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NOSFERATU - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 capitulo 62- El retorno al templo blanco
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62: capitulo 62- El retorno al templo blanco 62: capitulo 62- El retorno al templo blanco El sol ya rozaba el horizonte cuando el grupo divisó las altas torres del templo.

Entre la bruma del atardecer, el Templo Blanco se alzaba majestuoso, tallado sobre la montaña como si los dioses mismos lo hubieran esculpido.

Sus muros brillaban bajo la luz del ocaso, y banderines dorados ondeaban suavemente con el viento.

El sonido de las campanas sagradas resonaba a lo lejos, profundo, sereno, como una melodía que llamaba a casa a los que habían completado su viaje.

Velkan exhaló un silbido.

—Nunca deja de impresionarme… —dijo, mirando el templo con una sonrisa cansada.

—Y pensar que hace unos días estábamos en medio de una guerra de sombras —añadió Branrik, ajustando su hacha al cinturón—.

Esto se siente como otro mundo.

—Lo es —respondió Nyra, con voz suave—.

Aquí el alma descansa.

Darius los observaba en silencio.

El fuego azul en su interior ya no lo consumía, solo ardía levemente en su pecho, como una llama tranquila.

El viento agitaba su cabello blanco mientras ascendían los últimos peldaños del largo camino.

El Dalai Lama caminaba a su lado, apoyándose en su bastón, con el rostro sereno.

—Hace años que el templo no recibe un alma liberada —dijo—.

Tu regreso será recordado, Darius.

El cazador bajó la mirada.

—No busco ser recordado, maestro.

Solo… vivir en paz.

El anciano sonrió.

—Y por eso eres digno.

— A la entrada, varios monjes aguardaban.

Sus túnicas blancas y doradas se mecían con el viento.

Cuando Darius se acercó, todos inclinaron la cabeza en señal de respeto.

Uno de ellos, un joven con rostro sereno, habló: —Maestro Lama, el consejo ha sido informado.

Prepararemos el altar de purificación.

—No será necesario —respondió el Dalai Lama con calma—.

Darius ya ha purificado su alma.

Lo que antes era oscuridad, ahora es luz.

Los monjes intercambiaron miradas de asombro.

Algunos se arrodillaron.

Darius, incómodo, se llevó una mano a la nuca.

—Por favor… no soy un santo.

Solo hice lo que debía.

—Eso mismo diría un verdadero héroe —murmuró Nyra con una sonrisa cómplice.

Branrik soltó una risita.

—Sí, un héroe con pelo blanco y actitud humilde… cuidado, pronto harán estatuas tuyas.

Velkan lo empujó suavemente.

—Shhh, déjalo disfrutar el momento.

El grupo cruzó el gran umbral de piedra.

Dentro, el templo los recibió con una calma casi sagrada.

El aire olía a incienso y flores.

Rayos de sol se filtraban por los vitrales, pintando el suelo con tonos dorados y azules.

Darius avanzó lentamente, observando los muros cubiertos de grabados antiguos.

En ellos, escenas de batallas pasadas, héroes olvidados… y figuras envueltas en fuego azul.

Detuvo su paso.

—Estos grabados… —murmuró—.

Son iguales a los de mis sueños.

El Dalai Lama asintió.

—Porque tus sueños siempre fueron ecos del linaje que llevas dentro.

Ahora lo comprendes, ¿verdad?

Darius posó su mano sobre una de las paredes.

La piedra estaba tibia, viva.

—Sí… ahora lo entiendo.

El fuego no era una maldición.

Era una herencia.

El maestro sonrió.

—Y tú fuiste el primero en aceptarla sin miedo.

— Esa noche, el templo se llenó de luz.

Velas blancas se encendieron alrededor del altar central.

Los monjes entonaban un canto suave, casi un susurro.

Darius se arrodilló frente al Dalai Lama mientras el grupo observaba en silencio.

—Hoy cierras un ciclo, Darius —dijo el anciano—.

La oscuridad que te atormentaba se ha disipado, y en su lugar nace un nuevo propósito.

No para destruir… sino para guiar.

El fuego azul emergió débilmente de las manos del cazador.

No ardía, sino que flotaba como un espíritu tranquilo.

La luz azul iluminó el rostro de todos, reflejándose en sus ojos con un resplandor cálido.

Velkan murmuró, con una sonrisa sincera: —Nunca pensé que algo tan poderoso pudiera sentirse… tan en paz.

Branrik cruzó los brazos.

—Pues que se acostumbre.

Ya no es el Darius de antes.

Nyra lo miró con ternura.

—No, ahora es el Darius que siempre debió ser.

Darius levantó la vista hacia su maestro.

—Gracias… por creer en mí cuando ni yo podía hacerlo.

El Dalai Lama colocó una mano en su hombro.

—Aún te queda un largo camino.

Pero hoy… disfruta la paz que tanto te costó ganar.

El fuego azul se desvaneció lentamente, quedando solo el suave brillo de las velas.

Fuera, la noche cubría el templo bajo un cielo estrellado.

Y así, mientras el mundo dormía, Darius y sus compañeros descansaron, sin cadenas, sin miedo… por primera vez en mucho tiempo.

El cazador maldito había encontrado su redención.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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