Nosotros en las estrellas - Capítulo 115
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Capítulo 115: 114 -Breathe Me
Canción sugerida: Breathe Me – Sia
Me quedé en silencio, sintiendo cómo mis defensas se desmoronaban. No podía mentirle a ella. No a Abby, y menos cuando era obvio que ya me había descubierto. Ya no podía ocultarlo más.
—¿De cuánto estás? —preguntó, directa.
Cerré los ojos, derrotada, pero aliviada, porque el peso de guardar el secreto ya empezaba a quitarme el aire.
—Casi tres meses —susurré.
Abby soltó el aire que estaba conteniendo. Sabía que entendía todo; su cabeza hizo el cálculo y su cuerpo lo reflejó. Su mano fue directamente a la boca, sus ojos llenándose de lágrimas.
—Oh, Annie… —Acortó el poco espacio que había entre nosotras y me abrazó fuerte. Supe que era todo lo que necesitaba, y mi cuerpo también, porque por primera vez en días pude soltar el peso que llevaba cargando en ese abrazo. Simplemente me dejé sostener.
—¿Zeke lo sabe? —salió de su boca cuidadosamente.
Me separé de ella bruscamente; la simple mención de su nombre seguía doliendo como una bofetada. —Ojalá supiera —pensé—, quizá así sí se hubiera quedado a pelear por lo que nos quedaba. —Pero la realidad era aún más cruel.
—No —dije, mi voz endureciéndose—. Y no lo va a saber.
—Annie, es su hijo. Tienes que…
—¿Tengo que qué, Abby? —la interrumpí, la rabia saliendo a flote—. ¿Cómo, Abby? Dime, ¿tú sabes dónde está?
Vi que ella intentó decir algo, pero no la dejé, no dejé que lo defendiera porque aún dolía.
—Porque, como yo lo veo, ¿tengo que enviarle una señal de humo? ¿Tengo que gritarle al universo para que le avise? —Busqué su mirada para dejarle claro que esto no se trataba de su hermano. —Recuerda, él se fue. Se largó. Nos dejó a todos, me dejó a mí. Te dejo a ti también si necesitas recordarlo.
—Annie, estás siendo muy dura con él. —Vi las lágrimas llenar sus ojos; sabía que a ella también le dolía su abandono, pero no era justo que esto se tratara de él.
—No hay rastro de él, Abby, no hay comunicación. No sabemos dónde está. Debemos aceptar que Zeke Kavan decidió que no quería estar aquí.
—Él te ama —insistió ella.
—Abby, si Zeke me amara, no se hubiera ido, hubiera intentado arreglar las cosas, hubiera hablado conmigo, fuera cual fuera el problema, pero en vez de eso, él solo huyó cuando yo estaba dormida —me limpié una lágrima que caía por mi mejilla—. Así que no, Abby, no vamos a ir a buscarlo; este bebé es mío. Solo mío. Y así se va a quedar.
Abby me miró sabiendo que no iba a cambiar de opinión, que era mejor no pelear esa guerra, al menos no en ese momento.
—Nadie se puede enterar de esto, Abby. —No con todo lo que está pasando, simplemente no es el momento —le supliqué.
—Tu secreto está a salvo conmigo —me tomó de las manos, intentando acercarme al menos físicamente—. Al menos por ahora, pero Annie… no puedes hacer esto sola para siempre.
—Tendré que aprender —dije, poniendo una mano sobre mi vientre plano—. Porque no tengo otra opción.
No tuve noción de cuánto tiempo estuvimos en ese baño, pero salimos como si nada hubiera pasado.
Pero al volver a la sala, todos posaron sus ojos en mí, como si el hecho de salir del baño fuera un milagro, pero Alexandra me miró con esa mirada, esa que no dejaba espacio a dudas, y me sonrió, una sonrisa triste y conocedora, como si pudiera ver a través de mí.
—Estás pálida, Annie. —Sus ojos escanearon mi cuerpo, fijándose en cada detalle, en cómo estaba parada, en la forma en que mis hombros caían, el ligero temblor en mis manos—. Ven, siéntate, necesitas descansar.
—Mamá, no te preocupes, estoy bien —dije, la mentira saliendo automática. Le había dicho tanto los últimos días que ya se sentía natural decirlo.
—No, no lo estás —intervino Arthur; su voz, que de nuevo sonaba como la de un padre, me hizo dar un paso atrás porque juré volver a ese momento, cuando era una niña y me enfermaba—. Matthew nos dijo lo del hospital. Nos dio el diagnóstico.
Mis ojos buscaron a Matthew; esa mirada que le decía “eres un traidor” les había dicho todo: el hospital, el cansancio, todo, incluso el diagnóstico forzado que me había dado Christopher, que hasta ahora había funcionado como la coartada perfecta.
—Es un colapso por estrés, Annie —continuó Arthur, acercándose lo suficiente para que pudiera ver las nuevas arrugas alrededor de sus ojos—. Tu cuerpo está gritando que pares. Eres médica, por Dios. Sabes mejor que nadie que no puedes ignorar los síntomas físicos del trauma emocional.
