Nosotros en las estrellas - Capítulo 10
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10: 9-Prisoner 10: 9-Prisoner Canción sugerida: Prisoner – Miley Cirus, Dua lipa Mis ojos solo lo veían a él.
Tan tranquilo, tan seguro, como si nada de lo que pasara a su alrededor pudiera afectarlo.
Pero allí estaba también ella.
Nat.
Así la llamaba.
No sabía por qué el que Zeke la llamara así, que le hubiera puesto ese apodo, me irritaba tanto, pero cada vez que lo escuchaba, algo me ardía en la garganta.
Estaban acurrucados en un rincón, tan cerca el uno del otro que apenas había aire entre ellos.
Natalie se inclinaba hacia él, le decía algo al oído, y Zeke sonreía.
Esa sonrisa… no era cualquier sonrisa.
Era la primera vez que le veía en años, y por alguna rara e inexplicable razón que lo hiciera con ella me molestaba.
Entonces, como si hubiera sentido mi mirada, levantó la cabeza.
Su mirada recorrió toda la sala, al principio una mirada distraída, una que revisaba quién estaba a su alrededor, pero al mismo tiempo lucía como si estuviera buscando algo; su mirada paró cuando me encontró.
Maldije mentalmente por no haber apartado mis ojos de él a tiempo.
Fue un instante, pero bastó.
Nuestros ojos se engancharon como si el resto del mundo desapareciera.
No fue una mirada de odio ni de indiferencia.
Fue otra cosa.
Algo que no supe descifrar.
Un reconocimiento silencioso.
Una pregunta sin palabras.
El corazón me dio un salto, y por un momento todo se detuvo.
Éramos solo él y yo, separados por metros de distancia y una historia que aún no entendíamos.
Pero el instante se rompió tan rápido como había llegado.
Zeke parpadeó, como si hubiera despertado de un sueño, y se giró hacia Natalie.
La tomó del rostro con ambas manos, enredando los dedos en su cabello, y la besó.
No fue un beso cualquiera.
Fue intenso, público, deliberado.
La empujó contra la pared, la reclamó frente a todos.
A los demás les pareció una escena de pasión espontánea; a mí, una declaración de guerra.
Porque vi ese destello en sus ojos un segundo antes, y lo supe con una certeza dolorosa: ese beso no era para ella.
Era para mí.
Era un mensaje.
Una muralla que estaba levantando justo frente a mí.
Sentí una punzada aguda en el pecho, un golpe seco que me robó el aire.
Era rabia, sí, pero también algo más.
Algo que no quería admitir.
—Annie, ¿estás bien?
—La voz de Luana me sacó de mi trance.
Asentí rápido, sin pensar.
—Sí, genial.
Voy por algo de comer —dije, con una sonrisa forzada en la que se me quebró la voz.
Me giré antes de que alguien notara el temblor en mis manos.
Cada paso hacia la mesa de comida era una orden para mí misma: Finge que todo está bien.
Mis compañeros me siguieron, intentando distraerse también.
—Deberían probar esto —dijo Luana, sirviendo algo que olía dulce—.
No tengo idea de qué es, pero está buenísimo.
Matthew me pasó un vaso.
—Y esto es una malteada de chocolate.
La hicieron con reservas de emergencia.
Intenté sonreír, pero mi atención seguía anclada en ese rincón del salón.
Christopher se acercó y me tocó el hombro con una sonrisa tranquila.
—No seas tan seria.
Vamos, tómate algo fuerte.
Te vendrá bien.
Sirvió un líquido transparente en vasos pequeños.
No sabía qué era, pero lo bebí de un trago.
Sentí el ardor recorrerme la garganta.
Al menos, quemaba más que el nudo que tenía en el pecho.
—Oye, con calma —me dijo Chris, notando mi gesto—.
¿Seguro que estás bien?
Negué con la cabeza.
No podía mentirle.
Él dejó su vaso a un lado y me ofreció la mano.
—Entonces no bebas más.
Vamos a bailar.
Lo seguí.
La música era tan fuerte que por fin pude dejar de pensar.
Christopher sabía moverse, y entre vueltas y risas, sentí que por unos minutos podía ser alguien más.
Podía fingir que no dolía.
Que no importaba.
Pero todo terminó demasiado pronto.
La música se cortó de golpe, como si alguien hubiera arrancado el aire del lugar.
Las luces se encendieron con un destello blanco que nos cegó a todos.
Un silencio incómodo cayó sobre la sala, ese tipo de silencio que pesa, que anuncia que algo está a punto de romperse.
Dos minutos después, las pantallas alrededor del salón se encendieron.
El logo de Génesis Lab brilló en el centro, y una voz que conocía demasiado bien llenó la habitación.
La instructora.
Siempre con ese tono neutro, inhumano.
—Tripulantes del Proyecto Éxodo II —comenzó—.
Como se informó desde el inicio de esta misión, uno de los objetivos principales es la conservación de la especie.
Por ello, cada uno de ustedes ha sido emparejado con la persona con la que presenta la mayor compatibilidad biológica y psicológica.
Un murmullo recorrió el lugar.
Algunos reían nerviosos, otros se miraban con terror.
Yo sentí cómo se me helaban los dedos.
—En este momento —continuó la voz—, las cabinas residenciales están siendo activadas.
Cada cabina podrá abrirse únicamente con las huellas dactilares de las dos personas asignadas.
Dichas parejas deberán convivir hasta la llegada a Percevalis.
El aire cambió.
Se volvió espeso, casi difícil de respirar.
La gente se miraba con expectación, algunos riendo, otros cruzando los dedos.
Y yo… yo solo podía pensar en una cosa.
En él.
En su mirada.
En ese beso.
Una sensación helada me recorrió la espalda.
No sé por qué, pero supe que algo estaba a punto de pasar.
—Ojalá tú seas mi pareja, Annie, luciríamos muy bien juntos —susurró Cristopher casi que en mi oído.
Y a pesar de que tal vez había un poco de verdad en lo que decía, Chris no era una opción para mí, no sentimentalmente, solo era mi amigo; sin embargo, al pensarlo, y sin ninguna otra opción por lógica, no era la peor opción.
Por suerte para mí, no fui yo quien tuvo que decidir; Génesis Lab ya lo había hecho por mí.
Solo me quedaba esperar, así que miré hacia él y asentí con una pequeña sonrisa.
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