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Nosotros en las estrellas - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 18- Born with a broken heart
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19: 18- Born with a broken heart 19: 18- Born with a broken heart Canción sugerida: Born with a broken heart.

—Damiano David ZEKE “Te odio, Kavan.” Sus palabras se quedaron rebotando en mi cabeza como una bala sin destino.

No era la primera vez que Annie me decía eso; lo había hecho en las simulaciones, en los entrenamientos y en cada momento en el que el azar nos obligaba a trabajar juntos.

Pero esta vez fue distinto.

No sonó como un insulto ni como una forma de defensa.

Sonó real, cargado de algo más profundo, como si detrás del odio hubiera miedo, frustración… o tal vez algo que ni ella misma entendía.

Y eso, más que doler, me desarmó.

Annie tenía ese don maldito de atravesar mis muros.

No necesitaba esfuerzo para hacerlo.

Bastaba una mirada suya para poner al descubierto lo que los demás ni siquiera imaginaban que existía en mí.

Era como si pudiera leerme por dentro, encontrar las grietas que llevo años escondiendo bajo una capa de control y lógica.

Lo más desconcertante era que no parecía hacerlo a propósito; simplemente, lo hacía.

Y eso la volvía aún más peligrosa para mí.

Había pasado la mitad de mi vida construyendo barreras para no sentir, para no fallar otra vez.

Mi trabajo, mis órdenes, mi precisión… todo estaba diseñado para protegerme de eso.

Pero ella, sin proponérselo, derribaba mis defensas con una facilidad que me aterraba.

Cuando me dijo que me odiaba, no lo sentí como una agresión, sino como un reflejo.

Los dos estábamos asustados, los dos intentando sobrevivir a algo que no entendíamos.

La aparté con más fuerza de la necesaria.

Vi cómo se tambaleó, y por un instante pensé en detenerme, pero el daño ya estaba hecho.

Su mirada lo dijo todo: no le dolía el golpe, le dolía que la rechazara.

Corrió hacia el baño y la puerta se cerró de golpe, dejando tras de sí un silencio insoportable, dejándome atrás.

Me quedé quieto, mirando esa puerta como si al hacerlo pudiera revertir lo que acababa de pasar.

No podía.

Esta vez no.

Por primera vez desde que entré a Génesis, no supe qué hacer.

El silencio de la cabina me pesaba.

Solo se escuchaba el zumbido del sistema de ventilación, un sonido constante que normalmente me calmaba, pero que ahora se sentía opresivo.

Caminé de un lado a otro, intentando liberar la tensión.

El eco de su voz seguía en mi mente, y con cada repetición me sentía más fuera de lugar, más expuesto.

Entonces mi mente hizo lo que siempre hace cuando no puede con el presente: huyó al pasado.

El aire olía a lluvia y a tierra mojada.

Isabella iba unos pasos delante de mí, con las coletas mal hechas y ese abrigo rojo heredado que le quedaba grande, pero que ella decía que la hacía “ver más importante”.

Tenía cuatro años; nuestra vida no giraba en torno a lujos ni comodidades; éramos niños que sabían qué era en realidad el mundo; sin embargo, a Isabella parecía no afectarle; sabía correr, meterse donde no debía y salir con una sonrisa.

Chris apenas tenía dos, iba medio dormido contra mi hombro, pesado, pero no podía dejarlo atrás.

Yo tenía seis.

Éramos niños, sí, pero nadie estaba pendiente de nosotros, quizá nuestros padres a veces, pero ellos estaban ocupados trabajando, que casi no los veíamos; era casi como si mi único propósito fuera cuidar de ellos.

No era heroico ni trágico.

Era lo que tocaba.

La perdí de vista por segundos.

Se soltó de mi mano cuando vio algo; nunca supe qué.

Un perro, un juguete, una pelota.

Da igual.

Corrió.

Le grité que volviera.

Se rio como siempre hacía cuando pensaba que exageraba.

Y luego vino el temblor.

Fue corto.

Un golpe seco bajo los pies, como cuando un camión pasa muy rápido por la calle.

Después, el rugido.

La gente gritó, empujó, corrió.

Chris se despertó llorando.

