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Nosotros en las estrellas - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 11- Tolerate It
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12: 11- Tolerate It 12: 11- Tolerate It  Canción sugerida: Tolerate It – Taylor Swift —Me rehúso.

No iré —dije con la voz ronca, aunque por dentro sentía que bastaba un suspiro para quebrarme.

Tenía los ojos fijos en el suelo, aferrándome a un punto invisible entre mis zapatillas, negándome a mirar a Matthew.

Sabía que si lo hacía, si veía su cara, iba a ceder.

Fue ahí cuando mi mente entró en modo automático: negación pura y violenta.

Mi peor pesadilla, esa sombra que llevaba años siguiéndome, se materializaba en las letras que parpadeaban en mi reloj.

Yo, Annie Woods, tenía que compartir un espacio —una vida, aunque fuera mínima— con Zeke Kavan.

¿Qué había visto el sistema en nosotros dos?

¿Una coincidencia genética?

¿Una broma cósmica?

¿O simplemente una crueldad disfrazada de algoritmo?

La sala común estaba casi vacía.

Todos los demás ya se habían marchado hacia sus nuevas cabinas, reorganizando sus vidas según las reglas de una máquina.

Solo quedábamos Matthew y yo, el eco de mi rabia y el sonido insistente del reloj en mi muñeca.

BIP.

BIP.

BIP.

Ese pitido se clavaba en mi cabeza, como si me recordara cada segundo que no tenía escapatoria.

Pensé en quitarme el reloj, arrojarlo al suelo, hacerlo pedazos.

Pero no quería darles el gusto de verme perder el control.

No quería ser “la variable emocional inestable”.

No quería darle otro motivo para que pensara que él era superior incluso a mí, pero tampoco iba a ser la persona más calmada porque el hecho de que un estúpido robot haya creído que él y yo podíamos ser una pareja me enfurecía más.

Era consciente de que si nos hubieran dado la oportunidad de escoger, estaba convencida de que preferiría a noventa y siete personas antes que a él, y aunque lo eligiera, sabía que para él ni siquiera era una opción.

—Matt, deberías irte a tu cabina —murmuré sin levantar la vista.

Mi voz apenas era un hilo.

Es lo mejor.

Yo…

No terminé la frase.

No podía decirlo en voz alta; pensé en todas las opciones, pero ninguna opción parecía lógica, no había dónde escapar, estaba en medio del espacio, pero aun así, preferiría lanzarme al vacío antes que convivir con él, que soportar su mirada calculadora, su silencio, su forma de reducirlo todo a lógica.

Matthew guardó silencio por unos segundos.

Podía leerme con una mirada; él me conocía, sabía que prefería cualquier cosa que compartir con Zeke, incluso si esto significaba algún tipo de castigo, pero cuando mi mirada volvió a él, a Matt, vi cómo el miedo se apoderaba de él.

Aclaró su garganta y cuando al fin habló, lo hizo con un tono que me desarmó.

—Ann…

sé que lo odias —susurró—.

Créeme, ni en mis peores pesadillas imaginé verte emparejada con él.

Pero…

tenemos que obedecer.

—¿Obedecer?

—repetí, con un sabor metálico en la boca—.

¿Obedecer una condena?

Prefiero morir aquí mismo.

Me crucé de brazos, hundiéndome en la silla, decidida a no moverme de allí.

Si iban a forzarme, que lo hicieran por la fuerza.

—¡Solo hazlo!

—su voz se quebró, y por primera vez en mucho tiempo sonó más asustado que yo—.

Por favor, Annie.

No te quiero perder.

Si no lo haces por ti, Ann, hazlo por mí, pero hazlo.

Ya veremos cómo arreglarlo.

Como siempre.

Juntos.

Lo miré y, por un segundo, el enfado se disolvió.

En su mirada había algo más que miedo: sabía algo.

Algo que yo no.

Tal vez desobedecer no era solo un acto de rebeldía… tal vez era peligroso.

Asentí con lentitud.

Era una fe rota, ciega, la misma que me mantenía viva desde que éramos niños.

Él me abrazó fuerte, tan fuerte que dolía.

Luego se alejó por el pasillo del Sector Gamma, la espalda recta, pero los hombros caídos, como si el peso de la nave lo empujara hacia abajo.

Entonces me quedé sola.

Suspiré como si estuviera llevando el peso de años encima; decidí afrontar lo que ya estaba elegido para mí, lo que no podía cambiar, pero en su lugar sabía que al llegar crearía todas las barreras posibles, para que Zeke, que toda la vida me había aterrado, no pudiera hacerlo más.

Caminé hacia donde mi pulsera me lo indicaba, llegué al pasillo; era uno vacío con varias puertas que ahora estaban cerradas; todo el pasillo estaba en silencio.

Cada paso que daba resonaba como si la nave respirara conmigo.

Cuando al fin llegue, frente a mí, una puerta de acero con letras luminosas indicaban que estaba allí, que había llegado.

En la puerta se podía leer: SECTOR GAMMA — NÚMERO 7.

El escáner parpadeó.

Coloqué mi mano temblorosa sobre la superficie y, con un leve zumbido, la puerta se abrió.

Por un momento me quedé sin aire mientras la puerta tras de mí se cerraba.

