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Nosotros en las estrellas - Capítulo 107

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Capítulo 107: 106 – Angels For Each Other

Canción sugerida: Angels for Each Other – Martin Garrix & Arijit Singh

Me quedé mirando la tapa del diario desgastado después de que Matthew la cerrara con un golpe seco.

¿Qué se hace cuando descubres que la base de tu odio, el cimiento sobre el que construiste tu identidad de “sobreviviente”, era una mentira? O peor aún… una verdad a medias.

Mis ojos se quedaron fijos en las manos de Matt. Aún sostenía el libro con fuerza; sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el diario. Era como si intentara sostener una verdad que intentaba escapar.

Sabíamos que quedaban páginas con más historias al final, hojas esperando a ser leídas por lo que sea que nuestros padres hubieran escrito al llegar a este planeta. Pero lo que acabábamos de leer… eso cambiaba el pasado.

Y aunque saber la verdad no borraba mágicamente los dieciséis años de soledad, nos daba una versión nueva de nosotros mismos. Ya no éramos los niños desechados que habían llorado unos padres que nunca habían muerto. Ahora éramos solo dos niños que tuvieron que ser dejados atrás para no ser lastimados, y realmente no sabía cuál verdad dolía más.

Al final del día seguíamos siendo Matthew y Annie Baldwin, los mismos que estaban sentados en el suelo frío de un estudio desordenado, rodeados de cajas que gritaban “pasado” por todos lados.

Ninguno de los dos pronunció una sola palabra en el tiempo que estuvimos allí; yo solo recosté mi cabeza en el hombro de mi hermano, mientras me permitía llorar y soltar todo lo que no había dejado salir en días.

Minutos después escuchamos el sonido de la puerta principal abriéndose. Seguido de pasos rápidos, que resonaron por el pasillo, acompañados de un balbuceo suave y burbujeante que mi corazón reconoció antes que mi cerebro.

—¿Hola? —La voz de Abby se escuchó a través de la casa, cargada de esa preocupación maternal que ahora abarcaba a todo el mundo, no solo a Emilia.

Matt soltó un suspiro largo, profundo, como quien vuelve a la superficie después de estar demasiado tiempo bajo el agua aguantando la respiración. Se pasó las manos por la cara con brusquedad, borrando cualquier rastro de vulnerabilidad, y me miró. Y ahí estaba. Esa sonrisa ladeada, la de mi hermano mayor, la que tenía el poder de convencerme de que el mundo no se estaba acabando, aunque el cielo se estuviera cayendo a pedazos.

Lo vi levantarse. Desde mi perspectiva en el suelo, se veía inmenso. Poderoso. Ya no era solo el navegante que guiaba una nave; era el nuevo líder que sostenía una ciudad.

Sacó una mano del bolsillo y la extendió hacia mí.

—Es hora de levantarse, Annie —dijo.

Sabía que sus palabras no tenían un sentido netamente para levantarme de aquel suelo frío en el que aún estaba; también era porque había dejado que la tristeza me consumiera en medio del dolor. Era momento de volver a levantarme, de dejar de esperar, de dejar de pausar mi vida por alguien que quizá nunca volvería.

Tomé su mano y me apoyé en ella para levantarme. Tiró de mí hacia arriba con fuerza. Pero en cuanto mis pies se plantaron y enderecé la columna, el mundo se inclinó violentamente; parecía que todo en la habitación hubiera dado un vuelco repentino.

Me tambaleé, llevándome una mano al estómago por puro instinto, como si quisiera sujetar algo dentro de mí para poder recuperar el equilibrio.

La mano de Matt, que estaba a punto de soltarme, se cerró con fuerza sobre mi antebrazo, sosteniéndome.

—¿Ann? —Me escaneó la cara buscando una razón lógica o evidente para mi estado. No existía una persona en ese planeta que me conociera mejor que él; conocía mis ritmos, mis colores, incluso mis silencios… —¿Estás bien? —insistió, frunciendo el ceño.

Cerré los ojos un segundo, esperando a que las estrellas negras desaparecieran de mi visión. Sentía el estómago revuelto, esa sensación extraña, que llevaba ignorando un par de semanas, atribuyéndola a los nervios, la tristeza e incluso el estrés.

—Estoy bien —mentí, forzando el aire en mis pulmones—. Es solo que no desayuné bien y me levanté muy rápido. Ya sabes, a veces se me olvida.

—Annie… —empezó, con ese tono de advertencia que usaba cuando sabía que le estaba ocultando algo.

Pero la frase quedó en el aire cuando Abby apareció en la puerta con Emilia en brazos, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco y olor a bebé.