—Solo necesito descansar —respondí, desviando la mirada hacia el jardín, donde Lion intentaba enseñarle a Mia cómo hacer rebotar una pelota, ajenos al drama de los adultos.
—Necesitas más que descanso —dijo Alexandra con suavidad, pero con firmeza—. Necesitas monitoreo. Necesitas nutrición intravenosa si sigues sin retener la comida…
—Gracias, no sabía que estaba en una consulta médica con la doctora Alexandra Baldwin —dije sonriendo y vi cómo ella también lo hacía, pero es que la atención ya empezaba a abrumarme.
—Si supieras, mamá. Si supieras que no es mi sistema nervioso, sino una vida nueva creciendo dentro de mí —quise decir. De hecho, las palabras estuvieron a punto de salir, pero se quedaron atoradas en medio camino y, en cambio, solo dejé que creyeran la versión que les había dado Matthew. Era más segura por ahora.
Él se paró del sofá con Emilia en sus brazos y caminó hacia mí. Puso su mano en mi frente, un gesto tan familiar y protector que casi me rompe.
—No tienes fiebre —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. Pero estás helada.
—Es el clima —dijo Abby rápidamente, salvándome—. Está a punto de llover. La presión atmosférica está bajando.
Y como si el cielo hubiera estado esperando una orden, la lluvia empezó a caer sobre Villa Cristal, una cortina de agua repentina y violenta que golpeó los cristales inmensos de la mansión.
En el patio se desató el caos. Vi a Lion cubrirse la cabeza con la chaqueta, agarrar a Mia en brazos y correr hacia la casa. Lia venía detrás, riéndose mientras intentaba proteger su cabello.
—¡Edmund! —gritó Lion, sacudiéndose el agua como un perro mojado cuando entraron a la casa—. ¡Las toallas!
Edmund apareció de la nada, entregándole una a cada uno como si estuviera preparado para el clima.
—A sus habitaciones, jóvenes —ordenó Arthur—. Séquense y cámbiense. No quiero a nadie enfermo. Suficiente tenemos con…
No terminó la oración, pero todos miramos a Alexandra. Sabíamos que se refería a ella y a su enfermedad.
Lion y Lia se quedaron mirándonos por un segundo y entendieron que debían desaparecer al menos por un rato. Subieron las escaleras en silencio, dejando un camino de agua mientras caminaban.
La sala volvió a quedar en silencio, solo arrullada por el sonido de la lluvia que pegaba contra el cristal.
Ese era el momento. La grieta en la armadura. Era el momento de hablar de verdad, de enfrentar lo que estaba pasando.
Caminé hacia ellos y me senté en la mesa de centro, quedando frente a Alexandra y Arthur, pero cerca de Matthew. Necesitaba que esto funcionara. Necesitaba limpiar el aire, no solo por ellos, sino por el bebé que crecía dentro de mí. No quería que mi bebé heredara este veneno que yo venía guardando por tanto tiempo.
—Leímos el diario —dije; intentaba abrir esa herida que venía tapando con gasas y que sabía nunca iba a sanar del todo si no se curaba como debería.
Alexandra alzó la vista, perdida, confundida por mis palabras.
—¿El diario? —preguntó—. ¿De qué diario hablas?
—El de Arthur —respondí—. El que escondía aquí, en la biblioteca. El que me entregó cuando empecé a investigar sobre este planeta, sus leyes; él solo me lo entregó, pero necesitaba estar lista para leerlo.
Alexandra miró a Arthur con una sorpresa que parecía real.
—Arthur… ¿Tú le diste…? —se tapó la boca—. Yo pensé que lo habías quemado.
—Lo intenté —admitió él, sin levantar la mirada—. Muchas veces. Pero no pude.
—No lo leímos para perdonarlos, no piensen que esto es algo así —dijo Matt, con una calma que daba miedo—. Lo leímos porque Annie y yo necesitábamos entender qué había pasado, por qué se habían ido.
Arthur tragó saliva.
—Yo… quería que supieran que…
—Que te dolía —cortó Matt—. Sí. Lo escribiste. Lo siento mucho. Pero ¿sabes qué no estaba en esas páginas? El frío, las noches sin dormir, el llanto de la gente, todo cayéndose… Sé que te dolió, pero al final, ¿de qué sirve salvar una vida que después va a morir en la soledad?
Abby, que estaba sentada en silencio al lado de Matthew, apretó a Emilia, que yacía dormida en sus brazos.
—Es imposible borrar dieciséis años —añadió Matthew—. Y no, Arthur: el diario no es una cuerda para volver. Eso no funciona conmigo.
Arthur abrió la boca, y por primera vez parecía que la culpa quería convertirse en defensa.
—No había otra solución —dijo, tenso—. Si no…
—¿”Si no”, qué? —preguntó Matthew con la rabia que contenía. —¿Qué vas a decir? ¿Cómo vas a justificarte?
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