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Nosotros en las estrellas - Capítulo 111

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Capítulo 111: 110 – Easy on me

Canción sugerida: Easy on me – Adele

Asentí levemente, haciendo como si mi mano en mi abdomen fuera un simple acto de acomodarme la ropa; tomé la maleta en la que había guardado algunas de mis cosas y caminé hacia la puerta para irnos.

Me subí en el carro como si me estuviera despidiendo por última vez de ese lugar. Matthew me miró, esa mirada que preguntaba si estaba lista. Asentí, porque sabía que no tenía otra opción.

Durante el camino me fue imposible no pensar en cómo estaría Alexandra y en el hecho de que Matthew era un muro que debía escalar para poder ir; necesitaba argumentos válidos que ayudaran a que, al irme, él pudiera tener la tranquilidad de que no moriría del estrés, porque para él eso era lo que yo tenía: agotamiento excesivo.

Me planteé contarle la verdad, pero sabía que si conocía el diagnóstico real, él simplemente aumentaría la seguridad; había visto lo protector que era con Abby cuando estaba embarazada de Emilia. Sería peor conmigo, podía jurarlo.

Cuando llegamos a su casa, bajé del auto y caminé obedientemente hacia la puerta. La casa de Matthew y Abby era todo lo opuesto a la mía. Los espacios estaban tan bien definidos, limpios, claros; las flores en los estantes hacían que la casa tuviera olor a lirios y a galletas recién hechas.

—Wow, ¿sabes? Amaría tener estos problemas de calefacción en mi casa —dije recordándole su mentira para quedarse en la mía unas semanas atrás para cuidándome.

Vi la sonrisa dibujarse en su cara; es que ni siquiera lo intentaba esconder. Abrió la boca para defenderse hipócritamente, pero en cuanto entramos, Emilia, que estaba jugando en la alfombra de la sala, levantó la cabeza. Sus ojos grandes se iluminaron al verme y, con esa torpeza adorable que solo ella tenía, empezó a gatear rápido hacia mí.

—Claro, Emi, papá no existe, que se lo coma un león —dijo en un tono ofendido pero burlón, dándole un beso en la cabecita, como si con eso dijera cuánto la amaba.

Pasó por mi lado cogiendo las maletas que llevaban mis cosas, y se abrió paso hasta las escaleras llevando las maletas al segundo piso, a la habitación de huéspedes, que, según las indicaciones médicas, sería mi hogar por el siguiente mes, al menos si no lograba persuadirlo.

Cuando tuve a Emilia frente a mí, simplemente la alcé; con ella en brazos, me senté en el sofá. Estaba agotada, me sentía débil, pero no me importó; la puse en mi regazo y acaricié su cara. No podía creer que en algunos meses tendría una criatura que irradiaría tanta ternura en mi vida, sería mía.

Esperé que, como siempre, ella fuera ese torbellino de energía que pedía que jugara con ella, pero esta vez Emilia no hizo lo habitual. No jugó con mi pelo ni tiró de mi collar como lo hacía de costumbre. Simplemente se quedó quieta. Apoyó la cabeza en mi pecho, dejando caer su manita sobre mi estómago, dejándola allí con una delicadeza que me erizó la piel.

Abby, que venía trayendo el té y el biberón de Emilia, se detuvo en la entrada de la sala admirando la escena frente a ella; luego de unos minutos, simplemente interrumpió, sentándose a mi lado.

—Vaya… —dijo con esa sonrisa de asombro—. ¿Qué le hiciste para que se quedara así de quieta? Emi últimamente es un huracán —dijo pasándome el biberón como si con su tacto pudiera descubrir todos los secretos ocultos en mi mente.

—Creo que me extrañaba; últimamente he estado muy ocupada —dije excusándome, intentando ocultar lo obvio.

—Sabes, dicen que los bebés y los animales son los primeros en notar los cambios de energía —comentó—. Debe sentir que necesitas consuelo, Annie.

Tragué saliva, cruzando una mirada rápida con Matt. Quien bajaba las escaleras mirando la escena frente a él, esperando mi siguiente movimiento. Sabía que la tensión de la llamada seguía presente en el aire.

—Consuelo y descanso —dijo mientras se acercaba—. Sobre todo, descanso.

Yo solo rodé los ojos, haciéndole ver que su comentario estaba de más, pero no fui a la confrontación, porque sabía que debía alistar el terreno a lo que venía, y mientras yo me tensaba, Emilia suspiró en mis brazos, cerrando sus ojos, durmiéndose mientras terminaba su biberón, su mano aún sobre mi vientre.

—No sé qué pasa entre ustedes dos, pero están raros —dijo Abby, tomando a Emilia de mis brazos para sacarle los gases y ponerla en su cuna provisional que habían adecuado en la sala.

En cuanto sentí el vacío que había dejado el cuerpo de la bebé en mis brazos, tomé aire sabiendo que era el momento de enfrentar la bestia que me estaba quitando el aliento. Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, Matthew, quien parecía no poder contenerse más, habló.

—Abbs, pasa que aquí la mujer frente a nosotros, después de salir del hospital con orden de descanso casi absoluto, recibió una llamada, que Alexandra está… está muy mal y Annie, como la gran heroína, quiere irse a quién sabe qué infierno allá en Villa Cristal. —Su enojo era notable; era un regaño y una súplica para que Abby lo apoyara.

