Nosotros en las estrellas - Capítulo 16
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: 15- What was I made for?
16: 15- What was I made for?
Canción sugerida: What was I made for?
– Billie Eilish El aire en la cabina era denso, casi como si los paneles de la nave se hubieran cerrado todavía un poco más.
Entre mis pensamientos y el peso de la charla, Zeke y yo parecíamos atrapados en una esfera propia, aparte del resto del universo.
Me quedé en silencio, dejándole espacio para sentir y mostrar ese dolor que, claramente, nunca se había permitido mostrar.
Su armadura se había agrietado, y de alguna manera torpe y brutal, yo la había visto romperse.
Sabía cuál sería su respuesta, pero igual necesitaba ofrecerlo.
—Yo te puedo ayudar —dije en voz baja, y fue la promesa menos romántica y más honesta de mi vida—.
A encontrarla.
No soy tu “Nat”, pero puedo ser útil.
Él negó, despacio, sin mirarme.
—Primero, doy gracias de que no seas Natalie —murmuró, y fue lo más parecido a un cumplido que había salido de su boca—.
Segundo, no quiero a nadie más en esto.
¿Puedes entenderlo?
No era orgullo, era miedo.
Miedo de perder lo poco que le quedaba, miedo de arrastrar a alguien más a su caída.
Asentí, sintiendo cómo algo dentro de mí volvía a cerrarse: una promesa silenciosa que no podía romper.
Me levanté.
Necesitaba moverme, respirar, aclarar mis ideas.
Fui hasta la cocina de la cabina que por primera vez usaría; era un acto simple, pero que decía a gritos que estaba aceptando que esta sería mi nueva realidad.
Empecé a cocinar, saqué dos pedazos de bistec de la nevera y una cantidad razonable de papas fritas.
Era un plato simple, algo que cualquier persona podría cocinar, pero en este momento no era cualquier acto; usualmente lo preparaba para Matthew.
Fue lo primero que aprendí en la mini cocina que nos habían asignado en el búnker, una comida que con el tiempo se convirtió en su plato favorito y yo lo cocinaba siempre que él tenía un mal día.
Saber que ese gesto podía arropar a alguien, aunque fuera Zeke, me trajo un tipo de consuelo raro, amable.
El sonido de la carne al tocar la sartén, el chisporroteo del aceite, el aroma de las papas dorándose…
Por un instante, aquella nave de acero se llenó de un eco cálido, casi humano.
Cocinar era mi forma de crear refugio.
—Huele…
bien —dijo su voz detrás de mí, más cercana de lo que esperaba.
Me giré y lo vi de pie, apoyado en la isla que estaba en el medio separando la cocina del resto de la cabina.
Caminaba lento, pero con esa dignidad testaruda que lo definía.
Aun herido, Zeke se negaba a ceder por completo.
—Es solo comida —respondí, removiendo las papas sin mirarlo del todo—.
Nada extraordinario.
—Bueno, este acto, nada extraordinario, huele maravilloso —dijo acercándose más; estaba segura de que él sabía lo que hacía—.
Nadia había cocinado nada nunca para mí, Woods, eso te hace especial.
Solo me reí de su tentador acercamiento; sabía que lo hacía para jugar conmigo, así que actué normal y seguí.
Tomé dos platos de la alacena, serví la comida y los puse en la pequeña mesa.
Él se sentó frente a mí, y por un momento me sorprendió la imagen: comíamos juntos, sin protocolos, sin máscaras.
Solo dos personas intentando ser normales.
Comimos en silencio, pero ya no era ese silencio hostil, sino uno distinto.
Cargado de algo que no sabría nombrar.
Expectativa, quizá.
O una especie de tregua.
—¿Por qué sigues aquí, Woods?
—preguntó de pronto, mirándome con esa mezcla de curiosidad y desconcierto—.
Podrías haberte ido.
Podrías haberte ido y haberle dicho a tu hermano que te sientes amenazada, y él hubiera movido cielo y tierra por sacarte de aquí.
¿Por qué no lo hiciste?
No sonaba a reproche.
Quería entenderlo.
—No lo sé —admití, encogiéndome de hombros—.
Supongo que porque… por primera vez, no parecías un robot.
Él sonrió, y por primera vez fue una sonrisa verdadera.
—No soy un robot, Woods.