La pequeña, al vernos, se abalanzó hacia adelante, estirando sus bracitos regordetes hacia Matthew. Vi cómo la tensión en los hombros de mi hermano se disolvía al instante. Se limpió discretamente una lágrima rezagada y la tomó en brazos. La sonrisa que iluminó su rostro fue tan genuina; Emilia era la prueba viviente de que aún había un futuro por el cual luchar.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Abby, sus ojos azules moviéndose entre nosotros como un escáner, notando los ojos rojos y el ambiente denso—. Estaban llorando… ¿Encontraron algo de Zeke?

La esperanza en su voz fue un golpe bajo; en medio de mi dolor no me había dado cuenta de que había personas como Abby que también estaban sufriendo con la huida de Zeke. Me dolió, pero negué con la cabeza, y vi cómo esa pequeña luz en su rostro se apagaba.

—No es Zeke, Abbs —respondí, recogiendo el libro del suelo y pasándoselo—. Es esto. Resulta que no nos abandonaron… o bueno, no por los motivos egoístas que siempre pensamos desde nuestra llegada a este planeta. Resulta que ellos también sufrieron con nuestra despedida.

Abby tomó el diario en sus manos y lo abrió. La vi hojearlo, deteniéndose en las primeras páginas. Sus dedos trazaron el contorno de una foto vieja de Matthew. Sonrió, una sonrisa suave y cómplice, y luego miró a su Matt y a la bebé que él sostenía.

—Definitivamente creé una copia de ti en versión mujer —se rió, caminando hacia él para besarle la mejilla, antes de devolverme el libro con una mirada que buscaba respuestas más profundas—. ¿Y entonces? ¿Ahora qué sigue, Annie? ¿Qué vas a hacer con todo este… desastre?

No sabía muy bien qué seguía en mi vida, pero lo que sí sabía era lo que no quería, y es que, después de casi dos meses de esperar a que Zeke volviera, de días sin comer, de estrés y no dormir esperando a que cruzara la puerta de la casa. Mi vida se había convertido en un caos descontrolado que me estaba consumiendo poco a poco.

Quedarse quieta era morir. Y yo no había sobrevivido al fin del mundo para morirme de pena en una casa que ya no sentía mía.

—Es momento de comenzar de nuevo, Abbs —dije, y al decirlo en voz alta, sentí que la decisión se solidificaba—. Voy a remodelar esta casa. Voy a tirar paredes si es necesario. Voy a reconstruir mi vida y bueno… buscar una nueva forma de vivir con este dolor.

Matthew se giró hacia mí. Había un brillo calculador en sus ojos, el mismo que tenía cuando trazaba rutas de navegación imposibles.

—Hablando de reconstruir —interrumpió, dando un paso hacia mí—. Desde que se fue… desde que Zeke no está, Aurora Bay es un caos administrativo. Necesitamos estructura, Annie.

—Soy doctora, Matt. Mi lugar está en el hospital —repliqué por inercia.

—Y seguirás siéndolo. No te pido que dejes la medicina —dijo rápido, casi suplicante—. Pero necesito a alguien que me ayude a manejar este lugar. Alguien que entienda de estructura, de leyes, de organización.

La propuesta quedó flotando entre nosotros. Liderar, construir algo más grande que mi propia tristeza.

—¿Yo? —pregunté, incrédula. —No puedo, Matt, mi lugar es en el hospital curando niños.

—Sí, tú —afirmó él—. No te pido que dejes todo; tómalo como un trabajo de medio tiempo: medio tiempo en el hospital, medio tiempo como líder.

Sus palabras fueron como rebobinar una cinta vieja; recordé mis días en el consejo de Villa Cristal, lo mucho que había sufrido y lo que había afectado a mi relación con Zeke, la distancia, las órdenes. Era mucho estrés volver.

—No creo, Matthew. —Mi cuerpo se negaba a una responsabilidad como esa de nuevo. —La política no es para mí.

—Tú sabes más que nadie que no es así —dijo acercándose a mí—. Cuando estabas en el consejo, te brillaban los ojos. —Se dibujó una media sonrisa en su cara. —Además, amas mandar a todos y, si vas a reconstruir tu vida, hermanita, ¿qué mejor lugar para empezar que los cimientos de nuestra propia ciudad?

Vi esos ojos de confianza en él y supe que no pararía hasta convencerme, así que decidí no pelear esa guerra que al final perdería, así que simplemente asentí. Si Aurora Bay necesitaba a los hermanos Baldwin, nosotros haríamos de todo para hacer de la ciudad la mejor de ese planeta.

—Está bien, está bien.

Vi la sonrisa en la cara de los dos en cuanto esas palabras salieron de mi boca. Matthew se abalanzó hacia mí y me abrazó girando; no fue un giro muy fuerte, pero fue suficiente para que se me revolviera el estómago. Lo empujé levemente y corrí al baño.

Las ganas de vomitar me invadieron casi que por completo; juraría que vacié todo lo que había comido ese año en ese baño. Me dolía la cabeza, el cuerpo y sobre todo el estómago.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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