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Nosotros en las estrellas - Capítulo 103

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Capítulo 103: 102 – Detrás de tu alma

Canción sugerida: Detrás de tu alma – Mora

No pregunto, no cuestiono, tampoco me dio un sermón de por qué estaba allí, simplemente me abrazó. Sentí cómo mi cuerpo simplemente tomaba su forma, mi cabeza contra su pecho, escuchando el sonido de sus latidos mezclarse con el sonido de las olas al romperse en la orilla, sus brazos alrededor de mi cuerpo dándome abrigo, aislando el frío, pero también el dolor.

—Está bien, ya estoy aquí. Ya estoy aquí —susurro como si fuera un mantra; no lo sabía, pero en ese momento era todo lo que necesitaba.

Necesitaba saber que no era tan mala, que no intentaba que los demás se sintieran atrapados en una vida a la cual sentían que no pertenecían; necesitaba que alguien me recordara que sí se quería quedar y que no saldría huyendo como lo había hecho Zeke.

—Ann… estoy para ti, incluso cuando todo se vea oscuro, yo nunca te dejaré sola —dijo apartándose levemente, mientras se quitaba la chaqueta y la ponía en mi espalda; estaba helando a esa hora.

Luego de unos minutos de estar ahí, sentados en la arena, ya era hora de irse. Se levantó, no me pidió que me parara por mí misma, simplemente se agachó y me levantó en brazos. No puse resistencia; simplemente apoyé la cabeza en su pecho.

—Me dejó, Matt… —El susurro salió de mi garganta como un vidrio roto, lastimándome—. Me dejó…

—Lo sé, hermanita, lo sé… Shhh… —Sentí cómo su agarre se hacía más fuerte, casi haciéndome daño, como si quisiera protegerme del mundo entero con sus brazos. —Te tengo. Te juro que te tengo, Annie.

Caminó conmigo hasta el auto, me dejó en el asiento del copiloto, abrochó mi cinturón y cerró la puerta con delicadeza, como si todo se tratara de su propia hija.

Se subió al lado del conductor y encendió la calefacción al máximo, frotándose la cara con desesperación antes de arrancar.

El camino a casa fue una tortura. Yo miraba por la ventana, pero no veía las luces de la colonia; veía nuestra vida pasando frente a mis ojos, quemándose. Cada respiración era un esfuerzo consciente. Me abracé el estómago, sintiendo náuseas, sintiendo que me habían arrancado las entrañas y me habían dejado hueca.

—No lo odies tanto —dije en medio del camino; quizá iba dirigido para Matthew, pero también iba dirigido para mí.

Él no dijo absolutamente nada, no porque no pudiera, sino porque simplemente no había palabras en ese momento para mi petición.

Lloré todo lo que quedó del camino. Mientras Matthew conducía con una mano en el volante y la otra apretando mi mano fría.

No lo escuchaba, pero podía jurar que todo el camino se fue maldiciendo por lo bajo, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia, como si todo se tratara de él, como si él hubiera sido el causante de tanto dolor; sin embargo, él no tenía nada que ver, no sabía que esto resultaría de esa forma.

Cuando llegamos a mi casa, el silencio del motor apagado se sintió como el final del mundo.

—No te voy a dejar aquí —dijo Matthew, girándose hacia mí, con los ojos rojos—. Vas, coges lo necesario y vuelves al carro.

—No… Matt, me quedo en mi casa… —Dije con la poca fuerza que me quedaba.

—Vienes con nosotros. —Esta vez sonó más como una orden. —No estás en condiciones para estar sola, Annie. Mírate.

Miré la casa oscura. Esa casa que habíamos construido. Esa casa que ahora era un mausoleo.

—No —balbuceé, luchando por abrir la puerta con dedos torpes—. Quiero estar aquí. Lo necesito.

—¡Annie, por favor! —Me suplicó, agarrándome del brazo—. ¡No puedes estar sola!

—¡Yo no voy a huir de mi vida, de lo que construí! —le grité, y el grito me desgarró la garganta, histérica, soltándome de su agarre—. ¡Déjame sola! ¡Vete! ¡Vete!

Salí del auto casi cayéndome; usé toda la fuerza que mi cuerpo alojaba para caminar hacia la puerta principal, buscando entrar a ese lugar de esperanza que alguna vez se había construido para mí.

Escuché a Matthew golpear el volante con frustración, pero no me siguió. Sabía que no podía hacer nada. Sabía que nadie podía salvarme de esto.

Entré a la casa y cerré la puerta, apoyando la espalda contra la madera, deslizándome hasta el suelo mientras el primer grito de verdadera agonía salía de mi boca, resonando en la oscuridad del recibidor.

Mi dolor, el que había guardado todo el día bajo una capa de esperanza, por fin había tenido un lugar para salir; esa parte de mí que intentaba ser fuerte se había desmoronado en el momento en que la puerta se había cerrado detrás de mí.

Dolor puro, alimentado por ese lugar, por su silencio, los recuerdos, las cosas que habíamos construido juntos; todo se sentía como un recordatorio de una vida que se me había escapado de las manos de una noche para otra.

Y luego vino esa ola de desesperanza y preguntas que llevaban todas a un mismo lugar, el odio, uno que no quería sentir, porque incluso cuando había huido, aún lo amaba, lo amaba tanto que odiaba todo lo que me recordaba el perderlo.

