Nosotros en las estrellas - Capítulo 17
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17: 16-Wonder 17: 16-Wonder Canción sugerida para este capítulo: Wonder – Shawn Mendes El silencio era lo único que quedaba entre nosotros, después de la conversación, de la comida e incluso de las confesiones.
Solo quedaban los restos del eco, las palabras suspendidas en el aire como fragmentos que no sabían si debían caer o quedarse flotando.
En medio de todo, entre las murallas invisibles que habíamos levantado con tanto esmero, algo se estaba resquebrajando.
Podía sentirlo.
No era solo la tensión; era ese extraño comienzo de algo que todavía no sabíamos si sería destrucción o alivio.
Yo no sabía cómo manejar lo que empezaba a pasar entre nosotros; esa comodidad era extraña, no entendía cómo llenar el espacio que se abría entre nosotros y que a la vez me quemaba por dentro.
En mi intento de no ahogarme en la marea de emociones, hice lo que mejor sabía hacer: poner distancia.
—Deberías descansar —dije, fingiendo firmeza.
Quise que sonara a orden, pero en realidad era una súplica.
Una forma de rescatarme de mí misma.
Él inclinó la cabeza, esbozando esa media sonrisa suya que nunca sabes si es burla o resignación.
Esa sonrisa era una grieta, una que no sabía si invitaba a entrar o advertía que aún dolía.
—Interesante —murmuró con esa ironía tan suya—.
Hace cinco minutos decías que te trataba como a un robot y ahora me hablas como si fuera tu paciente.
Curioso.
Su voz tenía filo, pero también cansancio.
—Parece que los dos preferimos disfrazar lo que sentimos antes que admitirlo.
El comentario me atravesó más de lo que quería admitir.
Sentí cómo la sangre me subía a la cara, caliente, como una corriente imposible de disimular; aunque no podía verme, sabía lo rojos que estaban mis pómulos por su comentario.
—No empieces, Zeke, en este momento, no estoy para tus análisis —respondí, intentando sonar firme, pero soné herida.
—No estoy analizándote —replicó sin alzar la voz—.
Solo intento entender por qué sigues huyendo incluso cuando no hay nadie persiguiéndote.
Sus palabras me desarmaron por completo.
Lo odiaba cuando hacía eso: cuando me veía tan claramente que me daban ganas de desaparecer.
—¿Y tú?
—repliqué al fin, con un tono más bajo, más peligroso—.
¿Qué se supone que haces tú?
Te escondes detrás de los protocolos, de tus malditas fórmulas.
Ni siquiera sabes cómo sentir algo sin medirlo antes.
El silencio que siguió se sintió denso, como si la habitación se achicara a nuestro alrededor.
Zeke me sostuvo la mirada unos segundos que parecieron eternos.
En sus ojos había rabia, sí, pero también algo más.
Algo que no supe si era miedo o reconocimiento.
—Tal vez —dijo al fin, con un suspiro que no quiso mostrar—.
Pero al menos yo no niego lo que está frente a mí.
Ese fue el golpe final.
—¿Qué quieres, Zeke?
—pregunté, más cansada que molesta—.
No estoy para juegos.
—Yo tampoco —contestó.
Su voz bajó un tono, grave, contenida—.
Pero tampoco voy a fingir que no ha pasado nada.
—Pues no pasó nada —mentí, con una seguridad que me tembló por dentro—.
Para mí, sigues siendo la última persona con la que querría compartir algo.
Él me miró en silencio.
Ni un gesto, ni una palabra.
Solo esa mirada que pesaba más que cualquier respuesta.
—Eres imposible, Woods —dijo al fin, viendo cómo me levantaba con brusquedad.
El chillido de la silla al arrastrarse fue la última línea de mi frontera.
Necesitaba aire.
Me refugié en la cocina; el agua tibia golpeaba mis manos como una excusa, como si pudiera borrar la conversación.
Cuando volví, él ya estaba acostado.
No dormía.
Me observaba desde la penumbra, inmóvil, con los ojos abiertos.
Su mirada era tan intensa que me sentí expuesta, como si me estuviera desarmando pieza por pieza solo con observarme.
Era una mirada que contenía mil cosas no dichas.
Perdón, rabia, miedo… o algo más.
—Voy a salir, no sé cuánto tarde; por favor, quédate aquí —dije, sin darle oportunidad de decir una sola palabra.
Al salir de la cabina, caminé por el pasillo, ansiando al menos un poco de aire, incluso si no era real y oliera a filtro nuevo y metal reciclado.
Todo mi cuerpo necesitaba escapar de las preguntas que me ardían por dentro.
¿Por qué yo seguía buscando validación en sus palabras?
El laboratorio estaba vacío, apenas iluminado por una línea de luz azul que recorría el techo como una respiración lenta.
El sonido del sistema de ventilación llenaba el espacio con un sonido constante, casi hipnótico.
Me senté frente a una terminal y abrí mi expediente, ese mismo archivo que había leído cientos de veces, pero nunca con tanta desesperación.
El reflejo del monitor me devolvía una versión cansada de mí misma.
Pestañeé.
Comencé a revisar los registros médicos, uno tras otro.
Los informes eran siempre los mismos: resistencia atípica al frío, fatiga tardía, tolerancia anómala a las fuerzas G.
Todo acompañado de la misma nota: error de equipo.
