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Nosotros en las estrellas - Capítulo 20

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20: 19- Falling 20: 19- Falling Canción sugerida: Falling – Harry Styles Cuando finalmente salí del baño, la cabina estaba vacía.

No quedaba ni un solo rastro de Zeke; era como si se hubiera evaporado en el aire de la nave.

Quise convencerme de que era lo lógico.

Después de todo lo que había pasado, de lo que habíamos hecho y sentido, él debía alejarse; era lo obvio incluso para mí.

Era algo que habíamos aprendido con los años.

Génesis Lab nos lo había enseñado de esa forma; el instinto de huir de lo desconocido era uno de los mandatos.

Nos lo repetían una y otra vez: “Si no sabes qué hacer, corre; si tienes miedo, aléjate”.

También era así en las simulaciones, siempre era igual: aparecía la alerta de peligro de algo desconocido, la única opción lógica era correr, esconderse, evitarlo.

Y aunque esto nos lo habían enseñado en las diferentes simulaciones para poder sobrevivir a bestias salvajes o climas extremos, quizá había quedado configurado en nuestro sistema para cualquier situación que desafiara nuestra confianza.

Entendía que para Zeke era su manera más efectiva; le resultaba fácil esconderse tras su máscara de líder.

Era lo que hacía mejor: desaparecer cuando las emociones se salían del esquema.

Pero, aunque lo comprendía, eso no hizo que doliera menos su ausencia; se sintió como una fractura silenciosa, un vacío que se instaló en el centro de mi pecho.

Esa noche no sé cuánto tiempo pasó; yo solo me mantuve sentada al borde de la cama, viendo cómo la luz artificial cambiaba con las horas.

Después de todo, Zeke y yo seguiríamos compartiendo el mismo espacio; sin embargo, él y yo ya no éramos los mismos.

Pasaron los días y, después de tanto tiempo juntos, nos habíamos convertido en dos cuerpos orbitando alrededor del otro; convivíamos en el mismo lugar, sí, pero ya no hablábamos mucho; éramos dos personas que habían quedado atrapadas en una gravedad invisible que ni siquiera nosotros entendíamos.

Los días que siguieron me refugié en el trabajo, en los datos, en las simulaciones.

Creía que si llenaba mi cabeza de fórmulas, podría callar lo que pasaba dentro de mí.

Pero cada noche, al apagar las pantallas, el silencio se hacía insoportable, y recordaba que había cosas que ni la lógica ni el entrenamiento podían arreglar.

La única forma de seguir era fingir.

Fingir que nada había pasado, que el beso fue una reacción, un error del momento.

Fingir que no recordaba su voz temblando por un segundo o el calor de sus manos en mi piel.

Fingir que no me importaba.

Comíamos en silencio, hablábamos lo justo y, cada vez que podía, escapaba a cualquier parte de la nave con tal de no estar cerca de él.

Y aun así, aunque cada día me recordaba que no había pasado nada, que el beso había sido solo un error.

Mi mente siempre intentaba buscar la razón, el porqué estaba fallando, el porqué no podíamos estar juntos, y todo me llevaba a las mismas preguntas que no me dejaban en paz: ¿en qué fallé?

¿Cómo fue que, justo cuando bajé la guardia, lo único que encontré fue un muro más alto, más frío, más impenetrable?

Me odié por haberle mostrado mi parte más humana.

Por creer, aunque fuera por un segundo, que podía confiar en él.

Y sobre todo, por seguir esperando que algo en Zeke cambiara.

Los días pasaron con ese sabor agrio de rutina forzada.

A veces fantaseaba con enfrentarlo, con pedirle explicaciones.

Otras veces deseaba que desapareciera para siempre, que me dejara con mi soledad, esa que al menos entendía.

Pero al final del día, cuando volvía a verlo o en esos micromomentos en que nuestras miradas se cruzaban, no hacía nada.

Ni huir ni quedarme.

Solo existir.

Hasta que una semana después y con todo el caos de por medio, algo pasó: Zeke volvió.

Estaba en la cocina, mi rincón de escape, tratando de concentrarme en un informe mientras el café que había hecho y no me había bebido se enfriaba al lado.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

No tuve que mirar.

