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NOSFERATU - Capítulo 65

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  4. Capítulo 65 - 65 Capitulo 65- Camino hacia Yakarta
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65: Capitulo 65- Camino hacia Yakarta 65: Capitulo 65- Camino hacia Yakarta Salieron del templo con la luz del amanecer todavía tibia sobre los hombros.

El sendero que descendía hacia el bosque olía a musgo y resina; cada paso levantaba pequeños remolinos de hojas secas que brillaban como brasas apagadas.

El silencio del lugar tenía la calma de antes de una tormenta, y los cuatro se movían como un solo cuerpo: sigilosos, seguros, con la determinación tatuada en la mirada.

Nyra caminaba un paso por delante, la capa ceñida a la cintura para no entorpecer su marcha.

Miró a sus compañeros y dijo, con esa mezcla de certeza y picardía que siempre la hacía impredecible: —Iremos a Yakarta.

Allí hay alguien que me debe un favor.

Puede darnos información valiosa.

Velkan dejó escapar una carcajada amarga, clavando los ojos en el follaje que los rodeaba.

—¿Yakarta?

Qué idea tan… perfecta, Nyra.

Un buen lugar para buscar respuestas: cazarrecompensas, forajidos, ladrones, putas leyes… todo un paraíso.

Branrik, que siempre encontraba diversión en provocar, se burló con voz grave: —¿Tienes miedo, grandulón?

¿Vas a llorar cuando nos topemos con algún negrero?

Nyra y Branrik estallaron en risas, un sonido breve y claro que se perdió entre las ramas.

Velkan resopló con fastidio, pero su sonrisa asomó por un instante; la camaradería era su armadura tanto como sus cuchillas.

Darius se mantuvo en silencio unos segundos más, recorriendo con la mirada el horizonte entre árboles.

El fuego azul en su pecho parecía más tenue, como si midiera las sombras que venían con ellos.

Al fin habló, con esa voz contenida que apenas dejaba transparacer la preocupación: —¿Creen que esa persona sea de fiar?

Yakarta es un lugar sin ley; cualquier deuda puede convertirse en trampa.

Nyra giró la cabeza con calma, su rostro duro pero sereno.

No había rastro de duda en sus ojos.

—Él es de fiar.

Además, me debe un favor.

Si no colabora, le cortaré las bolas.

Velkan soltó un «¡ayyy!» teatral, cubriéndose la cara con la palma de la mano.

—Nyra, eres una salvaje.

Branrik rio con fuerza, un sonido que se convirtió en ecos entre los troncos.

—La mejor clase de salvajes son las que cortan cuentas pendientes.

Darius dejó escapar una media sonrisa, amarga y protectora.

Sabía que las amenazas de Nyra habían salvado a más de uno —y también habían causado problemas— pero la confianza que sus compañeros depositaban en ella le daba tranquilidad.

No obstante, la sombra de su responsabilidad pesaba como una losa fría: impedir que el rey ancestral resurgiera no era una tarea para improvisaciones.

Cada paso fuera del santuario podía ser una semilla para el desastre.

Mientras avanzaban, un leve crujido en la maleza les recordó que no estaban solos en el bosque.

Nada emergió, sólo un par de aves que alzaron vuelo con sobresalto, pero el recordatorio bastó para que Darius apretara el puño bajo la capa.

Sus pensamientos volvieron a la advertencia del Dalái Lama —equilibrio, coraje y compasión— y sintió la convergencia entre la sabiduría recibida y la necesidad de actuar con precisión.

La senda se volvió más angosta y sombría; los primeros pueblos quedaron atrás y, con ellos, la protección de lo sagrado.

Cada kilómetro los acercaba a Yakarta, a la leyenda sucia de sus calles y a la promesa de información que podría cambiarlo todo.

Al final del día, cuando el sol comenzaba a caer filtrándose entre la copa de los árboles, los cuatro héroes se detuvieron en una loma.

Desde allí podían ver la línea lejana del horizonte, una promesa de territorio sin reglas donde la verdad se compraba con sangre o se vendía por monedas.

Nyra encendió una pequeña chispa entre las manos —no fuego azul, sólo un destello práctico— y miró a sus compañeros con decisión inquebrantable.

—Ruta marcada, favor en deuda y una ciudad que no perdona.

—dijo—.

Mañana entraremos en Yakarta.

Velkan asintió, ajustando su bolsa de provisiones.

Branrik afiló una navaja con gesto distraído.

Darius, por su parte, observó la línea del crepúsculo y, por primera vez en días, dejó que la noche le hiciera compañía sin temerle del todo.

El destino estaba puesto: rumbo a Yakarta.

Y con cada paso que daban hacia la ciudad sin ley, la sombra del rey ancestral parecía alzarse un poco más, tanteando los hilos que comenzarían a tejer su regreso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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