Nosotros en las estrellas - Capítulo 15
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15: 14- Secrets 15: 14- Secrets Canción sugerida: Secrets – OneRepublic —Mi hermana desapareció antes del quiebre, estaba jugando en el parque y, bueno, de un momento para otro ya no estaba.
—Miró hacia la pared como si esta le permitiera ser fuerte—.
Unos minutos después fue el quiebre, y si antes había muy pocas posibilidades de encontrarla, después del quiebre había menos.
No sabía si me intrigaba saber más de su historia o si estaba cayendo directo en su juego.
Pero la curiosidad —esa parte terca y egoísta de mí que siempre necesitaba encajar las piezas— volvió a ganar.
Había algo incómodamente humano en ese Zeke que me hablaba ahora, un reflejo de dolor que no podía fingirse.
Me incliné hacia el borde de la cama, sin poder apartar la vista de él, del chico que había aprendido a odiar durante años.
—¿Qué sabes de ella?
¿De tu hermana?
—pregunté, intentando sonar neutral, aunque por dentro todo mi cuerpo vibraba con la urgencia de la pregunta.
Él levantó la vista, y por primera vez vi algo que nunca había visto en Zeke Kavan: miedo.
Miedo real.
El miedo de un niño que ha perdido demasiado.
—No mucho, Woods.
Su nombre era Isabella… tendría tu edad ahora.
Entré a este maldito programa porque una de las instructoras, Elia, me dijo que había rumores.
Que estaban reclutando niños huérfanos, sin familia, perdidos.
Era una mínima posibilidad de encontrarla.
Y desde entonces no ha pasado un solo día sin que me pregunte dónde está.
No supe qué decir.
En ese silencio, nació un impulso que no pensé, solo sentí.
Me incliné hacia adelante y lo abracé.
Su cuerpo se tensó, por unos segundos, como si el contacto fuera un idioma que no recordaba.
Sin embargo, lentamente, se rindió, apoyando la cabeza en mi hombro; sentí su respiración, pesada y temblorosa, y algo en mí se ablandó.
No sabía si lo hacía para consolarlo o porque necesitaba probar que detrás de toda esa coraza había alguien real.
Nos quedamos así un momento; ninguno de los dos se separó, o dijo una sola palabra.
En momentos así, el silencio era suficiente; sabíamos que estábamos con miedo.
Sentía cómo lo llenaba de tristeza su pérdida, y odiaba la forma en la que él sentía que todo era su culpa.
Y cuando me aparté, con el rostro encendido, ya nada era igual, ya no estaba la distancia o los muros que me había obligado a construir.
—¿Nunca supiste nada más?
—pregunté, sin poder disimular la ansiedad.
—Sé que está viva —dijo, con un tono más firme—.
He seguido algunas pistas, he podido encontrar algunas coincidencias en los registros del sistema, he buscado en todo lado, nombres que cambiaron, perfiles falsos.
Hay una chica en la nave que coincide con su ADN base, pero le cambiaron la identidad.
No tengo pruebas aún… y si Chris lo supiera, lo destrozaría.
Chris.
Sentí como un escalofrío recorría mi cuerpo.
Él debió ser muy pequeño cuando todo pasó.
Sabía que, a diferencia de Zeke, Chris solía ser una persona más amable, más sensible, y el solo saber que él también estaba en el centro de ese misterio lo hacía más peligroso, más íntimo.
—¿De verdad crees que está aquí, en la nave?
—pregunté.
—Sí.
Y aunque no la reconozca, la voy a encontrar.
—Sus ojos se endurecieron apenas—.
Pero Annie, por favor, no digas nada.
A nadie.
Especialmente a Chris; confío en ti, Woods.
Confío en ti.
Las palabras me atravesaron.
No recordaba la última vez que alguien me las había dicho.
Y lo peor era que provenían de la última persona del universo de la que esperaba escucharlas.
—No diré nada.
Lo prometo —murmuré, más para él que para mí.
En ese momento habíamos sellado una tregua silenciosa, un pacto que se hallaba entre nosotros; una paz compuesta de temor, agotamiento y la necesidad humana de no estar solo.
