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Nosotros en las estrellas - Capítulo 119

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Capítulo 119: 118-

—Matthew, estás loco —dije quitándome todo lo que me había puesto Abby para acobijarme—. Es solo plasma, no voy a morir por eso y tampoco voy a dejar que decidas por mí; sé que puedo hacer esto.

—No te voy a poner en riesgo, Annie. Explícame, ¿por qué debes ser tú la que pase por eso? —dijo acercándose a mí. —Debe existir otra forma… Piénsalo, yo podría hacerlo en tu lugar, tengo el mismo tipo de sangre. Tengo la misma genética y ahorita mismo soy más fuerte físicamente. Debería ser yo el donante.

Negué con la cabeza, sabiendo que tenía razón en algunas cosas que decía. Si él era compatible con mamá, también estaba fuerte, pero se equivocaba en algo: en la genética. Y es que, aunque cualquiera en Éxodo II podría tener una leve modificación que los haga aptos, al final, no era la fórmula Cristal; al menos no la real.

Y es que recuerdo aquellos días en la nave, esos en los que nos dimos cuenta de que la atmósfera de Percevalis era muy violenta para todos, tanto así que, incluso con el entrenamiento más feroz, nuestro ADN al ingresar a ese planeta podría colapsar; por eso, Zeke vio en mi inconsistencia una oportunidad.

Pero no fue hasta después de descubrir que todo había sido una cura para que mi sistema pudiera adaptarse que realmente lo vimos como una opción. Recreamos la fórmula, tal y cual la habían escrito Arthur y Alexandra, pero pronto nos dimos cuenta de que la fórmula real era muy violenta, al menos para los sistemas que ya estaban completamente desarrollados, como la de los adultos.

Así que no paramos hasta encontrar el punto que necesitábamos; fue ahí cuando se me ocurrió la primera extracción de células madre que terminó llevándome a un coma por semanas, pero incluso cuando vi tan cerca la muerte, fue cuando pudimos reconstruir la fórmula cristal, una que se adaptara de forma pasiva, más amable, más tranquila, más rápida y adaptable que la original.

—Sí, eres más fuerte, pero tu plasma no va a funcionar tan rápido, porque no tiene la fórmula original de Cristal —corregí, mi voz suave pero firme.

Vi la duda en su cara, como si lo que dijera fuera una excusa tonta para que él no lo pudiera hacer, así que antes de dejarlo hablar, me acerqué más a él, tomándolo de la mano, para explicarle.

—Ustedes sí tienen la modificación, una versión sintetizada que creamos para que fuera segura para adultos. Pero yo… —Me toqué el pecho—. Yo tenía cuatro años cuando papá y mamá crearon la cura para mi enfermedad; mi sistema inmunológico ha sobrevivido gracias a la fórmula original, Matt. Si queremos que el sistema de mamá reaccione rápido, necesita la versión pura.

Me molestaba su lado sobreprotector, pero ese día simplemente me sentía cómoda con toda la atención que estaba recibiendo.

Y antes de que Matthew pudiera decir una más de sus razones por las cuales no debía hacer esto, escuchamos pasos bajando las escaleras; era Edmund, que nos miró como si hubiera escuchado todo, pero con ese silencio que me aseguraba no contarían nada. Nos miró a todos asintiendo, alisó el abrigo que llevaba puesto con sus manos y caminó hacia nosotros.

—El equipo está listo, señorita Annie.

Fuimos a la habitación que Arthur había acondicionado para la extracción. Me senté en esa silla cómoda que parecía una mecedora. Me puso los cables con una precisión exacta. La máquina, al encenderse, hizo un sonido raro, seguido por el hilo rojo que corría por las mangueras, separando el plasma dorado, para devolver el resto a mi cuerpo.

Me empecé a sentir liviana, agotada; el mundo empezaba a dar vueltas, el frío se filtró entre los huesos. Cerré los ojos y tomé aire, intentando que al hacerlo el mareo se fuera.

—Mantente despierta, Annie —repetía Matthew cada vez que se me cerraban los ojos. Se le notaba la angustia en la voz, ese miedo evidente de verme tan débil—. Háblame. Dime algo… Cuéntame, ¿qué nombre te gusta para el bebé?

