Nosotros en las estrellas - Capítulo 105
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Capítulo 105: 104 – I miss you, I’m sorry.
I miss you, I’m sorry. – Gracie Abrams
Estaba allí en Cabo Rojo, estaba sentada en la orilla del mar, donde las olas golpeaban suavemente mis pies y el viento pegaba directamente en mi cara; era un día soleado, el cielo estaba totalmente despejado.
Sentí cuando Zeke se acercó por detrás de mí, pasó sus brazos por mi cintura y me acerqué a él. Amaba recostarme en su pecho y que él apoyara su cabeza en el espacio dentro del cuello y el hombro, dejando un beso allí.
—¿No es un grandioso día? —Su voz sonó tan pacífica, tan real.
Sí lo era, y no por el clima, sino porque estábamos los dos juntos en nuestro lugar feliz, allí donde habíamos jurado compartir la vida juntos.
Me separé levemente de sus brazos para poder ver esos ojos hipnóticos azules que me hacían derretirme a sus pies.
Pero cuando giré, él ya no estaba, había desaparecido; lo busqué en todo el lugar, pero no estaba.
—¡No!
Desperté de golpe, sentándome en la cama con el corazón martilleándome contra las costillas. Estaba empapada en sudor frío. La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana.
No había playa. No había Zeke. Solo el silencio de una casa que, un mes después, seguía sintiéndose demasiado grande para mí sola.
Me llevé las manos a la cara y sollocé, un sonido ahogado y patético. Otra vez. Otra maldita noche soñando que volvía, solo para despertar y recordar que la realidad era mucho peor que cualquier pesadilla.
La puerta se abrió suavemente.
—¿Ann?
Matthew entró con pasos sigilosos, vistiendo solo pantalones de pijama; era demasiado tarde para que estuviera allí, específicamente en mi habitación.
En su defensa, él y Abby se habían mudado “temporalmente” a mi casa; estaban quedándose en las habitaciones que habíamos designado de huéspedes, que ahora solo albergaban sus cosas y las cosas de Emilia desde hacía más o menos cuatro semanas.
Su razón para estar allí no era su miedo a lo que podía hacer en mi soledad; la razón era porque su casa tenía una avería en la calefacción.
Yo sabía la verdad; estaban allí porque se sentían culpables y, aunque al principio me enfurecía su vigilancia, había noches, como esta, en las que agradecía no ser la única respirando en esa casa.
—¿Estás bien? —preguntó, sentándose en el borde de mi cama con cuidado.
Asentí frenéticamente, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Fue solo un sueño —susurré, intentando controlar el temblor de mi voz—. Otra vez.
—¿Sabes que no estás sola, verdad? —preguntó él, apartándome el pelo sudado de la frente—. ¿Quieres contarme qué soñaste? Quizá eso te ayude a aliviar el dolor.
—Soñé que no se había ido, éramos tan felices, Matt, éramos nosotros dos, en un mundo lleno de promesas y luego… —Me costó continuar, pero tomé el aire necesario y terminé lo que estaba diciendo. —Y luego… simplemente desapareció.
Matthew suspiró en la oscuridad y me arropó, ajustando la manta con la misma ternura con la que arropaba a Emilia y acostándose a mi lado de la cama.
—Sabes que yo tuve esos sueños cuando era pequeño… —dijo pasando su mano por mi cabello—. No con Zeke, obviamente… pero sí con papá y mamá… Cuando ellos desaparecieron, soñé durante noches seguidas que volvían y después desaparecían.
—Debió ser horrible —le confesé.
—Lo fue Ann… —Vi esa sonrisa sincera cuando busqué su mirada. —Pero incluso en esos días, cuando te veía dormir a mi lado, eso era suficiente para sentir que aún debía seguir peleando. Ahora míranos, estamos juntos. En un planeta que nos permite escribir nuestra propia historia.
No dije nada, solo me acurruqué a su lado buscando el calor de su cuerpo; en momentos así volvía a ser la niña pequeña que solo necesitaba a su hermano para sentir calma.
—Intenta dormir, Ann. Mañana tienes turno temprano en el hospital.
—No quiero dormir —admití—. Si duermo, lo veo. Y si despierto, recuerdo que no está. No hay escape, Matt.
—Cada día va a doler un poco menos. Te lo juro. —dijo en un susurro—. Ahora, cierra los ojos, Annie Baldwin. Te ordeno que descanses bien.
Le sonreí; sabía que tenía razón, incluso cuando esa última frase había salido con humor. No sé en qué momento el sueño se tomó mi cuerpo y cerré los ojos, quedando dormida.
Con el tiempo me di cuenta de que tenía razón; los días empezaron a contar, uno tras otro; las pesadillas no pararon, pero poco a poco empezaba a aceptar que Zeke no volvería.
Y odiaría que mi vida se basara en esperar a que un milagro pasara por la puerta de la casa.