—¿Quieres calmarte? Porque te recuerdo que ya no soy una niña. —Dije, parándome casi a su nivel. —No voy a un infierno, voy a la casa en la que viven NUESTROS padres y hermanos, que están sufriendo, y no voy a hacerme la heroína, voy porque me cansé, Matthew.

—Ya te dije que enviaré a una persona que traiga a los niños, a los tres, para que estés tranquila, pero de esta casa no sales y punto.

La cabeza de Abby iba y venía entre nosotros, que obviamente no íbamos a ceder. Yo no iba a dejar morir a Alexandra sola, y Matthew se aseguraría de que no saliera de esa casa. Busqué a Abby con la mirada; quería que me apoyara.

—Fue suficiente. —Abby se paró en medio de los dos, alzando la voz lo suficiente para que nos calláramos. —Vamos a buscar una respuesta que nos funcione a los tres, pero nadie aquí va a pasar por encima de las necesidades de otro, ninguno de ustedes dos.

Y es que si se trataba de la voz de la razón, esa sin duda alguna era ella; Abby sabía cómo solucionar cualquier problema, fuera técnico, logístico o familiar; ella siempre era la indicada.

Empecé a hablar porque sabía que Matthew pensaba que este era otro de esos actos impulsivos que no tenían razón.

—Estoy cansada, Matt —dije, sentándome en el sofá como un acto de redención—. Estoy cansada de odiar. De que todo gire en torno al rencor, incluso cuando no hay razón, porque pudimos leer ese diario y nuestra verdad, la que nos hace odiarlos, es mentira; además, puede que esta sea nuestra última oportunidad de hablar y arreglar las cosas con ellos.

Lo miré a los ojos, buscando a mi hermano, a mi aliado, al hombre que había cargado con el peso de protegerme durante dieciséis años, al hombre que admiraba porque siempre entendía, incluso cuando ni siquiera había palabras de por medio.

—Annie, no es que no quiera ir, o que tú vayas, pero me preocupa que te hagas daño. Te desmayas, tienes náuseas constantemente, no duermes. Annie, no te quiero perder, porque aparte de Abby y Emilia, tú eres todo lo que tengo —dijo arrodillado enfrente de mí, buscando esa parte de mí que siempre cedía.

Abby, que nos miraba desde afuera, se sentó a mi lado y agarró nuestras manos, como si eso fuera todo lo que existiera en ese momento.

—Tengo una idea —dijo buscando la mirada de los dos—. Tú quieres ir a ver qué puedes hacer en Villa Cristal, y es entendible, es tu familia —dijo primero hacia mí.

—Y tú, mi amor, estás preocupado por el bienestar de tu hermana —dijo buscando los ojos de Matt—. Si Annie promete obedecernos, podemos ir todos, los cuatro; vemos qué podemos hacer por los niños, y Alexandra, y Matt se asegura de que tú descanses y no te sobrecargues.

Era una increíble solución, una que funcionaba para todos, tanto para Matthew como para mí; de hecho, era mi única opción posible y no pensaba dejarla pasar.

—Acepto —dije inmediatamente. —Además, es un buen momento para que intentes hablar las cosas con ellos, al igual que yo lo haré.

—Annie, una cosa es ir porque no confío en que te cuides tú sola y descanses, y otra es ir a hablar —su mirada buscando una ayuda—. No sé si estoy listo para hablarlo.

—Lo entiendo y no te voy a obligar a hacerlo —dije tomando su mano en la mía—. Sé que quizá crees que es mentira, pero créeme cuando te digo que todo es exactamente como Lia y Lion dijeron en la llamada; tiene un cáncer superagresivo con el cual lleva peleando meses.

Vi la mirada de los dos, en especial la de Matthew; sus ojos se llenaron de dolor y tristeza. No estaba en su ADN odiar; ese no era él.

Recordé aquellos días en la Tierra, incluso los días de la nave; no había segundo que pasara sin que Matthew recordara a papá y a mamá. Sabía que pensar que nos habían abandonado lo había roto, pero lo conocía lo suficiente para saber que no era rencoroso, mi hermano no.

—Matthew, no quiero que se vaya pensando que sus hijos la desprecian por algo que hizo para salvarlos —continué, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. Y no quiero que Emilia crezca en un mundo dividido, lleno de rencor y secretos. Ya perdí a Zeke por el silencio, Matt. No quiero perder a mis padres también.

Matthew se quedó callado un largo momento, procesando la magnitud de lo que acabábamos de poner sobre la mesa. Miró hacia el pasillo, donde se veían fotos nuestras, fotos de la nueva vida en Aurora. Luego miró a su hija durmiendo en aquella cuna que él había construido para ella, esa pequeña vida que significaba su mundo.

Suspiró, derrotado por la verdad.

—Si tú quieres… —dijo finalmente, con voz suave, rindiéndose—. Si tú estás lista, yo también. Estoy cansado de estar en guerra con mi propia sangre.

Le sonreí, una sonrisa débil pero genuina, llena de alivio. Me avalanqué contra el que estaba arrodillado en el suelo y lo abracé como hacía mucho no lo hacía.

—Gracias —susurré.

—Hay condiciones, Annie Baldwin —sentenció él—. Primero me escuchas: si digo no, es no. Segundo, debes descansar apropiadamente, nada de cargar el peso de otros, y Annie… si Arthur intenta manipularte una sola vez, nos vamos.

—Trato hecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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