Nosotros en las estrellas - Capítulo 118
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Capítulo 118: 117 – No cry
Canción sugerida: NOo cry – Kapo
—Voy a preparar la sala médica de la casa —dijo y su mirada fue a la enfermera para que lo acompañara; antes de salir de la sala, se volvió hacia nosotros—. Tienen veinte minutos. Annie, necesitas hidratarte y comer algo; si no está estable, no haremos nada que la ponga en riesgo.
Arthur salió pronto del salón, apresurándose y dando órdenes incluso a sí mismo para lo que se llamaría el plan Fénix.
Abby me tomó del brazo y me arrastró al sillón, tomó una manta que estaba allí puesta en el mueble, la pasó por encima de mis hombros; la noche ya empezaba a caer y, con ayuda de la lluvia que seguía cayendo afuera, el frío empezaba a calar en los huesos.
Mientras Abby se movía en la sala, Matthew no me quitaba los ojos de encima; era solo plasma, sí, pero él calculaba todos los escenarios, incluso aquellos en los que un pequeño error podía hacer que todo se empeorara, así que, aunque sentía que mi cuerpo estaba débil, intenté poner mi mejor cara para no preocuparlo.
Sé que ella también lo vio, vio la preocupación en sus ojos, la ansiedad en sus sutiles movimientos de pierna y esa mirada que procesaba todo, así que le dio algo en que concentrarse, al menos por unos momentos más.
—Matthew, amor, puedes ir por algo de comer para Annie, busca algo con una gran carga calórica: chocolate, galletas, un sándwich, jugo, lo que sea, por favor —le pidió ella.
En cuanto la puerta de la cocina se cerró detrás de él, Abby volteó a mirarme con esa mirada autoritaria que no recibía un “no” o una excusa para no obedecer.
—Ahorita que venga Matthew, vas a comer todo lo que él traiga, porque necesito que estés fuerte. —Puso su mano en mi brazo, intentando chequear que mi temperatura estuviera bien.
—Sí, jefa, como tú digas —respondí con una sonrisa de gratitud dibujándose en mi cara—. ¿Algo más, capitana?
Y aunque bromeaba, sabía que no cambiaría ese momento por nada; no existía una vida en donde su voz no calmara la tormenta interna o su preocupación no sanara el miedo que estaba en mí. Quizá Zeke se había ido, pero no estaba sola, no si Abby y Matt estaban a mi lado.
—Bueno, sí, hay algo más, necesito que si algo te incomoda, simplemente me lo hagas saber; quiero que si te sientes mal, solo lo digas, ¿está bien?
Asentí a sus ruegos, sabiendo que tenía razón; si no quería lamentarme después, debía por primera vez en mi vida dejarme ayudar, escuchar esa fragilidad en mí; era la única forma de mantener todo bajo control para salvar a Alexandra, pero también para salvar al bebé que crecía en mí.
Después de decir eso, su atención fue hacia donde dormía Emilia; la tomó en brazos y, con la ayuda de Edmund, la dejó en el cuarto de Lia bajo su cuidado.
Y mientras estaba sola, en esa sala, viendo las gotas dibujar caminos en los cristales que daban a ese jardín que Alexandra tanto cuidaba. Recuerdo la primera vez que estuve allí, en esa casa; estaba llena de miedo, rencor y enojo; me sentía sola.
Incluso cuando los últimos meses se habían sentido como un terremoto, estaba de nuevo en esa casa, pero ahora el dolor, la soledad y el enojo ya no estaban; ahora solo había una incertidumbre intensa llena de esperanza por esa vida nueva que iba a construir.
Vi bajar a Abby por las escaleras, sentándose nuevamente a mi lado.
—Gracias —le susurré luego de algunos segundos de silencio—. Por ayudarme, por buscar otra forma, una que no me hiciera daño.
—Annie, no iba a permitirlo —susurró ella de vuelta, con los ojos llenos de miedo—. No voy a dejar que nada les pase, ni a ti ni a… —La frase quedó a la mitad, interrumpiendo lo que venía diciendo cuando la puerta de la cocina se abrió.
Él me dio el jugo y el sándwich que había preparado, quizá con los ingredientes que siempre comía, pero esta vez generaron que mi estómago se revolviera. Mientras me acababa la comida, vi cómo sus ojos iban y venían entre nosotras dos, vi lo cerca que estaba del secreto; si presionaba, quizá la verdad saldría disparada.
—Muy bien —dijo Matthew, cruzándose de brazos una vez que terminé el jugo—. ¿Van a seguir tratándome como si fuera un idiota?
Mi mirada pasó del jugo que seguía tomando a los ojos de Matthew, que parecían buscar la última pieza del rompecabezas. Abby se movió incómodamente en el sofá, como si de repente le incomodara quedarse quieta.
—¿De qué hablas? —intentó disimular Abby.
—No, no me traten como si fuera un estúpido, me enoja que lo hagan; sabes que llevo dieciséis años cuidando a esta mujer —me señaló—. Y llevo tres años contigo —señaló a Abby—. Conozco sus caras de “estamos guardando secretos”. Y ya me está cansando ese juego que tienen ustedes dos.