Mis ojos se posaron en el jarrón de cristal sobre la repisa, lleno de las orquídeas azules que él había puesto allí para mí, como de costumbre.

La rabia estalló en mi pecho, caliente y violenta. Me levanté del suelo con una energía nueva, una destructiva.

—¡Mentira! —grité, y agarré el jarrón.

Estrellándolo contra el suelo con todas mis fuerzas. El estruendo del cristal rompiéndose fue la única música que calmó el silencio de mi alma; vi cómo el agua se empezaba a esparcir por el suelo, mezclándose con las flores rotas que hacía momentos representaban la perfección de esa casa.

Rompí cada una de las materas y jarrones que había puesto para decorar, para hacer sentir ese lugar un hogar que respiraba por sí mismo, porque ya no existía ese aire que me permitía vivir.

Fui a la cocina. Saqué los platos. Esos platos que habíamos elegido juntos para nuestra “vida perfecta”, esa de la cual él se había aburrido, los tomé uno a uno y los lancé contra la pared. Los fragmentos de cerámica empezaron a volar por todas partes.

Tomé cada uno de los cuadros que tenían nuestra historia en fotos; la vi bien, quizá porque no quería olvidarme de su cara, pero este vacío dentro de mí quería más, así que tiré cada uno de ellos, rompiendo y destrozando los recuerdos como él lo había hecho conmigo.

La casa se había convertido en una zona de guerra, una que tenía todos los matices: dolor, llanto, pedazos irreparables y un montón de recuerdos dolorosos que quería borrar.

Pero el desastre que recorría mi cuerpo no se quedó allí; subí las escaleras corriendo, las lágrimas no dejaban de correr. Abrí la puerta de aquel closet y vi toda la ropa que simulaba que él aún seguía ahí; la saqué, porque no era real, él no estaba. Se había ido, y el dejar todo ahí era aceptar que todo lo que había dejado atrás era como basura, incluida nuestra relación.

Abrí el balcón que conectaba nuestra habitación con el exterior y tiré todo a la piscina. Vi cómo su ropa se hundía en el agua iluminada, ahogándose lentamente, igual que se ahogaba mi corazón.

Volví a entrar a la habitación, temblando. Ya no había rastro de perfección en aquella casa.

—Justo como lo hubiera deseado él —me dije a mí misma recordando las palabras de Kaia.

Y en medio de los fragmentos me dejé caer al suelo; miré a mi alrededor, todo era caos, tanto como lo era dentro de mí.

Me quedé mirando al techo, esperando que el dolor cesara con lo que había destruido, pero era como una punzada constante que no se iba.

Me levanté del suelo y me acosté sobre su almohada; solía tener esa costumbre cuando él salía de expedición. Era un recuerdo de que él volvería, pero esta vez era un recuerdo de que él alguna vez estuvo allí.

Que si había sido real, que si éramos uno antes de que huyera. Quisiera odiarlo, quisiera poder borrar su recuerdo, su tacto, su voz y su olor de mi mente. Metí las manos debajo de su almohada como si así pudiera hacerlo volver.

Pero no funcionó; en su lugar, mis manos tocaron algo suave.

Su camiseta vieja. La gris. La que usaba para dormir. La única que no había tirado.

La acerqué a mi cara. Olía a mi hogar.

Me abracé a ella con desesperación, acurrucándome en el suelo destruido, y lloré hasta quedarme dormida, abrazando el fantasma del hombre que me había prometido el universo y me había dejado sola en el paraíso.

Cerré los ojos queriendo olvidar que tenía que vivir con ese dolor.

Escuché su coche aparcarse en el frente de nuestra casa; estaba ahí. Corrí a la puerta; había vuelto, me miró con esa mirada de culpa que conocía, pero nunca quise verla más que en ese momento. Abrí la puerta y me avalanché contra su pecho.

—Sabía que no te habías ido —le dije contra su piel, aferrándome a su espalda con todas mis fuerzas, clavando los dedos en la tela de su uniforme para asegurarme de que no se esfumara—. Sabía que no me dejarías.

Él me sostuvo de vuelta; extrañaba sus brazos, esos músculos fuertes envolviéndome por completo, haciéndome sentir pequeña y protegida. Apoyó la barbilla en mi cabeza y suspiró, un sonido que vibró en mi pecho.

—Prométemelo —le supliqué, levantando la vista para buscar sus ojos—. Prométeme que nunca más te vas a ir. Prométeme que te quedarás aquí, conmigo.

Zeke me miró. Su expresión se volvió triste, infinitamente triste, pero seguía siendo hermosa. Abrió la boca para hablar. Sabía que me lo iba a prometer.

Pero no salió sonido de su boca…

—Zeke, por favor —le rogué. Nuevamente abrió la boca, pero no salió sonido de sus palabras.

De repente, un viento frío entró por el balcón de nuestra habitación. Abrí los ojos; él no estaba, nunca lo había estado, solo había sido un sueño.

Yo estaba sola, rodeada de cristales rotos y el silencio sepulcral de una casa muerta.

El dolor volvió de golpe, cien veces peor que antes, porque por un segundo, solo por un segundo, había sido feliz de nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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