Nosotros en las estrellas - Capítulo 100
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Capítulo 100: 99- Right Now
Canción sugerida: Right Now – Gracie Abrams
Desperté con esa sensación de paz y calidez pegajosa. Las puertas del balcón estaban abiertas, el viento del mar golpeaba las cortinas, haciéndolas danzar; era la mañana perfecta. Mi cuerpo se sentía pesado, relajado, con ese dolor muscular sutil pero placentero que era el recordatorio físico de Zeke de que habíamos vuelto a encontrarnos.
Recordé el tacto de sus manos grandes recorriendo mi espalda, su peso sobre mí, la desesperación casi violenta con la que nos habíamos amado la noche anterior. Nunca habíamos estado tan conectados el uno con el otro.
Sonreí contra la almohada, aun con los ojos cerrados.
Estiré la mano hacia su lado de la cama, buscando instintivamente su calor; aún no estaba lista para despertar de ese momento, quería sentir la textura áspera de su piel desnuda o el ritmo constante de su respiración que siempre me arrullaba mejor que cualquier sonido.
Pero ese intento de parar el tiempo fue un fracaso. Cuando mis manos recorrieron la cama, las sábanas estaban vacías, lisas y frías, como si hubieran pasado horas desde que se levantó.
Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz que entraba directamente a la cama.
—¿Zeke? —llamé, mi voz ronca por el sueño.
No hubo respuesta; esperé algunos minutos, esperando su voz de vuelta, pero todo lo que tuve fue el silencio absoluto.
—¿Qué clase de hombre es con el que duermo? —pensé, mientras me incorporaba; sin embargo, mi voz replicaba el sarcasmo de mis palabras.
Zeke sabía lo mucho que me molestaba despertar y que él no estuviera allí, pero también entendía sus miles de razones: “Te veías muy tranquila durmiendo”, “Sería cruel no dejarte dormir cinco minutos más”, “Annie, no sabes el mal humor con el que te despiertas cuando aún es muy temprano”.
Me incorporé, apoyándome en los codos. Revisé toda la habitación mientras intentaba dejar el sueño del todo. Vi su almohada, la que aún olía a él, su lado de la cama aún destendida, pero sin rastro de él.
Hubiera deseado esos cinco minutos de pereza con él, bromeando acerca de quedarnos así para siempre o simplemente planeando nuestro día. Supuse que el trabajo lo había llamado primero que yo. Amaba lo entregado que podía ser a veces; siempre había una turbina, un sensor o una crisis que necesitaba al “Líder Kavan” y él, en su intento de arreglar todo, nunca decía que no.
Me levanté, envolviéndome en la sábana blanca porque el aire de la mañana estaba inusualmente frío. Al poner los pies en el suelo, pisé algo suave.
Su camisa. La que llevaba anoche. Estaba tirada en la alfombra, manchada de grasa y con una mancha oscura en el cuello que parecía sangre seca. Cerca de su ropa estaba la mía; sentí como una sonrisa se dibujaba en mi cara. Era un recuerdo de lo que habíamos hecho, del amor que nos habíamos dado.
—¡Zeke! —grité un poco más fuerte esperando su respuesta, caminando hacia el baño.
La puerta estaba abierta; no había rastro de vapor, el baño estaba vacío, el espejo estaba limpio, no había toallas en el suelo o rastro de él allí.
Bajé las escaleras descalza, arrastrando la sábana.
—Espero que estés haciendo café, porque si te fuiste sin despedirte después de anoche, estás en serios problemas, Kavan —bromeé en voz alta, esperando que estuviera allí; buscaba sacarle una sonrisa a esa cara de seriedad que cargaba últimamente.
Pero la cocina estaba vacía. Y fría.
La cafetera estaba apagada, no había rastro de haberse usado. Tampoco había tazas sucias. La mesa del comedor seguía tal como la habíamos dejado; las velas seguían ahí consumidas hasta ser solo charcos de cera fría.
Fue ahí cuando todo empezó a sentirse fuera de lugar, en donde se había escondido; aún era muy temprano para haberse ido, no podía ser. Me negué a creerlo, pero la sensación de calidez empezó a disiparse rápidamente, reemplazada por un frío sutil que me subió por los pies descalzos.
—¿Zeke? —le pregunté esta vez a la casa, esperando que pudiera decirme algo en medio de mi desesperación.
Miré hacia la entrada. Sus botas de trabajo no estaban. Su chaqueta de cuero tampoco. Y lo que era duda empezó a volverse certeza cuando miré por la ventana apartando la cortina. El camino de entrada estaba vacío. El todoterreno no estaba.
—¿Se fue? —me dije a mí misma.
El nudo en la garganta empezaba a formarse; él nunca se iba sin despedirse, a menos que estuviera enojado. —Hubo una emergencia. No quiso despertarme —dije, intentando buscar una razón para su ausencia.
Subí de nuevo a la habitación, esta vez más rápido; si no me había despertado, quizá había dejado una nota. Revisé las almohadas, las mesas de noche. Nada, fui al armario. Su ropa estaba ahí, colgada perfectamente.
—Ves, Annie. Estás paranoica —murmuré, soltando el aire.