—Es el estrés, Matt —dije, intentando levantarme, pero él me puso una mano en el hombro, manteniéndome sentada.
—Annie, la paciencia se está acabando; sé que no es estrés. Abby casi le arranca la cabeza a Arthur cuando nombró la anestesia. Y tú… —Me miró, escaneándome—… tú, sé que estás estresada, que han pasado muchas cosas últimamente y aunque al principio sí creí que era burnout. Sé que hay algo más.
Matthew seguía parado, cruzado de brazos, mirándome, esperando a que me confesara; no había vuelta atrás, simplemente esperaba a que confesara, empujando la tensión al máximo.
—¿No van a hablar? En serio, o me dicen ahora qué está pasando o nos vamos de este lugar y no dejo que te conecten a ninguna máquina, 1… 2… —Hizo una pausa antes de continuar; vi cómo tomó su chaqueta y buscó con la mirada las maletas.
Incluso cuando vi que él estaba listo para irse, yo le sostuve la mirada mientras me terminaba el jugo; no iba a confesarme, no había duda en mi mirada, pero luego vi a Abby. Ella empezó a temblarle la pierna, me miró con esa mirada de “no puedo más” Y ahí supe que era el fin del secreto.
—Perdón, Annie —murmuró ella.
Matthew se detuvo, dejó su abrigo en el sillón y caminó hacia Abby; ella se paró frente a él, me miró por última vez y simplemente lo soltó.
—Annie está embarazada.
…. Los segundos que le siguieron fueron de silencio absoluto y luego vi su mirada buscarme en el sillón; me escaneó por completo y sus ojos se fijaron en mi abdomen, sus manos fueron a su cabeza. No sabía qué pasaba en ese momento por su cabeza, quizá confusión, incredulidad o terror absoluto.
—¿Qué? —su voz, casi inaudible—. ¿Estás bromeando, verdad?
Asentí con mi cabeza, porque las palabras nunca salieron, incluso cuando quería explicarle todo, el porqué lo había guardado e incluso el miedo que había sentido, pero las palabras se quedaron en el nudo en la garganta que se me formó.
—Es verdad, Annie está de casi tres meses —confirmó Abby.
Esperé su reacción de inmediato, impulsivo, explosivo, pero lo que vino fue peor: sus reproches.
—Tres meses… ¿Y pensabas someterte a una extracción de médula ósea? —gritó con esa cara de incredulidad absoluta—. ¡¿Estás demente, Annie?! ¡Podrías haberte matado! ¡Podrías haber matado al bebé!
—Matthew, yo solo… —Intenté defenderme, pero no sabía qué decir. —Simplemente buscaba una solución.
Alzó las manos en señal de rendición; se cerró una puerta en él: esa parte que escuchaba, que razonaba, que estaba puesta para el diálogo, se había ido. Lo vi alejarse, caminando en círculos por toda la sala como si intentara que su cuerpo reaccionara a sus emociones.
—¿Solución? —Alzo la voz—. Una solución, ¿para quién? Porque lo que veo es una mujer irresponsable.
—Matt. —Intenté defenderme al ver su enojo subir.
—No, no, Annie Baldwin, ahora tú me escuchas a mí. Sabes lo irresponsable y peligroso que es que, ¡Dios mío, Annie, sugeriste un procedimiento que te dejó en coma la primera vez, ¡Y ahora sugieres anestesia general en los primeros meses! Perdiste la razón. ¿En qué estabas pensando?
Sentí las lágrimas rellenar mis ojos; sabía que tenía razón, pero no vi otra opción, no en ese momento, y era eso o… o arrepentirme para siempre.
—¡En salvar a mamá! —le grité de vuelta, mis propias hormonas apoderándose de mí—. ¡No tenía opción, Matt! Era la única forma; simplemente no podía quedarme esperando a que se fuera.
Me miró, viendo mis lágrimas recorrer mi cara, y notó el temblor en mi voz y en mis manos. La furia se drenó de su cuerpo tan rápido como había llegado, dejando solo al hermano mayor protector que mi cuerpo tanto estaba pidiendo.
No lo pensé, sentí sus brazos rodear mi torso, su olor me invadió, mi cuerpo se rindió ante él, sentí la fuerza de su abrazo; luego apoyó su cara en mi cuello.
—Idiota —sollozó contra mi piel—. Eres una idiota. Estoy muy enojado contigo, por esconder eso, por llevar el peso de todo sola; te prohibo este tipo de secretos, ¿escuchaste No vuelvas a asustarme así. No vuelvas a ponerte en riesgo así.
Abby se acercó a nosotros, tomó mi brazo y me ayudó a sentarme de nuevo.
—Annie, ahora necesito que intentes relajarte. En cuanto esté todo listo, comenzamos. —Ordénalo —Abby, poniendo la manta de nuevo sobre mis brazos.
—No. —Interrumpió Matthew—. No vamos a hacer esto. No voy a poner a Annie y a mi sobrino en esto.
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