Nosotros en las estrellas - Capítulo 104
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Capítulo 104: 103 – To Build A Home
Canción sugerida: To Build A Home – The Cinematic Orchestra
MATTHEW1
Vi cómo salió del carro; parecía que en cualquier momento se desmayaría o caería del cansancio.
—¡Yo no voy a huir de mi vida, de lo que construí! —me gritó con vehemencia, dejándome afuera de su dolor—. ¡Déjame sola! ¡Vete! ¡Vete!
Abrí mi boca para rogarle que se fuera conmigo, que me dejara acompañarla. Pero antes de que cualquier palabra saliera de mi boca. Abrió la puerta y bajó del auto, caminando como un fantasma hacia la entrada. La vi abrir la puerta, entrar en la oscuridad y cerrar detrás de ella sin mirar atrás.
Golpeé el volante con fuerza, una, dos veces, hasta que los nudillos me dolieron.
—Maldito seas, Zeke —grité fuertemente, intentando contrarrestar el dolor que por primera vez no podía curar—. Si tan solo no hubiera confiado en ti… si no te hubiera dejado entrar en nuestras vidas, nada de esto estaría pasando.
Arranqué el auto, queriendo volver y sacarla de allí con cada kilómetro que me alejaba, pero no podía; sabía que en ese momento necesitaba asimilar esa noticia y que el obligarla a salir muy probablemente hiciera que se alejara más de mí.
El camino a casa fue borroso. Pero luego de unos minutos, por fin, llegué a mi casa, tomé aire antes de bajarme del carro para poder entrar; cuando por fin lo hice, encontré una escena que contrastaba con lo que acababa de dejar atrás. Abby estaba en la alfombra de la sala, meciendo a Emilia para dormirla.
—¡Papá! —balbuceó Emilia al verme, estirando sus bracitos regordetes para que la alzara. Esas primeras que cada vez que salían de su boca me hacían llorar de alegría, hoy se sentían agridulces.
Me agaché para darle un beso rápido en la frente antes de mirar a Abby.
—¿Y Annie? —preguntó ella de inmediato, su sonrisa desvaneciéndose al ver que venía solo.
—Me pidió que le diera espacio —dije, dejándome caer en el sofá, agotado—. Insistió en quedarse en su casa.
—¿La dejaste sola? —preguntó alarmada—. Sabes que le podría pasar cualquier cosa…
—No quería, Abby, te juro que no quería dejarla, pero no tuve opción, no podía obligarla.
Me paré del sofá, caminando de lado a lado, intentando apaciguar la nubla mental que en ese momento me empezaba a inundar cuando la voz de Abby me ancló a la realidad.
—¿Le dijiste? —preguntó en voz baja—. ¿Le contaste toda la verdad?
Negué con la cabeza, pasándome las manos por la cara.
—No. Ya tiene suficiente con creer que él la abandonó. Si supiera los motivos reales… si supiera lo que él hizo esa noche, la rompería aún más. No puedo ser yo quien le dé el golpe de gracia.
Los días siguientes fueron una tortura silenciosa. Intenté que mi vida siguiera su curso. Fui a los hangares, revisé informes, cené con Abby y jugué con Emilia, pero mi mente estaba siempre en la casa de la colina.
Pasaba por allí dos veces al día, dejaba mensajes cada 10 minutos, recordándole que estaba allí para ella. Veía su auto aparcado, las cortinas cerradas. No salía. No contestaba. Era como si la tierra se la hubiera tragado dentro de esas cuatro paredes.
Una semana después, en esos días donde no podía parar de pensar en ella, sentí una punzada en el corazón, un presentimiento que me pedía a gritos que fuera a buscarla; ya había suficiente, ya había tenido su espacio.
Salí de la oficina sin despedirme, cancelé todas las reuniones y compromisos para ese día; necesitaba irme, subí a mi auto y conduje a casa. Llegué en la mitad del tiempo que normalmente me tomaba.
Cuando entré, Emilia estaba llorando, algo muy raro, que solo pasaba cuando tenía sueño, estaba enferma o necesitaba que le cambiaran el pañal. Me acerqué a saludarlas, vi la cara de cansancio en la cara de Abby.
—¡Ya, mi amor, ya pasó! —La voz de Abby sonaba al borde de las lágrimas por la desesperación.