Lo apreté contra mí y busqué a Isabella entre las piernas, el polvo, los cuerpos.

No la encontré.

Solo vi su bufanda roja elevarse entre la nube de tierra, como si alguien tirara de ella hacia el lado contrario.

Extendí la mano, pero no llegué a tocar nada.

Y después, desapareció.

Ese fue el día en que aprendí que proteger a alguien también puede ser una forma de fallar.

Desde entonces, cada intento de cuidar a alguien se convirtió en una batalla contra mí mismo.

No podía repetirlo.

No podía permitir que Annie se convirtiera en otro nombre en mi lista de errores.

Sacudí la cabeza, intentando volver al presente, pero el recuerdo seguía pegado a la piel.

Annie había tocado esa herida sin saberlo.

Había visto más de mí de lo que cualquiera debería.

Y eso me asustaba más que cualquier falla del sistema o amenaza externa.

Ella era una variable imposible, un error en mi ecuación.

Cada vez que estaba cerca, todo lo que daba por seguro se volvía un caos.

Cada vez que me miraba, el control se me escapaba de las manos.

Por eso la provocaba.

Por eso insistía en mantener las reglas, en esconderme detrás de protocolos y sarcasmos.

Necesitaba que ella reaccionara, que me diera algo que pudiera analizar, medir, controlar.

Pero en el fondo, lo sabía: no quería controlarla.

Quería entender por qué me hacía sentir vivo.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

El beso.

No fue planeado ni correcto.

No fue lógico.

Fue puro instinto, pura humanidad.

Por primera vez en años, perdí el control.

Dejé de ser el líder del proyecto, el soldado que sigue las reglas.

En ese instante solo fui un hombre que no pudo resistirse.

Y lo peor fue que no quise resistirme.

En ese beso sentí algo que había olvidado: esperanza.

Y la esperanza, para alguien como yo, era peligrosa.

Me apoyé en la pared, intentando recuperar el aliento.

El metal estaba frío contra mi espalda, pero no lograba enfriar lo que tenía dentro.

Del otro lado de la puerta, el sonido del agua me recordó que Annie seguía allí, viva, furiosa y completamente fuera de mi alcance.

Mi instinto me decía que debía dejarla ir, mantener la distancia, volver a los protocolos.

Pero cada parte de mí gritaba lo contrario.

¿Cómo se protege a alguien sin destruirse en el intento?

Esa pregunta me había perseguido desde el día en que perdí a Isabella.

Y aunque intente ignorarla, siempre volvía a mí.

No podía repetir ese error.

No podía perder otra vez a alguien que ni siquiera sabía que ya estaba dentro de mí.

Caminé por la cabina una y otra vez, buscando orden donde ya no lo había.

Las pantallas, los informes, los cables, todo parecía fuera de lugar, igual que mi cabeza.

Ella no debería importarme tanto.

Y aun así, lo hacía.

Recordé su mirada antes de correr al baño: esa mezcla de rabia y dolor.

No me odiaba.

Me temía.

Y con razón.

Yo no era seguro.

Nunca lo fui.

Mi deber era claro: cumplir el proyecto, proteger a la tripulación, mantener la estabilidad.

Pero había otra misión, una que nunca apareció en los informes ni en los registros de Génesis: Isabella.

Ella seguía viva, lo sentía.

Quizás bajo otro nombre, en otro módulo, pero en algún lugar del sistema.

Debía encontrarla y, hasta no hacerlo, no podía permitirme distracciones.

No podía permitirme sentir.

Annie era una distracción.

La más peligrosa de todas.

A veces pensaba que Génesis nos había diseñado para fracasar.

Intentaban crear perfección, pero olvidaron algo esencial: seguimos siendo humanos.

Y los humanos, por mucho que lo nieguen, siempre terminan sintiendo y siguiendo impulsos de lo que creen que es correcto.

Me acerqué a la puerta del baño y apoyé la mano sobre el metal frío.

No dije nada durante varios segundos.

Solo respiré.

Y, al final, las palabras salieron solas.

—Lo siento.

No esperaba respuesta.

Tal vez me escuchó, tal vez no.

Pero el sonido del agua siguió, y mi voz quedó suspendida en el aire como una confesión que no necesitaba testigos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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