Respiré hondo, tenía que asimilar lo que estaba pasando, incluso cuando este lugar era un sueño.

El interior no tenía nada del metal frío ni de la rigidez que imaginé.

Las paredes eran de un marfil suave, casi cálido, como si alguien hubiera querido hacerme sentir segura.

No eran las paredes de un laboratorio, sino las de una casa.

La luz, escondida entre los bordes, tenía ese tono dorado de las cinco de la tarde, justo el que te decía “relájate” después de un largo día, o así lo recordaba cuando papá llegaba de su trabajo.

Había una cama grande, cubierta con sábanas beige y una manta tejida a mano.

A los costados, dos lámparas lanzaban un brillo tenue, como si respiraran conmigo.

—Mis favoritas —pensé al ver la estantería con las orquídeas que estaba sobre el televisor.

En la sala, un sillón beige, amplio, lleno de cojines desordenados, me recordó a los domingos que dejaron de existir después del quiebre.

Frente a él, una mesa de madera para cuatro, demasiado perfecta, sin una sola marca, sin una sola historia.

Detrás, una cocina abierta, pulcra, casi invisible, con estantes que se confundían con las paredes.

Todo parecía diseñado para que no recordara nada y, al mismo tiempo, para que creyera que estaba en casa.

Al lado de la habitación había un baño enorme.

Antes, un vestidor repleto de ropa que encajaba perfectamente conmigo: la formal, la cómoda, la que usaría si aún tuviera una vida afuera.

En el baño, una ducha en el techo, una que dejaba caer el agua como lluvia; al lado, una tina impecable y un espejo inmenso que me devolvía una versión mía que no reconocía del todo.

—Para mí —pensé, tocando el borde del tocador.

Podría maquillarme allí, aunque casi nunca lo hacía.

Tal vez desde ahora lo empezaría a hacer.

Regresé a la cama.

Todo olía distinto, como a tierra húmeda después de la tormenta.

Por un momento, cerré los ojos y me dejé engañar.

Podría jurar que estaba en casa; que esta sería mi versión adulta si nunca hubiera pasado nada.

Que Génesis Lab lo había logrado.

Que habían construido la ilusión perfecta.

Y, sin embargo, ese “hogar” tenía algo inquietante.

Era demasiado perfecto, demasiado limpio.

Un refugio hecho a medida para hacernos olvidar que era una jaula.

Pero algo en el aire no encajaba.

Era demasiado limpio, demasiado exacto.

Cada cosa estaba en su lugar, como si alguien hubiera estudiado mis recuerdos y los hubiera reconstruido con miedo a equivocarse.

Me puse unos pantalones anchos y una camiseta vieja que guardaba de los entrenamientos en la tierra.

Fue un gesto pequeño, casi tonto, pero mío.

Luego tomé todas las almohadas de la cama y del sofá y luego las apilé en el centro, hasta formar una muralla.

No era comodidad lo que buscaba.

Era un límite.

Uno que construí pensando en Zeke, para que no se me acercara, pero que también me recordaba que esta no era una vida que yo había elegido.

Me tumbé en mi lado de la cama y, por primera vez desde que todo empezó, el cansancio me venció.

No sé cuánto dormí, pero cuando abrí los ojos, la habitación estaba envuelta en una penumbra cálida.

Me senté abrazando las rodillas; todavía estaba sonando el ruido blanco que había escogido para optimizar mi sueño.

Cosa que en realidad no había funcionado mucho, porque ahí estaba yo despierta revisando si alguien había entrado; pero todo estaba tal cual yo lo había dejado, la muralla seguía intacta.

Nadie había cruzado; en realidad, nadie había llegado.

Y me odié por lo que vino después.

Por pensar en él.

Por preguntarme dónde estaba, si estaría bien, si planeaba aparecer.

Me odié por sentir inquietud en lugar de alivio.

Me levanté, caminé hacia la puerta y la abrí apenas un poco para poder ver el pasillo.

Pero todo estaba vacío, iluminado por una luz ámbar suave que imitaba un atardecer eterno.

Escuché el sonido distante de risas y puertas cerrándose, el eco de nuevas rutinas comenzando.

Volví a la cama.

Me tumbé mirando al techo.

Parecía un cielo falso, un cielo diseñado para calmarnos; se podían ver las estrellas, pero no como se verían desde la nave; era una vista como si siguiéramos en la Tierra; las estrellas eran puntos distantes que formaban formas aleatoriamente.

Y mientras las luces se atenuaban nuevamente, recordé cada cosa del día: la fiesta, Natalie, el beso, la pulsera, la asignación, la rabia, el miedo.

Todo giraba en la cabeza como una espiral.

Lloré sin hacer un solo ruido.

Las lágrimas recorrían mi cara silenciosamente, salían como la única forma de expresión que me quedaba, la única cosa que podía hacer sin tener que depender de la decisión de otros.

El sueño empezó a arrastrarme, pesado, lento.

Y justo antes de quedarme dormida, juraría haber escuchado pasos frente a la puerta.

Sin embargo, después de eso, nadie entró, la puerta permaneció cerrada, nadie entró, no era él, quizá solo lo estaba imaginando, así que solo volví a dormir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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