—No sé… —balbuceé, con la lengua pesada—. Arturo, no… definitivamente no.

Matthew soltó una risa nerviosa que pareció relajarlo un poco.

—Es horrible, tienes razón —dijo, acomodando la manta sobre mis piernas—. Cuando Abby quedó embarazada, pensamos en varios nombres. Hasta se nos cruzó “Perceval” por la cabeza.

Lo miré con cara de espanto y él se encogió de hombros, sonriendo.

—Sí, ya sé. No era nuestra mejor idea. Pero tiene sentido por el planeta.

Ese tema ya lo había tocado alguna vez con Zeke cuando bebé aún no era una posibilidad; recuerdo que estábamos en aquella casa de Villa Cristal. Imaginábamos mucho este momento, o al menos yo sí lo hacía.

—Siendo sincera, siempre le he dicho “el bebé” —le conté, notando su curiosidad—. Pero alguna vez… cuando hablé de esto por primera vez con Zeke… cuando bebé era solo un deseo en mi cabeza, salieron varias opciones: Atlas, Rigel, Orión…

La sonrisa se le borró al instante. Su cara se puso seria.

—Acordamos no decir ese nombre, Annie… Ese hombre se fue y no va a volver.

—Lo sé, pero no podemos borrar el hecho de que es el papá de mi bebé —le contesté, sintiendo un nudo en la garganta—. Y… bueno, incluso aunque se fue…

Me quedé callada. Decir en voz alta “incluso aunque se fue, todavía lo amo” era algo que simplemente no estaba lista para admitir en voz alta. Matthew notó que me había quedado a medias y suspiró, cediendo un poco.

—Atlas es un nombre muy bonito —dijo después de unos segundos, solo para aligerar el ambiente.

Sobrevivimos a la siguiente hora hablando de cualquier cosa para distraerme del frío que me daba la máquina de extracción. Hablamos de lo difícil que había sido para él ver crecer a Emilia en la colonia, de cómo íbamos a arreglar mi casa para la llegada del bebé y de cómo intentaríamos salvar a mamá cuando por fin estuviéramos en Aurora.

Cuando el proceso terminó, Arthur entró a la habitación a pasos rápidos. Tenía el ceño fruncido, como si no dejara de darle vueltas a lo arriesgado que era todo esto. Yo estaba exhausta, mucho más débil que al empezar, apenas capaz de mantener los ojos abiertos. Arthur revisó la bolsa amarillenta donde se había recolectado el plasma, la selló y apagó la máquina. Luego me quitó el catéter del brazo, presionando fuerte con una gasa.

Chequeó mis signos vitales en el monitor por unos segundos antes de dirigirse a Matthew.

—Que descanse al menos una hora y después llévala a cenar —ordenó, sonando mitad médico y mitad padre preocupado—. Tiene que tomar líquidos y alimentarse bien para que el cuerpo recupere todo lo que acaba de perder en la extracción.

Abby y Matthew hicieron exactamente eso, y pasada una hora, sentí la mano de Matthew despertándome, para poder ir al comedor donde la comida ya estaba lista.

En la mesa, Lion, Lia y Mia observaban sus platos silenciosamente, esperando noticias, sabiendo que cualquier cosa podía pasar en cualquier momento. Yo apenas podía levantar el tenedor. Estaba pálida, ojerosa, y mis manos temblaban de la debilidad que aún seguía en mi cuerpo.

Arthur, que estaba aún en la habitación con Alexandra, se negaba a dejar su lado, así que decidió que cenaría en su habitación con Alexandra.

—¿Annie? —la vocecita de Mia rompió el silencio y me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista, intentando mostrar mi mejor cara, de esconder mi debilidad, pero justo en ese momento era imposible; Mia me miraba con el tenedor suspendido en el aire, sus ojos llenos de miedo.

—¿Sí, hermosa?

—Tú estás casi que gris —dijo ella—. Y te sacaron sangre como a mamá. ¿Tú también te vas a morir?

El sonido de los cubiertos de Matthew cayendo contra el plato fue estruendoso.

