Nosotros en las estrellas - Capítulo 113
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Capítulo 113: 112 – Photograph
Canción sugerida: Photograph – Ed Sheeran
Emilia, ajena a la tensión, me jaló la manga, como si quisiera parar la conversación que empezaba a ponerse más álgida con su interrogatorio y mi intento de esconderles el secreto; me sonrió y después me ofreció su peluche con una sonrisa llena de inocencia y amor. Tomé el osito y lo apreté contra mi pecho, agradeciendo la distracción.
—Gracias, Emi —le dije, besando su cabecita y haciéndole un poco de cosquillas.
Su intervención había funcionado; el carro se llenó de ese sonido burbujeante que solo Emilia tenía. Agradecí que la atención no estuviera en mí y en cómo me sentía o buscando otros diagnósticos posibles; al frente vi cómo Abby se reía con ese sonido y cómo Matthew miraba por el retrovisor con esa sonrisa que se empezaba a dibujar.
Y a medida que avanzábamos, el cambio en el paisaje se volvió más evidente. Los árboles y el olor a mar simplemente desaparecieron, dando paso a una oda a la perfección con hileras de césped perfectamente alineadas. Las carreteras al lado del mar se transformaron en asfalto custodiado por los edificios a su alrededor.
Todo era demasiado limpio, demasiado perfecto, demasiado controlado. Incluso el clima parecía obedecer a la ciudad: mientras que en Aurora Bay el viento soplaba libre y las nubes se movían erráticamente, aquí todo estaba calculado. El sol brillaba con la intensidad exacta, las sombras caían en los ángulos precisos.
—Dios —murmuró Matthew, apretando el volante con más fuerza—. Olvidé lo mucho que odio este lugar.
—Parece una prisión —soltó Abby mientras miraba por la ventana—. Con razón las personas aquí no tienen hijos.
—No es tan malo, a veces sale el sol y hay pequeños detalles que hacen de esta ciudad una… una bonita ciudad —dije.
Y es que Villa Cristal fue el lugar en donde aprendí a enfrentar mis miedos; sí, había tenido días en que hubiera decidido nunca vivir, pero también existían esos días en donde las pequeñas cosas simplemente te mostraban una belleza única.
—Es una prisión bonita —respondió él—. Pero sigue siendo una prisión.
Y aunque me sentía familiar con ese lugar, Matthew tenía razón en algo: ese lugar solo te permitía pensar en obedecer, y hasta respirar el aire se sentía como si requiriera permiso.
—Bienvenidos a la libertad —murmuró Matthew con sarcasmo mientras avanzábamos por las calles perfectamente pavimentadas.
Y luego, la vimos.
La casa de los Baldwin estaba en el sector residencial de élite, en la cima de una colina desde donde se podía ver toda la ciudad. Tenía jardines impecables, fuentes ornamentales, estatuas que intentaban imitar el arte clásico de la tierra. Todo gritaba intelectualidad, pero sobre todo riqueza y poder.
Ya había estado allí varias veces, incluso viví allí, pero volver, bueno, era diferente; se sentía como si la casa que tanto me había dado simplemente ante mis ojos no se viera tan terrorífica como quizá lo era para Matthew y Abby.
Cuando el auto se detuvo frente a la puerta principal, vi cómo mi hermano se quedó mirando la casa en silencio. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus nudillos se ponían blancos sobre el volante. Abby puso una mano sobre la suya, un gesto simple pero lleno de amor, un lenguaje que solo ellos dos entendían.
—Podemos irnos si quieres —susurró. —Podemos conducir de vuelta a casa y no pasa nada.
Él negó con la cabeza, respirando hondo, como si supiera que eso no era una opción.
—No, ya estamos aquí. Terminemos con esto para volver a casa pronto.
Y tan pronto esas palabras salieron de su boca, supe que tenía que actuar rápidamente antes de que cambiara de opinión por el miedo o la rabia que aún sentíamos. Yo fui la primera en bajar, porque mi ansiedad no me permitía quedarme allí sentada admirando la casa, sabiendo que adentro todo se estaba desmoronando.
Mientras Abby y Matt bajaban del auto, yo desabroché el cinturón de Emilia y la tomé en mis brazos; ella se aferró a mí, como si fuera su escudo.
Sentí sus brazos rodear mi cuello mientras escondía su cara como si estuviera asustada de no estar en casa. Abby se colocó junto a Matthew, quien no apartaba la mirada de la puerta principal como si al parpadear nos fueran a hacer daño.
Caminamos hacia la entrada, nuestros pasos resonando contra el camino de piedra. Y como si estuvieran esperando nuestra llegada, la puerta se abrió antes de poder tocar el timbre.
