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Nosotros en las estrellas - Capítulo 120

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Capítulo 120: 119

—Lo prometo.

La arrunché contra mí, sintiendo cómo su respiración se sincronizaba con la mía. Abby me miró desde el sillón, susurrando un “ahora tú”. No tuve fuerzas para discutir. Con el peso de mi hermana pequeña anclándome a la vida, el sueño finalmente me venció.

Al día siguiente, al despertar, mis manos buscaron en la cama el pequeño cuerpo de Mia antes de abrir los ojos, pero ella ya no estaba; no estaba ni ella ni Abby, tampoco Emilia. La cuna ya había desaparecido, como si todo lo de la noche anterior simplemente nunca hubiera pasado.

La luz que entraba a través de la ventana era débil; el día afuera, nublado, la luz del sol apenas se filtraba a través de las nubes en el cielo.

Me senté en la cama contemplando la soledad que inundaba mi habitación; mi cuerpo se sentía pesado, con esa debilidad muscular típica de haber perdido fluidos, pero extrañamente, las náuseas me dieron una tregua. En su lugar, sentí un vacío voraz en el estómago. Hambre. Hambre real.

Bajé a la cocina siguiendo el ruido de cubiertos.

La escena que encontré era casi normal, si ignoraba las maletas apiladas en el pasillo. Matthew, Abby, Lion, Lia, Mia y Emilia estaban sentados alrededor de la isla de la cocina, algo que solía pasar en Aurora, pero no en la rigurosidad de Villa Cristal.

No dije nada, mi mente solo pensaba en comida, algo que pudiera saciar esa necesidad que gritaba mi estómago.

Caminé hacia el estante donde estaban unas tostadas recién hechas; el primer trozo que puse en mi boca se sintió a gloria y mi estómago pareció agradecerlo. Habían pasado semanas desde la última vez que disfruté la comida de esa forma.

No saludé, no me fijé en todos, hasta que sentí sus miradas encima mientras disfrutaba de la tostada, que me embutía sin ser consciente de lo desesperada que me veía; todos los ojos estaban puestos en mí, como si el simple hecho de estar allí fuera un milagro.

—Vaya —dijo Matthew siendo el primero en romper el silencio, soltando una risa de alivio—. Por fin. Empezaba a pensar que te alimentabas de aire y terquedad.

—Cállate —dije con la boca llena, apuntándolo con el dedo.

Subió las manos en señal de rendición, acercó una de las bancas que estaban cerca para que me sentara. Puso un plato enorme frente a mí: aguacate, tostadas, fruta.

—¡Annie! —chilló Mia, saludando con una tostada en la mano.

—Supongo que ya me veo mejor —le dije sonriéndole; sabía que estaba preocupada; a su corta edad, diferenciar el caos de la calma no era fácil, menos con Mia, que era una niña sensible.

—Te ves fatal, Annie —bromeó Lion, desde el otro lado de la barra, aunque sus ojos no sonreían del todo.

—No se ve tan mal —dijo Lia, alzando la ceja, sabiendo lo que había dicho—. Bueno, no se vería tan mal si se pone unas gafas y se maquilla.

Yo no me defendí, porque en realidad era indefendible; era un zombi que apenas se estaba recuperando.

Fue en ese momento que la puerta que conectaba con el pasillo principal se abrió y cerró de golpe.

Era Arthur, seguido de la enfermera que venía empujando la silla donde estaba Alexandra, aparentemente dormida. Ellas fueron a la sala, pero Arthur caminó hacia la cocina donde estábamos nosotros.

El cambio en la habitación fue inmediato. Todos dejamos de comer. Arthur llevaba la misma ropa del día anterior, arrugada y con manchas de café. Su cabello estaba revuelto y tenía ojeras profundas, pero había una electricidad en él que nos puso a todos en alerta.

Sin decir una palabra, Arthur se giró y cerró la puerta de la cocina. Luego, caminó hacia los ventanales y cerró las cortinas pesadas, bloqueando la vista hacia el jardín y la calle, sumiendo la cocina en una penumbra absoluta.

—Papá, ¿qué pasa? —preguntó Lia, su voz temblando—. ¿Mamá…?

Arthur se giró hacia nosotros. Dejó una tableta sobre la mesa de mármol con un golpe seco. Luego me miró a mí.

—Es imposible —dijo, negando con la cabeza, como si estuviera discutiendo con la ciencia misma—. Biológicamente, no debería haber pasado tan rápido.

—¿Arthur? —Matthew se puso de pie, poniéndose delante de mí instintivamente—. ¿Ella…? ¿No funcionó?

Arthur nos miró y una sonrisa incrédula, casi dolorosa, rompió su rostro cansado.

—Al contrario…

El silencio que siguió fue absoluto; lo único que se escuchaba era el zumbido de la nevera.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—El cáncer —explicó Arthur, señalando los gráficos en la tableta—. Alexandra ayer estaba en estado IV, metástasis agresiva. Esta mañana… los marcadores tumorales han bajado un 40%. La inflamación linfática se ha reducido a la mitad. Clínicamente… ha regresado a un estado II.

—¡Dios mío! —exclamó Lia, llevándose las manos a la boca, llorando de alivio.

Lion soltó un grito ahogado y abrazó a su hermana. Abby cerró los ojos, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones.

—Es tratable —continuó Arthur, con la mirada fija en mí. Había una mezcla de reverencia y miedo en sus ojos—. Tu sangre, Annie… tu sangre no solo la estabilizó. La reinició. Le enseñó a su cuerpo a luchar con lo que la estaba matando en tiempo récord.