—¡Mía! —ladró él, su voz demasiado fuerte, demasiado agresiva por el susto.

Mia se encogió en su silla, los ojos llenándose de lágrimas, escondiéndose detrás de Lion, que estaba a su lado.

—¡No le hables así! —saltó Lion, defendiéndola.

Matthew cerró los ojos, respirando hondo, pasándose la mano por la cara. Se dio cuenta de su error. Se levantó y fue hacia Mia, arrodillándose junto a su silla.

—Perdón, Mia. Perdóname —dijo, su voz suavizándose, aunque todavía temblaba—. No quise gritar. Es solo que… no. Annie no se va a morir. Nadie se va a morir. Yo me voy a encargar de eso. Annie solo está cansada porque le dio a mamá una medicina mágica que lleva en su sangre. Es una superheroína, y los superhéroes se cansan. ¿Entiendes?

Mia asintió, todavía asustada, pero aceptando la explicación.

Yo miré a Matthew desde el otro lado de la mesa. Veía el terror en sus ojos. El miedo real de que, a pesar de sus promesas, la muerte nos ganara la partida.

Esa noche, nadie durmió. Afuera, la lluvia dejó de caer para dejarnos con un silencio que se sentía abrumador, esperando que lo peor pasara.

Yo necesitaba descanso después de la extracción, así que Abby y Matthew me llevaron a mi habitación, en la que, al llegar, encontré esa cuna que indicaba que Emilia estaba allí también.

Lo que restó de noche fue una continuación de quietud e incertidumbre. Nadie dormía, incluso cuando eso era lo que se esperaba.

Las luces de los pasillos seguían encendidas a media potencia, proyectando sombras largas sobre el mármol.

Afuera se escuchaba cómo Lion y Lia movían cosas de un lado a otro, señal de que estaban empacando. En mi habitación, la atmósfera era un refugio. Abby había montado guardia en el sillón de lectura; sus ojos estaban fijos en mí, vigilando cada respiración, cada movimiento bajo las sábanas.

—Deberías intentar dormir, Abby —susurré, mirando el techo pintado con puntos que imitaban el cielo de la Tierra.

—Tú primero —respondió ella sin pestañear—. Necesitas recuperar esa sangre. Y necesitas descansar por… ya sabes.

Me llevé una mano al vientre instintivamente bajo la manta.

Luego de unos minutos, como era lo habitual en las noches en esa casa, la puerta se abrió con un chirrido suave. Una cabecita despeinada se asomó por el diminuto espacio que dejaba entrar la luz.

—¿Annie?

Era mía, llevaba su pijama de ositos y arrastraba su manta. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Podrías jurar que había llorado por horas.

—Pasa, Mia —dije, incorporándome un poco, aunque el mareo me golpeó levemente.

Mia entró de puntillas, como si tuviera miedo de romper el silencio. Se acercó al borde de la cama y me miró con esa seriedad aplastante de los cinco años.

—¿Estás bien? —preguntó, su voz temblorosa.

—Estoy bien, hermosa. Solo cansada. —dije intentando que de mi cara saliera una sonrisa.

—¿Puedo… puedo dormir contigo? —preguntó, apretando su manta—. Mi cama se siente muy grande hoy. Y… Tengo miedo.

Miré a Abby, pidiendo permiso. Ella sonrió suavemente y asintió.

—Claro que sí, ven aquí. —Levanté el edredón, dándole espacio en mi cama.

Mia trepó a la cama con cuidado, evitando tocarme bruscamente. Se acurrucó contra mi costado, su cuerpecito irradiando un calor reconfortante.

—Perdón por lo que dije en la cena —susurró contra mi pecho después de un momento—. No quería decir que te fueras a morir. Es que… mamá se ve así. Y tú te veías así. Y me asusté.

Acaricié su cabello suave, desenredando los nudos con los dedos.

—Lo sé, hermosa. No te preocupes. No me voy a morir. Ni mamá tampoco. Estamos peleando, ¿sí? Somos las chicas Baldwin, somos duras.

Mia levantó la vista, sus ojos grandes buscándome.

—¿Lo prometes?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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