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Nosotros en las estrellas - Capítulo 121

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Capítulo 121: 120

Puse mi mano sobre mi pantalón; el líquido rojo corría cada vez más rápido, mis manos empezaron a temblar.

—¡No! —solté inconscientemente, mientras las lágrimas llenaban mis ojos y el miedo se instauraba en mi corazón, que cada vez corría más rápido.

—¿Annie…? —susurró; mis ojos no dejaron mis manos, pero los suyos también lo notaron.

No dijo una sola palabra, simplemente frenó con tal violencia que el cinturón de seguridad se me clavó en el pecho, sacándome el poco aire que me quedaba en los pulmones. El silencio que siguió al ruido del motor apagándose fue absoluto, pero solo duró un segundo antes de que el caos estallara dentro de la cabina.

—¿Qué pasa? —¿Por qué frenas así, Matt? —preguntó Abby desde el asiento trasero, abrazando a Emilia por instinto, revisando que la niña no se hubiera golpeado.

—¡Arthur, tú eres médico! —gritó, intentando que alguien hiciera algo—. ¿Qué le está pasando a Annie, por qué está sangrando? —Termino, desabrochándose el cinturón, intentando que me recostara de nuevo en la silla.

El dolor no me lo permitía; los tirones en el abdomen iban y venían cada vez con mayor frecuencia; la sangre seguía corriendo como si fuera agua.

Arthur no dudó. El instinto médico borró cualquier rastro de cansancio que le hubiera dejado la huida. Abrió la puerta del auto en un segundo, dio la vuelta y abrió la mía de un tirón. La brisa suave que venía del mar de Aurora Bay me golpeó la cara, permitiéndome volver a respirar.

—Déjame ver, Annie, mírame —ordenó Arthur. Se agachó a la altura de mi puerta, sus manos moviéndose con rapidez profesional. Tomó mi muñeca para revisar el pulso, frunciendo el ceño al notar lo rápido y débil que estaba; para ese punto la sangre y mis manos ya habían llenado toda mi ropa de rojo. —¿De dónde viene? ¿Qué te duele?

—Me duele aquí —gemí, llevándome las manos al vientre—. Es como… como un cólico, pero mil veces peor.

Arthur bajó la mirada hacia mis manos manchadas y luego hacia mi regazo. Sus cejas se juntaron en una línea dura, procesando la información a una velocidad que yo no podía seguir.

—Annie… —empezó a decir, su voz cambiando de repente. El tono clínico desapareció, reemplazado por una confusión genuina, casi temerosa—. Esto no tiene nada que ver con la extracción de plasma. El plasma no hace esto. ¿Es tu periodo? ¿Acaso se adelantó por el estrés?

El dolor me atravesó otra vez, obligándome a doblarme hacia adelante. Un quejido agudo se me escapó de los labios. Cerré los ojos con fuerza, sabiendo que ya no había escapatoria. El secreto que había guardado con tanta cautela, aquel para el que aún no me sentía lista para gritarle al mundo, se hacía imposible seguir guardándolo, aún más cuando se trataba de cuidar a esa vida que crecía en mí.

—No… no es eso —balbuceé, sintiendo las lágrimas calientes empezar a rodar por mis mejillas—. No es mi periodo.

Arthur se quedó congelado. Vi cómo sus ojos viajaban desde mi rostro pálido hasta mi vientre, y luego volvían a subir. El silencio en el carro era tan denso que casi se podía tocar. Hasta Emilia había dejado de quejarse.

—Annie… —La voz de Arthur fue apenas un susurro rasposo—. ¿Estás… embarazada?

Su mirada fue directa a los ojos de Matthew buscando respuestas. Él solo asintió; su mirada pasó de mi hermano a mí en un segundo; mi llanto y el miedo que invadía todo mi cuerpo fue la confirmación final.

Alexandra, que había estado observando todo el tiempo desde la parte de atrás del carro, soltó un grito ahogado de culpa, llevándose las manos a la boca.

