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Nosotros en las estrellas - Capítulo 117

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Capítulo 117: 116 – The Scientist

Canción sugerida: The Scientist – Coldplay

Poco a poco, el arqueo de su espalda cedió. Mis ojos buscaron a Arthur; quería que él confirmara que todo estuviera bien. No entendía si esa era una señal de que volvía o si se había ido, si ya no quedaba nada que hacer.

—Mamá, por favor, te necesito, quédate —dije mientras me sostenía de ella.

Y entonces vi cómo su pecho se infló; estaba tomando aire.

Fue un sonido, un jadeo en realidad, que pareció rasparle la garganta; era el esfuerzo de su cuerpo que se negaba a apagarse.

—Está ventilando… —soltó Arthur en un hilo de voz, como si tuviera miedo de que al decirlo en voz alta se detuviera. —Está respirando.

Su respiración al principio seguía siendo un ritmo desordenado, lleno de pausas largas, pero poco a poco el pánico y la tensión de su cuerpo parecieron bajar. Las inhalaciones se volvieron menos violentas, más profundas, y el monitor, por fin, dejó de chillar esa alarma continua para volver a marcar un ritmo. Débil, sí, pero ritmo al fin.

Por los siguientes minutos, no parpadeé con el miedo a que en cualquier momento se le volviera a cortar la respiración.

La enfermera, que ahora solo se movía ante mis órdenes, se mantuvo a mi lado, atenta a cualquier indicación que le pudiera dar, asegurándose de que el oxígeno le estuviera dando el aire necesario para ayudarla a quedarse.

Luego de un tiempo, cuando estábamos seguros de que estaba ahí, con nosotros, vi cómo Arthur se dejó caer en el sofá cercano, temblando. Matthew sostenía la mano de mamá como si fuera su línea de vida.

Fue entonces, cuando la vi tan débil, cuando vi el miedo en todas las personas en esa habitación, que debí hacer algo, y mientras el único sonido de la habitación era el monitor de su corazón. La idea me golpeó de repente: ¿qué tal si funciona? Y fue como encender una luz en una habitación oscura, una puerta para evitar la muerte.

—Cristal —susurré.

Arthur levantó la cabeza.

—¿Qué? ¿Qué pasa con el cristal, Annie? —dijo mirando a los cristales de las ventanas que estaban llenos de agua por la tormenta que seguía afuera.

—No, hablo del Código Cristal —dije, girándome hacia él. La adrenalina que aún corría por mi cuerpo me hacía sentir poderosa, casi invencible—. La fórmula original. La que diseñaron en La Tierra para curarme de morir.

Arthur soltó una risa amarga, sin humor.

—Annie, eso es imposible, es decir, sé que funcionó contigo, pero el cuerpo de Alex está demasiado débil para procesar una carga genética tan agresiva. Cristal en un adulto funcional es casi mortal. En Alexandra es una condena; terminaría destrozándola.

—Lo sé, pero ¿y si no usamos el suero puro? —repliqué, mi mente trabajando a mil por hora—. No estoy hablando de inyectarle la fórmula original; sé lo riesgosa que es. Estoy hablando de inyectarle el resultado.

—No te entiendo —dijo Matthew, confundido.

Y con todos mirándome, intenté suavizar el tema; sabía que no era gran cosa, pero sabía que quizá no lo aceptarían, porque era riesgoso, pero era la única forma, la única manera de ayudarla a vivir.

—Mi cuerpo… —dije—. Mi cuerpo aprendió a asimilar la modificación. Mi sistema inmune no solo es compatible, es… es una fábrica de la cura; mi sistema inmunológico está desarrollado para revertir y curar enfermedades tan agresivas como la de Alexandra.

Empecé a caminar de un lado a otro, tratando que así simplemente asintieran a mi solución.

—Si hacemos un trasplante de médula ósea, o una extracción masiva de células madre de mi cuerpo… —Evitaba cruzarme con cualquiera de las miradas en esa habitación, porque no quería que vieran el miedo con lo que estaba proponiendo. —Mis células ya saben cómo reparar el daño. No tendrían que luchar contra su cuerpo, le enseñarían a sanar. Es inmunoterapia avanzada, Arthur.

Yo que buscaba apoyo, busqué la mirada de Arthur, quien sabía que estaba haciendo los cálculos mentales. Era la única opción; él la aceptaría, lo sabía y lo confirmé cuando sus ojos se abrieron con sorpresa.

—Teóricamente… tiene sentido. Tus células T podrían atacar el cáncer con una eficacia que ninguna droga tiene. Pero…

Me miró, recorriendo mi figura delgada, mi palidez, y pasó su mirada a Matthew, quien sabía que tenía esa mirada de preocupación que le rogaba que me frenara si era peligroso.

—Annie, es peligroso, estás enferma. Tienes agotamiento severo. Un procedimiento de extracción de médula es brutal. Requiere anestesia general, recuperación larga. Tu cuerpo apenas se sostiene en pie. No aguantarías la extracción.

—¡Estoy bien! —insistí, desesperada—. Mi sistema inmune es fuerte. Mi cuerpo sabe regenerarse.