Emilia estaba en medio de un llanto incesante; era un alarido agudo, rojo, inconsolable. Mientras Abby caminaba por la sala con ella en brazos.
—¿Qué pasa? —pregunté, corriendo hacia ellas.
—No lo sé, Matt —dijo Abby, pasándome a la niña con manos temblorosas—. Lleva así desde el mediodía. No ha comido. No ha dormido. Le di el analgésico suave por si eran los dientes, le revisé el pañal mil veces… parece que nada funciona.
Cargué a Emilia. Se arqueó en mis brazos, rígida como una tabla, con la cara empapada en sudor y lágrimas.
—Shhh… princesa, papá está aquí. —La mecí, le canté, caminé con ella, pero nada funcionaba.
Después de unos minutos, sus gritos me taladraban el cerebro, aumentando mi ansiedad a niveles peligrosos.
—Tenemos que llevarla al centro médico —dijo Abby, frotándose las sienes—. Esto no es normal.
Miré la cara de Emilia; se notaba que también estaba cansada de llorar, pero no podíamos entender. Y de repente, la solución apareció en mi mente. Clara. Perfecta.
Una solución que mataba dos pájaros de un tiro.
—No —dije, mirando a Abby—. Al centro médico, no. Los pediatras que están ahorita son novatos. Solo van a llenarla de cables y asustarla más.
—¿Entonces qué hacemos, Matt? —Abby me miró desesperada—. ¡No puede seguir así! Se va a enfermar peor de solo llorar.
—Vamos a casa de Annie —solté.
Abby parpadeó, confundida, como si acabara de decir algo inimaginable.
—¿Annie? Matt, quedamos en darle espacio y… —empezó a decir, pero no la dejé terminar, porque aparte de que confiaba por completo en ella para cualquier cosa que tuviera que ver con la vida de mi hija, necesitaba ver que ella misma estuviera bien.
—Annie es la mejor especialista neonatal pediatra que existe en este planeta —dije confirmando mi necesidad de ir a buscarla.
Vi la duda en su cara, pero la desesperación de Emilia era mayor; intenté ponerle su chupete, pero incluso con él no se calmó. Sentí cómo recostaba su cabecita en mi pecho, cansada.
—Además… —Bajé la voz, mirando a Abby—. Emilia siempre se calma con ella. Quizás es lo que necesita. Y quizás… —Miré a Abby a los ojos, y ella entendió lo que no dije: Quizás Annie también nos necesita.
Abby suspiró y asintió, corriendo a buscar el bolso de Emilia. Caminamos al auto, pusimos a la bebé con calma en su silla y la aseguré allí. En cuanto el auto empezó a moverse, el llanto de Emilia cesó; se quedó dormida en el camino.
Cuando llegamos a la casa de Annie, bajé del carro y toqué el timbre. Golpeé la puerta. Grité su nombre.
Silencio.
—Matt, esto no me gusta —susurró Abby, abrazando a Emilia contra su pecho; ella seguía dormida.
Me agaché y levanté el tapete de bienvenida. Recuerda que hacía algunos meses Annie y Zeke me habían dicho que si algo pasaba allí, siempre habría una llave. La tomé con dedos temblorosos y abrí la puerta.
—¡Annie! —llamé al entrar.
Me detuve en seco cuando vi la escena de la casa frente a mí. Abby soltó un grito ahogado detrás de mí.
Parecía que un huracán hubiera pasado por la casa. Muebles volcados, lámparas rotas, cojines destrozados. El suelo estaba cubierto de vidrios y pétalos de orquídeas secas.
—Cuidado —le advertí a Abby, protegiéndolas con mi brazo, guiándola a través del desastre frente a nosotros—. Ten cuidado con los vidrios.
Mi cabeza imaginó la peor escena posible, ¿y si la había perdido también a ella? El miedo me invadió de tal manera que la única forma de calmar ese sentimiento era verla; corrí por las escaleras hacia su habitación.
Annie estaba en la cama, en medio de un nido de sábanas revueltas. Estaba pálida, parecía semiconsciente, agotada por el llanto y la falta de comida.
—¡Annie! —Me lancé hacia ella, sacudiéndola suavemente.
Abby entró corriendo detrás de mí, hizo espacio para ella en la cama, para que ella terminara de dormir.
—Zeke… —susurró, con la voz rota.
