Nosotros en las estrellas - Capítulo 14
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14: 13- I don’t wanna live forever 14: 13- I don’t wanna live forever Canción sugerida: I don’t wanna live forever – Zayn, Taylor Swift Después de despedirme de Christopher con una sonrisa hipócrita que no llegaba a reflejarse en mis ojos, regresé a la cabina.
La mentira que le había dicho —“tratamos de llevarnos bien”— seguía flotando en el aire como un humo pegajoso que me perseguía a todo lado.
Al llegar, dejé la bandeja con la comida en su mesita de noche y me quedé mirándolo un momento.
Zeke dormía profundamente.
Su respiración era tranquila, el rostro relajado; se veía inofensivo en ese estado.
El líder arrogante y perfecto había sido temporalmente reducido a un chico herido y qué peligroso era verlo, tan humano y no tan imposible como siempre; nadie te advierte lo mucho que puede desarmarte una sola imagen.
Me di vuelta y caminé directo al closet, tomé mi traje de trabajo, me puse un poco de maquillaje, nada muy notorio, un poquito de blush, máscara, sombras y labial, me puse los zapatos y caminé hacia la salida de la cabina, esta vez sin mirar atrás, pero justo cuando ya iba saliendo, su voz me detuvo.
—¿Vas a ir a trabajar?
—su voz áspera me sobresaltó.
—Supongo que sí —respondí, recuperando la compostura—.
Alguien tiene que seguir con el proyecto.
Las anomalías no se van a estudiar solas.
Tú come algo y quédate quieto.
No estás para jugar al héroe —lo señalé con la mano, abarcando su cuerpo—.
A menos que tu plan sea desmayarte a mitad del pasillo otra vez.
—No tienes que ir —insistió, incorporándose con un esfuerzo que le arrancó una mueca de dolor —.
Tenemos tres días libres.
Protocolo de adaptación de pareja.
“Adaptación de pareja.” Qué nombre tan hipócrita.
Era una broma cruel, como si adaptarse a una persona con la que vas a estar el resto de tu vida fuera tan fácil que solo bastaran tres días para desarrollar con éxito eso; era como si Génesis Lab creyera que el simple hecho de compartir un espacio podía fabricar sentimientos.
Un manual de cómo atar a dos desconocidos y decirles que sonrían mientras tanto.
—Genial —dije, soltando el sarcasmo; no quería pasar tiempo con él, no quería mostrarle que estaba empezando a desarrollar sentimientos por él—.
Entonces iré a ver a Matthew.
Él y Abby parecen estar disfrutando su “adaptación”.
No alcancé a dar dos pasos cuando lo escuché de nuevo: —Quédate.
No lo dijo con autoridad ni con súplica; era solo una palabra seca, desnuda, casi humana, y por esa razón me desconcertó más.
—¿Para qué?
—pregunté, cruzándome de brazos.
Zeke exhaló despacio, como si le costara admitir lo que iba a decir.
—Necesito entender esto, Woods.
Por qué nos asignaron juntos.
No tiene sentido.
Tú eres…
una variable que no logro calcular.
Esa palabra me golpeó.
Para él, yo seguía siendo una variable.
Una que le generaba problemas y que le había dañado su plan perfecto, su vida perfecta con Natalie.
Aún seguía siendo la misma variable que había usado en la simulación, la que me había reducido a un error en su ecuación.
—¿Una variable?
¿De verdad solo soy eso para ti?
—escupí las palabras—.
¿Un dato estadístico?
¿Un fallo de laboratorio?
¡No soy un número, Zeke!
¡Soy una persona!
Esperaba su frialdad habitual, una respuesta técnica, una de esas frases que matan cualquier emoción.
Pero no.
Fue mucho peor; me miró en silencio.
Observándome.
—Tu ritmo cardíaco se disparó —dijo al fin, con un tono casi pensativo—.
Tus pupilas están dilatadas.
Reacción fisiológica ante una percepción de deshumanización.
Lo miré incrédula.
—¿Acabas de analizar mi enfado como si fuera un informe médico?
Él bajó la mirada.
Como si nunca lo hubiera dicho, volvió a su tema principal.
—Eres la otra mitad de la ecuación —murmuró, y por primera vez lo vi cansado, de verdad—.
Y sinceramente, ahora mismo, no quiero estar solo.
Ni puedo moverme.