—¡No, Annie, dime que no es cierto! —El grito fue el detonante final; en la voz de Arthur podía escuchar al padre aterrorizado. —¿¡Estás embarazada y dejaste que te sacara plasma?! ¡¿Estás loca, Annie?! ¡Estás anémica, tienes agotamiento extremo, estás deshidratada, tu cuerpo ya estaba al límite creando vida y tú fuiste una irresponsable que se puso en riesgo!

—¡Quería salvar a mamá! —le grité de vuelta, ahogándome en mis propias lágrimas, el pánico devorándome por completo—. ¡Era la única opción! ¡No quería perderla!

—¡¿Y pensaste que arriesgar a mi nieto era la solución?! —Arthur se pasó las manos por el cabello, la desesperación marcándole cada arruga de la cara—. ¡Un shock hipovolémico ahora mismo podría matarlos a los dos! ¡Podrías haber muerto, Annie!

—¡Arthur, basta! —intervino Matthew, sus ojos llenos de fuego y enojo—. ¡No te das cuenta de que está muriendo ahora mismo! ¡Que la regañes y la grites no va a detener el sangrado! ¡Dime qué hacemos!

Sentí el tacto cálido de Abby cuando estiró desde su asiento, acariciándome la espalda por encima del hombro, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Ya paren de gritar, Arthur, súbete al carro! —ordenó Alexandra, su voz débil, pero imponente al mismo tiempo—.

—Matthew, arranca. Ahora —ordenó Abby, con esa voz firme que usaba cuando el caos intentaba tragarla—. Yo llamaré a Christopher para que esté listo cuando lleguemos al hospital; no tenemos tiempo que perder.

El motor del carro rugió de repente como una bestia herida. El auto salió disparado hacia el centro de la ciudad. Atrás, vi las luces del segundo carro, donde venían Edmund y el resto de mis hermanos; nos seguía sin entender por qué de repente estábamos corriendo más rápido.

—No quiero perderlo —dije en medio de sollozos mientras el carro se movía—. Matt, por favor… No quiero perder a mi bebé también… No podría soportarlo.

Matthew me miró, y vi en sus ojos el mismo terror que yo sentía, pero también una determinación feroz. Asintió una sola vez.

—No lo vas a perder —me prometió, mientras apretaba el volante con sus manos, los nudillos ahora blancos de la presión con la que lo estaba agarrando—. No vamos a dejar que se vaya, no mientras yo esté aquí.

El trayecto fue una tortura. Cada bache, cada curva, era una punzada nueva que me sacaba el aire. Abby sostenía mi mano desde atrás, murmurando palabras de consuelo que yo apenas podía entender por el zumbido en mis oídos.

Al llegar al hospital, Matthew frenó justo en la entrada de emergencias. Ni siquiera había apagado el carro cuando la puerta del carro se abrió; era Arthur, sacándome en brazos como si no pesara nada, como si ya hubiera estado miles de veces en aquel hospital que pisaba por primera vez.

—¡Camilla! ¡Necesito una camilla ahora! —ordenó al entrar por las puertas automáticas; ignoró todas las miradas curiosas que lo reconocían. “El líder de Villa Cristal en Aurora”, susurraban por los pasillos, su voz rebotando en las paredes blancas del recinto.

Chris, que esperaba inquieto en la sala al verme en los brazos de Arthur manchada de sangre, sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Annie? —Chris llegó a nuestro lado en un segundo, ayudando a Arthur a depositarme en la camilla que acababan de traer—. ¿Qué pasó? ¿Sufrió un trauma?

—Amenaza de aborto —respondió Arthur, respirando agitado—. Está embarazada. Y le extrajimos plasma hace unas horas. Su cuerpo está colapsando.

El profesionalismo frío y eficiente de los Kavan tomó el control.

—Llévenla al quirófano tres, preparen un ultrasonido pélvico y tengan lista una vía para fluidos y sangre tipo O negativo —ordenó a las enfermeras mientras corría junto a mi camilla—. ¡Rápido!

Las puertas dobles se abrieron de golpe y me metieron a la sala. Matthew intentó entrar conmigo, pero una enfermera lo detuvo en seco.

—Matt… —alcancé a decir, estirando la mano hacia él.

—Aquí estoy, Annie, aquí estaré esperándote —dijo él, con los ojos rojos, antes de que las puertas se cerraran y quedara sola.