Era él.

Siempre podía sentirlo antes de que hablara.

El aire cambió, tenso, como si la habitación se encogiera.

Sus pasos eran rápidos, decididos, como si viniera con algo demasiado grande para guardárselo.

Cuando levanté la vista, lo vi diferente.

No era el Zeke contenido ni el líder impasible.

Había algo en sus ojos, una intensidad nueva, algo urgente, como si acabara de ver algo que podía cambiarlo todo.

—Woods, el Código de Cristal —dijo, y el tono bastó para borrar cualquier intento de fingir calma.

Antes de que pudiera preguntar, desplegó un holograma frente a mí.

Cientos de líneas de código, gráficas y registros comenzaron a girar en el aire.

El brillo azul iluminaba su rostro, y por un momento sentí que estábamos justo en el centro de algo que escapaba por completo a nuestra comprensión.

—¿Éxodo I?

—pregunté, más en un susurro que otra cosa—.

Esa misión fracasó, Zeke.

Todos murieron en el Quiebre.

Ni siquiera despegaron.

Es historia muerta.

—Sí —respondió sin mirarme—, pero no todo lo que nos contaron es cierto.

Estuve cruzando tus datos con fragmentos del archivo original.

Las interferencias en tus simulaciones, tu resistencia a las variables…

Woods, no son fallos.

Son parte de la teoría principal de Génesis Lab.

Sentí un nudo en el estómago.

¿Teoría principal?

¿De qué estás hablando?

Zeke levantó la vista.

Tenía esa mezcla de miedo y determinación que solo aparece cuando alguien se atreve a decir algo que puede cambiarlo todo.

—Tengo una teoría —dijo despacio, casi en un susurro—.

Creo que tú eres parte de eso.

El aire se me quedó atascado en la garganta.

—¿Yo?

—Annie… tú no debías estar en esta nave.

Debiste estar en la primera.

El cuerpo se me tensó.

Las palabras sonaban como un eco de algo prohibido.

—Oh, genial —dije con una risa nerviosa—.

Sé que a veces me odias, pero ¿tan así?

Zeke, eso no tiene sentido.

Los designados para Éxodo I fueron científicos, adultos, no niños.

—No me refiero a eso —dijo él, con firmeza—.

Digo que tu genética encaja perfectamente con lo que era el núcleo del proyecto.

Me pasé una mano por la cara.

—Zeke, ya basta.

Lo que estás diciendo es absurdo.

Para que eso fuera cierto, mis…

—Me quedé callada—.

Mis padres tendrían que haber estado metidos en algo así.

Y ellos murieron en el Quiebre.

No tiene nada que ver conmigo.

Zeke dio un paso al frente, con la voz baja, pero implacable.

—Tus padres, Arthur y Alexandra Woods, estaban detrás del diseño del “Código de Cristal”.

Era real, Annie.

Querían crear humanos capaces de adaptarse genéticamente a cualquier entorno.

Cuerpos que sobrevivieran donde los demás fallan.

Y tú…

tú tienes todos los indicadores.

Tus pruebas nunca muestran límites porque no los tienes.

Las palabras me atravesaron como agujas.

Negué con la cabeza, intentando sostener lo poco que aún creía cierto.

—Ellos eran médicos, Zeke.

Salvaban vidas, no hacían experimentos.

—A veces ambas cosas pueden ser lo mismo —dijo, con una tristeza que no supe si era por mí o por él—.

Tal vez querían salvarnos.

O tal vez solo querían probar que podían hacerlo.

El mundo empezó a girar.

Las imágenes del holograma se mezclaban con los nombres, las fechas, los informes con el sello de Génesis; con cada segundo que pasaba, las cosas se volvían más borrosas.

No podía respirar.

Todo lo que creía cierto se desmoronaba ante mis ojos.

Me dejé caer al suelo.

Sentí las manos de Zeke intentando alcanzarme, su voz diciéndome algo, pero el ruido en mi cabeza era más fuerte.

Duele, pensé.

Duele como si me arrancaran otra vez a mis padres, pero esta vez no por la muerte, sino por la mentira.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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