Nosotros en las estrellas - Capítulo 102
- Inicio
- Todas las novelas
- Nosotros en las estrellas
- Capítulo 102 - Capítulo 102: 101- Los consejos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 102: 101- Los consejos
Canción sugerida: Los consejos – Greeicy
Caminé hacia la entrada de uno de esos lugares; estaba dispuesta a entrar a uno de esos lugares, pero a lo lejos vi a una mujer sentada en un muro; se me hacía bastante familiar; estaba fumando. Era Kaia esa mujer que estaba obsesionada con Zeke; estaba allí, viendo al horizonte con esa calma que siempre había odiado.
—¿Dónde está? —le espeté en la cara.
La vi voltear a verme; su sorpresa duró solo unos segundos, porque después exhaló el humo de su cigarrillo despacio, me miró directamente a los ojos y me dio esa sonrisa cruel y afilada.
—Llegas tarde, princesa. Muy tarde.
—Déjate de juegos —gruñí—. Sé que sabes dónde está.
Se levantó, quedando a mi altura, y me miró con una mezcla de burla y… ¿Triunfo? Tiró su cigarrillo, que estaba casi completamente consumido, al suelo y lo apagó con su zapato. Dio un paso hacia mí, como si no quisiera que nadie más la escuchara o quizá para intimidarme también.
—¿Quieres la verdad? —susurró—. Porque te va a destrozar.
Era lo que había buscado todo el día, era lo único que quería, pero al decirlo tan confiada, sentí como mi corazón se detenía; si había llegado hasta ahí, no podía irme sin saber lo que Kaia pudiera decir.
—Dímelo.
—Se fue porque ya no te soporta. Se está escondiendo de ti. —Esa sonrisa de triunfo que empezaba a odiar.
—Deja de jugar, Kaia, ¿dónde está? —Alcé mi voz, porque ya no aguantaba más su cinismo. —¿Qué fue lo que le dijiste? ¿Qué le metiste en su cabeza para que se haya ido así? Fuiste tú, ¿verdad? Tú le dijiste que se fuera.
El ruido de su risa me golpeó como una bofetada; se burlaba de mi vulnerabilidad, disfrutaba viéndome desesperada buscando a un hombre.
—Pobre princesa —sentí cómo me empujaba con su brazo, haciéndome retroceder—. ¿Qué harás ahora que tu hombre perfecto ha dejado de ser perfecto?
—¡No estoy para tus malditos juegos, Kaia! ¡Dime dónde está Zeke! —le exigí, invadiendo su espacio personal, dando un paso hacia ella, recuperando el espacio que había perdido cuando me empujó.
—No sé dónde está ahora, pero… sé dónde estuvo… —dijo, bajando la voz a un susurro cómplice y venenoso—. Estuvo aquí hace dos noches.
Mi mente, que solo buscaba respuestas desesperadamente, puso las piezas del rompecabezas en su lugar con un chasquido doloroso. Hace dos noches… Esa fue la noche que no volvió.
Negué con la cabeza, retrocediendo; su voz no titubeó, no dudaba de lo que decía, pero yo lo conocía, y lo que decía Kaia no era propio del hombre que dormía a mi lado todas las noches.
—No… —susurré—. No estuvo aquí. Él nunca me haría eso…
—Sí, princesa. Sí. Estuvo aquí justo antes de ir a tu casita perfecta a despedirse —confirmó ella, disfrutando cada sílaba.
Despedirse, la palabra que me destruyó en fragmentos. Las esperanzas de encontrarlo… mi búsqueda… nada tenía sentido, porque él ya no estaba ahí.
—Cállate, Kaia… —Supliqué, dando un paso atrás. Buscando el aire, que parecía desaparecer en ese lugar.
Pero ella no se calló. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal; no era suficiente para ella, eso lo estaba dejando en claro.
—Entiendo por qué te obsesiona tanto, Annie —dijo, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Tiene una forma de tocarte que te hace olvidar hasta tu nombre, ¿verdad? Esa desesperación… esa fuerza bruta con la que te agarra…
Sus palabras solo provocaron que mi estómago se revolviera; mi piso estaba temblando, el equilibrio ya no era parte de mi mundo. Estaba hablando de mi Zeke. De mis noches con él. Estaba insinuando que ella conocía esa misma intimidad.
—¡Mientes! —grité, empujándola con todas mis fuerzas, pero ella ni se movió, firme como una roca.
—Acéptalo, Baldwin, se largó —Kaia volvió a su tono frío y cortante—. Agarró su coche, sus cosas y se fue.
—¿A dónde? —Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—Lejos de ti —escupió ella, y su máscara de diversión cayó, dejando ver un rencor profundo—. Lejos de mí también, si eso te consuela. Pero sobre todo, lejos de esa vida de mentira que le obligaste a vivir.
—Yo… yo no… —Me fue imposible terminar la frase. Retrocedí un paso más, sintiendo que me iba a desmayar. “Te abandonó”. La palabra resonó como un disparo en mi pecho.
—Vete a casa, Annie —dijo Kaia, volviendo a sentarse y encendiendo otro cigarrillo, perdiendo interés en mí—. Aquí no hay nada para ti. Él ya no es tuyo. Nunca lo fue realmente.
