NOSFERATU - Capítulo 61
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- Capítulo 61 - 61 Capitulo 61- Un nuevo amanecer
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61: Capitulo 61- Un nuevo amanecer 61: Capitulo 61- Un nuevo amanecer El silencio fue lo primero que sintió.
Ya no había rugidos, ni ecos de su pasado atormentado.
Solo un vacío pacífico que se extendía por su mente.
El cuerpo de Darius yacía sobre el suelo frío de piedra… hasta que un rayo de luz atravesó la oscuridad.
Sus párpados temblaron.
Abrió los ojos.
El aire del mundo real era distinto: fresco, puro, casi sagrado.
Un halo de luz dorada bañaba el interior de la cueva, y el sonido del viento entre las montañas sonaba como un canto lejano.
Darius respiró profundo, dejando que el aire lo llenara de vida.
—Bienvenido de vuelta —dijo una voz serena y familiar.
El Dalai Lama estaba de pie frente a él, apoyado en su bastón, con una sonrisa tranquila.
Sus ojos cerrados irradiaban sabiduría y paz.
—Has cruzado el umbral, Darius.
Has completado la prueba —continuó—.
Has probado ser digno… y estar a la altura de tu ancestro.
Darius se incorporó lentamente.
Su cuerpo aún ardía con el eco del fuego azul, pero era un fuego distinto: no de destrucción, sino de equilibrio.
—Gracias, maestro —dijo con humildad—.
Sin usted, no habría logrado liberarme.
El anciano negó suavemente con la cabeza.
—Yo solo te di las herramientas.
El camino lo trazaste tú.
El mérito es tuyo.
Darius bajó la mirada y sonrió, con una gratitud profunda que no necesitaba palabras.
Luego se inclinó con respeto ante su maestro.
—Ven —dijo el Dalai Lama, señalando la salida de la cueva—.
Tus amigos te esperan.
— Fuera, el mundo real brillaba con vida.
El valle se extendía bajo un cielo azul despejado, con montañas cubiertas de niebla y praderas bañadas por la luz del amanecer.
Los árboles danzaban suavemente con la brisa, y el canto de las aves marcaba el inicio de un nuevo día.
Velkan, Branrik y Nyra aguardaban impacientes junto a la entrada de la cueva.
—¿Creen que Darius logró superar la prueba?
—preguntó Velkan, rascándose la cabeza—.
El maestro dijo que podía morir ahí dentro… Branrik, con sus brazos cruzados y su hacha apoyada en el suelo, soltó una risita burlona.
—Tú siempre tan pesimista, grandulón.
Darius no es de los que se rinden.
—¿Ah, sí?
—gruñó Velkan—.
¿Quieres comprobar quién es más fuerte?
El enano le dio un golpe seco en el brazo.
—¿Eso fue una amenaza o una invitación?
—¡Ayyy!
—gritó Velkan—.
¡Te pasas, enano!
Nyra, que observaba la escena con una sonrisa cansada, suspiró y los golpeó a ambos en la cabeza.
—¿Pueden dejar de comportarse como niños?
Los dos se quejaron al unísono: —¡Ayyy!
¿Y ahora por qué?
—Porque no se callaban —respondió Nyra, sonriendo divertida.
En ese momento, un suave temblor recorrió el suelo.
Las enormes puertas de piedra comenzaron a abrirse lentamente, dejando escapar un destello de luz tan brillante que tuvieron que cubrirse los ojos.
Cuando la claridad se disipó, lo vieron: Darius, de pie en el umbral, con la capa ondeando al viento y una calma indescriptible en el rostro.
Velkan fue el primero en reaccionar.
—¡Darius!
—gritó corriendo hacia él—.
¡Sabía que lo lograrías!
El cazador lo recibió con una sonrisa.
Branrik le dio un golpe amistoso en el pecho y Nyra le puso una mano en el hombro.
Todos sonreían.
Incluso el Dalai Lama parecía irradiar un brillo especial.
—Tu entrenamiento ha terminado —dijo el maestro—.
Y con él, la maldición que te ataba.
Hubo un momento de silencio… y luego risas, abrazos, alivio.
Era la primera vez en mucho tiempo que Darius sentía verdadera paz.
Velkan lo miró de arriba abajo y frunció el ceño.
—Oye… ¿y ese cambio de look?
—¿Qué cosa?
—preguntó Darius, confundido.
—Tu cabello —respondió Velkan, conteniendo la risa—.
¿Siempre fue blanco?
Darius corrió hacia una fuente cercana.
El reflejo del agua le devolvió una imagen nueva: su cabello, antes oscuro, ahora era de un tono plateado brillante, casi etéreo.
Sus ojos, en cambio, ardían con una tenue chispa azulada.
—¡¿Qué demonios…?!
Maestro, mi cabello… El Dalai Lama sonrió.
—El fuego azul purificó no solo tu alma, sino también tu cuerpo.
Has renacido.
Velkan levantó una ceja.
—¿Y usted no lo notó?
—Recuerda que soy ciego, hijo mío —dijo el anciano con una sonrisa tranquila.
Velkan soltó una carcajada.
—Ah… cierto.
Branrik y Nyra no pudieron contener la risa.
Nyra, aún sonriendo, le dijo: —De hecho, te ves increíble.
Ese cabello blanco te da un aire de leyenda.
—Sí —agregó Branrik con tono burlón—.
Ahora todas las mujeres del pueblo te van a seguir, ja ja ja.
Darius los miró con una mezcla de resignación y diversión.
—Bueno… supongo que hay cosas peores que ser el centro de atención.
El Dalai Lama alzó su bastón y señaló el horizonte.
—El día avanza.
Es hora de volver al templo antes de que anochezca.
El grupo asintió.
Recogieron sus armas, sus mochilas y comenzaron a descender el valle.
— El camino de regreso fue tranquilo.
Las risas de sus amigos se mezclaban con el murmullo del viento y el sonido del agua que corría entre las rocas.
Nyra tarareaba una melodía antigua, mientras Branrik contaba historias exageradas sobre sus batallas pasadas.
Darius caminaba un poco más atrás, observando el paisaje, los rostros de sus compañeros, la luz del sol reflejada en sus armas.
Todo parecía tan real, tan vivo… tan distinto del mundo sombrío del que había escapado.
El Dalai Lama caminaba junto a él, apoyado en su bastón.
—¿Qué sientes ahora, Darius?
—preguntó.
El cazador miró al horizonte, donde el sol comenzaba a descender.
—Paz —respondió con voz firme—.
Y gratitud.
El maestro asintió.
—Entonces, has aprendido la lección más importante.
Darius sonrió.
—Sí.
Por primera vez… me siento libre.
Y mientras el sol se ocultaba tras las montañas, los cuatro héroes continuaron su marcha, envueltos en la calidez de un nuevo comienzo.
Las sombras del pasado se habían disipado… al menos por ahora.
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