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Nosotros en las estrellas - Capítulo 101

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Capítulo 101: 100- Somebody Else

Canción sugerida: Somebody Else – The 1975

Salí de la casa dando un portazo que casi rompe los cristales de esa casa perfecta. Sentía que me ahogaba sin él.

Me subí al auto y arranqué el motor; me aferré al volante con fuerza, intentando que mis manos no temblaran como lo hacía todo mi cuerpo, clavando las uñas hasta que el dolor en los nudillos fue lo único real en medio de esta pesadilla.

«No está. Se fue. Es lo mejor, Annie».

Las palabras de Matthew resonaban en mi cabeza como un disco rayado, una y otra vez. Es lo mejor. Es lo mejor.

—¿Lo mejor para quién, maldita sea? —le grité al camino.

Y mientras intentaba ponerle lógica a sus palabras, a las acciones de la noche anterior de Zeke y a su repentina desaparición, yo empezaba a perder la poca cordura que me quedaba.

Es que no cabía en mi cabeza cómo podía ser cierto. Zeke no se iría así. No él. No después de lo que nos dijimos o prometimos; él no desaparecería, no después de todo lo que habíamos luchado.

Conduje sin ver realmente la carretera. No sé cómo no choqué, porque mientras iba en el camino, mis ojos se llenaron de lágrimas, unas que me negaba a soltar. Porque si lloraba, aceptaría que él ya no estaba y que se había ido.

Yo no iba a aceptar esa mierda, no sin buscarlo.

Perdí el sentido del tiempo y del espacio en ese carro; supe que había llegado cuando vi el edificio imponente en frente de mí. Era la torre de control, el lugar desde el cual se gestionaba todo en Aurora Bay.

Si existía un lugar en el cual podría encontrar a Zeke, sería allí; incluso cuando ese edificio estuviera vacío. Si a él lo necesitaban, él sería la primera persona en estar allí; quizá había una crisis haciéndose cargo.

Corrí hacia la entrada; no me importó dejar el carro en la mitad de la calle; vi cómo todos se quedaron mirando. El guardia de seguridad se levantó de un salto al verme.

—No debería estar aquí, señora… —Juré escuchar mientras pasaba por su lado.

Vi la mirada de las personas que salían y entraban, y es que debía verme fatal: despeinada, pálida, con la ropa de casa. No me importó; en realidad me daba igual lo que cualquiera pudiera pensar de mí.

No paré a esperar el ascensor; de hecho, pasé de largo. No podía esperar. Subí las escaleras de dos en dos, sintiendo cómo me quemaban los pulmones, hasta llegar a su piso.

Caminé hasta la que era su oficina, esperando que estuviera allí, sentado, pero luego abrí la puerta de su oficina de golpe.

—¡Zeke! —grité alistando la pelea que iba a empezar.

Él no estaba allí. La oficina estaba completamente vacía. Su escritorio, que siempre era un desastre de cables, tazas de café a medio tomar y planos arrugados, estaba impecable.

El aire estaba frío, las ventanas cerradas; recordé que él siempre decía que no había nada como sentir el viento correr por tu cara y poder respirar de verdad, y la última prueba de su ausencia era la silla; estaba puesta perfectamente bajo la mesa.

Me quedé mirando su silla. —¿Dónde te metiste, Kavan? —le pregunté al espacio vacío, como si su huella de hacía algunos días pudiera responderme.

Me limpié las lágrimas una vez más; debía seguir la búsqueda. Cuando estaba lista para salir de esa oficina, escuché unos pasos caminar hacia mí.

—¿Señorita Baldwin?

Me giré tan rápido que casi me mareo. Era Thomas, uno de los ingenieros junior. Me miraba desde la puerta como si yo fuera una bomba a punto de estallar. En sus ojos vi algo que me revolvió el estómago: lástima.

Me acerqué a él. Necesitaba que alguien me diera información, que pudiera darme una esperanza de que él estaba por ahí, escondiéndose.

—¿Dónde está? —Mi voz sonó rota, patética, casi un ruego—. ¿Dónde está Zeke Kavan? ¿Pasó algo con los generadores? ¡Dime!

Thomas retrocedió, abrazando una tablet contra su pecho como un escudo.

