Nos rompimos, pero seguíamos llamándolo amor - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 ¿Te perdí
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8: ¿Te perdí?
(Chris) 8: ¿Te perdí?
(Chris) Tuve que mentirte.
No porque quisiera… sino porque no tuve la valentía de decirte la verdad: te destruí.
El día de nuestra boda juré amarte, cuidarte, respetarte en lo bueno y en lo malo.
Y terminé convirtiéndome en lo peor que pudo tocarte.
Te hice sufrir una y otra vez.
Te veía romperte, apagarte, doblarte frente a mis gritos… y aun así, algo enfermo dentro de mí no quería aceptar que yo era la causa.
Mientras más te veía caer, más me aliviaba no ser el único hundido en esa oscuridad de estrés y fracaso.
Tú intentando consolarme… Tú recibiendo mis estallidos… Tú agachando la cabeza mientras yo descargaba todo lo que me dolía.
Y un día—cuando por fin me enfrentaste—entendí que mi “poder” era solo cobardía disfrazada.
Perderte me aterrorizó, pero ya era tarde: había dejado el amor tirado en algún rincón mientras me obsesionaba con sentirme superior después de años de humillación en un trabajo que nunca valoró nada de mí.
Aun así, cuando te vi derrumbarte… quise arreglarlo.
Quise volver contigo.
Quise suplicar.
Pero Lucas no me dejó.
—Chris, deberías alejarte de ella un tiempo… —me dijo mientras ponía su mano en mi hombro, como si estuviera calmando a un animal herido—.
Yo me encargaré de cuidarla.
De eso no te preocupes.
Levanté la cabeza, desesperado.
—Ella recuerda lo bueno… me ama.
Sé que puedo reparar lo que hice —dije aferrándome a esa idea como si fuera mi último respiro.
Pero Lucas cambió.
Su mirada se volvió oscura.
Me sujetó de los hombros con fuerza y me habló con una frialdad que nunca antes le había visto.
—¿Estás escuchando la estupidez que dices?
—se apartó, ajustándose el cabello con fastidio—.
¿Quieres volver a su lado a base de mentiras?
¿Qué crees que pasará cuando recuerde todo?
¿Cuándo vea al monstruo que fuiste?
Sus palabras me atravesaron.
Me quedé frío.
Silencioso.
Vergonzosamente pequeño a su lado.
—Será mejor que pienses cómo alejarte —continuó—.
O yo mismo le contaré todo.
Ella tal vez ahora cree que te ama por lo que recuerda… pero eso no es amor.
No te confundas.
Ahí fue cuando entendí el veredicto.
Mi castigo.
Mi sentencia.
Por eso inventé la mentira de la infidelidad.
Porque prefería que me odiaras… antes que verte romperte otra vez.
Lucas me escribía a veces.
O nos reuníamos para que él me hablara de ti, de tu progreso, de tus terapias… Pero cada “informe” era una puñalada.
Mientras él te acompañaba, yo solo podía verte de lejos, sonriendo a su lado, mientras mi corazón se deshacía en silencio.
Hasta que un día escuché su voz detrás de mí.
—Chris, ¿qué haces aquí?
—dijo acercándose—.
Sabes que ella no quiere verte.
Tragué saliva.
No aparté la mirada de ti, ahí a lo lejos, riendo con una luz que yo había apagado.
—No te preocupes —murmuré—.
Ella no me vio.
Solo quería verla sonreír… una vez más.
Lucas se cruzó de brazos.
—¿Cómo van las terapias?
—pregunté con voz rota—.
¿Recuerda algo más?
¿Aún… me odia?
Cerré los ojos.
Lucas soltó un suspiro pesado, como si cargara el mundo.
—Chris… —dijo, poniéndose justo a mi lado, hombro con hombro—.
Ella no quiere verte.
Cada vez que escucha tu nombre… se pone tensa.
Se pierde.
Se asusta.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Lucas continuó, sin suavizar nada.
—No eres un buen recuerdo para ella.
Y no puedo permitir que retroceda en su recuperación por tu culpa.
Quise responder, pero él levantó una mano para detenerme.
—Mírate —susurró—.
Estás ahí parado, escondiéndote para verla de lejos… ¿y para qué?
¿Para hacerte daño tú mismo?
¿Para hacerle daño a ella cuando se entere?
Me mordí la llamada del labio, conteniendo la desesperación que quería salir a gritos.
—Lucas… solo dime cómo está.
Por favor.
Te lo suplico —mi voz tembló, y odié escucharlo—.
No puedo quedarme sin saber nada de ella.
Tú eres mi único enlace.
Solo… solo necesito saber que está bien.
Lucas me observó un instante.
Sus ojos eran difíciles de leer… había compasión, sí… pero también algo más oscuro, hundido entre sombras que no alcanzaba a descifrar.
—Chris —dijo finalmente—.
En algún momento ella y tú tendrán que divorciarse.
El impacto fue tan brutal que casi me faltó el aire.
—¿D… divorciarnos?
—repetí, sintiendo cómo la garganta se me cerraba—.
No… Lucas, no.
No.
Eso no.
Yo… yo puedo cambiar.
Puedo… puedo arreglarlo… —No puedes arreglar lo que rompiste —me cortó con una frialdad quirúrgica—.
María necesita paz.
Y tú… tú no se la das.
Me llevé las manos a la cabeza.
—¡Tú no entiendes!
¡Ella es mi esposa!
¡La amo!
¡No puedo perderla!
Lucas dio un paso hacia atrás, como si mi desesperación le repugnara un poco.
—Tarde o temprano —dijo— tendrás que firmar esos papeles.
Es lo sano.
Es lo correcto.
Y yo voy a apoyarla en esa decisión cuando esté lista.
El mundo se me vino encima.
—No… —la palabra me salió desde el estómago, como un lamento—.
Lucas, te lo ruego… por favor… no la dejes pensar eso… no la empujes a… a odiarme más… Lucas entrecerró los ojos.
Su voz se volvió firme, casi dura.
—Chris.
Yo no la empujo a nada.
Ella ya no quiere verte.
Ya no quiere sufrir.
Ya no quiere volver a ese infierno.
¿Vas a seguir aferrándote a un amor que tú mismo destruiste?
Me quedé temblando.
Literalmente temblando.
—Solo… prométeme que seguirás informándome de ella —susurré—.
Sólo eso.
No me quites eso también.
Lucas se pasó una mano por la cara, como si la conversación le cansara.
—Lo pensaré —respondió, tajante.
Y esa frase, tan simple, fue un golpe directo al pecho.
Una amenaza disfrazada.
Un recordatorio de que incluso la migaja que me daba… podía quitármela cuando quisiera.
Lo vi alejarse unos pasos, pero antes de irse, dijo: —Chris… acéptalo.
Si la amas de verdad… tendrás que aprender a vivir sin ella.
Y se marchó.
Me quedé allí solo, mirando el punto donde tú te reías con él… …y entendí que mi propio castigo era seguir vivo para verlo.
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