Nosotros en las estrellas - Capítulo 110
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Capítulo 110: 109 – Fix You
Canción sugerida: Fix You – Coldplay
El susurro al otro lado de la línea se rompió en un sollozo ahogado. No entendía qué estaba pasando ni quién llamaba, pero una certeza me golpeó: la persona al otro lado estaba más rota que yo.
Por un segundo absurdo y traicionero, mi mente quiso creer lo imposible. ¿Zeke? ¿Acaso era él, arrepentido, llamando desde algún lugar para decir que volvía?
La voz volvió luego de algunos segundos.
—Annie… tienes que venir —dijo, la voz temblando como si intentara recuperar el aliento.
Supe quién era de inmediato; y no, no era Zeke. Él nunca sonaría así; esa fragilidad era propia de alguien que estaba al borde del acantilado. Fue cuando la voz al otro lado del dispositivo se me hizo particularmente conocida.
—¿Lion? —pregunté, incorporándome de golpe en el asiento—. ¿Estás bien?
Todo mi malestar físico se evaporó en el momento que escuché su voz quebrada. El mareo, las náuseas, el cansancio, incluso la noticia del bebé… todo dejó de importar, fue reemplazado rápidamente por un sentimiento de terror y preocupación.
Si algo les pasaba a ellos, si mi ausencia había permitido que les hicieran daño, jamás me lo perdonaría.
—Por favor, ven por nosotros…
La voz cambió. Ya no era Lion. Era Lia, sonando tan pequeña y asustada que me partió el corazón.
—Nos están mintiendo, Annie —sollozó—. Nos están mintiendo en la cara.
—¿Quién les miente? —exigí, alzando la voz sin importarme que Matthew me mirara alarmado—. Lia, respira. ¿Qué pasa?
Sentí la mirada de Matthew quemándome desde su asiento mientras conducía; sentí cómo el carro empezó a disminuir la velocidad, escuchando muy atentamente lo que Lia y Lion tenían que decir.
—Mamá y papá —soltó Lia tratando de no llorar, y la palabra “mamá” sonó rota como nunca.
En ese momento sentí culpa, porque de mis hermanos, la única que sabía lo que en realidad tenía Alexandra era yo, no porque así ellos lo hubieran decidido, sino porque yo los había enfrentado.
Su excusa era que era un resfriado o una enfermedad adversa a tantos años de estrés, pero que Alexandra pudiera morir nunca había sido una opción en la cabeza de los niños.
—Nos dicen que todo está bien, que es solo una gripe fuerte, estrés, pero… —Y el llanto volvió a ser parte de su voz. —Annie, los escuchamos anoche…
—¿Li? —sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta y me tensaba mientras intentaba sostenerme en el asiento—. ¿Qué escucharon? ¿Alexandra está bien?
En mi mente pasaron todos los escenarios posibles, aquellos que nunca había imaginado incluso; las lágrimas y la preocupación se adueñaron de mi cuerpo, sentí como si el aire se cortara en ese momento.
Sentí la mano de Matthew en mi hombro, intentando que me calmara, que sintiera que no estaba sola. Vi la preocupación en su cara de que me volviera a desmayar o que fuera peor. Acabábamos de salir del hospital y Chris me había pedido descansar y tratar de tomar las cosas con calma, pero realmente esto, esto era lo contrario.
Lía se había quebrado en llanto; lo que decía era casi inaudible. Lo siguiente que escuché fue la voz de Lion, que tuvo que tomar el dispositivo.
—Mamá está muriendo, Ann… —Escuché esa pausa que te hacía romper el corazón. —Anoche papá estaba diciendo que ya no había nada que hacer, que el tratamiento no había funcionado y… —Hubo una pausa en el medio. —Es cuestión de tiempo, Annie, y nosotros no lo sabíamos.
Se me heló la sangre. Alexandra Woods, la mujer de hierro, la directora que había amenazado con desterrarme, la mujer que con el tiempo empezaba a entender, simplemente moría, sin que pudiéramos hacer algo, y aunque sabía que Matthew aún no los perdonaba por habernos abandonado incluso después de leer el diario, supe que la noticia también lo había afectado cuando lo vi tensarse al escuchar a Lion hablar.
Cerré los ojos porque sabía que, en mi estado, debía controlar mis emociones, si no podría colapsar en cualquier momento. Tomé aire antes de hablar, sintiendo un peso enorme en el pecho. No era solo Alexandra, la madre con la que quería solucionar las cosas. También eran mis hermanos los que se sentían solos y traicionados en ese momento. A quienes me sentía en la obligación de cuidar.
—Escúchenme los dos, no están solos —prometí, con una firmeza que no sentía—. Vamos a solucionarlo juntos.
Escuché murmullos al otro lado de la llamada, esperando por una respuesta, algo que me asegurara que ellos estaban bien.
—Ann… —Escuché la voz cansada de Lia. —Tengo miedo, no quiero volver y que simplemente mamá no esté.