Volví al hospital porque quedarme en casa mirando las paredes era una invitación a la locura. Chris me recibió sin hacer preguntas, asignándome turnos dobles que me mantenían ocupada hasta el agotamiento.
Curar heridas físicas era fácil. Suturar, desinfectar, vendar. Ojalá hubiera un hilo quirúrgico para lo que tenía en el pecho.
Las personas en Aurora Bay habían aprendido a no preguntar. El nombre “Zeke” se había convertido en tabú. Había rumores y chismes alrededor de su desaparición, pero nunca la verdad; para las personas, un líder que era capaz de desertar es un cobarde que no era capaz de sostener a su pueblo.
Hoy era mi día libre. Y había decidido que, aunque doliera, era momento de un nuevo inicio; me dolía vivir en una casa llena de fantasmas.
Me levanté temprano, ignorando el ligero mareo que sentía al ponerme de pie. Que últimamente se volvía más seguido; Chris decía que era estrés y anemia por no comer bien y tenía toda la lógica. Me tomé un café negro que me supo a óxido, pero lo bebí igual.
—¿Qué haces? —preguntó Abby, bajando las escaleras con Emilia en brazos, al verme sacar cajas vacías hacia el salón.
—Voy a remodelar —anuncié, abriendo una caja con un cúter—. No quiero arreglar lo que se rompió. Quiero sacar todo y empezar de cero. Voy a pintar las paredes de otro color. Voy a cambiar los muebles. Quizá romper una que otra pared; quiero un lugar que no tenga rastro de Zeke. Esta casa huele a él, Abby. Y necesito que huela a mí.
Abby sonrió, una sonrisa triste pero orgullosa; veía en su cara que también le afectaba. Sabía que lo hacía porque era su hermano; ella también sufría, pero se hacía la fuerte, quizá por mí o por su propia familia.
—Me parece una idea genial. ¿Te ayudo? —dijo reincorporándose, poniendo a Emilia en su cadera.
—No. Abby, necesito hacerlo esto sola. Ustedes vayan al parque con Emi. Hace buen día.
Las vi salir de casa unos minutos después, quedando sola en esa casa que nunca fue solo mía. Abrí las cajas y empecé a empacar todo; aquello que me dolía ver iba a la caja de “donaciones” o directamente a la basura: papeles, ropa, libros, muebles, todo.
Llegué al estudio. La última frontera, el lugar donde no había entrado desde que él se fue; ese espacio gritaba a él en cada rincón.
Empecé a vaciar el escritorio con movimientos automáticos. En el fondo de un cajón, bajo unos planos viejos que Zeke había dibujado, mis dedos tocaron algo frío y texturizado.
Lo saqué.
Era la bitácora. El cuaderno que Arthur Baldwin me había entregado en la biblioteca de Villa Cristal meses atrás. “Léelo cuando estés lista”, recordé sus palabras.
Nunca lo había abierto. Me daba miedo encontrar justificaciones científicas a su abandono. Pero ahora, después de ser abandonada por segunda vez, ahora por el hombre que juró amarme, sentía una curiosidad morbosa. ¿Qué escribe un padre cuando deja atrás a sus hijos?
Me senté en el suelo, rodeada de polvo, y abrí la primera página.
La letra de Arthur era diferente a la de los informes médicos o artículos que había leído en lo que llevaba en ese planeta. Era más suelta, más humana. Las fechas retrocedían más de veinte años.
“4 de mayo.
Día 1, haciendo esto. Mi psicólogo me sugirió escribir para poder entender mis miedos y preocupaciones que no me dejan dormir en las noches; sin embargo, prefiero empezar este diario con uno de los mejores momentos de mi vida.
Son las 3:00 a. m. Estoy sentado en este incómodo sofá al lado de Alex, mientras ella duerme tranquilamente en esa cama de hospital que tanto odia; a su lado, la cuna de nuestro hijo. Me encantaría estar en casa y poder dormir a su lado; estoy seguro de que Alex piensa lo mismo. De hecho, ella sugirió un parto en casa, pero, como el neurocirujano que soy, la sola idea de algo así me parecía inconcebible.
Prometí que si en algún momento teníamos más hijos, quizá lo tendríamos en el agua como Alex lo sueña; espero que se le olvide su afán de lo casero para cuando llegue ese día.
Por ahora el silencio es mi mejor compañero a esta hora; mi Matthew está tranquilo en su cuna, durmiendo como si esa fuera su única misión.
Pero mientras mi mundo empieza a florecer con los dos seres que más amo a mi lado, afuera el mundo empieza a susurrar sobre guerras y escasez. Es difícil de entender, pero cuando sostuve a Matt, todo ese ruido y pánico se silenció.
Y mientras afuera se anuncia el final de los tiempos, yo aquí en este cuarto, siento que el mundo hasta ahora comienza, y haría cualquier cosa para protegerlo.”
Al lado de lo escrito estaba la foto más linda del mundo, un único recuerdo de ese entonces: Matthew recién nacido con una manta azul, durmiendo pacíficamente en los brazos de mamá.
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