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Nosotros en las estrellas - Capítulo 106

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Capítulo 106: 105 – High Hopes

Canción sugerida: High Hopes – Kodaline.

Acaricié la foto con el borde de mis dedos, Matthew Baldwin en su ternura máxima; me quedé observando. Era un pequeño bultico envuelto en esa manta, tenía los ojos cerrados, los cachetes rosaditos y regordetes, estaba durmiendo pacíficamente con la boca ligeramente abierta.

—¿Qué haces, hermanita? —Vi cómo Matthew entró en la habitación, sentándose a mi lado.

—¿Cómo te fue hoy? Mucho drama en la ciudad —le pregunté cerrando el diario y recostándome sobre su hombro.

—Desde que se fue… —Respiro profundo—. Desde que se fue ese hombre, Aurora Bay es un desastre, hermanita, todo está de cabeza. ¿Pero tú qué haces?

Miré el diario de Arthur; apenas lo había empezado a leer, pero sabía que quería compartirlo con él; él merecía la verdad tanto como yo.

—Estaba intentando que esta casa se sintiera más yo y menos… menos Zeke. —Miré a mi alrededor. —Pero encontré esto.

Dije, pasándole el diario para que pudiera ojearlo. Abrió la primera página, la misma que había acabado de leer; vi cómo recorrió cada palabra como si fuera un tesoro.

Cuando terminó, vi cómo algunas lágrimas empezaban a caer de sus ojos, lento y silenciosamente. Vio la foto y pasó su dedo por cada rincón de aquella foto, por la cara de Alexandra, por su cobija azul y hasta por su propia cara.

—Se parece a Emilia —dijo haciendo que lo mirara.

—Bueno, ese bebé eres tú, entonces eso significaría que tú te pareces a Emilia —le corregí.

Estuvimos un rato más allí, sentados, pasando página por página. Eran crónicas de una familia feliz. Viajes, primeros pasos, cumpleaños. Era casi la normalidad en relatos, una familia llena de amor.

Luego llegó el relato, mi relato, mi entrada a sus vidas.

“10 de abril

No he escrito en los últimos días; Alexandra odió mi idea de ir al hospital para el nacimiento de Annie; me recordó aquella promesa que le había hecho unos años atrás.

Así que Annie nació en el agua como toda una sirena, tal y como mi Alex quería; puedo jurar que nunca más va a querer hacer un parto sin medicina. Lo importante es que todo resultó bien, mi niña está sana, hermosa y su llegada me recordó lo vulnerable que soy ante esos ojos que me ven como si fuera la única cosa que existiera.

Por otro lado, y no menos importante, Matthew no se separa de su hermanita; ahora mismo la estoy viendo a través de la cámara; él está en su cuna viéndola dormir, abrazado a su dinosaurio; es como si su Navidad hubiera llegado antes de tiempo.”

Al lado del texto, pegada con una cinta adhesiva, estaba la foto. Un Matthew de apenas dos años, con el pelo revuelto y una camiseta con un dinosaurio en el centro, me sostenía en sus brazos con una seriedad cómica, como si estuviera cargando una bomba nuclear y no a un bebé. Yo era apenas un bulto rosado envuelto en una toalla, pero su mirada… su mirada era la misma que tenía ahora. Protectora. Absoluta.

—Siempre he querido protegerte —dijo pasando su dedo por mi figura en la imagen—. Y querías que me fuera de esta casa hace unas semanas —dijo entre risas.

—No quería ver a nadie hace unas semanas, no te lo tomes personal —dije empujándolo suavemente—. Gracias por ser mi refugio, Matt.

Nos quedamos allí un rato más revisando algunas páginas más; queríamos encontrar la que hablara de la enfermedad y por qué nos habían dejado atrás.

“25 de noviembre

Ya casi no escribo esto. Las noticias empezaron a llegar: en el este la guerra acaba de estallar, pero pudo importarme menos cuando mi guerra estaba en esta casa, en esta cuna. Mi niña no está bien. Los exámenes que le he hecho durante meses dan como resultado una estructura celular débil; es como si su sistema inmune no supiera cómo protegerla. No funciona, nada funciona, no existe cura o medicina creada para lo que tiene mi Annie.

¿Qué siento en este momento? Impotencia absoluta porque Annie me recuerda que ni todo el dinero, ni la fama como doctor, puedo curarla. Su vida puede acabarse en unos meses, quizá en algunos días. ¿Qué voy a hacer cuando esos ojos ya no me miren más?”.

El hombre fuerte que pretendía ser frente a todos en Villa Cristal se esfumaba en este libro; era el papá que recordaba. Sobre las hojas del diario había algunas lágrimas secas que decoraban el texto; no había foto o recuerdo, solo lágrimas.

Matthew siguió leyendo, devorando las páginas.

