta vez.
No con angustia, sino con alivio.
—Señora Carla… —susurré, antes de darme cuenta de que ya estaba caminando hacia ella.
—Hija… —dijo, tomándome las manos—.
¿Cómo has estado?
Sus dedos eran firmes, pero suaves.
Luego acarició mi mejilla, como solía hacerlo antes, y algo dentro de mí se aflojó sin pedir permiso.
—Mamá Carla… estoy bien —mentí un poco, sonriendo—.
Perdón por no haberla buscado antes… Las palabras salieron cargadas de culpa.
Habían pasado diez meses desde el accidente.
Diez meses desde que desperté sin saber quién era yo.
Ella negó despacio.
—No tienes que disculparte por sobrevivir —dijo con calma—.
Sé que estás pasando por algo difícil… y lo entiendo.
No hubo reproche.
No hubo preguntas incómodas.
No hubo presión.
Solo comprensión.
Mi celular vibró.
Una compañera me llamaba para volver al trabajo.
—Discúlpeme, tengo que regresar —dije, con un nudo en la garganta que no esperaba.
—Claro, hija —respondió—.
Yo también tengo que hacer unas compras.
Buscó algo en su bolso y me extendió un papel con un número escrito a mano.
—Guárdalo.
Cuando quieras hablar… aquí estoy.
Tenemos mucho que decirnos, pero solo cuando tú estés lista.
La miré alejarse.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo distinto al miedo.
Sentí que no estaba sola.
Volví a la cafetería con el pecho apretado, pero no por ansiedad.
Era otra cosa.
Como si, después de tanto ruido, alguien hubiera dicho algo simple y verdadero.
Y entendí algo que me asustó más que cualquier recuerdo: A veces tocar fondo no es caerse.
Es darse cuenta de que hay lugares donde nunca debiste sentir miedo.
Esa noche, ya en casa, saqué el papel del bolsillo y lo dejé sobre la mesa.
El número seguía ahí.
El nombre escrito con letra prolija: Carla.
Lo miré durante largos minutos.
Quería llamarla.
Pero algo me detenía.
Vergüenza.
Timidez.
La sensación absurda de que estaba invadiendo un lugar que ya no me pertenecía.
¿Qué iba a decirle?
¿Que no recordaba mi vida de casada con su hijo… pero lo extrañaba?
¿Qué me sentía perdida incluso cuando todos decían que estaba mejor?
Tomé el celular.
Lo volví a dejar.
No quería molestarla.
No quería abrir heridas.
No quería que pensara que la estaba buscando por lástima… o peor, por costumbre.
Pasó una hora.
Luego otra.
Al final, respiré hondo y marqué el número antes de que el miedo me convenciera de no hacerlo.
Contestó al segundo timbre.
—María —dijo, como si hubiera estado esperando—.
Estaba pensando en ti.
Se me cerró la garganta.
—Yo… perdón por llamar tan tarde —murmuré—.
No quería molestar.
—Hija, nunca molestas —respondió sin dudar—.
¿Estás bien?
Esa pregunta, tan simple, tan directa… me desarmó más que cualquier sesión de terapia.
—No lo sé —admití—.
Creo que no… del todo.
Hubo un silencio breve.
No incómodo.
Un silencio que daba espacio.
—¿Quieres que nos veamos?
—preguntó—.
No para hablar de nada en especial.
Solo para tomar un café.
O quedarnos calladas si hace falta.
Tragué saliva.
—Me gustaría —dije en voz baja—.
Pero… me siento un poco tonta.
No sé qué recordar, ni qué preguntar.
—Entonces no recuerdes —respondió con calma—.
Y no preguntes.
Yo estoy aquí igual.
Cerré los ojos.
—Gracias —susurré—.
De verdad.
—María —añadió, con esa voz firme que solo tienen las madres—, no tienes que ganarte el derecho a ser cuidada.
Ya lo tienes.
Colgué con las manos temblando.
No de ansiedad.
De emoción contenida.
Y entendí algo que no había podido poner en palabras hasta ese momento: Con Lucas siempre sentía que debía estar bien para no preocuparlo.
Con ella… podía no estar bien.
Y aun así quedarme.
Esa noche dormí poco.
Pero por primera vez en semanas, el miedo no fue lo último que sentí antes de cerrar los ojos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com