Nosotros en las estrellas - Capítulo 13
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13: 12- Driver’s License 13: 12- Driver’s License Canción sugerida: Driver’s license – Olivia Rodrigo Luego de unas horas desperté con el corazón agitado, sin saber por qué.
El silencio era tan perfecto que dolía.
La habitación seguía igual, intacta, pero algo en el aire había cambiado; quizá solo era yo, o quizá era la preocupación que ya no me iba a dejar dormir.
Después de varios minutos dando vueltas en la cama, me levanté de un impulso, como si algo dentro de mí hubiera presionado un resorte invisible; la inquietud era real.
Salí de la cabina con el pretexto de buscar comida.
Esa fue la excusa que le di a mi cerebro; incluso cuando sabía que en esa cabina estaba todo lo que necesitaba si quería cocinar algo, me seguía insistiendo en que debía ir al restaurante de la nave.
Mi lado lógico insistía en que solo iba por comida, pero mis pies y mi corazón parecían tener otros planes.
Caminé por los pasillos silenciosos de la nave, con las luces tenues y el zumbido constante del sistema de oxígeno acompañándome como un corazón artificial.
Pero mis ojos… mis ojos buscaban en cada rincón, en cada esquina.
Lo buscaban a él.
No tardé en darme cuenta de que la excusa era una mentira; en realidad estaba preocupada.
Por Zeke, lo buscaba en cada paso que daba y eso me enfurecía aún más que la inquietud.
¿Por qué?
¿Por qué ese nudo en la garganta por el hombre que más daño me había hecho?
No tardé en verlo; recorrí el pasillo del sector gamma primero, buscaba en cada rincón, detrás de cada columna, en los puntos visibles y en los puntos ciegos donde no se podía ver claramente por la hora, pero después de caminar unos pasos lo vi.
Zeke estaba ahí en un rincón oscuro, junto a los conductos de ventilación; había un bulto en el suelo.
Cuando lo vi, mi corazón se detuvo; era él, Zeke Kavan, el calculador, el frío, el hombre que jamás dejaba una variable suelta…
tirado en el suelo como un muñeco roto.
Corrí.
Me arrodillé a su lado y le busqué el pulso con las manos temblorosas.
Estaba ahí, débil pero constante.
Su piel estaba helada y su respiración irregular.
No era momento para pensar.
Era momento para actuar.
—¿Zeke?
¿Me escuchas?
—susurré, presionando su cuello con los dedos.
Nada.
Solo un leve gemido.
Con una fuerza que no sabía que tenía, le pasé el brazo por mis hombros y lo levanté como pude, arrastrándolo por el pasillo.
Cada metro se sentía eterno, como si la gravedad se hubiera duplicado.
El miedo a que no despertara me clavaba agujas en el pecho.
Cuando por fin llegamos a la cabina, lo dejé caer sobre la cama, destruyendo de un solo golpe mi frágil muralla de almohadas.
Mi mente médica tomó el control.
Abrí el botiquín de emergencia, le conecté una cánula de oxígeno y le puse suero directamente en la vena.
Luego, con una gasa y antiséptico, limpié las heridas de su rostro.
El olor metálico de la sangre se mezclaba con el del alcohol que sin duda había bebido.
Tenía moretones en la cara y en los brazos, tenía algunas heridas que empezaban a secarse con sangre, tenía el labio partido y una ceja que necesitaba sutura urgente.
Le limpié las heridas con una gasa, ya que no requerían un tratamiento más intenso, y para que le doliera menos al coserle los puntos, puse anestesia en parte de la ceja.
En cada toque con su piel, una corriente eléctrica me recorría; era como una pequeña descarga, siempre la misma sensación cada vez que me acercaba.
Sin embargo, el verlo así, vulnerable, débil e indefenso, el verlo así hacía que mi mente no lo viera como el enemigo.
En este momento, el líder perfecto del Proyecto Éxodo II estaba vulnerable frente a mí, y yo —la asistente— era la única persona allí para mantenerlo con vida.
Pasaron tres horas, tres horas de vigilarlo, de revisar signos, de ajustar el oxígeno y observar los datos en su pulsera biométrica.
Me negaba a dormir; quería que se despertara, incluso si eso significaba que volviera a ser él.
Minutos después, cuando el suero ya se había acabado, cuando estaba retirando el catéter que le había puesto en el brazo, lo vi moverse, quizá del dolor; vi cómo sus ojos se abrían y lentamente se acostumbraba nuevamente a la luz.
—¿Qué…
qué estoy haciendo aquí?
—murmuró con voz ronca, llevándose una mano a la cabeza.
—Ey, lento, estamos en la cabina que se nos asignó —respondí con tono seco, sin mirarlo directamente—.
O mejor dicho, estamos en nuestra “casa” temporal.
Si no te enteraste, por desgracia, parece que Génesis Lab cree que somos compatibles y nos asignó como pareja.