Un hombre mayor, vestido con un traje impecable, nos recibió con una reverencia leve. Reconocí a Edmund; él era el encargado de la casa, la mano derecha de Arthur y el guardián de todos los secretos que esa casa podía contener. Sus ojos se posaron en mí primero, y una sonrisa genuina cruzó su rostro.
—Señorita Annie —dijo con voz cálida—. Qué alegría verla de regreso.
—Hola, Edmund —respondí con una sonrisa débil—. También me alegra verte.
Sus ojos se movieron hacia Matthew, y por un momento, su compostura falló. Parpadeó varias veces, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—¿Es usted el señor Matthew? —dijo con voz quebrada, intentando entender si era verdad lo que veía mientras Matthew asentia—. Bienvenido a casa.
El grito que vino desde las entrañas de la casa no le dio tiempo a Matthew de presentarse o simplemente saludar. Tres figuras bajaron corriendo las escaleras del vestíbulo. Lion, Lia y Mia. Mis hermanos.
Estaban más grandes que la última vez que los había visto, pero había cosas que ni el tiempo cambiaba, porque vi cómo se detuvieron en seco al sentir esa mirada de “comportense” que solía tener Edmund con ellos.
Pero quizá también era la curiosidad que vi en ellos. Lion se paró frente a Lia y a Mia, con esa pose defensiva. Miró a Matthew con una mezcla de desafío y curiosidad. Lia, a la que no le importó, tomó un paso adelante hacia Abby.
Su curiosidad y precaución duraron unos pocos segundos, porque incluso con la actitud protectora de Lion, Mía se abalanzó sobre mí.
—¡Annie! —puedo jurar que toda la ciudad la escuchó. Corrió hacia mí, abrazándome las piernas, casi haciéndome perder el equilibrio; Matthew, quien estaba cerca, puso su mano en mi espalda para sostenerme.
Emilia, quien no estaba acostumbrada a tantos extraños, se asustó por el movimiento brusco, aferrándose más fuerte a mí como si en cualquier momento fuera a soltarla.
—Hola, hermosa —le dije a Mia, acariciando su cabello.
Me giré ligeramente. Viendo cómo todos se quedaban mirando a Matthew, intentando entender quién era, lo miré a ese hombre que a veces me hacía sentir rabia, pero que amaba con mi corazón, y voltee hacia los niños que miraban con curiosidad.
—Chicos —dije, mi voz resonando en el vestíbulo de mármol—. Él es Matthew. Nuestro hermano mayor.
La mirada de los tres se fijó en él, estudiando cada una de sus facciones como si así pudieran determinar si era un Baldwin o no.
—Te pareces a las fotos viejas —dijo Lion, sin filtro. Fue el primero en romper el silencio.
Matthew soltó una risa nerviosa, corta.
—Supongo que sí. —Su nerviosismo era evidente, pero giró hacia donde estaba Abby parada, con esa mirada de ven aquí, tú también eres parte importante de la familia. —Y esta mujer hermosa a mi lado es Abby, mi esposa. Y esta pequeña que tiene Annie en brazos es Emilia. Mi hija. Su sobrina.
La palabra sobrina pareció romper el hielo. Lia y Mia se acercaron, fascinadas por la bebé.
Lia tomó su manita como si fuera un cristal delicado, sonriendo. Lion, que a veces parecía no importarle nada, miró a Emilia, como si nunca hubiera visto un bebé, y Mia, que se asombraba con todo, empezó a jugar con el pie de Emilia, que justo le quedaba a su altura.
Me había imaginado ese momento miles de veces, todas mis personas favoritas en un solo lugar, los hermanos que cuidé por meses y el hermano que había cuidado de mí toda mi vida en el mismo lugar.
Y por un segundo, quise gritar mi secreto, y confesarme, pero como si hubiera sido una señal del destino y como si no hubiera sido suficiente, un sonido en lo alto de la escalera nos hizo levantar la vista. Arthur Baldwin estaba allí.
Arthur se veía diferente; había dejado de ser el presidente de Villa Cristal y se había dedicado a buscarle una cura a lo que tenía Alexandra. Se veía agotado, con la camisa arrugada y los hombros caídos. Bajó los escalones lentamente, como si cada paso le costara.
Cuando llegó al último escalón y vio que éramos nosotros, se detuvo; aún no entendía cómo descifrar sus emociones. Se veía enojado, pero sorprendido; ese hombre definitivamente era un laberinto sin respuestas.
Sus ojos se posaron en Matthew, como si estuviera viendo un fantasma que lo acechaba todo el tiempo, y por primera vez en todo el tiempo, desde nuestro aterrizaje, su cara se suavizó, como si su mundo hubiera tenido color después de mucho tiempo.
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