—No, ya lo sé, pero a veces eres muy calculador, analizas, ves las variables todo el tiempo y, bueno, también eres un terco egocéntrico la mitad del tiempo —dije sin pensar, y la frase me sonó más tierna que ofensiva.
Zeke bajó la mirada, serio.
—¿Por qué te molesta tanto Natalie?
Cada vez que digo su nombre, es como si el aire se cortara.
Sentí mis mejillas arder.
—Eso no es cierto.
—¿No?
—replicó con calma—.
No me digas que son celos.
—No estoy celosa —contesté rápido.
—¿No?
—pregunto, como si la respuesta fuera obvia.
—No, no son celos, solo que Natalie es…
irritante —dije alzando la voz más de lo necesario—.
Además, me molesta que te rodees de quien te es útil.
Es lo único que sabes hacer… usar a la gente.
—No tienes ni idea —dijo, sin dureza, pero con un cansancio que me detuvo—.
Con Natalie todo es fácil.
Predecible.
No hay sobresaltos.
Es la ecuación perfecta.
Nada exige cambiar.
Me miró, buscando algo que no sabía si podía darle.
—Contigo todo es un caos, Woods.
Y eso me da miedo.
No puedo prever nada de lo que vas a hacer o decir.
Es agotador… pero sabes qué es lo peor, que no puedo evitarlo.
Caos.
No lo dijo como un insulto, sino como quien se rinde ante un huracán.
Y aunque sabía que era una confesión de su parte, no sabía como responder ante eso, ante su honestidad, su miedo, así que decidí ignorar sus palabras, no le respondí nada, me quede mirándolo más de lo necesario, buscaba descifrarlo quizá, no entendía por qué su cambio repentino, si antes de subir a la nave estaba segura de que en cuanto le dieran la opción la primera que él lanzaría al vacío sería yo, porque ahora no, porque ahora quería confiar en mí, contarme sus miedos, así que la respuesta más sabia fue el silencio, ambos lo entendimos con la mirada, después de terminar de comer, recogí los platos, parecía una coreografía ensayada, él se levantó también y me paso su plato, rozando mi mano.
No fue un accidente.
Fue un ancla; era él diciendo “Esto es real”.
—Gracias por quedarte —dijo, simple.
Pero su sinceridad apretó algo en mi pecho.
Después de organizar y lavar los platos, volvimos a nuestra ahora habitación compartida; los dos nos sentamos en la cama, cada uno en su extremo, y nos quedamos allí por un largo tiempo, el aire nocturno circulando suave por el sistema de ventilación.
Miré por la ventana, donde una corriente de estrellas cruzaba el vacío como un río brillante.
—¿Te has preguntado por qué estamos aquí realmente?
—susurré.
—A veces —respondió, su tono tan serio como el mío—.
Pero otras pienso que todo esto —la nave, el planeta, el proyecto— es solo un experimento para ver cuántas veces puedes perderte y seguir de pie.
—¿Crees que alguien nos está mirando?
—pregunté, recordando los exámenes, las cámaras, las simulaciones.
—Mirando y escuchando no, pero siempre están analizándonos —dijo sin dudar.
El silencio volvió, pero esta vez era amable.
Como la calma antes de una verdad.
—No eres un error, Woods —murmuró entonces—.
Eres impredecible.
Y eso da miedo.
Pero también… es lo más real que tengo.
Por primera vez, supe que me veía.
No como un dato o una asistente, sino como una persona.
Annie Woods.
Imperfecta, viva.
Me reí, y a la vez sentí ganas de llorar.
—¿Crees que en algún momento nos dejen elegir algo de nuestro destino?
—pregunté, más para mí que para él.
—No del todo, pero es imposible controlar a cien personas a miles de años luz.
Pero hay cosas que sí puedes elegir —susurró, la voz temblando apenas—.
Puedes elegir a quién dejas entrar en tu vida.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Y tú… a quién dejarías entrar, Kavan?
—pregunté, clavando mis ojos en los suyos.
Él sonrió.
Una sonrisa pequeña, vulnerable, peligrosa.
Nunca sabremos cuántas veces la vida, o el destino, o los algoritmos de Génesis deciden quiénes son compatibles.
Pero algo en mí supo, en ese instante, que hay conexiones que desafían cualquier lógica.
Quizá no sabía para qué estaba hecha.
Pero esa noche, en una cabina minúscula a bordo de una nave interplanetaria, sentí —aunque solo fuera por un respiro— que estaba exactamente donde debía estar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com