Nosotros en las estrellas - Capítulo 122
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Capítulo 122: 121 – Sparks
Canción sugerida: Sparks – Coldplay
El silencio se apoderó de la sala; yo solo necesitaba un pequeño latido, saber que aún seguía luchando por algo real. Podía escuchar mi propia sangre bombear en mis oídos, un tamborileo frenético que me rogaba que no dejara de respirar. Mis ojos estaban clavados en la aún oscura pantalla del ecógrafo, esperando el veredicto que decidiría si mi mundo se terminaba de romper en mil pedazos o si aún quedaba algo por lo que valiera la pena luchar.
Christopher movió el transductor sobre mi vientre un par de centímetros más. Nada, un silencio absoluto que llenaba mis ojos de lágrimas, porque se sentía como el final; todo mi cuerpo temblaba, quizá por el miedo que se aferraba a una mínima esperanza o quizá simplemente era el gel frío que calaba hasta los huesos.
Chris no despegó los ojos del monitor ni un segundo, moviéndolos de un lado a otro, buscando desde todos los ángulos una señal de que había algo que salvar. Vi cómo apretaba la mandíbula mientras lo hacía.
Y entonces, justo cuando creí que me iba a ahogar en mis propias lágrimas, un sonido llenó la pequeña habitación de la clínica.
Whoosh… whoosh… whoosh… whoosh…
Era rápido. Errático. Como el aleteo de un pájaro asustado atrapado en una jaula, pero estaba ahí. Era el latido de mi bebé. Estaba ahí, luchando por quedarse conmigo.
Solté el aire que venía reteniendo; el miedo seguía ahí, pero los medicamentos parecían empezar a hacer efecto. Y como si se tratara de un arrullo, el sonido rítmico, ese whoosh whoosh constante, se convirtió en ese sonido hipnótico que me llevó a cerrar los ojos.
Las últimas lágrimas mojaron mis mejillas; mientras mi respiración se regulaba, sentí que la camilla desaparecía debajo de mí. Todo se volvió oscuro, y el sonido se fue apagando hasta que pensé que tal vez todo había sido una alucinación creada por mi mente desesperada.
El olor a mar llenó mis pulmones, junto con la suave brisa que golpeaba mi cara.
Abrí los ojos y el resplandor dorado de los dos soles de Percevalis me obligó a parpadear. Estaba en la terraza de mi casa, aquella en el alto del acantilado que me había negado a cambiar. La piscina infinita frente a mí, acompañada de aquellas flores que adornaban el paisaje y que hacían que la casa siempre oliera fresco.
En mis brazos un peso liviano, miré hacia abajo. Estaba ahí, envuelto en una manta tejida de color beige, aquella que solía estar en nuestra cama. Era él, mi bebé, un niño, mi Atlas.
Tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando, su cara llena de paz y tranquilidad. Acaricié su cara con la yema de mis dedos; en su frente, un mechón de cabello claro, tan parecido al de Zeke, asomándose por la frente.
Estaba a salvo, podía cuidarlo, podía sostenerlo. Lo pegué a mi pecho como si tuviera miedo a que desapareciera; saboreé cada segundo, sintiendo su calor, sintiendo que, por fin, después de tantos años de pérdida y abandono, tenía a alguien que era completamente mío. Alguien a quien jamás dejaría atrás.
—Sabía que los encontraría aquí.
La voz, grave y rasposa, me erizó la piel. Giré la cabeza lentamente.
Zeke caminaba hacia nosotros desde la entrada de la casa con un vaso de agua en sus manos, como si nunca se hubiera ido. Llevaba una camiseta holgada que le formaba perfectamente, los hombros relajados y una sonrisa que le llegaba a los ojos. Esos ojos azules que siempre habían sido mi perdición.
Se acercó despacio, como si contemplara algo precioso frente a él. Cuando llegó a mi lado, levantó una mano y acarició la mejilla de Atlas con el pulgar. El bebé soltó un pequeño suspiro en sueños.
—Es perfecto, Annie… —Susurró Zeke, mirándome con esa intensidad que siempre me dejaba sin aire—. Nuestro hijo es perfecto.
—Zeke… —Mi voz tembló. Volverlo a ver, simplemente se sentía como si hubiera recordado cómo respirar fuera del agua. Recorrí todo su cuerpo, cada milímetro, memorizándolo. Estaba ahí.
Se quedó mirándome unos segundos más antes de sentarse detrás de mí, recostándose en el sofá. Me rodeó con sus brazos, envolviéndonos a los dos en un abrazo que olía a él y a hogar. Apoyó la barbilla en la cima de mi cabeza y besó mi cabello.
—Te amo, Baldwin —dijo, su voz vibrando contra mi pecho—. Siempre estaré para ustedes.
Me aferré a su camiseta, cerrando los ojos con fuerza, queriendo fundirme en ese abrazo, queriendo detener el tiempo en ese exacto segundo donde todo el dolor había valido la pena. Quería creerle, quería quedarme a vivir en esa promesa para siempre.
