Nosotros en las estrellas - Capítulo 112
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Capítulo 112: 111 – Bigger Than The Whole Sky
Canción sugerida: Bigger Than The Whole Sky – Taylor Swift
Esa noche fui a la habitación de huéspedes; era la primera vez que dormía allí, y solo el hecho de estar ahí me hacía recordar aquel día que llegué a Aurora Bay desde Villa Cristal por primera vez.
Fue el día que, a pesar de mis miedos e incertidumbres sobre pertenecer a su vida, Zeke me sacó de esa habitación en sus brazos y me obligó a ir a nuestra casa. Daría todo para que él solo entrara por esa puerta y que todo simplemente fuera una mentira.
Pero en cambio todo lo que tenía era el silencio de la noche y esa habitación que se sentía como estar en otro planeta. Di vueltas en la cama hasta que el sueño quiso darme una tregua; debía descansar si quería que Matthew no se arrepintiera de ir a Villa Cristal.
La mañana siguiente llegó antes de lo que esperaba. La luz de Percevalis se filtraba por las cortinas; me senté en la cama con cuidado, sintiendo ese mareo que últimamente se había vuelto mi compañero constante, un “buenos días” que odiaba porque me recordaba que estaba sola, guardando un secreto que desearía gritar a los cuatro vientos.
Y sentada en la cama, cerré los ojos y respiré hondo, contando hasta diez; era un anclaje que usaba siempre que los nervios me invadían, pero que funcionaba incluso cuando se trataba de un acto biológico.
Y como si las náuseas no fueran suficientes, mi cabeza, que buscaba torturarme, fue a aquel momento, esa noche de tormenta. Tenía alrededor de tres o cuatro años, un recuerdo vago. Estaba llorando desconsoladamente. Ella entró en mi habitación y me tomó en brazos; recuerdo su olor a lavanda, ese que me hacía sentir segura.
—Es solo una tormenta, Annie… —Su voz cálida, contrastando con los truenos que cada vez se oían más cerca.
—Y si… —Sentí el miedo cortando mi voz. —¿Y si uno de esos truenos entra en casa? —pregunté en medio de lágrimas, temblando.
—Annie, aquí estás segura, yo te cuido, ¿recuerdas?, ahora respira, mi amor… —dijo cuando mi respiración se aceleró—. Cuenta conmigo: 1… toma aire… 2, mantén… 3, ve soltando lentamente… 4. Comienza de nuevo, toma aire… 5.
Abrí los ojos cuando llegué al 10… Ya no era la niña asustada por los truenos; era la mujer asustada porque dentro de ella una vida se estaba creando.
Su voz seguía siendo mi ancla, incluso ahora que era mayor, incluso cuando la distancia entre esa niña inocente y la adulta cada vez se hacía más clara; pero lo más doloroso era que su voz seguía siendo mi ancla, incluso cuando no confiaba en ella, incluso cuando ella estaba a punto de morir.
Mis ojos se llenaron de lágrimas que intentaba parar secando con mi mano con una violencia que no era propia de rabia, sino de dolor, pero una salía después de la otra; eran las malditas hormonas que empezaban a sacar ese lado sensible que tanto odiaba.
Me levanté despacio y caminé hacia el baño. Necesitaba algo que me hiciera reaccionar. Me lavé la cara con agua fría, intentando despertar de ese estado sin sentido de dolor.
Me duché porque sabía que necesitaba despejar la mente, pero sobre todo alistarme porque el tiempo no dejaba de correr.
Volví a la habitación en busca de la ropa que usaría ese día; tomé lo que estaba más arriba en la maleta: unos jeans y un buso holgado que me cubría por completo. Nada que llamara demasiado la atención. No quería que Matthew tuviera más razones para preocuparse.
Y luego, cuando me giré hacia la cama de nuevo, al lado, en la mesita de noche, había una bandeja con comida, un té de jengibre, una tostada salada y una taza con mi fruta favorita, que en ese momento, con solo verla, me generaba malestar.
Comí todo, como si se tratara de una obligación; cada bocado se sentía como una condena; sentía que en vez de comer fruta estaba comiendo metal o peor. Pero el té de jengibre fue casi un milagro; por primera vez en la mañana las náuseas habían parado.
Y con eso supe que era momento de volver a la vida; bajé las escaleras como si se tratara de una trampa, pero la escena en la sala me detuvo en seco, bajando todos mis muros.
Las maletas a un lado en la puerta, ya listas para el viaje, y mientras yo moría de los nervios, Abby estaba sentada en el suelo con Emilia, construyendo una torre de bloques que la niña derribaba con entusiasmo cada vez que quedaba lista.
Matthew, quien evidentemente estaba tenso, las observaba desde el sofá, con una taza de café en las manos y esa expresión que solo tenía cuando miraba a su familia.
Emilia fue la primera en verme. Sus ojos grandes se iluminaron; extendió los brazos hacia mí como si con el simple gesto me pidiera que corriera a alzarla, seguido de un gritito de emoción que me hizo caminar más rápido hacia ella.