—No, señorita. Todo… todo funciona al 100%.

Vi cómo intentaba quitar la atención al tema importante; quizá él sabía, y tal vez yo empezaba a volverme loca.

—¿Entonces dónde demonios está? —grité. Ya no me importaba quién estuviera allí o quién pudiera estarme viendo.

Sentí cómo las personas que estaban allí levantaban sus cabezas para asomarse en los cubículos cercanos, gente fingiendo trabajar, pero escuchando cada palabra, cada súplica desesperada por información.

—¡No está en casa! ¡No contesta! ¡Alguien tiene que saber dónde está el maldito líder de esta ciudad!

Esta vez ya era un ruego por información; mi paranoia empezaba a tomar lo mejor de mí, la irritabilidad tomaba el control de mi tono de voz.

Thomas tragó saliva. Estaba aterrorizado.

—El señor Baldwin… dio instrucciones, señorita.

No podía ser; ¿acaso había escuchado bien? Mi hermano les había dado órdenes; ¿qué tipo de órdenes? Sentí un frío recorriéndome la espalda.

—¿Qué?

—Dijo que… que si usted venía, no le dijéramos nada. Que le pidiéramos que volviera a casa a descansar.

¿Acaso ellos sabían dónde estaba? Me quedé paralizada. ¿Matthew? ¿Mi propio hermano estaba dando órdenes para callar a la gente? ¿Para ocultarme cosas?

Intentaba que me quedara en la casa, que fingiera que él nunca había existido, pero parecía que Matthew no me conocía, que no sabía que un no, o un ve a casa, era suficiente para que yo me rindiera.

—¿Instrucciones? —Solté una risa histérica—. ¿Desde cuándo mi hermano les da órdenes a ustedes? ¡Dime dónde está ahora mismo!

—¡No lo sé! —Thomas casi lloraba—. ¡De verdad no lo sé, Annie! Nadie lo ha visto. Su auto… el todoterreno no ha pasado por ningún control hoy. No está en la ciudad.

El suelo pareció abrirse bajo mis pies. No está en la ciudad. ¿Y si quizá sí se había ido? Me dolió el pecho; era como si el corazón se estuviera rompiendo en pedazos.

No me quedé a esperar, no pensaba escuchar la lógica de los controles, así que salí de allí corriendo. Sentía cómo las paredes empezaban a reducirse hasta tenerme allí atrapada.

Tomé aire intentando calmarme, pero luego, cuando lo hice, mi estómago se revolvió; sentía que si no salía de ese edificio, me iba a vomitar.

Subí al auto de nuevo, bajé las ventanas del auto; me estaba asfixiando, no podía respirar.

—Inhala, exhala. —Me ordené a mí misma, tenía que resistir al menos hasta encontrarlo.

Pero incluso cuando me ordenaba a mí misma seguir en mi búsqueda, la calma nunca vino. Golpeé el volante con frustración, hasta que me dolió la mano.

Piensa, Annie. Piensa.

Si no estaba en la Torre… ¿Dónde estaba?

Y de repente vinieron a mí las conversaciones que habíamos tenido y las que le había escuchado… el nuevo proyecto, los paneles, claro, el muelle. Recordé las miles de veces que me había hablado del tema; sabía que ese proyecto se había convertido en su obsesión de la semana.

Pisé el acelerador hasta el fondo, conduciendo hacia el norte como una loca.

Al llegar, el viento del mar me golpeó la cara al bajar. El lugar estaba desierto, gris. Solo podía escuchar el sonido de las olas chocando contra el metal.

—¡Zeke! —Grité su nombre al viento. Pero nadie respondió.

Vi a William, uno de los líderes del proyecto, un viejo capataz muy sabio; podría decir que Zeke lo veía más que un colaborador, como el padre que nunca tuve.

Caminé hacia él, mientras veía que él estaba recogiendo unas herramientas.

—¡William! —Lo agarré del brazo, desesperada—. ¿Lo has visto? Dime que está por aquí. Dime que está revisando algo bajo el agua. Por favor.

William, quien por su mirada sabía lo que estaba pasando, me miró y negó con la cabeza lentamente. Sus ojos estaban cansados. Tristes.