Pero algo me hizo mirar hacia el estante inferior, donde guardábamos las cosas importantes. Buscar una nota en el lugar menos pensado. Esa era la excusa. La caja de seguridad pequeña estaba entreabierta. Me agaché y la revisé.
Faltaban sus documentos de identificación. Le faltaba su dinero.
Retrocedí, sentándome en el suelo de golpe. Eso no era una emergencia de trabajo. Para ir a arreglar un panel no necesitas tus documentos ni todo tu dinero para eso.
Traté de buscar lógica donde no la había. Quizá tenía que renovar un permiso. Quizá fue a comprar algo para la casa; tal vez quería darme una sorpresa.
Fuera cual fuera la razón, sabía que Zeke no se iría. No después de anoche. No cuando me dijo que me amaba con lágrimas en los ojos mientras yo le curaba la cara. Era imposible.
Zeke podía ser frío, calculador y a veces impulsivo, pero Zeke no era alguien que abandonaba; él buscaba, él protegía. Mi Zeke no era un cobarde.
Me senté en el sillón, aún cubriéndome con la sábana; cuando vi mi dispositivo, me levanté y corrí hacia él. Lo prendí, esperando un mensaje, una llamada perdida, pero no había nada.
Quizá se le olvidó, así que le marqué a Zeke; no contestó, fue directo a buzón. Una, dos, tres veces. Solo necesitaba escuchar su voz.
—¡Contesta, maldita sea! —grité al aparato, caminando en círculos.
Me recosté contra el mesón de la cocina.
—Piensa, Annie, piensa.
Si alguien aparte de mí sabía dónde estaba Zeke en el mundo, ese sería Matthew; él sabría si había una emergencia en la planta o en los generadores.
El tono sonó dos veces; fueron segundos que se sintieron horas, pero finalmente contestó.
—¿Annie? —Su voz sonaba extraña. Ronca, cansada.
—Matt, ¿Zeke está contigo? —pregunté directo, sin saludos—. No está en casa, no contesta el comunicador y se llevó sus documentos. ¿Pasó algo en la central? ¿Hubo un accidente?
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de cosas no dichas.
—No, Annie —dijo finalmente—. No está aquí. No hubo ningún accidente en la central.
—¿Entonces dónde está? —El pánico empezó a trepar por mi garganta—. Matt, anoche Zeke llegó golpeado. Tenía la cara destrozada; no me quiso decir quién fue. Estoy preocupada. ¿Sabes algo?
Escuché a Matthew suspirar, un sonido largo y profundo.
—Annie… escúchame —dijo, y su voz se endureció, perdiendo la calidez—. Deja de buscarlo.
¿Acaso mi hermano sabía algo que yo no? ¿Eso acaso significaba que él estaba bien? Me quedé helada, intentando descifrar sus palabras.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Quizá fue lo mejor, Annie —dijo, con una frialdad que me dejó sin aliento—. Él nunca estuvo hecho para ti. Siempre te lo dije. Era una bomba de tiempo. Es mejor que se haya ido ahora antes de que…
¿Cuándo había cambiado? ¿Cuándo había dejado de considerarlo su hermano, su confidente? ¿Acaso el odio de Matthew hacia Zeke había vuelto? Porque no reconocía al hombre que me hablaba a través del teléfono.
—¡Cállate! —le grité, sintiendo una oleada de furia caliente—. ¡No te atrevas a hablar así de él! ¡Si sabes dónde está, solo dímelo, Matthew Baldwin!
—No sé dónde está, y sinceramente, no me importa —respondió Matthew, tajante—. Solo te digo que lo dejes ir. Estás mejor sin él.
No esperé a que dijera nada más; me hería con cada palabra que salía de su boca, era crueldad pura. Decir que era “lo mejor” que desapareciera sin dejar rastro era absurdo. Así que le colgué.
Zeke no me dejaría. Zeke me amaba. Yo lo sentí anoche, lo sentí por meses; el amor no se borra de la noche a la mañana, eso era seguro.
—Algo le pasó —dije en voz alta a la habitación vacía—. Algo le pasó y Matthew no me lo quiere decir.
No pensaba quedarme sentada esperando a que el silencio me tragara, aceptando que se “había ido”, como lo había dicho Matt.
Corrí al vestidor. Me quité la sábana y me puse lo primero que encontré: unos shorts grises viejos, una sudadera enorme y los primeros tenis que encontré. Me recogí el pelo en una coleta mal hecha mientras bajaba las escaleras corriendo.
Agarré las llaves del vehículo pequeño que usaba para ir al laboratorio.
Iba a encontrarlo. Iba a ir a la central, al muelle, a cada maldito rincón de Aurora Bay hasta encontrar su todoterreno. Y cuando lo encontrara, iba a gritarle por asustarme así, lo besaría y lo traería a casa, y cuando ya estuviéramos de nuevo en casa, iba a obligar a Matthew a disculparse por decir que estaba mejor sin él.
Salí de la casa dando un portazo, con el corazón latiéndome en la garganta y la certeza de que esto era solo un malentendido. Tenía que serlo. Porque la alternativa… la alternativa era un abismo al que me negaba a mirar.
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