—No, Annie… somos nosotros —dijo Abby suavemente, apartándole el pelo sudado de la cara—. ¿Estás bien?
Annie negó con la cabeza, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas de nuevo.
—Mi vida no tiene color si él no está —gimió, cerrando los ojos—. Todo es gris, Abby. Todo está muerto.
—Eso no es cierto —dije con firmeza, sintiendo una punzada de dolor—. Tú eres mucho más que él. Vales mucho más que todo esto, Annie.
—Tú no entiendes… —ella sollozó—. Kaia… la vi. Me dio a entender que… que pasó algo entre ellos. Que él me cambió.
Vi cómo Abby se tensaba. No pudo aguantar más. En su intento desesperado de consolarla, de quitarle esa idea de que había sido “cambiada”, habló.
—No, Annie. Escúchame —dijo Abby con urgencia—. Zeke vino a casa esa noche. Estaba destrozado. Estaba arrepentido, nos contó… nos contó que no recordaba nada, pero que estaba aterrorizado, no quería hacerte daño, Ann… prefería irse y romperte el corazón a quedarse y que lo miraras con asco.
Annie se quedó inmóvil. La información se asentó en el aire pesado de la habitación.
—No me dio la oportunidad de escucharlo, Abby, simplemente me desechó como si fuera basura, lo hizo conmigo y con la vida que habíamos construido. —Su mente estaba trabajando rápido, conectando puntos.
Se hizo un silencio terrible. Annie se sentó en la cama con un esfuerzo sobrehumano, limpiándose las lágrimas con rabia, y nos miró a los dos. Sus ojos verdes, normalmente tan cálidos, nos escanearon a los dos.
—Espera… ¿Ustedes sabían? —preguntó.
Miré a Abby con frustración, como diciendo “¿Por qué demonios dijiste eso?”, pero ya no había vuelta atrás. Abby asintió lentamente, bajando la cabeza.
—¿Ustedes sabían? —repitió, alzando la voz—. ¿Por eso me dijiste todo eso en el auto, Matt? ¿Esa era la razón para decir que “era lo mejor”?
—Annie, mírame… —Intenté acercarme.
—¡No! —gritó, retrocediendo contra el cabecero—. ¡Mírame tú a mí! ¡No soy mejor sin él! ¡Me estoy muriendo aquí y ustedes solo guardaron un secreto que no les correspondía esconder!
Abby intentó abrazarla, llorando.
—Solo queríamos protegerte…
—¡Aléjate! —Annie la empujó débilmente—. No puedo confiar en ustedes. Son unos mentirosos. ¡Quiero que se vayan! ¡Váyanse de mi casa ahora mismo!
Emilia, asustada por los gritos, se despertó y empezó a llorar inconsolablemente de nuevo. Abby corrió a levantarla, tratando de calmarla.
Annie me señaló la puerta con un dedo tembloroso.
—¡Vete, Matthew! ¡Lárgate!
Me quedé mirándola. Vi su dolor, su rabia, su soledad absoluta. Y supe que si me iba ahora, si cruzaba esa puerta, la perdería para siempre. Se hundiría en esa cama y no volvería a salir.
Así que hice lo único que podía hacer.
—No —dije firmemente.
—¿Qué? —Annie me miró, incrédula.
—Dije que no. —Me acerqué a la cama, ignorando su mano levantada—. Ódiame. Ódiame todo lo que quieras. Grítame, golpéame si te hace sentir mejor. Pero de esta casa no me muevo, Annie.
—¡Vete! —sollozó ella, intentando golpearme el pecho débilmente.
La agarré de los brazos y la atraje hacia mí en un abrazo forzado, inquebrantable.
—No me voy a ir —le dije al oído, apretándola contra mí mientras ella luchaba por soltarse—. No me voy a mover hasta que esté seguro de que te vas a levantar. Zeke se fue. Él huyó. Pero tú no te vas a quedar aquí esperando a morirte en esta cama, ¿me oyes? Yo no lo voy a permitir.
Annie luchó un segundo más, golpeando mi espalda con sus puños cerrados, gritando de frustración.
—¡Lo odio! ¡Los odio!
—Lo sé —susurré, aguantando sus golpes—. Lo sé.
Se aferró a mi camisa y lloró. Lloró con la fuerza de un huracán, sacando todo el dolor, toda la traición y todo el miedo que llevaba guardando en la soledad.
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