“Han pasado dos años desde que la esperanza comenzó a nublar el cielo; ya no reconozco la diferencia entre un cuarto de mi casa y el del hospital.

Las buenas noticias: Génesis Lab nos contactó. Es un proyecto gestionado por las élites; han creado un lugar en el que la tecnología está años luz por delante de lo que la población actual conoce.

Como médicos reconocidos nos invitaron a hacer parte del proyecto. Ellos nos veían como una buena adquisición; yo veía esto como una oportunidad para intentar salvar a una de mis personas favoritas del mundo”.

—Sigue leyendo, Matt —le pedí—. Quiero entender qué había en sus mentes; si éramos sus personas favoritas, ¿por qué simplemente nos abandonaron?

Él solo asintió con su cabeza, pasó de página y siguió leyendo.

“Por fin he encontrado una cura; va a funcionar, lo sé, mañana empezamos la primera fase de prueba; espero poder escribir que encontré una cura pronto. Por ahora hemos mantenido todo en secreto; quiero que permanezca así el mayor tiempo posible, espero que para siempre. Hemos presentado la cura como un entrenamiento biológico que solo se obtiene con entrenamiento y simulaciones que te llevan al límite; parece que no sospechan nada aún.”

La escritura se había convertido en una letra más espichada; era una prueba de ligereza. Era obvio que empezaban a esconder un secreto, uno que implicaba mi vida; mi vida estaba en la mesa.

“Las pruebas en Annie han sido un éxito, hemos bautizado este proyecto Cristal, sí, un cristal frágil, pero que puede soportar mucho, que puede alojar la vida de la niña que me desarma con una mirada.

Genesis Lab empieza a sospechar que estamos escondiendo algo, tanto así que nos han dado nuestro primer ultimátum. Saben que necesitamos sus instalaciones y sus recursos. No saben la magnitud de esta cura, pero es su excusa perfecta para atarnos a su proyecto.

El trato es simple y cruel: ellos nos dan la libertad de experimentar, dándoles a ellos la teoría, pero a cambio, Alexandra y yo debemos irnos en este viaje experimental y liderar la misión Éxodo I. Debemos fundar la colonia para ellos, lejos de aquí”.

La letra se volvía más agresiva, apretada por la ira; la voz de Matthew la empezaba a imitar, empezaba a interiorizar ese sentimiento interno de Arthur al escribir.

“Ha pasado un mes desde que nos dieron el ultimátum, la medicina ya empezó a funcionar en Annie, llevamos semanas sin visitar el hospital, empecé a hacer de nuevo los exámenes, y resulta que Annie tiene un recuento mayor al de cualquier humano. Por ahora debe ser un secreto entre nosotros”.

Todo lo que había creído de ellos, de sus motivos egoístas de huir, se empezaba a desdibujar en mi cabeza, y por lo que podía ver en sus ojos, en los de Matthew también. Quizá habíamos encontrado la verdad después de mucho tiempo.

No cambiaba lo que eran; en este planeta se habían convertido en personas frías que parecían no tener sentimientos. Que se distanciaban bastante de quienes escribían en ese diario.

—Ann… —¿Quieres que continuemos con esto? —preguntó buscando mi mirada—. Podemos parar aquí; al final nada va a cambiar.

—Dime que no quieres saber la verdad tanto como yo —le dije, respondiendo a su duda, a sus pensamientos y a aquellas palabras que no habían salido de su cabeza; sabía que los dos queríamos respuestas, la verdad.

“No puedo dormir, por eso he decidido escribir aquí. Son las 2:00 a. m., acabo de ir al cuarto de los niños por décima vez esta noche; no saben cuánta falta me van a hacer, ver sus caras, sus ojos, sus sonrisas.

A veces me gustaría huir, empacar lo necesario e irnos los cuatro al rincón más alejado de este mundo donde solo seamos nosotros.

Pero luego la realidad me golpea: los relojes que nos pusieron nos rastrean a todo lado, no podemos huir. No podemos llevarlos, pero tampoco podemos despedirnos. Quisiera poder decirle a Annie lo valiosa que es y a Matthew lo fuerte y valiente que es; por eso dejé a Robert encargado de ellos. Si existen posibilidades de enviarlos con nosotros, sé que lo hará.

¿Qué veo en este momento? Alexandra no deja de llorar; aún sostiene ese collar que le regalé con las fotos de ellos dos. Aún no nos vamos, pero duele como si lo hiciéramos a propósito”.

Nos quedamos en silencio; acabamos de leer a dos adultos que dejaron sus almas, por amor —quizá habíamos sido muy duros con ellos—, pensé.

Al final de la página, había una frase subrayada con fuerza, lo último que Matthew leyó después de tomar aire y limpiar las lágrimas que habían sido inevitables.

“El sacrificio es la única medida real del amor. Todo lo demás es decoración”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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