Nosotros en las estrellas - Capítulo 108
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Capítulo 108: 107 – Saturno
Canción sugerida: Saturno – Pablo Alborán
Desde que acepté ser líder en Aurora Bay, todo se había complicado; no era lo mismo trabajar en el hospital y correr a casa para llorar toda la tarde; ahora tenía que estar en dos lugares casi al mismo tiempo.
Esa mañana recordé que la magia de llegar a un nuevo planeta se desvanece cuando los problemas y la adaptabilidad empiezan a afectar a las personas que llegan a habitarlo.
Un brote alérgico agresivo venía presentándose con la polinización en los últimos días, uno que curiosamente afectaba más que todo a los niños, lo que significaba que el jefe de área se encargara de buscar una solución; esa persona encargada era yo.
Pero en la búsqueda de esa cura mágica, el tiempo simplemente desaparecía, y más ese día, porque después de una semana de investigación exhaustiva, por fin habíamos encontrado algo que iba a funcionar.
—¿Hora actual para proceder con la refrigeración? —le pregunté a Elena, una de las nuevas doctoras que se había asignado a mi equipo.
—Trece cincuenta horas, doctora —me respondió ella.
—¿Trece qué? —Miré el reloj; yo misma debía estar en una junta en menos de diez minutos al otro lado de la ciudad. —Elena, quedas encargada; por favor, déjame saber de las actualizaciones en cuanto las tengan.
No me quedé a esperar respuesta o confirmación; no era una pregunta, era una orden y confiaba en mi equipo. Cogí dos documentos y mi bolso; no me despedí ni siquiera. Corrí por los pasillos del hospital hasta mi auto; debía llegar al edificio en menos de diez minutos…
—Vamos, Annie, vamos… —pero el tiempo seguía avanzando.
Cuando llegué por fin al edificio, bajé del carro y salí corriendo nuevamente. Siendo sincera, llegar tarde se empezaba a convertir en mi nuevo deporte olímpico, y con eso, las entradas a las juntas, reuniones o consultas se volvieron mi peor pesadilla, tanto así que, si existiera una medalla de oro para “Entradas desastrosas en reuniones gubernamentales”, me la habría llevado ese día sin competencia.
Llegué a la puerta de la sala de juntas, respirando como si hubiera corrido un maratón.
—Respira, Annie. Entra digna. Eres la colíder —me dije a mí misma, quitándome por completo la bata. Tomé todo el aire posible y empujé la puerta con la cadera, intentando ser sigilosa.
Grave error.
La puerta, que solía ser silenciosa, decidió que hoy era el día perfecto para chirriar como un animal moribundo. Y como si el universo necesitara un remate para el chiste, mi pie se enredó con el borde de la alfombra.
Fue en ese momento que agradecí todos mis años de entrenamiento porque pude evitar caer; sin embargo, el movimiento brusco hizo que mi tablet saliera volando de la pila de papeles, aterrizando con un ¡CLACK! estruendoso en el centro de la mesa de cristal, deslizándose dramáticamente hasta detenerse justo frente a Matthew.
Silencio absoluto.
Doce pares de ojos se giraron hacia mí. Ingenieros, arquitectos y jefes de seguridad me miraban. Matthew, que estaba de pie frente a un holograma de la red eléctrica, levantó una ceja, miró la tablet frente a él y luego me miró a mí.
—Buenas tardes —dije caminando hacia mi asiento.
—Buenas tardes a ti también, Socia —dijo, con una sonrisa que intentaba disfrazar con seriedad y calma.
—Lo siento —susurré, sintiendo el calor subirme a las mejillas mientras recogía mi dignidad y mis papeles—. La alergia de los niños… ya saben. Continúen, los escucho.
Me deslicé en mi silla, tratando de hacerme pequeña, mientras Matthew retomaba el hilo de la conversación sin perder el ritmo.
—Como les decía, la instalación de los paneles solares de la Zona Norte va al 70%. —Señaló el holograma, que mostraba una red brillante de energía—. Necesitamos que el equipo de ingeniería acelere la conexión con el hospital antes de la temporada de tormentas.
Intenté concentrarme. De verdad lo intenté. Pero la voz de Matthew empezó a sonar lejana, como si estuviera hablando desde el fondo de un túnel. Las líneas brillantes del holograma empezaron a vibrar, mezclándose unas con otras.
El aire acondicionado de la sala estaba a tope, pero yo sentía calor, me empezaba a sofocar; el calor era asfixiante. Empecé a abanicarme con una carpeta que estaba enfrente de mí en la mesa, pero parecía no funcionar. Me aflojé el cuello de la camisa disimuladamente, intentando algo más.
—¿Annie? —La voz de Matthew cortó mi neblina mental—. ¿Opinas que deberíamos desviar la energía auxiliar a los invernaderos?