Vi cómo se acomodaba para levantarse de la cama; en cuanto quiso caminar, tuve que sujetarlo para evitar que cayera al piso.
—Gracias…
—su voz todavía muy débil—.
Qué suerte que me tocó contigo.
Pensé que moría después de todo lo que pasó.
Dudé si debía decir algo o si debería preguntarle, pero igual lo hice.
—¿Recuerdas qué pasó?
—Con mi lado analítico y clínico activado, quería entender.
Cerró los ojos, frunciendo el ceño como si tratara de reconstruir los fragmentos de una pesadilla.
—Estaba con Natalie…
en el baño.
Luego llegó un tipo enorme; cuando me di vuelta, solo estaba ahí, furioso…
No entendí lo que dijo; solo me golpeó.
Me quedé inmóvil unos segundos, tragando la amargura que subía por mi garganta.
Era obvio que todo eso tenía que ser por Natalie.
—Intenté defenderme, pero fue inútil —añadió, cansado—.
Me tomó desapercibido; creo que él era su pareja asignada.
—Claro —dije, sin disimular el sarcasmo—.
Pero es que las leyes no son, sino solo para los demás, ¿verdad?
Las reglas no aplican para los líderes como tú y Natalie, ustedes son inmunes, ¿verdad?
No contestó.
Solo vi cómo suspiraba; se veía agotado.
Le di una pastilla para calmar el dolor; vi cómo bebía el agua con dolor e incomodidad.
—Con esto el dolor bajará —dije con tono profesional—.
Descansa.
Me di la vuelta para distraer mi mente con cualquier otra cosa, pero justo cuando me estaba alejando, lo escuché murmurar: —¿Y todas estas almohadas?
¿Qué hacen aquí?
Volteé a mirarlo y, antes de que pudiera responder, empezó a quitarlas una por una, arrojándolas al suelo con una calma irritante.
Odié la calma con la que le hacía como si no le importara; había una razón y él, en ese momento, con cada almohada que tiraba, estaba derrumbando mi frontera, mi escudo, y él las eliminaba sin saberlo.
—Perfecto —murmuré entre dientes—.
Bienvenido a tu nuevo reino; se ve que aquí también eres el líder.
Tomé algunas de las almohadas y caminé hacia el pequeño sofá junto a la pared que estaba ahí al lado de la cama.
Tenía algo claro: no pensaba dormir a su lado, ni siquiera si me lo ordenara el mismísimo Génesis Lab.
—Es ridículo que duermas ahí —dijo su voz, aún ronca pero firme.
—¿Perdón?
—Dije que es ridículo —repitió sin mirarme—.
Es demasiado pequeño.
Mañana no podrás moverte y estarás de mal genio por eso.
Y necesito que mi asistente esté funcional.
Su asistente.
Esa palabra, la que me recordaba con él, me veía; era como si nada hubiera cambiado.
—Ese es mi problema, no el tuyo.
—Woods —susurró, con una mezcla extraña entre autoridad y cansancio—.
Te estoy diciendo que duermas en la cama.
No es una pregunta, es una orden.
Lo odié por eso.
Por el tono.
Por la forma tan natural que le salía, esa fuerza con la que su voz daba órdenes incluso cuando estaba medio inconsciente.
También sabía que discutir con él en ese estado era inútil.
Así que, aunque en otra circunstancia le hubiera peleado, en este momento no lo iba a hacer, así que volví a la cama, con un peso en el pecho que parecía concreto.
Me recosté en el borde, tan lejos de él como era físicamente posible, dándole la espalda.
Y aunque hubiera deseado ignorarlo, mientras estaba ahí acostada a su lado, aun así sentía su respiración, lenta detrás de mí, el calor de su cuerpo expandiéndose por la habitación.
Desperté con la luz dorada, la que simulaba un amanecer.
Me vestí en silencio, y sin pensarlo demasiado, bajé a la cafetería.
No sé si fue culpa, compasión o instinto, pero pedí comida para dos.
Pan, frutas rehidratadas y café.
Todo estaba perfectamente empaquetado.
—¿No sabes que los líderes y sus parejas no trabajan hoy?
—preguntó Christopher, apareciendo de repente a mi lado con una sonrisa de esas que siempre logran calmarme un poco.
—Supongo que a mi “pareja” se le olvidó mencionarlo —respondí, intentando sonar divertida.
—¿Ya se llevan mejor?
—preguntó, curioso.
Mire cómo estaba tratando de descifrar qué estaba pasando, así que en vez de decirle todo lo que estaba pasando, forcé una sonrisa y asentí.
—Digamos que lo intentamos.
Es un nuevo comienzo, ¿no?
Hay que…
conocerse.
Christopher soltó una risa breve y guiñó un ojo.
—Te lo dije, una noche es suficiente para cambiar las cosas.
No había cambiado del todo; sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, me di cuenta de algo más aterrador: mis sentimientos estaban empezando a cambiar y realmente ya no estaba segura de si lo odiaba o si empezaba a tener miedo de lo contrario.
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