Era una tregua que nos acercaba más como la pareja que Génesis Lab había elegido para nosotros que como el jefe y la subordinada que éramos.
—¿Por qué me lo contaste?
—pregunté al fin.
—No lo sé —respondió después de un largo silencio—.
Tal vez porque esta vez no quiero cargar con todo.
No quiero ser el líder aquí.
No contigo.
—Hizo una pausa—.
Además, tú también pareces llevar una mochila pesada encima.
—Tal vez querías que sintiera lástima de ti, para que no te denunciara por no llegar ayer —dije medio en broma, tratando de suavizar el ambiente.
—Definitivamente, es eso, Woods, no es como que la persona con la que estaba sea quien pone las reglas aquí en la nave —dijo dándome un empujón suave en el hombro.
Pero fuera de la broma y las risas, sus palabras aún seguían en el aire.
Tragué saliva, tratando de ignorar el sentimiento, pero era cierto.
Todos llevábamos cargas, secretos y sufrimientos, pero algunos aprendíamos a esconderlos mejor.
Como el que las había escondido bajo su abrigo del líder cruel.
Me tumbé en la cama, justo a su lado; me acosté mirando el techo.
—¿No extrañas… antes?
—pregunté, sin mirarlo—.
Cuando todo era más fácil.
Cuando no necesitabas una huella dactilar para entrar en tu casa.
Zeke rio.
Y por primera vez, no fue una risa irónica, sino genuina.
—Tenías cuatro años, Woods, qué tan difícil podía ser la vida de una niña nacida en una de las mejores familias de la tierra.
—Dijo en forma de broma pasando su mano por mi cabello—.
Pero sí, Woods, a veces.
Extraño mi vida, aunque nunca fue exactamente fácil.
No nací en una familia con dinero, así que siempre tuve que ser el que aguantaba, el hermano mayor, el ejemplo; para mis padres yo era el único que no podía fallar.
Me acostumbré tanto a eso que olvidé cómo ser humano.
Giré mi cabeza en su dirección y por primera vez no parecía un comandante, ni un genio, ni una amenaza.
Parecía alguien que nunca había sabido cómo disfrutar de la vida; él no sabía qué era descansar.
—Ojalá encuentres a Isabella —susurré, casi sin voz—.
Todo el mundo merece una respuesta.
—¿Y tú, Woods?
—preguntó, girando apenas la cabeza—.
¿Qué estás buscando tú?
La pregunta me desarmó, porque ni yo sabía cómo responderla.
¿Qué estaba buscando?
¿Vengar a mis padres?
¿Demostrar que era suficiente?
¿Sobrevivir solo por costumbre?
—Supongo que busco encontrarme a mí misma —admití al fin—.
Sobrevivir no basta si no sabes para qué lo haces, ¿no?
Zeke asintió despacio.
Como si por fin empezara a sentir empatía.
—No es tan diferente de lo que yo busco.
Habíamos entrado en el estado de tranquilidad, de cuestionarnos la vida, pero no de una forma destructiva, solo observando; era una intimidad que no se lograba con cualquiera.
Duramos un rato ahí mirando a un punto fijo; hacía mucho el silencio, había dejado de ser incómodo y se había vuelto nuestro aliado.
—¿Y qué harás cuando la encuentres?
—pregunté en voz baja rompiendo la calma—.
¿Serás el mismo Zeke que todos temen?
¿O vas a dejar que alguien te conozca de verdad?
No respondió.
Pero su silencio no fue vacío.
Era un silencio que decía más de lo que se atrevía a admitir.
Vi cómo cerró los ojos, el cuerpo cediendo al cansancio y, por primera vez, descansaba.
Me quedé ahí, sentada junto a la cama, observando su respiración tranquila, la manera en que su rostro parecía más joven, menos afilado.
Y por primera vez en mucho tiempo, al cerrar los ojos, no sentí miedo.
Solo esa extraña calma que llega cuando entiendes que algo está cambiando, aunque aún no sepas hacia dónde.
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