La luz cegadora de la sala quirúrgica me hizo entrecerrar los ojos. Chris se puso a mi lado de inmediato, conectándome a los monitores mientras una enfermera cortaba mi pantalón para poder revisarme.

—Escúchame, Annie —me dijo Chris, su voz grave y controlada—. Voy a revisarte. Necesito saber si podemos parar esto. Va a ser incómodo, pero necesito que intentes respirar lento. Sé que duele y sé que estás aterrada, pero el pánico sube tu presión y hace que sangres más. Necesitamos que tu cuerpo deje de pelear, o no podremos retener al bebé.

Su voz fría y dura, como si se tratara de un paciente más que no conocía, pero incluso a través de esa máscara de profesionalismo vi su preocupación.

—Chris… —Sollocé, casi que sin fuerza—. Salva a mi bebé. Te lo ruego. Si él se muere… yo… no podré recuperarme…

Los ojos de Christopher se suavizaron por una fracción de segundo. Sabía de quién era ese bebé. Sabía lo que significaba para mí.

—Voy a hacer absolutamente todo lo que esté en mis manos, Annie. Te lo juro —prometió, antes de volverse hacia la enfermera—. Ponle dos vías venosas de grueso calibre. Pasen solución salina a chorro para reponer el volumen de la plasmaféresis, un antiespasmódico directo a la vena para frenar las contracciones y preparen una carga alta de progesterona intramuscular, ahora.

El dolor se fue desvaneciendo poco a poco, pero el miedo no. El miedo seguía ahí, instalado en mi garganta, asfixiándome.

Chris se cambió los guantes a la velocidad de la luz y encendió la máquina a nuestro lado.

—Vamos a mirar adentro —murmuró, su voz apenas un hilo en medio del pitido de mi monitor cardíaco.

Sentí cuando vertió el gel helado sobre mi vientre. Christopher apoyó el transductor de la ecografía sobre mi piel, presionando ligeramente mientras sus ojos se clavaban en la pantalla oscura que colgaba frente a nosotros.

La sala se sumió en un silencio absoluto. La enfermera se quedó inmóvil, mirando el monitor.

—Por favor, bebé, necesito que aún estés ahí —susurré para mí, esperando el sonido de su corazón…

Canción sugerida: Sparks – Coldplay

El silencio se apoderó de la sala; yo solo necesitaba un pequeño latido, saber que aún seguía luchando por algo real. Podía escuchar mi propia sangre bombear en mis oídos, un tamborileo frenético que me rogaba que no dejara de respirar. Mis ojos estaban clavados en la aún oscura pantalla del ecógrafo, esperando el veredicto que decidiría si mi mundo se terminaba de romper en mil pedazos o si aún quedaba algo por lo que valiera la pena luchar.

Christopher movió el transductor sobre mi vientre un par de centímetros más. Nada, un silencio absoluto que llenaba mis ojos de lágrimas, porque se sentía como el final; todo mi cuerpo temblaba, quizá por el miedo que se aferraba a una mínima esperanza o quizá simplemente era el gel frío que calaba hasta los huesos.

Chris no despegó los ojos del monitor ni un segundo, moviéndolos de un lado a otro, buscando desde todos los ángulos una señal de que había algo que salvar. Vi cómo apretaba la mandíbula mientras lo hacía.

Y entonces, justo cuando creí que me iba a ahogar en mis propias lágrimas, un sonido llenó la pequeña habitación de la clínica.

Whoosh… whoosh… whoosh… whoosh…

Era rápido. Errático. Como el aleteo de un pájaro asustado atrapado en una jaula, pero estaba ahí. Era el latido de mi bebé. Estaba ahí, luchando por quedarse conmigo.

Solté el aire que venía reteniendo; el miedo seguía ahí, pero los medicamentos parecían empezar a hacer efecto. Y como si se tratara de un arrullo, el sonido rítmico, ese whoosh whoosh constante, se convirtió en ese sonido hipnótico que me llevó a cerrar los ojos.