Quédate…
por favor.
Esa última palabra me desarmó.
No era una orden fría; por primera vez estaba hablando el humano, el que estaba al mismo nivel mío.
Esta vez era una petición.
—De acuerdo —cedí, aunque la palabra me supo amarga—.
Pero ni creas que voy a ponerme a cantar ni a contarte mis traumas de infancia.
Él sonrió, apenas.
Una sonrisa diminuta, casi invisible.
Sabía que había ganado esta vez.
—Menos mal.
No soporto las serenatas.
Rodé los ojos, pero algo en el ambiente se suavizó.
Encendí el TV, el que estaba debajo de la repisa con las orquídeas, y seleccioné una de las viejas películas que teníamos disponibles en la nave, dejé el control en la mesa y de paso me senté en el sofá.
Él se quedó en la cama; ninguno de los dos dijo una sola palabra; sabíamos que debíamos guardar esa pequeña distancia que nos separaba, una prudente distancia que se sentía más como una tregua.
El aire estaba denso, cargado de algo que no sabría nombrar.
Ni hostilidad, ni paz.
Solo… tensión.
A mitad de la película, se levantó con dificultad y regresó con dos vasos de agua.
—Bebe —dijo, tendiéndome uno—.
Estás deshidratada.
Tus labios están pálidos.
No sonó como una orden.
Era una observación simple, casi…
cuidadosa; seguía siendo él, no peleé en contra de su voz médica, no había nada que hacer; tomé el vaso sin mirarlo demasiado.
Cuando la película terminó, el silencio volvió a llenar la habitación.
Ya no había voces de por medio separándonos; vi cómo se acomodó como si estuviera buscando el momento adecuado, hasta que lo encontró.
—Sé que no me quieres aquí —dijo él, sin rodeos—.
Y sé que no eres Natalie.
—No, no lo soy —respondí, sin intentar ocultar la acidez en mi voz—.
No soy la perfecta Natalie, la que nunca se equivoca, la que todos parecen admirar.
Zeke apartó la mirada.
—Nunca fui lo que parecía con ella.
Era una alianza.
Conveniencia.
Reí, pero la risa sonó hueca.
—¿Y lo nuestro qué es?
¿Una complicación?
¿Un error de programación?
No, Zeke, yo tampoco te elegí, nunca lo hubiera hecho, pero tampoco tenía opción —dije recostándome en el sofá, ahora mirando al techo.
Guardó silencio un largo rato.
Luego, con la voz más baja, dijo: —Yo también tuve una hermana menor.
La confesión me tomó por sorpresa.
Era la primera vez que lo escuchaba hablar así, sin frialdad, sin cálculo.
—Era mi responsabilidad cuidarla —continuó—.
Pero un día…
desapareció.
Sin aviso, sin rastro.
Nunca la encontré.
Mis labios se movieron, pero no salió nada; no sabía qué decir; verlo así, humano, vulnerable, me desarmó.
Y me dio miedo.
Porque si él era capaz de sentir, entonces todo lo que yo había construido para odiarlo empezaba a tambalearse.
—Sabes…
no me importa —dije por reflejo, intentando cerrar el espacio que se abría entre nosotros.
Él alzó la vista, dolido.
—¿Quieres escuchar por una vez, Woods?
—me interrumpió, con rabia y tristeza entrelazadas—.
Siempre dices que soy un terco que no escucha, pero mírate.
¡Eres igual!
Te escondes detrás de tu odio, igual que yo me escondo detrás de mi lógica.
¡Levantas muros y luego te quejas de estar sola!
¡No somos tan diferentes!
La frase me dejó inmóvil.
Porque dolía y había una pizca de razón en sus palabras.
Me acerqué un poco; decidí cortar parte de la distancia, me levanté del sofá y me hice cerca de él, lo suficiente para sentarme en el borde de la cama.
Crucé los brazos, intentando mantener el control.
—Está bien, te escucho —dije, bajando la voz—.
Pero que quede claro: sí somos diferentes.
Demasiado diferentes.
Él soltó una risa débil, casi nostálgica.
—Ojalá lo fueras tanto como crees.
Nos quedamos en silencio.
La nave zumbaba suave a nuestro alrededor, recordándonos que estábamos atrapados allí, compartiendo oxígeno, historia y ahora… algo más difícil de medir, un destino común.
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