Y como si me hubiera quedado sin palabras para prometer algo que no podía, Matthew habló.
—Escúchenme ustedes dos, sé que no me conocen y tampoco confían en mí como lo hacen con Annie. —Pasó su mano por el cabello, intentando organizar sus ideas. —Pero voy a encontrar una solución que nos funcione a todos.
La duda del otro lado de la llamada fue evidente, pero realmente en ese momento no había nada más que pudiéramos hacer; yo lo sabía y ellos también.
—Solo porque sabemos que Annie confía en ti —escuché venir de la voz de Lia—. Vamos a ir a casa.
Cuando la llamada terminó, sentí ese vacío de no haber resuelto nada, y es que realmente, pedirles que confiaran en nosotros era como si solo les pidiéramos tiempo para que Alexandra empeorara. El silencio en el auto se hizo abrumador, porque sabía que debía hacer algo.
—Matt, tengo que ir… —Solté. No esperaba una respuesta y tampoco estaba preguntando.
—No —dijo Matthew, contundente.
Fue una sola palabra, seca y cortante como un latigazo. Apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Matt… —Intenté que entrara en razón, pero él me cortó antes de que pudiera defender mi urgencia por ir por ellos.
—Dije que no, Annie. Acabas de salir del hospital por un colapso nervioso. Tienes órdenes estrictas de reposo. No voy a llevarte a la boca del lobo, a esa casa tóxica, para que veas a Alexandra y Arthur jugar contigo. No es nuestro problema.
—¿Te estás escuchando? Suenas como un tirano, Matt, son nuestros hermanos —repliqué, girándome hacia él—. Y están aterrados.
—Lia y Lion pueden venir aquí. Mandaré un transporte por ellos. Pero tú no vas a ir a Villa Cristal.
—Eres imposible, estás actuando como si no se tratara de nuestra mamá. —Vi cómo sus nudillos se volvían blancos de la fuerza con la que apretaba el volante. —Sí, Matthew Baldwin, ella es tu mamá también, y se está muriendo. ¿Debo recordarte lo que escuchaste en la llamada?
—Siempre se trata de alguien más contigo, ¿verdad? Hace unos días era por Zeke; después simplemente dijiste que estabas perfecta y tomaste dos trabajos. —Me miró unos segundos antes de volver su mirada al camino. —Solo te pido que por una vez en tu vida pienses en ti misma, ¿eso es mucho? ¿Puedes?
No dije nada al instante porque sabía que no había argumentos contra él; sabía que había excedido mis propios límites y ahora que necesitaba ir, que realmente lo quería, él no me dejaría hacerlo.
—Está bien —dije bajando la voz—. Se hará lo que tú digas, solo te pido que lo pienses —supliqué, bajando la voz—. No tomes decisiones con rabia mientras conduces.
Matthew tensó la mandíbula, pero no discutió más. Giró el volante con brusquedad y aceleró hacia mi casa. Teníamos que recoger mis cosas antes de ir a la suya.
Mientras él manejaba, yo guardaba la esperanza de que cambiara de opinión, que al llegar a su casa Abby lo ayudara a ver con mayor claridad.
Cuando llegamos a mi casa, o bueno, a lo que ahora quedaba de ella, porque en medio de la reconstrucción no había más que paredes hechas pedazos. Paredes a medio pintar y polvo por todo lado. Era un reflejo perfecto de mi vida: una estructura en obra negra, esperando a ser reconstruida.
Entré a la casa moviéndome entre las sábanas de plástico que cubrían los muebles, buscando una maleta entre mis cosas. Después de guardar todo, bajé nuevamente al primer piso.
Me detuve frente al ventanal de la sala, el único rincón que había decidido mantener: aquella vista al mar, que amaba tanto, y la terraza, que aún se mantenía con los mismos muebles y la piscina.
Salí a la terraza, el único lugar en Aurora Bay que me hacía sentir con vida; quizá por la vista del mar o los recuerdos que aún no quería olvidar, esas noches de largas charlas bajo las estrellas, las noches de vino y… el único recuerdo que no quería borrar de Zeke.
Allí, parada frente al mar, me llevé una mano al vientre. Era extraño. Aún no se notaba nada, mi ropa me quedaba igual, pero yo me sentía diferente. Sentía una ansiedad nueva, una urgencia de cuidar y proteger, incluso de crear un lugar seguro.
Me quedé allí parada viendo a la nada, mientras la brisa del mar me golpeaba en la cara. Cerré los ojos por algunos segundos, permitiéndome digerir la noticia de que mi cuerpo en ese momento estaba creando vida, una que había soñado por mucho tiempo.
Me volteé a ver la casa que, en ese momento, era cualquier cosa menos un hogar, pero que sería el lugar que yo construiría para mí y para el bebé, porque ahora no construía para borrar una historia que dolía; ahora esa casa se había convertido en un proyecto para mi futuro.
—¿Lista? —La voz de Matt desde la puerta me sacó de mi trance existencial.
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