Fallo en la lectura.
Datos inconclusos.
Nunca un diagnóstico claro.
Nunca un reconocimiento; eran solo silencios y dudas archivadas en carpetas digitales, varios errores archivados en donde nadie los revisaría.
¿Era yo la falla… o el sistema temía lo que mis datos revelaban?
Esa pregunta me mareó.
La mente se me fue a los entrenamientos, a las pruebas, a cada vez que me dijeron “vuelve a intentarlo”.
A las miradas que evitaban la mía.
Al murmullo de los supervisores cuando creían que no escuchaba.
Siempre fui un error que respiraba.
Perdí la noción del tiempo entre informes, simulaciones y recuerdos.
Solo cuando mis párpados pesaban una tonelada, decidí volver.
La luz artificial ya simulaba un amanecer.
En el pasillo, el suelo vibraba apenas por el cambio de ciclo energético.
Todo estaba en calma, como si el módulo entero contuviera la respiración.
Caminé de puntillas para no despertarlo, pero el cuerpo no me dio más.
Me dejé caer en el pequeño sofá, vestida, con el cansancio mordiéndome los huesos.
Dormí, o algo parecido.
No sé cuánto tiempo pasó.
Pero me despertó el calor de su cuerpo.
Pensé que era un sueño, en el que ni siquiera cuando dormía podía dejar de pensar en Zeke, pero en realidad nunca fue un sueño.
Unos brazos fuertes, torpes, me levantaban del sofá.
El movimiento fue tan suave que tardé unos segundos en entenderlo.
Era él.
Zeke.
Su olor me envolvió antes que la voz.
Contuve la respiración —por reflejo, por miedo a mostrar sorpresa— y fingí seguir dormida mientras me cargaba.
El silencio entre nosotros se volvió distinto.
Ya no pesaba.
Me dejó sobre la cama con cuidado, como si temiera romper algo.
Me cubrió con la manta, y por un instante su mano rozó mi mejilla.
Ese roce fue más revelador que cualquier palabra dicha o callada.
No era compasión.
Tampoco simple cariño.
Era reconocimiento.
Cuando abrí los ojos, él ya estaba en la pequeña cocina, de pie junto a la mesa.
Había café para dos.
El vapor subía en espirales lentas, flotando en el aire reciclado.
Me extendió una taza sin decir nada.
El gesto de la noche seguía allí, suspendido, como un hilo invisible que ninguno de los dos se atrevía a cortar.
—Tenemos tres días —dijo al fin, su voz áspera, como el primer trago de café después del frío—.
No pienso desperdiciarlos.
Trae tu tableta.
Así zanjó el peligro de hablar del gesto.
Era su refugio habitual: esconderse tras la rutina, tras los planes, tras el control.
Pero algo había cambiado.
La frontera entre nosotros ya no estaba tan clara.
Saqué la tableta y me senté frente a él.
—Anoche estuve en el laboratorio —dije.
Sus cejas se arquearon, pero no dijo nada.
Subí el brillo de la pantalla.
Los informes parpadearon entre nuestros rostros.
—Encontré algo raro —añadí.
Él la miró con esa atención suya total, la misma que usaba para diseccionar sistemas o hipótesis.
Como si pudiera arrancar respuestas solo con la mirada.
—No sé por qué sigo aquí —confesé, la voz más baja.
—Sí, ya sé que me odias; aunque sea mentira, voy a fingir que no me importa.
Ahora concentrémonos en tu ADN —dijo pasando su mano por el cabello.
—No me refiero aquí en esta cabina contigo, Zeke, me refiero a esta nave; en cada simulación, mis biométricos registran fallas.
Siempre: “error del dispositivo”, “problema con la cápsula”.
Nunca me leen como un dato real.
Génesis Lab no tiene información confiable sobre mí bajo estrés.
¿Por qué me dejaron subir, entonces?
¿Por qué arriesgarían una variable que no pueden controlar?
El silencio que siguió fue distinto al de antes.
No incómodo.
Reflexivo.
Casi… humano.
Temí que me desestimara, que dijera “Woods, estás exagerando”.
Pero no.
Se quedó en silencio, los ojos llenos de hipótesis, de ecuaciones invisibles.
Por primera vez, no buscaba refutarme, sino entender.
—No está mal, Woods —dijo al fin, inclinándose sobre la mesa.
Sus dedos rozaron la superficie de mi tableta.
Debe haber algo más.
Necesitamos buscar más a fondo.
Esa frase, simple, me golpeó más fuerte que cualquier elogio.
Porque no me hablaba como superior.
Me hablaba como a un igual.
Lo observé unos segundos.
Había algo distinto en su rostro, un cansancio que no había visto antes.
No era físico.
Era el cansancio de alguien que, por primera vez, se permitía bajar la guardia frente a alguien como yo.
El vapor del café se mezclaba con la luz blanca de la mañana simulada.
Por un momento, todo pareció suspendido: los informes, el miedo, el pasado.
Solo estábamos él y yo, en esa calma extraña que sucede cuando el ruido interno se apaga.
—Zeke —dije, sin pensar demasiado—.
¿Alguna vez has sentido que algo dentro de ti no encaja, pero tampoco quieres que lo arreglen?
Él alzó la vista.
No respondió de inmediato.
—Todo el tiempo —susurró al final.
Y eso bastó.
No hizo falta nada más.
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