Nosotros en las estrellas - Capítulo 114
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Capítulo 114: 113 – Those eyes
Canción sugerida: Those Eyes – New West
Matthew, quien no sabía qué esperar de Arthur, se puso un paso adelante de todos nosotros, como si su papel de protector entrara en acción.
—Arthur, nosotros… —empezó a decir, pero Arthur fue más rápido, interrumpiéndolo.
—Hijo… —Su voz era un susurro ronco.
Dio algunos pasos para acercarse a nosotros, en especial a Matthew, con el que no habían tenido tiempo de hablar desde aquella huida de todo Éxodo II hacia Aurora Bay, y si me preguntaba cómo esperaba que lo recibiera, bueno, el presidente de Villa Cristal hubiera gritado, hubiera pedido que nos custodiaran de vuelta, nos hubiera ordenado que nos fuéramos.
Pero ese hombre frente a nosotros que daba pasos medidos, pasos que trataban de curar las heridas que había abierto con cada paso que daba, bueno, no era el papá que habíamos tenido en la tierra, pero tampoco el hombre tirano que solía liderar una ciudad.
Matthew se tensó al escuchar su voz; podía jurar que esperaba enfrentarse a un regaño o una pelea con él, pero no. Era esa mirada de incertidumbre para la cual no se había preparado. Miré a Abby y vi que ella sostenía su mano, como si así le ayudara a sentirse protegido.
—Gracias por venir. Significa… significa todo.
—No vine aquí por ti —dijo Matthew, tratando de dejar claros sus límites, pero ahí mismo, suavizó su voz—, pero me alegra que estés bien, Arthur.
—No tengo palabras… simplemente… —Dijo Arthur, intentando organizar sus ideas.
Sabíamos que venía después y no nos sentíamos listos para ese momento, no tan pronto. Yo me tense y vi que Matthew también lo hacía cuando dio ese paso hacia atrás, interrumpiéndolo con su voz.
—¿Dónde está ella? —preguntó Matthew, mirando hacia dentro de la casa, esperando que la tensión se disipara al menos por un rato.
Y antes de que Arthur pudiera responder, el sonido de un motor eléctrico suave llenó el pasillo que dirigía al jardín. La vimos venir unos segundos después y detrás de ella, una enfermera empujando su silla de ruedas.
Alexandra estaba irreconocible, estaba tan… tan frágil. Al verla, tan impropia de la imagen imponente que siempre proyectaba, sentí como el aire salió de mis pulmones.
Sabía que estaba mal, que había empeorado, que probablemente ya no quedaba nada que hacer; Lion y Lia me lo habían dicho, estábamos en esa casa por esa razón.
Creí estar lista o preparada, pero verla… Verla así era diferente. La mujer que siempre había sido sinónimo de fuerza, de control absoluto, estaba reducida a piel y huesos.
Su cabello ya no estaba, consecuencia de las radioterapias y medicamentos. Su piel, que antes era tema de conversación, había adquirido ese tono grisáceo que reflejaba el poco tiempo que le quedaba.
Y mientras ella se acercaba, sin expresión alguna, como si eso también se lo hubiera llevado la enfermedad, yo buscaba algo que me recordara a la madre que tanto empezaba a recordar. Mis ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, como si un huracán de emociones se hubiera apoderado de mí. Busqué sus ojos… Y esos, sus ojos seguían siendo los de ella, un recordatorio de que era ella.
Su mirada pasó por cada uno de nosotros hasta que se quedó fija en Matthew, quizá intentando identificar si era él o no.
—¿Matthew… ?—¿Su voz delicada y frágil? Preguntó, como si su estancia allí nos hubiera borrado a todos los demás, pero no me importó, porque sabía cuánto ella lo extrañaba.
Y como si se tratara de un acto de magnetismo, Matthew se soltó del agarre de Abby, quien estaba siendo su ancla en la tempestad. Los primeros pasos que dio entrando a la casa fueron calculados y cuidadosamente lentos, como si se acercara a un animal herido, pero en cuanto supo que no había reproche o regaño, simplemente aceleró el paso y se arrodilló frente a la silla, quedando a la altura de su regazo.
—Mamá —dijo, y la palabra salió como si se le desgarrara al salir de su garganta. —¿Cómo estás?
Alexandra, que ahora era un mar de lágrimas, levantó su mano temblorosa y tocó su mejilla, como si ese tacto evitara que él desapareciera.
—Estás aquí. Realmente estás aquí —dijo ella, acercándolo a su pecho como solía hacerlo cuando éramos niños.
—Estoy aquí.
Sabía que no había sido fácil para él venir aquí, porque este era el lugar en donde se supone que nosotros debimos crecer, pero no lo hicimos porque nos quedamos luchando una vida que no entendíamos en la tierra, viendo cómo todo se destruía cuando ellos no volvieron, pensando que habían muerto. Ese rencor que habíamos construido al saber que estaban vivos, poco a poco empezaba a desvanecerse.
Mis lágrimas seguían corriendo por mis mejillas, no pude pararlas; vi cómo Alexandra pasó por mi cara, con esa inquietud de mamá que sabía que había algo mal.