—Estuvo ayer, Annie. Al atardecer. Se quedó mirando el mar como si… como si se estuviera despidiendo. Se veía mal. Roto.

—¿Hablaste con él? ¿Te dijo por qué estaba así, dónde iba? —No guardé mis sentimientos, solo dejé que mi vulnerabilidad saliera con él.

Limpió sus manos en su uniforme mientras se acercaba a mí; era obvio que sí habían hablado, ellos dos; no eran de las personas que se quedaban mirando que el otro estuviera triste sin hacer nada.

—Annie, no puedo decirte mucho, porque no me corresponde hacerlo —confesó, diciendo menos de lo que sabía—. Pero sí te puedo decir que estaba muy dolido, y sean cuales sean sus razones, quizá sea lo mejor.

—Lo mejor —repetí mientras las lágrimas salían de mis ojos—. ¿Vino el día de hoy? —pregunté en medio de susurros.

—No volvió. Y no creo que vuelva, mi niña.

—¡Cállate! —Me solté de él, limpiando las lágrimas bruscamente—. ¡No digas eso! ¡Zeke no se rinde! ¡Él no me dejaría!

Me alejé corriendo como si estuviera huyendo de mí misma. Me metí en el auto y miré hacia el horizonte, hacia donde terminaba el pavimento, donde terminaba la frontera, un territorio que no tenía dueño.

Un lugar donde la ley ni las reglas se aplicaban era donde quienes no sabían dónde vivir llegaban. Rebeldes, indecisos y nuevos colonos.

Arranqué de nuevo el auto y conduje hacia allá. Hacia la oscuridad.

Vi varios autos avanzar en la misma dirección. El pensamiento me golpeó de inmediato: ¿y si Zeke estaba entre ellos, buscando una salida, huyendo como yo? No lo pensé demasiado. Giré el volante y los seguí.

No me llevaron a ningún lugar bueno.

La carretera se fue deshaciendo hasta convertirse en tierra seca, y al final de esas extensiones desérticas aparecieron los bares clandestinos. Luces bajas, música apagada, sombras moviéndose entre estructuras improvisadas.

Apagué el motor. El aire era pesado, cargado de alcohol barato y humo rancio. Al bajarme del auto, supe que no pertenecía a ese lugar. Era una intrusa.

Las miradas se clavaron en mí de inmediato. No bajé la cabeza. No me importó. Si Zeke había pasado por allí, alguien podría darme información.

Canción sugerida: Los consejos – Greeicy

Caminé hacia la entrada de uno de esos lugares; estaba dispuesta a entrar a uno de esos lugares, pero a lo lejos vi a una mujer sentada en un muro; se me hacía bastante familiar; estaba fumando. Era Kaia esa mujer que estaba obsesionada con Zeke; estaba allí, viendo al horizonte con esa calma que siempre había odiado.

—¿Dónde está? —le espeté en la cara.

La vi voltear a verme; su sorpresa duró solo unos segundos, porque después exhaló el humo de su cigarrillo despacio, me miró directamente a los ojos y me dio esa sonrisa cruel y afilada.

—Llegas tarde, princesa. Muy tarde.

—Déjate de juegos —gruñí—. Sé que sabes dónde está.

Se levantó, quedando a mi altura, y me miró con una mezcla de burla y… ¿Triunfo? Tiró su cigarrillo, que estaba casi completamente consumido, al suelo y lo apagó con su zapato. Dio un paso hacia mí, como si no quisiera que nadie más la escuchara o quizá para intimidarme también.

—¿Quieres la verdad? —susurró—. Porque te va a destrozar.

Era lo que había buscado todo el día, era lo único que quería, pero al decirlo tan confiada, sentí como mi corazón se detenía; si había llegado hasta ahí, no podía irme sin saber lo que Kaia pudiera decir.

—Dímelo.

—Se fue porque ya no te soporta. Se está escondiendo de ti. —Esa sonrisa de triunfo que empezaba a odiar.

—Deja de jugar, Kaia, ¿dónde está? —Alcé mi voz, porque ya no aguantaba más su cinismo. —¿Qué fue lo que le dijiste? ¿Qué le metiste en su cabeza para que se haya ido así? Fuiste tú, ¿verdad? Tú le dijiste que se fuera.