Mis manos y piernas empezaron a cosquillear, como si la sangre no supiera dónde quedarse. El calor seguía ahí, incluso más intenso; el sudor me recorría la espalda como si siguiera corriendo, aunque estaba quieta. Parpadeé varias veces, intentando enfocar, pero el mundo parecía ir un segundo más lento que yo.
—Eh… sí. Sí, los hospitales y los invernaderos son prioridad —murmuré, poniéndome de pie para señalar algo en el mapa, solo para fingir que estaba prestando atención.
Me di cuenta de lo mala idea que había sido cuando ya era tarde.
En cuanto me levanté, el suelo desapareció. No hubo aviso. Simplemente, la gravedad se multiplicó por diez. Mis rodillas tambalearon, perdiendo el equilibrio. Las luces de la sala simplemente se apagaron en mi cabeza.
—¡Annie! —Escuché la voz de Matthew en la lejanía.
Y antes de que pudiera tocar el suelo. Sentí como unos brazos fuertes me sujetaban antes de estrellarme contra el suelo; no recuerdo qué pasó después, simplemente cerré los ojos dejándome guiar por el cuerpo que me sujetaba. Escuché a la lejanía el caos, las voces de todos a mi alrededor.
Los segundos se sintieron horas. Cuando el mundo volvió a tener color unos segundos después, estaba medio sentada en la silla, con Matthew arrodillado frente a mí, tomándome el pulso con una expresión que oscilaba entre el pánico y la furia.
—Estoy bien… —intenté decir, pero mi lengua se sentía pesada.
—Ni se te ocurra —me cortó Matthew. Se giró hacia el resto de la sala—. La reunión terminó. Salgan.
Nadie discutió; ahora todos le hacían caso a él. En segundos, la sala quedó vacía y el caos se convirtió en silencio.
—Vamos al hospital. Ahora —ordenó, pasándome un brazo por la espalda para ayudarme a levantarme.
—Matt, no es necesario. Es solo que no comí bien y…
—Annie, casi te desmayas dos veces en una semana. No me importa si eres la doctora más brillante de este planeta, ahora mismo eres mi hermana pequeña y te ves terrible. Vamos al hospital. Y no acepto un no por respuesta.
No tuve fuerzas para discutir con él. Tal vez porque tenía razón, o tal vez porque mi cuerpo ya había tomado la decisión por mí. Sabía que había algo en mí que no estaba bien, pero admitirlo era igual o peor que perder una guerra, así que simplemente asentí y dejé que mi cuerpo se dejara llevar por la dirección que Matthew había escogido.
Subimos al auto, yo bajé la ventana por completo por miedo a que volviera a pasar y simplemente cerré los ojos tratando de relajarme. Supe que habíamos llegado porque escuché la puerta de Matthew abrirse. No me dio tiempo de coger mis cosas cuando ya estaba abriendo mi puerta y guiándome hacia el edificio, el cual conocía mejor que mi propia casa.
El hospital era un lugar único. Habíamos logrado integrar la tecnología de escaneo profundo con la arquitectura abierta de Aurora, creando espacios que ayudaban a las personas a sentirse cuidadas, donde podíamos curar cualquier cosa; ese había sido el objetivo desde la nave y lo habíamos logrado hacer realidad en nuestra ciudad.
Matthew me instaló en una camilla de la unidad de emergencias y salió a buscar a Chris, que se había convertido en nuestro doctor de confianza. Mientras se alejaba, lo escuché refunfuñar mientras caminaba.
En cuanto la puerta se cerró, supe que era momento de moverme. Conocía mi cuerpo y, aunque estaba tratando de ignorar los síntomas, simplemente cada vez se volvían más intensos; no era normal, no podía ser solo estrés.
Me bajé de la camilla, ignorando el leve mareo que persistía, y caminé apoyándome en las otras camillas y en las paredes mientras me alejaba del lugar en el que me había dejado mi hermano.
—Voy al baño —dije en voz alta para nadie, por si alguien entraba.
Me deslicé por el pasillo hasta la sala de imagenología, escaneé mi tarjeta de doctor, esa que me daba acceso a áreas exclusivas. Frente a mí, el escáner más potente jamás creado; era la joya de nuestra tecnología: capaz de detectar anomalías celulares, deficiencias vitamínicas y… otras cosas… en cuestión de segundos.
Cerré la puerta y bloqueé el seguro para que nadie pudiera entrar; si había algo en mí, quería ser la primera en saberlo. Me acerqué al holograma que programaba la máquina; mientras lo hacía, mis manos temblaban, quizá por el miedo a que algo estuviera mal.
—Solo un chequeo rápido. Solo para descartar —me dije a mí misma mientras me acostaba en el metal frío del escáner.
El zumbido y el latido de mi corazón eran el único sonido en ese lugar, Vi la luz violeta ir desde mi cabeza hasta mis pies y de vuelta.
Escaneando…
Procesando biométricos…
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