—Annie, te ves fatal —dijo ella—. ¿Mi amor, estás bien?
Limpié algunas de mis lágrimas pasándole a la bebé a Abby; me acerqué poco a poco a ella; se supone que no debía estar preocupada y menos por mí.
—Sí, estoy bien —dije fingiendo una sonrisa. Sentí la mirada de “mentirosa” que sostenía Matthew, pero no le di mucha importancia, así que tomé la mano de Alexandra y continué hablando—. Estoy bien y más ahora que estoy aquí cerca de ti, mamá.
La palabra “mamá” salió sola, no tuve que fingirla o pretender que la sentía, porque me había cansado de pelear con esa necesidad de odiar.
Luego de unos minutos, Alexandra subió la cara, mirando a Abby y Emilia; nunca las había visto y sabía que, si estaban allí, cumplían un papel en nuestra vida.
—¿Y quiénes son ellas? —preguntó, con una sonrisa débil.
—Mamá, ellas…
Se dibujó una sonrisa en la cara de Matthew, extendiéndole la mano a Abby para que se acercara.
—Ellas son mi familia, mi esposa y mi hija… tu nieta.
Los dedos de Alexandra se aferraron a los apoyabrazos de la silla como si quisiera correr hacia ellas y alzar a Emilia en sus brazos. Pero su cuerpo no respondía a sus impulsos; vimos cómo levantó los brazos con esfuerzo.
Abby, quien ahora estaba parada al lado de Matthew, se detuvo, buscó su mirada, preguntando qué debía hacer. Él solo asintió sin dudar, sosteniéndole la mirada, dándole permiso y respaldo al mismo tiempo.
Abby avanzó despacio. Se inclinó frente a la silla y acomodó a Emilia en el regazo de Alexandra, guiando con cuidado sus manitas inquietas.
Emilia se removió un poco, incómoda al principio, pero enseguida apoyó una mano en la blusa que Alexandra vestía; ella cerró los brazos alrededor de ella, intentando grabar en su mente ese momento.
—Hola, mi vida —susurró Alexandra, besando la manita de la bebé—. Eres perfecta.
La tarde se convirtió en una mezcla extraña de dolor y reencuentro. Nos sentamos en la sala principal. Abby, percibiendo la densidad del aire, se llevó a Lion, Lia, Mia y a Emilia al jardín. Los vi a través del ventanal: Abby señalando flores, Lion cargando a Emilia en sus hombros, Mia corriendo alrededor. Eran una familia. Una que se estaba conociendo.
Dentro, la conversación era un campo minado.
—Ya no queda tiempo… —dijo Arthur, sirviéndose un trago con manos que temblaban—. Los tratamientos de Villa Cristal nunca funcionaron y yo… yo no pude hacer nada…
—Bueno, entonces nos vamos a Aurora Bay. —Me miró buscando respaldo. —Allá tenemos protocolos experimentales que pueden funcionar —dijo Matthew, su voz profesional tomando el mando para evitar sentir—. Podríamos intentar…
—No, hijo —lo cortó Alexandra suavemente—. Ya no. Mi cuerpo no aguanta más experimentos. Todo duele, y yo… yo solo quiero… descansar.
Sus palabras sonaron en eco; mi cabeza no lo podía entender. No podía rendirse, no así, no ahora, porque cuando empezábamos a sentirnos cerca de nuevo… Sentí ese malestar que me perseguía últimamente acercarse.
Me levanté del sofá, incapaz de escuchar una sola palabra más salir de su boca, sintiendo esa presión en el pecho de nuevo. No era solo tristeza.
Era el secreto que llevaba dentro, pesando toneladas. Ver a Alexandra sosteniendo a Emilia me había destrozado. Pero aún más, su declaración de rendición, porque si se rendía, no se quedaría mucho y sentía que si eso pasaba simplemente, ella nunca conocería al mío. Nunca sabrá que hay otro nieto en camino.
—Necesito aire —declaré, saliendo al pasillo antes de que alguien pudiera detenerme.
Caminé hacia el baño de visitas, cerrando la puerta con llave. Me apoyé en el lavamanos, respirando agitadamente. El espejo me mostraba a una mujer al borde del colapso.
—Estoy bien, estoy bien —me repetí, aunque era mentira.
Unos golpes suaves en la puerta me hicieron saltar.
—¿Annie? —la voz de Abby desde el pasillo—. ¿Estás ahí? Abre ahora mismo.
Caminé hacia la puerta y giré la perilla, dejando la puerta abierta para que solo ella pudiera entrar. Su mirada, esa que sabía leerme, me escaneó por completo con esa precisión clínica que a veces odiaba.
—Estás pálida. Has tenido náuseas y vómitos, has estado sensible últimamente y ni hablar que casi no duermes —dijo enlistando cada uno de mis síntomas.
—Es el estrés, Abby. —Dije recostándome contra la pared fría.
Ella negó con la cabeza, acercándose. Su voz bajó a un susurro conspirativo, pero lleno de preocupación.
—Annie. No soy tonta. Las náuseas matutinas que finges que son “malestar estomacal”. La fatiga. La forma en que proteges tu vientre cuando alguien se acerca mucho.
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