Las últimas lágrimas mojaron mis mejillas; mientras mi respiración se regulaba, sentí que la camilla desaparecía debajo de mí. Todo se volvió oscuro, y el sonido se fue apagando hasta que pensé que tal vez todo había sido una alucinación creada por mi mente desesperada.

El olor a mar llenó mis pulmones, junto con la suave brisa que golpeaba mi cara.

Abrí los ojos y el resplandor dorado de los dos soles de Percevalis me obligó a parpadear. Estaba en la terraza de mi casa, aquella en el alto del acantilado que me había negado a cambiar. La piscina infinita frente a mí, acompañada de aquellas flores que adornaban el paisaje y que hacían que la casa siempre oliera fresco.

En mis brazos un peso liviano, miré hacia abajo. Estaba ahí, envuelto en una manta tejida de color beige, aquella que solía estar en nuestra cama. Era él, mi bebé, un niño, mi Atlas.

Tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando, su cara llena de paz y tranquilidad. Acaricié su cara con la yema de mis dedos; en su frente, un mechón de cabello claro, tan parecido al de Zeke, asomándose por la frente.

Estaba a salvo, podía cuidarlo, podía sostenerlo. Lo pegué a mi pecho como si tuviera miedo a que desapareciera; saboreé cada segundo, sintiendo su calor, sintiendo que, por fin, después de tantos años de pérdida y abandono, tenía a alguien que era completamente mío. Alguien a quien jamás dejaría atrás.

—Sabía que los encontraría aquí.

La voz, grave y rasposa, me erizó la piel. Giré la cabeza lentamente.

Zeke caminaba hacia nosotros desde la entrada de la casa con un vaso de agua en sus manos, como si nunca se hubiera ido. Llevaba una camiseta holgada que le formaba perfectamente, los hombros relajados y una sonrisa que le llegaba a los ojos. Esos ojos azules que siempre habían sido mi perdición.

Se acercó despacio, como si contemplara algo precioso frente a él. Cuando llegó a mi lado, levantó una mano y acarició la mejilla de Atlas con el pulgar. El bebé soltó un pequeño suspiro en sueños.

—Es perfecto, Annie… —Susurró Zeke, mirándome con esa intensidad que siempre me dejaba sin aire—. Nuestro hijo es perfecto.

—Zeke… —Mi voz tembló. Volverlo a ver, simplemente se sentía como si hubiera recordado cómo respirar fuera del agua. Recorrí todo su cuerpo, cada milímetro, memorizándolo. Estaba ahí.

Se quedó mirándome unos segundos más antes de sentarse detrás de mí, recostándose en el sofá. Me rodeó con sus brazos, envolviéndonos a los dos en un abrazo que olía a él y a hogar. Apoyó la barbilla en la cima de mi cabeza y besó mi cabello.

—Te amo, Baldwin —dijo, su voz vibrando contra mi pecho—. Siempre estaré para ustedes.

Me aferré a su camiseta, cerrando los ojos con fuerza, queriendo fundirme en ese abrazo, queriendo detener el tiempo en ese exacto segundo donde todo el dolor había valido la pena. Quería creerle, quería quedarme a vivir en esa promesa para siempre.

Pero entonces, el cielo dorado se volvió gris. El calor de sus brazos desapareció de golpe, arrancado por un frío intenso. El viento dejó de oler a flores y empezó a oler a desinfectante y a alcohol. El peso de Atlas desapareció de mis brazos, dejándome el pecho horriblemente vacío.

Abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire como si acabara de salir del agua.

—¡Zeke! —grité, desesperada, incorporándome a medias en la camilla. Mis manos buscaron ciegamente algo a lo que aferrarse en el aire vacío—. ¡Zeke!

La luz blanca de la habitación del hospital me cegó. Ya no estaba en esa terraza que me hacía sentir paz; estaba en un lugar lejos de donde quisiera estar. Mis brazos se sentían vacíos sin Atlas en ellos, y mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas, como si de nuevo me hubieran roto el corazón.

—Tranquila, Annie, tranquila, mírame. Estoy aquí.