El ruido de su risa me golpeó como una bofetada; se burlaba de mi vulnerabilidad, disfrutaba viéndome desesperada buscando a un hombre.

—Pobre princesa —sentí cómo me empujaba con su brazo, haciéndome retroceder—. ¿Qué harás ahora que tu hombre perfecto ha dejado de ser perfecto?

—¡No estoy para tus malditos juegos, Kaia! ¡Dime dónde está Zeke! —le exigí, invadiendo su espacio personal, dando un paso hacia ella, recuperando el espacio que había perdido cuando me empujó.

—No sé dónde está ahora, pero… sé dónde estuvo… —dijo, bajando la voz a un susurro cómplice y venenoso—. Estuvo aquí hace dos noches.

Mi mente, que solo buscaba respuestas desesperadamente, puso las piezas del rompecabezas en su lugar con un chasquido doloroso. Hace dos noches… Esa fue la noche que no volvió.

Negué con la cabeza, retrocediendo; su voz no titubeó, no dudaba de lo que decía, pero yo lo conocía, y lo que decía Kaia no era propio del hombre que dormía a mi lado todas las noches.

—No… —susurré—. No estuvo aquí. Él nunca me haría eso…

—Sí, princesa. Sí. Estuvo aquí justo antes de ir a tu casita perfecta a despedirse —confirmó ella, disfrutando cada sílaba.

Despedirse, la palabra que me destruyó en fragmentos. Las esperanzas de encontrarlo… mi búsqueda… nada tenía sentido, porque él ya no estaba ahí.

—Cállate, Kaia… —Supliqué, dando un paso atrás. Buscando el aire, que parecía desaparecer en ese lugar.

Pero ella no se calló. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal; no era suficiente para ella, eso lo estaba dejando en claro.

—Entiendo por qué te obsesiona tanto, Annie —dijo, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Tiene una forma de tocarte que te hace olvidar hasta tu nombre, ¿verdad? Esa desesperación… esa fuerza bruta con la que te agarra…

Sus palabras solo provocaron que mi estómago se revolviera; mi piso estaba temblando, el equilibrio ya no era parte de mi mundo. Estaba hablando de mi Zeke. De mis noches con él. Estaba insinuando que ella conocía esa misma intimidad.

—¡Mientes! —grité, empujándola con todas mis fuerzas, pero ella ni se movió, firme como una roca.

—Acéptalo, Baldwin, se largó —Kaia volvió a su tono frío y cortante—. Agarró su coche, sus cosas y se fue.

—¿A dónde? —Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.

—Lejos de ti —escupió ella, y su máscara de diversión cayó, dejando ver un rencor profundo—. Lejos de mí también, si eso te consuela. Pero sobre todo, lejos de esa vida de mentira que le obligaste a vivir.

—Yo… yo no… —Me fue imposible terminar la frase. Retrocedí un paso más, sintiendo que me iba a desmayar. “Te abandonó”. La palabra resonó como un disparo en mi pecho.

—Vete a casa, Annie —dijo Kaia, volviendo a sentarse y encendiendo otro cigarrillo, perdiendo interés en mí—. Aquí no hay nada para ti. Él ya no es tuyo. Nunca lo fue realmente.

Me di la vuelta y corrí hacia mi coche antes de colapsar frente a ella. No le daría el gusto de verme caer. Me encerré en el vehículo, con las ventanas subidas, aislándome del mundo hostil.

Algunas de las palabras que había dicho Kaia se habían quedado fijadas en mi mente: “Se cansó de la vida de mentira”, “estuvo aquí hace dos noches”. ¿Por qué dolía tanto si era Kaia quien lo decía? ¿Podía creerle?

Una parte de mi mente decía que no, que olvidara la última hora que había estado allí, que borrara sus palabras y siguiera buscando, pero la otra parte de mí me recordaba que era la única en el día que había dicho más que “quédate en casa” o “es lo mejor”.

Y ahora, no solo se escondía de mí, no solo había sido la presión, mi trabajo o el pedirle que creáramos una familia; era la vida que yo le imponía vivir. Nunca dijo nada o intentó hablarlo; había escogido irse, ni siquiera intentó explicarlo. No fue un accidente. No era una emergencia. Me había abandonado. Y peor aún… me había traicionado.