—¡No me importa tu sistema inmune, me importa que te mueras en la mesa! —Arthur me agarró de los hombros, sacudiéndome un poco, desesperado—. Mírate, Annie. Estás pálida, estás al límite. Si te meto a un quirófano ahora para sacarte médula, tu corazón no va a aguantar. No voy a salvarla a ella para perderte a ti.

El aire se me atoró en la garganta. Sabía que tenía razón, sabía que mi cuerpo ya estaba trabajando horas extra para sostener dos vidas. Sentí una punzada de culpa, caliente y pesada, al pensar en el bebé, pero luego miré a mamá. Si no lo hacía, si me quedaba quieta protegiéndome a mí misma mientras ella se apagaba, esa culpa me iba a comer viva el resto de mi existencia.

—¡Voy a correr el riesgo! —grité, soltándome de su agarre—. ¡Es mi mamá! ¡Tengo que…!

—¡NO! No lo vamos a hacer.

El grito vino desde el fondo de la sala. Todos nos giramos. Abby se había levantado, dejando a Emilia, que aún dormía en el sofá. Cruzó la distancia que nos separaba en tres zancadas y se plantó frente a mí como si fuera un escudo tratando de protegerme.

—Nadie la va a tocar —dijo, y no fue una opinión, fue una sentencia—. Nadie va a meterla en un quirófano, ni a sacarle médula, ni a ponerle un gramo de anestesia. ¿Están locos? Ella está…

—¡Estoy débil! —la corté a gritos, sintiendo el pánico helarme la sangre. Busqué sus ojos, rogándole en silencio, inyectándole miedo con la mirada: Cállate, por favor, cállate. —Abby, ya lo dijeron. Estoy anémica, tengo burnout. Eso es todo.

Matthew nos miró, aturdido por la ferocidad con la que ella hablaba; sabía que había más, lo vi en su mirada. Abby no solía responder así; ella siempre apoyaba las buenas ideas y las soluciones locas y repentinas que se me ocurrían, pero esta vez estaba bloqueando la única salida con tanta rabia que esa actitud parecía no ser de ella.

—Abby, es la única opción que tenemos —dijo Matt, dando un paso inseguro hacia ella—. Y… si Annie quiere hacerlo…

—¡Dije que no! —cortó ella, mirándome fijamente. Vio mi pánico, vio mi súplica silenciosa. Respiró hondo, buscando una salida, una mentira que nos salvara a las dos—. Annie está… está demasiado débil. Su recuento de plaquetas debe estar por el suelo por el estrés. Si la someten a una punción lumbar ahora, la hemorragia podría ser incontrolable y quizá el tratamiento no funcione en Alexandra.

Arthur asintió lentamente.

—Abby tiene razón. Es demasiado arriesgado en su estado actual.

—Pero… quizá hay otra forma —dijo Abby rápidamente, improvisando, su mente científica buscando soluciones que no implicaran poner en riesgo mi embarazo.

—¿De qué hablas, Abbs, de qué solución hablas? —Matthew, que evidentemente estaba perdiendo la paciencia por tantas vueltas, se paró y la miró buscando respuestas.

—Plasma.

—¿Plasma? —preguntó Arthur.

—Una transfusión de plasma es un procedimiento que el cuerpo de Annie puede tolerar, no invasivo, que no requiere anestesia —explicó Abby, hablando rápido—. Es solo una donación de sangre filtrada. No curará el cáncer mágicamente, pero le dará al cuerpo de Alexandra los anticuerpos necesarios para ganar tiempo.

El silencio que se hizo después fue casi asfixiante; mientras Matthew intentaba asimilar lo que Abby acababa de decir, Arthur empezaba a hacer los cálculos en su mente. Pude leer su expresión; buscaba si sería un error o quizás era una solución; se veía en su inquietud que intentaba eliminar los riesgos.

—Podría funcionar… como medida paliativa. Podría estabilizarla.

—Y luego —continuó Abby, mirándome con intensidad—, nos la llevamos a Aurora Bay.

—¿Por qué esa insistencia con Aurora Bay? —preguntó Arthur, frustrado.

—Porque allá tenemos tecnología avanzada, algo que pueda disminuir los riesgos en una extracción de células madre. —Explico Abby—. La máquina nos va a ayudar a que el procedimiento no sea invasivo o letal para Annie o… —Se frenó cuando supo qué iba a decir.

—Es una máquina que diseñó el equipo de Abby para que no se requiera de una cirugía. Es como una diálisis. Saca la sangre, filtra las células madre y devuelve la sangre al cuerpo. —Dije, intentando que su pausa no tuviera importancia. —En resumen, es más seguro y no me incapacita por un largo periodo de tiempo y podría ayudarnos a sanar a mamá.

Arthur miró a Alexandra, quien estaba inconsciente por el medicamento que le habíamos suministrado; su respiración seguía frágil.

Miro a Matthew y luego a mí, pidiéndonos permiso para usar mi cuerpo como si fuera la única solución en el mundo y, al ver que asentía, tomó aire nuevamente.

—Hagámoslo entonces —dijo—. Hagamos que funcione.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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