Me di la vuelta y corrí hacia mi coche antes de colapsar frente a ella. No le daría el gusto de verme caer. Me encerré en el vehículo, con las ventanas subidas, aislándome del mundo hostil.
Algunas de las palabras que había dicho Kaia se habían quedado fijadas en mi mente: “Se cansó de la vida de mentira”, “estuvo aquí hace dos noches”. ¿Por qué dolía tanto si era Kaia quien lo decía? ¿Podía creerle?
Una parte de mi mente decía que no, que olvidara la última hora que había estado allí, que borrara sus palabras y siguiera buscando, pero la otra parte de mí me recordaba que era la única en el día que había dicho más que “quédate en casa” o “es lo mejor”.
Y ahora, no solo se escondía de mí, no solo había sido la presión, mi trabajo o el pedirle que creáramos una familia; era la vida que yo le imponía vivir. Nunca dijo nada o intentó hablarlo; había escogido irse, ni siquiera intentó explicarlo. No fue un accidente. No era una emergencia. Me había abandonado. Y peor aún… me había traicionado.
El dolor era tan agudo que no sé en qué momento simplemente me acosté sobre el volante; mi cabeza se iba a quebrar en pedazos de tanta información que iba y venía. Ya no había corazón en mi pecho, porque la parte que se había quedado tras la huida de Zeke se mantenía viva con su búsqueda y ahora que no estaba… simplemente se había deshecho.
Ahora solo había una parte vacía dentro de mí, que dolía más que cualquier despedida. Alcancé la cabeza; se hacía tarde y tenía que irme de aquel lugar de sombras.
Arranqué el auto con las manos temblorosas. Conduje sin un rumbo fijo, ciega por las lágrimas, pero todos los caminos de mi subconsciente me llevaban al mismo lugar: “La playa”. “Nuestra playa”. Ese rincón escondido al sur de la bahía donde íbamos cuando el mundo pesaba demasiado, cuando intentábamos encontrarnos. Era nuestro refugio.
No había lógica allí, mi mente había dejado de razonar; seguía buscándolo, incluso cuando sabía que no estaba allí, que me había traicionado, que había roto todas las promesas. A veces simplemente existía por instinto y ese era uno de esos momentos; en medio de mi locura pensé que podía encontrarlo, que si él necesitaba pensar, estaría allí.
Llegué a la playa de Cabo Rojo. El sol ya había caído; ahora solo se veía la inmensidad del mar oscuro que contrastaba con la bioluminiscencia de las olas al romperse en la arena y las estrellas que iluminaban la playa.
La playa estaba vacía; tampoco había rastro de alguien allí, no había huellas de neumáticos recientes. No había nadie sentado en las rocas. Solo arena y silencio.
Bajé del auto y caí de rodillas en la orilla, gritando de frustración al viento, como si fuera a recibir respuestas del mar. Pero incluso ese lugar lo sabía, era verdad. Me había abandonado. Me había dejado allí tirada.
Duré unas horas más allí, sentada en la arena, esperando… esperando un milagro o el simple hecho de despertar de la pesadilla.
Saqué mi comunicador con manos que apenas respondían. Las lágrimas no dejaban de caer; estaba segura de que si las estuviera recolectando, ya casi alcanzaría la magnitud del mar, pero logré marcar el número de Matthew.
Contestó al primer tono.
—¿Annie?
—Podrías… podrías venir por mí —sollocé, y mi voz era un aullido de dolor—. No puedo… no puedo volver sola…
—¿Dónde estás? —Su voz sonó alarmada, llena de culpa y miedo.
—En la playa. En Cabo Rojo… —Tomé aire, un respiro roto y doloroso—. No está en ningún lado… Zeke se fue…
No pude decir mucho más, porque no sabía cómo llorar, hablar y respirar al mismo tiempo; nunca lo había aprendido.
Escuché a Matthew maldecir al otro lado de la línea.
—Quédate ahí. Voy para allá. No te muevas.
Colgué y dejé caer el comunicador en la arena. Me abracé a mí misma, clavando las uñas en mis propios brazos hasta hacerme daño, intentando mantener las piezas de mi cuerpo juntas, porque sentía que si me soltaba, me desmoronaría sobre la arena y el viento me llevaría lejos; no sabía por qué me aferraba tanto, si no era una tan mala opción.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás minutos, quizá horas. Solo existía el sonido del mar burlándose de mí.
Y luego, su grito, el sonido de los frenos rugiendo y cortando el silencio.
—¡ANNIE!
Lo vi correr hacia mí tropezando en la arena. Traía esa cara de pánico que no veía desde hace mucho. Quizá fue por la imagen que proyectaba; me veía increíblemente mal allí, sentada en la arena, con la cara hinchada de tanto llorar y mis piernas rojas de tanto presionarlas contra mí.
—Dios mío… Dios mío, Annie… —Me agarró la cara con las manos heladas, buscándome la mirada, pero yo no podía enfocar. Mis ojos estaban fijos en la nada—. ¡Mírame! ¡Annie, respira!
Intenté respirar, pero el aire se me atascó en la garganta en sollozos secos y dolorosos que me sacudían el cuerpo entero. No podía hablar. No salían palabras en ese momento.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com