El dolor era tan agudo que no sé en qué momento simplemente me acosté sobre el volante; mi cabeza se iba a quebrar en pedazos de tanta información que iba y venía. Ya no había corazón en mi pecho, porque la parte que se había quedado tras la huida de Zeke se mantenía viva con su búsqueda y ahora que no estaba… simplemente se había deshecho.

Ahora solo había una parte vacía dentro de mí, que dolía más que cualquier despedida. Alcancé la cabeza; se hacía tarde y tenía que irme de aquel lugar de sombras.

Arranqué el auto con las manos temblorosas. Conduje sin un rumbo fijo, ciega por las lágrimas, pero todos los caminos de mi subconsciente me llevaban al mismo lugar: “La playa”. “Nuestra playa”. Ese rincón escondido al sur de la bahía donde íbamos cuando el mundo pesaba demasiado, cuando intentábamos encontrarnos. Era nuestro refugio.

No había lógica allí, mi mente había dejado de razonar; seguía buscándolo, incluso cuando sabía que no estaba allí, que me había traicionado, que había roto todas las promesas. A veces simplemente existía por instinto y ese era uno de esos momentos; en medio de mi locura pensé que podía encontrarlo, que si él necesitaba pensar, estaría allí.

Llegué a la playa de Cabo Rojo. El sol ya había caído; ahora solo se veía la inmensidad del mar oscuro que contrastaba con la bioluminiscencia de las olas al romperse en la arena y las estrellas que iluminaban la playa.

La playa estaba vacía; tampoco había rastro de alguien allí, no había huellas de neumáticos recientes. No había nadie sentado en las rocas. Solo arena y silencio.

Bajé del auto y caí de rodillas en la orilla, gritando de frustración al viento, como si fuera a recibir respuestas del mar. Pero incluso ese lugar lo sabía, era verdad. Me había abandonado. Me había dejado allí tirada.

Duré unas horas más allí, sentada en la arena, esperando… esperando un milagro o el simple hecho de despertar de la pesadilla.

Saqué mi comunicador con manos que apenas respondían. Las lágrimas no dejaban de caer; estaba segura de que si las estuviera recolectando, ya casi alcanzaría la magnitud del mar, pero logré marcar el número de Matthew.

Contestó al primer tono.

—¿Annie?

—Podrías… podrías venir por mí —sollocé, y mi voz era un aullido de dolor—. No puedo… no puedo volver sola…

—¿Dónde estás? —Su voz sonó alarmada, llena de culpa y miedo.

—En la playa. En Cabo Rojo… —Tomé aire, un respiro roto y doloroso—. No está en ningún lado… Zeke se fue…

No pude decir mucho más, porque no sabía cómo llorar, hablar y respirar al mismo tiempo; nunca lo había aprendido.

Escuché a Matthew maldecir al otro lado de la línea.

—Quédate ahí. Voy para allá. No te muevas.

Colgué y dejé caer el comunicador en la arena. Me abracé a mí misma, clavando las uñas en mis propios brazos hasta hacerme daño, intentando mantener las piezas de mi cuerpo juntas, porque sentía que si me soltaba, me desmoronaría sobre la arena y el viento me llevaría lejos; no sabía por qué me aferraba tanto, si no era una tan mala opción.

No sé cuánto tiempo pasó. Quizás minutos, quizá horas. Solo existía el sonido del mar burlándose de mí.

Y luego, su grito, el sonido de los frenos rugiendo y cortando el silencio.

—¡ANNIE!

Lo vi correr hacia mí tropezando en la arena. Traía esa cara de pánico que no veía desde hace mucho. Quizá fue por la imagen que proyectaba; me veía increíblemente mal allí, sentada en la arena, con la cara hinchada de tanto llorar y mis piernas rojas de tanto presionarlas contra mí.

—Dios mío… Dios mío, Annie… —Me agarró la cara con las manos heladas, buscándome la mirada, pero yo no podía enfocar. Mis ojos estaban fijos en la nada—. ¡Mírame! ¡Annie, respira!

Intenté respirar, pero el aire se me atascó en la garganta en sollozos secos y dolorosos que me sacudían el cuerpo entero. No podía hablar. No salían palabras en ese momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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