Nosotros en las estrellas - Capítulo 116
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Capítulo 116: 115 – No digas nada
Canción sugerida: No digas nada – Cali y El Dandee
—Si no, Matthew, moríamos todos —dijo, parándose del sillón; la conversación estaba caminando en otras direcciones ahora—. Sí, nosotros vinimos primero, fuimos monstruos por dejarlos en ese apocalipsis, pero el quedarnos…
No habían sido las palabras correctas, al menos no por la reacción que había tenido Matthew; vi que se paró tenso frente a Arthur.
—Si se quedaban, ¿qué ¿Hubieran sufrido, pasado frío y hambre? ¿Hubieran dormido en el suelo por días con el miedo de que un nuevo terremoto terminara con ustedes? —Se pasó la mano por el cabello—. Adivina qué… nosotros sí lo vivimos; teníamos cuatro y seis años.
Arthur intentó acercarse a él, tomarlo del brazo para intentar hablar en lugar de la pelea que estaba empezando; Matthew dio un paso atrás; el contacto en ese momento no era recibido.
—Sé que la pasaron mal, pero lo estamos pagando. Mira a tu mamá, está muriendo y no puedo hacer nada, pero al menos estamos en un lugar en el que tenemos paz…
—”Paz”, ¿en serio de todas las palabras que pudiste usar? —Su mirada se fue a Abby y a Emilia, que estaba durmiendo en sus brazos. —Eso es paz —las señaló—. Saber que ellas están bien, que tienen comida y un lugar donde dormir, que Emilia se sienta segura, eso es “un lugar en donde hay paz”.
—Matthew, yo no… —Intentó defenderse, no se acercó, solo bajó la voz; quizá se había dado cuenta del error en sus palabras.
—No, tú ahora escuchas —dijo interrumpiéndolo—. Estamos aquí porque Annie me lo pidió, no porque ustedes lo merezcan, pero daría mi vida por mi hermana y porque sé que Emilia se merece algo mejor de lo que yo alguna vez tuve.
—Perdón… —La voz salió débil de los labios de Alexandra como si fuera un último ruego.
—Si de verdad quieren paz o nuestro perdón —dijo Matt, con una calma que dolía más que un grito—, empiecen por no reescribir lo que pasó. No lo minimicen, no lo vuelvan “necesario”, no lo vuelvan “inevitable”. Porque cada vez que lo hacen, me obligan a defender a los niños que fuimos… Eso me pone contra ustedes y de verdad no quiero eso.
—Podemos hacer eso… —La voz sonaba cansada, al límite, pero Alexandra solo le rogaba a Arthur que no peleara esta vez, que hiciera lo que nunca hacía. Vi sus ojos fijarse y luego él solo asintió, sabiendo que no iban a ganar el argumento, porque cualquier palabra que dijeran podía alejarnos más —Podemos intentarlo, al menos el tiempo que nos queda juntos.
—No hables así, por favor, no quiero que sea el tiempo que nos queda —rogué tomando sus manos Mamá, no quiero perderte. No es justo.
Ella me soltó la mano para acunar mi rostro. Sus pulgares limpiaron las lágrimas que corrían por mi cara.
—Quisiera que tuviéramos más tiempo, que simplemente pudiéramos volver y nunca dejarlos en el frío. —Sin mirar, buscó la de Matthew también. —Ojalá pudiera congelar el tiempo en donde podía abrazarlos y tenerlos a los dos en mis brazos.
Alexandra sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas; su mano buscó la cara de Matthew, quien se sentó a mi lado en la mesa. Volvíamos a ser esos niños de cuatro y seis años que miraban a mamá como si ella fuera una estrella, la única brillando en lo alto del cielo.
—Pero no puedo volver el tiempo atrás, para ninguno de nosotros —una lágrima recorrió su cara—. Y sé que nos queda muy poco tiempo, pero este es el mejor inicio, tenerlos a ustedes aquí.
—Mamá, por favor —suplicó la voz de Matthew—, déjame buscar una opción para ti, para que tengamos más tiempo.
—No quiero ver a las estrellas cuando te necesite —lloré, mi fachada de adulta desmoronándose—. Te quiero a ti. Aquí. Ahora. Por favor. —Era mi último ruego.
—Yo tampoco quisiera irme, Annie. Créeme que no. —Su mano dibujó el contorno de mi cara. —Pero la vida, a veces, es solo biología. Y la mía está fallando. Ya intentamos todo, amor.
—¡Pues que se joda la biología! —grité, poniéndome de pie, apartándome de su tacto.
No tardé en darme cuenta de que fue un error cuando mi cuerpo reaccionó. El movimiento brusco hizo que el mundo se inclinara para un lado. Me tambaleé, llevándome una mano a la sien; sentía que me caía.
—¡Annie! —gritó mamá desde su silla de ruedas, intentando levantarse para sostenerme.
Aunque era obvio que no tenía las fuerzas para hacerlo, en cambio Matthew, que estaba sentado, aún se levantó sin pensarlo y me sostuvo por el brazo.
—Respira, Ann… inhala… exhala… —Su voz, la única ancla que tenía en ese momento. Hice caso a cada instrucción que me dio, cerré los ojos para intentar que las náuseas no se mezclaran con el mareo.