—¡Tía Annie! —chilló. Y toda la tensión, el malestar e incluso los nervios por guardar el secreto se desvanecieron; su voz, que empezaba a ser más constante, era suficiente para derretirme.
Me arrodillé con cuidado, ignorando el mareo que se apoderó de mi cabeza cuando me agaché; la alcé con cuidado, evitando que el malestar fuera evidente o que nos cayéramos. La apreté contra mi pecho y aspiré su olor a champú de bebé y a esa inocencia pura que solo los niños tienen.
—Hola, mi amor —le susurré al oído, sintiendo cómo su manita se aferraba a mi cuello.
Matthew me miró por encima del borde de su taza, con esa mirada de hermano mayor que lo ve todo, y es que nunca le había guardado un secreto a él; sentía que podía leerme con solo respirar, y eso me aterraba más.
—¿Comiste algo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí —respondí, rodando los ojos, haciendo evidente que me molestaba que preguntara—. Me terminé todo el banquete que Abby me dejó, hasta la última migaja.
Él entrecerró los ojos, claramente sin creerme porque últimamente comer no era algo que estuviera en la misma oración con mi nombre, pero no dijo nada. Abby se levantó del suelo y se acercó a mí, revisándome con la mirada como si ella fuera la doctora y yo fuera una de sus pacientes.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con esa voz suave que usaba cuando sabía que la respuesta sería una mentira.
—Bien —dije automáticamente.
—Annie —insistió, cruzando los brazos.
Suspiré, rindiéndome. Sabiendo que no iba a recibir una mentira más, o no nos iríamos si le mentía así.
—Mareada. Un poco nauseabunda. Pero nada que no pueda manejar. —Debía darle un poco de sinceridad para que no examinara de más.
—¿Estás segura? Te ves cansada —dijo examinándome como si aquí el doctor fuera él y no yo. —Sabes, no deberíamos ir, al menos no hoy, Annie… Debes descansar, recuerda lo que dijo Chris.
—Matthew, pueden parar, me están asfixiando con tantas preguntas y no, no vas a usar el “te ves cansada” para cancelar nuestra visita a Villa Cristal.
Abby intercambió una mirada con Matthew, una de esas conversaciones silenciosas que tenían las parejas que se conocían demasiado bien. Había algo en su expresión, una curiosidad que me puso nerviosa, pero antes de que pudiera decir algo, Matthew se puso de pie.
—Bien. Entonces vámonos antes de que cambie de opinión —dijo, dejando la taza en la mesa y agarrando las llaves del auto.
Subí al asiento trasero con Emilia, que insistió en sentarse en su silla junto a mí. Abby se acomodó en el asiento del copiloto, girándose de vez en cuando para mirarnos como si fuéramos dos bebés que necesitan estar vigilados constantemente, mientras Matthew conducía en silencio.
Sabía que sería un viaje largo, uno que, siendo sincera, todos intentábamos evitar; y no solo porque de Aurora Bay a Villa Cristal tomaba aproximadamente dos horas en auto, sino porque enfrentar el pasado, ese que dolió e hizo tanto daño, daba miedo, que al volver las heridas se hicieran más grandes.
Mientras Matthew conducía, Abby mantenía su mano sobre su pierna. Desde atrás, yo miraba cómo nos alejábamos, kilómetro a kilómetro, de la libertad que habíamos construido, mientras Emilia jugaba distraída con su peluche favorito: un pequeño osito de felpa que Zeke le había regalado como muestra de que sí la quería, incluso cuando la evitaba todo el tiempo.
Y por una extraña razón dolió, dolía verlo, dolía más de lo que debería. Porque todo me recordaba a él, incluso cuando intentaba no pensar en ello.
—Annie, me quedé pensando y… —dijo Abby de repente, rompiendo el silencio—. ¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote mal?
La pregunta me tomó desprevenida. Miré por la ventana, intentando dirigir mis nervios hacia otra parte.
—No sé. Unas semanas, supongo.
—¿Y estás segura de que es solo estrés o, bueno, agotamiento?
—Sí —mentí—. No me inventé el diagnóstico, si es lo que preguntas; Matthew estaba ahí cuando Chris dijo que era estrés.
—En realidad dijo que era burnout y no lo llamó estrés porque es algo más grave, Ann —dijo sin quitar la mirada del camino—, y también recuerdo que dijo que debías descansar, lo cual no has hecho mucho.
—No empieces con tu sermón de papá, que no te queda bien —protesté bajando la ventana; quería tomar un poco de aire antes de que las náuseas volvieran—. Matthew. Eres mi hermano, si necesitas que te lo recuerde.
Abby se giró completamente en su asiento, estudiándome con esos ojos de científica y madre que no se perdían nada.
—¿Te hicieron análisis de sangre?
—Abby, estoy bien —insistí, desviando la mirada.
—No te ves bien —intervino Matthew desde el asiento del conductor, su voz tensa—. Y antes de que digas algo, sí, sé que sueno como un disco rayado, pero alguien tiene que decírtelo. Así que deja de estar a la defensiva con nosotros, que solo nos estamos preocupando por ti.
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