Unas manos firmes pero cálidas agarraron mis hombros, obligándome a recostarme de nuevo. Parpadeé, enfocando la vista. Era Matthew, quien intentaba tranquilizarme con su voz. Detrás de él, la habitación parecía pequeña para albergar a todos los que estaban allí.

Mi mirada barrió el cuarto. Arthur, mi padre, estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, pero sus ojos reflejaban un terror que pocas veces le había visto. Mamá estaba al otro lado de mi cama; al ver que despertaba, se acercó de inmediato, tomando mi mano en la suya y dejando un beso suave sobre mis nudillos.

—Estamos aquí para cuidarte, mi amor —susurró mamá, con la voz quebrada.

En la esquina, Lion arrullaba a Mia en sus brazos. La pequeña tenía los ojos rojos y brillantes de tanto llorar, pero al verme despierta, escondió su carita en el cuello de su hermano mayor, quien le acariciaba la espalda protectoramente. Lia estaba sentada en el borde de una silla, mordiéndose las uñas con nerviosismo, mientras que Abby, un poco más atrás, mecía a Emilia, que dormía ajena a la angustia que llenaba la sala.

Mis ojos volvieron a Matthew. Tenía los ojos enrojecidos, las ojeras marcadas bajo la piel pálida y el cabello revuelto, como si hubiera pasado las manos por él mil veces. Se inclinó sobre mí y me abrazó. Fue un abrazo tosco, desesperado, de esos que te da alguien que pensó que te perdía para siempre. Sentí la humedad de sus lágrimas empapar el cuello de mi bata médica.

—Tranquila, hermanita, ya pasó. Todo va a estar bien —susurró Matthew, su voz ronca por el llanto.

Ante sus palabras, la bruma del sueño comenzó a disiparse, dejando paso a la cruda y cruel realidad. Estaba en una habitación de hospital, Atlas; no sabía si él seguía conmigo.

Y solo el pensarlo me hizo llevar las manos a mi vientre, tocando la tela de la bata de hospital con desesperación. Ya no había rastro del gel frío, solo un vendaje sobre el pliegue de mi brazo donde seguramente me habían puesto suero y medicamentos.

—Matt… —Mi voz sonó frágil, rota—. ¿El bebé…? ¿Aún está ahí? Dime que no fue un sueño. Dime que el latido fue real.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Vi cómo Lia dejó de morderse las uñas y Arthur dio un paso al frente, casi conteniendo la respiración. Matthew se apartó un poco, limpiándose las mejillas con el dorso de la manga de la camisa que usaba. Me miró a los ojos, y por primera vez en horas, esbozó una sonrisa que, aunque temblorosa, era genuina. Asintió con la cabeza, apretando mi mano libre.

—Sí, Annie. El bebé está ahí. Es tan terco como tú.

Cerré los ojos, soltando un aire que me vació los pulmones. Estaba ahí. Atlas seguía conmigo. La sensación de alivio fue inmensa, pero venía acompañada de una soledad gigantesca, como si los días que había llorado por su ausencia simplemente se hubieran borrado y sus huellas hubieran sido recientes de nuevo.

La puerta de la habitación se abrió con un leve chasquido metálico. Christopher entró, con una tableta médica en las manos y una expresión que no presagiaba nada bueno. Todos los ojos se volcaron a él y a su presencia allí.

Me miró como si intentara escanearme como lo haría una máquina. Se detuvo a los pies de la camilla. Ver su rostro hizo que mi estómago se revolcara; tenía los mismos ojos que su hermano, pero sin la oscuridad que siempre envolvía a Zeke.

—Despertaste —dijo Chris, su tono suave pero cargado de gravedad—. ¿Cómo te sientes? ¿Hay dolor?

—Cansada. Me duele un poco el vientre, como un tirón… —respondí, poniéndome a la defensiva instintivamente—. Chris, ¿ya puedo irme a casa? Estas luces están haciendo que mi cabeza estalle.

Intenté moverme para sentarme, buscando mostrar una fortaleza que no tenía, pero un pinchazo agudo en el bajo vientre me obligó a recostarme de nuevo con una mueca. Mamá apretó mi mano al instante, y vi cómo Arthur tensaba la mandíbula al otro lado de la cama, dando un paso hacia mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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