Pero entonces, el cielo dorado se volvió gris. El calor de sus brazos desapareció de golpe, arrancado por un frío intenso. El viento dejó de oler a flores y empezó a oler a desinfectante y a alcohol. El peso de Atlas desapareció de mis brazos, dejándome el pecho horriblemente vacío.
Abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire como si acabara de salir del agua.
—¡Zeke! —grité, desesperada, incorporándome a medias en la camilla. Mis manos buscaron ciegamente algo a lo que aferrarse en el aire vacío—. ¡Zeke!
La luz blanca de la habitación del hospital me cegó. Ya no estaba en esa terraza que me hacía sentir paz; estaba en un lugar lejos de donde quisiera estar. Mis brazos se sentían vacíos sin Atlas en ellos, y mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas, como si de nuevo me hubieran roto el corazón.
—Tranquila, Annie, tranquila, mírame. Estoy aquí.
Unas manos firmes pero cálidas agarraron mis hombros, obligándome a recostarme de nuevo. Parpadeé, enfocando la vista. Era Matthew, quien intentaba tranquilizarme con su voz. Detrás de él, la habitación parecía pequeña para albergar a todos los que estaban allí.
Mi mirada barrió el cuarto. Arthur, mi padre, estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, pero sus ojos reflejaban un terror que pocas veces le había visto. Mamá estaba al otro lado de mi cama; al ver que despertaba, se acercó de inmediato, tomando mi mano en la suya y dejando un beso suave sobre mis nudillos.
—Estamos aquí para cuidarte, mi amor —susurró mamá, con la voz quebrada.
En la esquina, Lion arrullaba a Mia en sus brazos. La pequeña tenía los ojos rojos y brillantes de tanto llorar, pero al verme despierta, escondió su carita en el cuello de su hermano mayor, quien le acariciaba la espalda protectoramente. Lia estaba sentada en el borde de una silla, mordiéndose las uñas con nerviosismo, mientras que Abby, un poco más atrás, mecía a Emilia, que dormía ajena a la angustia que llenaba la sala.
Mis ojos volvieron a Matthew. Tenía los ojos enrojecidos, las ojeras marcadas bajo la piel pálida y el cabello revuelto, como si hubiera pasado las manos por él mil veces. Se inclinó sobre mí y me abrazó. Fue un abrazo tosco, desesperado, de esos que te da alguien que pensó que te perdía para siempre. Sentí la humedad de sus lágrimas empapar el cuello de mi bata médica.
—Tranquila, hermanita, ya pasó. Todo va a estar bien —susurró Matthew, su voz ronca por el llanto.
Ante sus palabras, la bruma del sueño comenzó a disiparse, dejando paso a la cruda y cruel realidad. Estaba en una habitación de hospital, Atlas; no sabía si él seguía conmigo.
Y solo el pensarlo me hizo llevar las manos a mi vientre, tocando la tela de la bata de hospital con desesperación. Ya no había rastro del gel frío, solo un vendaje sobre el pliegue de mi brazo donde seguramente me habían puesto suero y medicamentos.
—Matt… —Mi voz sonó frágil, rota—. ¿El bebé…? ¿Aún está ahí? Dime que no fue un sueño. Dime que el latido fue real.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Vi cómo Lia dejó de morderse las uñas y Arthur dio un paso al frente, casi conteniendo la respiración. Matthew se apartó un poco, limpiándose las mejillas con el dorso de la manga de la camisa que usaba. Me miró a los ojos, y por primera vez en horas, esbozó una sonrisa que, aunque temblorosa, era genuina. Asintió con la cabeza, apretando mi mano libre.
—Sí, Annie. El bebé está ahí. Es tan terco como tú.
Cerré los ojos, soltando un aire que me vació los pulmones. Estaba ahí. Atlas seguía conmigo. La sensación de alivio fue inmensa, pero venía acompañada de una soledad gigantesca, como si los días que había llorado por su ausencia simplemente se hubieran borrado y sus huellas hubieran sido recientes de nuevo.
La puerta de la habitación se abrió con un leve chasquido metálico. Christopher entró, con una tableta médica en las manos y una expresión que no presagiaba nada bueno. Todos los ojos se volcaron a él y a su presencia allí.
Me miró como si intentara escanearme como lo haría una máquina. Se detuvo a los pies de la camilla. Ver su rostro hizo que mi estómago se revolcara; tenía los mismos ojos que su hermano, pero sin la oscuridad que siempre envolvía a Zeke.
—Despertaste —dijo Chris, su tono suave pero cargado de gravedad—. ¿Cómo te sientes? ¿Hay dolor?
—Cansada. Me duele un poco el vientre, como un tirón… —respondí, poniéndome a la defensiva instintivamente—. Chris, ¿ya puedo irme a casa? Estas luces están haciendo que mi cabeza estalle.
Intenté moverme para sentarme, buscando mostrar una fortaleza que no tenía, pero un pinchazo agudo en el bajo vientre me obligó a recostarme de nuevo con una mueca. Mamá apretó mi mano al instante, y vi cómo Arthur tensaba la mandíbula al otro lado de la cama, dando un paso hacia mí.
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