NOSFERATU - Capítulo 72
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Capítulo 72: Capitulo 72 : la fortaleza de los caídos
Durante dos días caminaron sin descanso.
El mundo ya no era el mismo.
Desde la resurrección del Rey Ancestral, algo invisible se había desgarrado. La barrera entre lo oculto y lo humano se rompió como un espejo maldito. Sombras que antes solo susurraban ahora caminaban bajo el sol gris. Bestias deformes acechaban los caminos. Soldados de la Orden patrullaban como si esperaran una guerra abierta.
Darius y Nyra avanzaban entre bosques muertos y senderos cubiertos de niebla.
Una criatura de huesos expuestos intentó interceptarlos la primera noche.
Nyra la atravesó con su acero antes de que pudiera gritar.
La segunda noche fueron soldados marcados por la Orden.
Darius no dejó sobrevivientes.
Al amanecer del tercer día, lo vieron.
En la lejanía, emergiendo entre bruma y montañas negras, un castillo inmenso se alzaba como una herida en el horizonte.
No estaba en ruinas.
No estaba deteriorado.
Parecía… congelado en el tiempo.
Torres intactas. Murallas firmes. Ventanas oscuras sin un solo vidrio roto.
Como si los años no se atrevieran a tocarlo.
Nyra entrecerró los ojos.
—Es imposible que siga en pie después de tanto tiempo…
Darius no apartó la mirada.
—Aquí fue donde empezó todo…
donde empezó mi maldición.
El viento movió su abrigo oscuro.
—Pero también fue donde me encomendé mi misión.
Nyra lo miró con gravedad.
—Aquí fue donde te ofrecieron al Rey Ancestral.
Darius tardó en responder.
—Sí…
pero aquí encontraremos lo que estamos buscando.
Caminaron hacia las enormes puertas de hierro.
No había guardias.
No había sonido.
Solo silencio.
Las puertas cedieron con un leve empujón.
Dentro, el aire era frío y seco.
Pasillos angostos se extendían en penumbra, iluminados apenas por antorchas que… aún ardían.
Nyra frunció el ceño.
—Este castillo es enorme.
—Se usaba como fortaleza —respondió Darius—. Mucho antes de que la Orden lo reclamara.
Sus pasos resonaban en las paredes de piedra.
—Parece intacto… —murmuró Nyra—. Como si alguien lo mantuviera a pesar del tiempo.
Darius asintió apenas.
—Sí… y eso significa que no estamos solos. Mantente alerta.
Doblaron un corredor y llegaron al gran salón del banquete.
Una mesa larguísima ocupaba el centro.
Platos dorados.
Copas de cristal.
Candelabros aún encendidos.
Ni una mota de polvo.
Todo dispuesto como si los invitados fueran a regresar en cualquier momento.
Darius recorrió el lugar con la mirada.
—Solían hacer grandes banquetes aquí.
Nyra pasó los dedos por una copa intacta.
—Debía ser divertido.
Darius soltó una risa breve, sin humor.
—No todos comían en esta mesa. Muchos eran nobles… arrogantes, hambrientos de estatus.
La Orden los mantenía cerca.
Les hablaban de “la causa”.
De “salvar al mundo”.
Nyra entendió al instante.
—Donaciones disfrazadas de fe.
—Dinero fácil mediante un estatus ficticio —respondió Darius.
Un sonido interrumpió el momento.
Un leve roce.
Un paso.
Alguien los observaba.
Darius lo sintió antes de verlo.
Nyra también.
Ambos se miraron.
Y corrieron.
Una figura cruzó el fondo del salón, desapareciendo por un arco lateral.
La persiguieron por escaleras en espiral y corredores cada vez más estrechos hasta llegar a una puerta gigantesca de piedra.
Darius se detuvo.
No necesitaba abrirla para saber.
La empujó.
El aire dentro era más frío que el exterior.
El salón de iniciación.
En el centro… el círculo ritual.
Pero ahora estaba cubierto de huesos.
Esqueletos vestidos con restos de armaduras rasgadas.
Marcas negras aún visibles en el suelo.
Ecos de lo que ocurrió aquella noche.
Darius caminó hasta el centro.
Sus botas crujieron sobre fragmentos de metal oxidado.
—Aquí fue donde ocurrió…
aquí fue donde mi vida cambió.
Nyra se acercó despacio.
—Debió ser terrible…
pero mírate. Aún estás de pie.
El fuego azul bajo la piel de Darius comenzó a vibrar.
—Lo que buscamos está más adelante…
o las pistas que nos llevarán a él.
Nyra asintió.
—Entonces debemos continuar.
—Claro… debemos darnos prisa.
El silencio regresó.
Demasiado profundo.
Y entonces—
Una lanza atravesó el aire.
Darius giró instintivamente.
La punta pasó rozando su rostro y se clavó contra la pared con una explosión de chispas.
Nyra desenvainó al instante.
—¡¿De dónde—?!
Un sonido metálico pesado respondió.
Desde la penumbra, entre columnas quebradas y sombras largas, una figura emergió.
Un guerrero acorazado.
Armadura negra completa.
Marcas antiguas grabadas en el metal.
El casco sin rostro, solo una abertura horizontal desde donde dos luces pálidas observaban.
No respiraba.
No hablaba.
Pero su presencia era aplastante.
Darius reconoció la armadura.
Y su expresión cambió.
No era miedo.
Era memoria.
El acorazado arrancó la lanza de la pared con una sola mano.
El sonido del metal raspando piedra retumbó en la sala.
Nyra adoptó postura de combate.
—Darius… ¿lo conoces?
El fuego azul comenzó a envolver los puños de Darius.
—Sí.
El acorazado inclinó levemente la cabeza.
Como si lo estuviera evaluando.
Como si lo hubiera estado esperando.
Darius dio un paso al frente.
—No pensé que aún quedara algo de ti.
El guerrero levantó la lanza.
El aire vibró.
Y la voz que salió desde dentro del casco no era humana.
Era hueca.
Antigua.
—El juramento… no ha terminado.
El capítulo termina con el eco de esas palabras mientras Darius y Nyra se colocan en guardia, listos para enfrentar aquello que custodia el corazón del castillo.
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