Arthur, que estaba a unos pasos observando la conversación, se acercó, analizándome como el doctor que aún habitaba su cuerpo.
—Lo mejor es que te sientes —ordenó Arthur, tomándome el pulso—. Estás taquicárdica. Tu cuerpo no está para que te sobresaltes de esa forma…
—Papá, para… —La palabra simplemente salió como si fuera algo natural. —Estoy bien —susurré.
—No, deberías ir a…
No lo dejé terminar; la rabia subió por mi cuerpo y estaba segura de que, si me tomaba el pulso de nuevo, mi corazón quizá iba corriendo una maratón del enojo.
—¡Estoy bien! —Me solté del agarre de ambos con un movimiento brusco, aunque tuve que respirar hondo para que la habitación dejara de dar vueltas—. ¡Dejen de tratarme como a una paciente! No estoy enferma, estoy… —Y casi sale la verdad “estoy embarazada”, pero de que hubiera servido, no era como quería que supieran, no en medio del enojo.
—Podemos centrarnos en lo importante. —Señalé a Alexandra, quien nos miraba con angustia, su mano aferrada al reposabrazos de la silla.
—Tienen que dejarnos llevarla a Aurora Bay —dije, mi voz temblando por el esfuerzo de mantenerme erguida—. Ustedes tienen lujos aquí, sí, tienen comodidad, tal vez, pero su tecnología médica se estancó hace años; están tratando una enfermedad de Percivalis como si estuviéramos en la Tierra.
—En Aurora Bay hemos desarrollado protocolos regenerativos que Villa Cristal ni siquiera imagina. —Interrumpió Abby, quien observaba desde el sillón. —Nuestro equipo diseñó cámaras de oxigenación celular. Nos ayudaría a ganar tiempo.
Arthur negó con la cabeza, pasando una mano por su rostro cansado, su mirada recorriendo toda la sala.
—No hay nada que hacer. El cáncer ha hecho metástasis en el sistema linfático. No es cuestión de máquinas. Es cuestión de que su cuerpo ya no tiene con qué pelear. Moverla solo le causará dolor innecesario.
—¿Y dejarla aquí esperando la muerte no es doloroso? —intervino Matthew, su voz cargada de frustración—. Si hay una posibilidad, por mínima que sea, tenemos que intentarlo. No vinimos hasta aquí para verla morir sin pelear.
—No es tan simple, hijo… —comenzó a decir Arthur.
Pero no pudo terminar.
Una tos violenta sacudió a Alexandra. Haciendo que su cuerpo temblara y se arqueara, no fue una tos normal; fue un espasmo profundo, horrible, que pareció desgarrarla por dentro.
—¡Alex! —gritó Arthur, levantándose de golpe.
La máquina a la que estaba conectada empezó a pitar, una alarma estridente que cortó el aire. Alexandra se llevó las manos a su boca, intentando frenar la tos que la estaba atormentando. Cuando paró, sus ojos se abrieron con pánico y, cuando apartó las manos, vi la mancha roja, brillante y oscura bajar por su cuerpo.
Corrí hacia ella, me arrodillé para intentar ayudarla, para buscar los síntomas y las soluciones, algo que pudiera hacer para ayudarla. Escuché las voces como un ruido de fondo.
—¡Mamá! —gritó Matthew.
—¡¿Alex?! No, no, por favor, quédate —gritó Arthur, su voz de médico superando a su voz de esposo—. ¡Enfermera! ¡Morfina, ahora!
La enfermera, que había estado esperando en la esquina, pareció congelarse como si estuviera en shock por todo lo que estaba pasando. Mientras tanto, el cuerpo de Alexandra empezó a sacudirse descontroladamente.
—La estamos perdiendo —gritó Arthur.
Y la combinación de esas palabras, y la quietud de la enfermera, fue suficiente para que mi instinto tomara el control. El mareo, las náuseas, el embarazo, el dolor emocional… todo desapareció. Para entrar en “modo médico”.
—¡No te quedes ahí parada! —le grité a la enfermera, empujándola suavemente para llegar al carrito de medicinas—. ¡Prepara 10 miligramos de morfina y oxígeno al cien por ciento! ¡Matthew, inclínala cuarenta y cinco grados, necesito que sus vías aéreas estén libres!
Mis manos se movían con una precisión que no sentía tener. Conecté la mascarilla de oxígeno, ajusté el flujo, tomé la jeringa que la enfermera, temblando, me pasaba. Busqué una vena en el brazo de Alexandra, pero solo encontré piel marcada, venas colapsadas por tratamientos viejos, por medicinas.
Era casi que imposible; pensé que ese era el fin, pero luego de un tiempo encontré una vena al fin, una mínima, traicionera. Inyecté despacio, mirándola a los ojos.
—Mírame, mamá —le ordené con voz firme, suave pero autoritaria—. Respira conmigo. Uno, dos. Vamos. No te voy a dejar ir. No hoy.
Vi cómo ella luchaba por obedecer. Lo vi en la forma en que su pecho quiso subir, en el esfuerzo desesperado del cuello, en el temblor de sus labios buscando aire. Pero de pronto sus ojos cambiaron, como si algo se apagara detrás de ellos; su cabeza cayó un poco hacia un lado y sus ojos se cerraron.
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