Me dejé caer contra el respaldo de la silla, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Había funcionado. El peso que me aplastaba el pecho desde hacía semanas empezó a ceder.

—Entonces… ¿Ya está bien? Mamá no va a morir, ¿verdad? —preguntó Mia, rompiendo el silencio con esa voz de niña que a veces olvidábamos que tenía.

Vi cómo Abby la rodeaba por los hombros para contenerla. Arthur la miró y, con una sonrisa cansada que le arrugó las esquinas de los ojos, negó suavemente con la cabeza.

—No, Mia. Mamá se va a quedar con nosotros.

La tensión de la sala se rompió de golpe. Soltamos una risa colectiva, nerviosa, casi histérica, de esas que salen cuando el cuerpo ya no aguanta más estrés. Pero el alivio duró poco.

La cara de Arthur volvió a tensarse casi de inmediato. Tomó la tableta médica de la mesa y, frente a nosotros, empezó a teclear con rapidez, metiendo comandos uno tras otro.

—¿Qué haces? —preguntó Lion, asustado por el cambio repentino de actitud.

—Borrando todo —dijo Arthur con voz dura y mecánica—. Acabo de eliminar los escaneos de tu sangre, Annie. Los resultados de compatibilidad, los registros de la transfusión. Todo. En el sistema del hospital de Villa Cristal solo constará que Alexandra tuvo una “remisión espontánea inexplicable”.

—¿Por qué? —protestó Lia, acercándose—. ¡Es un milagro! ¡Deberían saber que Annie la salvó!

—¡No! —la interrumpió Arthur. Fue un grito seco que nos hizo dar un salto a todos. Se apoyó en la mesa con ambas manos, respirando agitado, y nos miró uno por uno—. Nadie. Absolutamente nadie fuera de esta habitación puede saber lo que hay en la sangre de su hermana. Si el Consejo descubre lo que ella puede hacer, no la verán como una persona. La verán como un recurso. Como una fábrica de curas. La encerrarían en un laboratorio el resto de su vida.

Luego, sus ojos buscaron los míos. Y ahí, bajo todas esas capas de burocracia, protocolos y años de distancia, vi al padre feroz que había estado escondido.

—No te voy a arriesgar, Annie. No dejaré que nada te pase, no voy a permitir que te hagan daño, hija.

El silencio que siguió fue denso, pero reconfortante. Miré de reojo hacia la esquina de la sala. Edmund había estado ahí todo el tiempo, quieto y silencioso como una sombra. Nuestros ojos se cruzaron un segundo y él asintió muy levemente. Él sabía mi otro secreto, el del bebé, y en esa mirada supe que ese también se lo llevaría a la tumba.

—Entonces… ¿Qué hacemos ahora? —preguntó Matthew, asumiendo su rol de siempre, el de resolver el siguiente paso.

Arthur miró el reloj de la pared.

—Nos vamos. Ya. Antes de que los médicos del Consejo vengan a revisar el “milagro” y empiecen a hacer preguntas que no podemos responder.

—Ya está todo empacado, papá —dijo Lion, sorprendiéndonos a todos. Intercambió una mirada cómplice con Lia—. Los dos empacamos anoche. Por si esto pasaba y teníamos que irnos.

Arthur asintió, soltando un suspiro de puro orgullo.

—Bien. Edmund —dijo, girándose hacia el mayordomo—. Prepara el auto. Vienes con nosotros.

—Señor, yo… —Edmund dudó, enderezando la postura—. Mi lugar es cuidar la casa.

—Tu lugar es con la familia —lo cortó Arthur, sin dejar margen a discusión—. Y tú eres familia. No voy a dejar a nadie atrás. Ve por tus cosas. Nos vamos a Aurora Bay.

Mientras el caos de la salida empezaba a estallar en la habitación, con todos moviéndose de un lado a otro, Matthew se quedó atrás. Se acercó a mí y me puso una mano firme en el hombro.

—Termina de comer, nos espera un viaje largo y sabes que debes cuidarte —dijo ordenándome.

Veinte minutos después, estábamos todos amontonados en el transporte. El motor arrancó en silencio y nos deslizamos fuera de los muros de la mansión. Al cruzar el control de seguridad de Villa Cristal, la barrera se levantó sin problemas y el guardia nos hizo una seña de pase.

Solté el aire que llevaba reteniendo; por fin iríamos a casa, a ese lugar que en el tiempo que había estado afuera se suponía que se había terminado de remodelar.

Apoyé la cabeza contra el cristal frío de la ventana. Lo habíamos logrado. Podía ver a lo lejos el mar chocar con las rocas cerca de la carretera; estábamos fuera. El plan Fénix había funcionado, al menos por ahora.

Pensé que eso sería todo, que desde ahora la vida empezaba a sonreírle a la familia Baldwin, pero en el instante en que las ruedas tocaron el terreno irregular de las afueras, un dolor agudo y sordo me atravesó el vientre bajo. Fue como si me hubieran clavado un cuchillo desde adentro.

Ahogué un gemido, apretando los dientes, y me doblé hacia adelante, agarrándome el estómago.

—¿Annie? —preguntó Matthew, que iba conduciendo el carro—. ¿Estás bien?

Quise decirle que sí, quise poner la excusa de que solo era cansancio por la extracción de plasma, pero entonces sentí la humedad. Caliente, resbaladiza y rápida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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