Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor
- Capítulo 20 - 20 Sufrir es necesario
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Sufrir es necesario.
20: Sufrir es necesario.
Esa noche, Lucas se quedó del otro lado de la puerta de mi habitación más tiempo del que podía soportar.
Lo supe por el silencio.
Por esa quietud incómoda que solo existe cuando alguien espera que cedas.
Se disculpó un par de veces.
Dijo mi nombre con voz baja.
Prometió que no volvería a alzar el tono.
Pero cada disculpa venía envuelta en la misma idea, como si fuera una verdad incuestionable:
—Yo solo quise cuidarte —dijo—.
Porque eres especial.
Porque dejaste que Chris te destruyera.
Yo solo quiero lo mejor para ti… aunque ahora me veas como el malo.
Y eso no es justo cuando el único culpable es él.
Sentí un nudo en el estómago.
No era alivio.
Era cansancio.
—Solo vete —respondí al final, con la voz seca.
No hubo respuesta inmediata.
Escuché sus pasos alejarse despacio, como si incluso irse tuviera que dolerme.
Esa noche no dormí.
Caminé por la habitación.
Por la cocina.
Me senté en el suelo con la espalda contra la pared.
Y entonces comenzaron los fragmentos.
Voces elevadas.
Un portazo.
Mi cuerpo encogido.
Una mano apretando un brazo.
No sabía si era Chris.
No sabía si era Lucas.
Solo sabía que mi pecho reaccionaba antes que mi mente.
El miedo no distinguía nombres.
Pensé en llamar a Carla.
Tomé el teléfono.
Lo dejé sobre la mesa.
No sabía qué decirle.
No sabía si necesitaba a una madre… o a la verdad.
Fue ahí cuando lo entendí:
si seguía así, iba a perderme del todo.
Por la mañana fui a terapia.
No porque tuviera fuerzas.
Sino porque ya no confiaba en mis decisiones.
La psicóloga me observó en silencio cuando entré.
No hizo preguntas de inmediato.
—Respira —dijo—.
Aquí no tienes que explicarte.
Me senté y las palabras salieron solas.
Le hablé de Lucas.
De la discusión.
De las disculpas que dolían más que el grito.
De las cartas.
De Carla.
—Me están mintiendo —dije al final—.
O eso siento.
Y lo peor es que ya no sé quién.
La psicóloga no negó ni afirmó nada.
—¿Qué sentiste cuando Lucas alzó la voz?
—preguntó.
—Miedo —respondí sin pensar—.
El mismo miedo que se supone que él estaba evitando que yo sintiera.
Asintió despacio.
—El cuerpo recuerda antes que la mente —dijo—.
Y cuando dos personas distintas provocan la misma reacción, es importante detenerse.
Tragué saliva.
—Él dice que me cuida —añadí—.
Que todo lo hace por mi bien.
—¿Y tú cómo te sientes después de que te “cuida”?
—preguntó.
Pensé un segundo.
—Pequeña —respondí—.
Como si pensar distinto fuera una traición.
La psicóloga apoyó las manos sobre sus piernas.
—María, cuidar no debería anularte.
Y proteger no debería darte miedo.
Sentí que algo se quebraba lentamente dentro de mí.
—¿Y Chris?
—preguntó entonces—.
¿Qué sientes cuando piensas en él ahora?
Cerré los ojos.
—Dolor —dije—.
Culpa.
Y una tristeza que no encaja con la versión que me contaron.
—Porque hay historias que no se pueden sanar sin ser escuchadas por quienes las vivieron —dijo—.
No para volver.
No para perdonar.
Sino para entender.
Abrí los ojos.
—¿Está diciendo que debería verlo?
—Estoy diciendo —respondió con calma— que seguir evitando esa conversación te está rompiendo más que enfrentarla.
Y que sufrir, a veces, es necesario para dejar de vivir con miedo.
El silencio cayó pesado.
—No te prometo que no duela —añadió—.
Te prometo que será tuyo.
No dirigido.
No controlado.
Sentí lágrimas bajar sin permiso.
Por primera vez desde el hospital, no quise huir del dolor.
Quise saber.
Porque vivir protegida, pero confundida…
ya no era vivir.
Y si tenía que sufrir para recuperar mi voz,
entonces estaba lista.
Salí de la sesión con las manos temblando.
Llamé a Carla.
Le pedí que hablara con Chris, necesitaba hablar con él.
Caminé sin pensar demasiado, como si el cuerpo ya hubiera decidido por mí.
El lugar era neutro.
Público.
Seguro.
O eso me repetí.
Paso como una hora en lo que llegué a ese parque en el que tuve esos recuerdos felices.
Chris estaba ahí.
De pie, cerca de una banca, con el abrigo puesto, aunque no hacía frío.
Más delgado.
Más cansado.
Cuando me vio, no sonrió.
Tampoco avanzó.
Solo me miró.
Y algo en mi pecho se quebró sin hacer ruido.
No hubo reproches.
No hubo disculpas.
No hubo palabras.
Solo ese silencio incómodo donde cabían todas las verdades que nadie me había dejado escuchar.
—María… —dijo al fin, con la voz baja—.
Gracias por venir.
Asentí.
Sentí el cuerpo tenso.
El corazón acelerado.
Pero no miedo.
No como antes.
Me senté frente a él.
Y entendí algo con una claridad dolorosa:
Este encuentro no iba a salvarnos.
Pero podía devolverme algo que había perdido.
Mi versión de la historia.
Chris respiró hondo, como si fuera a decir algo importante.
Yo levanté la mirada.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com