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Nosotros en las estrellas - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 20-Love the Way You Lie
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21: 20-Love the Way You Lie 21: 20-Love the Way You Lie Canción sugerida: Love the Way You Lie – Rihanna Todo era blanco.

Un brillo tan intenso que me ardía en los ojos incluso antes de abrirlos.

El techo, liso y sin grietas, parecía flotar.

El pitido del monitor marcaba un ritmo constante, como un metrónomo que me recordaba que seguía viva.

Tardé varios segundos en entender dónde estaba.

El olor químico, el aire seco, el zumbido eléctrico del sistema.

La enfermería.

Intenté moverme, pero el cuerpo no respondió.

Solo un dolor agudo en la cabeza y un sabor metálico en la lengua.

Parpadeé varias veces hasta que todo empezó a enfocar.

Un suero colgaba sobre mí, los electrodos en el pecho me irritaban la piel y un sensor en el dedo marcaba mi pulso con una precisión que daba miedo.

Todo estaba controlado.

Perfectamente inhumano.

Giré la cabeza a la derecha, y ahí estaba él.

Zeke.

Sentado en una silla, encorvado, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos.

Tenía la misma ropa del día anterior, arrugada, manchada, el cuello del uniforme desordenado.

No dormía.

Ni siquiera se movía.

Solo respiraba.

Por un momento, olvidé todo lo demás: el Código de Cristal, el Quiebre, las teorías imposibles.

Solo vi a un chico agotado, con los hombros vencidos, cargando más peso del que podía soportar.

—¿Zeke?

—murmuré.

Mi voz sonó áspera, como si hubiera gritado dormida.

Él levantó la cabeza, y en su mirada se cruzaron tantas cosas que no supe por cuál empezar: alivio, culpa, miedo… y algo que casi parecía ternura, hasta que se cubrió otra vez con la misma máscara de siempre.

—Te desmayaste —dijo con ese tono profesional que usaba cuando no sabía qué sentir—.

Tu ritmo cardíaco estaba alterado.

Te traje aquí.

—Gracias, doctor —respondí, con sarcasmo.

Fue lo único que pude decir.

—Veo que hoy habla el robot, no la persona.

—Woods… —empezó, pero lo interrumpí.

—¿Matthew?

—pregunté de golpe.

Necesitaba saber si estaba bien.

—Le dije que estabas bajo observación —contestó, desviando la mirada—.

No quería que se preocupara.

Asentí, aunque por dentro se me encogió algo.

Sus palabras despertaron todo lo que intentaba mantener enterrado: los archivos, los nombres, mis padres.

El Código de Cristal.

El corazón se me aceleró otra vez.

—Fue un sueño, ¿verdad?

Todo lo que dijiste de mí, de mis padres…

No es verdad —susurré, moviendo la cabeza—.

No puede ser verdad.

Zeke suspiró.

—Los datos no mienten, Woods.

—¡Mis padres eran doctores!

—grité, más fuerte de lo que pretendía—.

¡Curaban personas, Zeke!

No harían esto.

Nunca lo harían.

Él no respondió.

Me miró con los ojos cansados, y su silencio dolió más que cualquier palabra.

No disfrutaba tener razón; se notaba.

Estaba tan perdido como yo.

Me arranqué los sensores del pecho con torpeza.

El monitor empezó a pitar sin control, pero no me importó.

Solo quería salir, respirar algo que no oliera a desinfectante y mentira.

—Necesito ver a Matthew —dije, intentando incorporarme.

Zeke se levantó enseguida, poniéndose entre la puerta y yo.

—No estás en condiciones, Annie.

Espera un momento.

—¡No me toques!

—le grité, intentando esquivarlo.

Pero el cuerpo me traicionó.

Todo giró, y el suelo se desvaneció bajo mis pies.

Si no fuera por sus brazos, habría caído.

Me sostuvo con fuerza, sus manos firmes alrededor de mi cintura, su respiración rozando mi cuello.

—Te lo dije, Woods —murmuró—.

No puedes seguir fingiendo que nada pasó.

—Para ser un robot, tu corazón late rápido —le solté, con una sonrisa cansada.

Él no sonrió, pero tampoco me soltó.

—Es el susto.

No quiero que mi paciente muera dos veces en el mismo día.

No sería bueno para mi reputación.

—No siempre tienes que tener razón, Zeke.

—No te haré daño, Annie.

Nunca lo haría.

Esa frase me desarmó.

No tenía defensa contra algo tan simple.

—Solo quiero hablar con mi hermano —insistí.

Zeke asintió.

—Voy contigo.

Caminamos por el pasillo en silencio.

Las luces blancas parpadeaban, el aire vibraba con ese zumbido constante del sistema, y su mano se mantenía firme en mi espalda, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

Cuando llegamos a la cabina de Matthew, toqué el comunicador.

La puerta se abrió al instante.

Matt apareció con el rostro pálido y los ojos abiertos de preocupación.

Pero cuando vio a Zeke detrás de mí, su expresión cambió al instante.

—¿Qué hace aquí?

—soltó, con tono cortante.

—Me acompañó —respondí antes de que Zeke pudiera hablar.

—Ya puedes irte, Kavan —dijo mi hermano, bloqueando la entrada.

—No puedo —replicó Zeke—.

Mi paciente sigue bajo observación.

No quiero que vuelva a desmayarse en el camino.

El aire se tensó entre los dos, como si en cualquier momento fuera a estallar algo.

Me interpuse antes de que las chispas prendieran fuego.

—Matt, estoy bien.

Pero tenemos que hablar.

Los tres.

Y les conté todo.

El Código de Cristal, los archivos, lo que Zeke había descubierto.

Los nombres de nuestros padres.

Todo.

Matthew escuchó en silencio, sin interrumpirme, con la mandíbula apretada.

Cuando terminé, negó con fuerza.

—No fue así —dijo, con voz tensa—.

No éramos parte de un experimento.

Zeke cruzó los brazos.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo viví —respondió Matt, mirándolo de frente—.

Annie estaba enferma.

Muy enferma.

Mamá y papá no intentaban crear nada.

Intentaban salvarla.

Me quedé inmóvil.

Zeke lo observaba con escepticismo.

Matthew dio un paso al frente.

—El Código de Cristal era el nombre del tratamiento, no un proyecto militar.

No un experimento.

Era una cura.

Su última esperanza.

Ellos te amaban, Annie.

No te diseñaron o modificaron.

Te salvaron.

—El amor no deja rastros genéticos anómalos ni archivos incompletos —dijo Zeke con frialdad—.

Tus registros están manipulados.

Nada concuerda.

—Tal vez los datos no lo muestran todo —respondió Matthew—.

Pero yo sí lo vi.

Vi a mamá pasar noches enteras cuidándola, vi a papá rogando que la medicina funcionara.

Eso también es verdad, aunque no salga en tus informes.

El silencio se volvió espeso.

—Entonces, ¿por qué borraron el registro?

—insistió Zeke—.

¿Por qué ella no recuerda nada?

—Porque era una niña —contestó Matthew, con un dejo de tristeza—.

Porque casi muere.

Y porque a veces la mente borra lo que duele demasiado.

Mis ojos se movían entre los dos.

No sabía a quién creerle.

—Yo recuerdo…

fragmentos —susurré—.

Dolor, luces, voces.

Mamá llorando.

Pero no entiendo.

Matthew asintió.

—No tienes que entenderlo todo ahora.

Solo confía en que ellos no te hicieron daño.

Te salvaron.

—¿Recuerdos y fragmentos?

—replicó Zeke—.

Eso no son datos, son cuentos para dormir.

—¡Cállate, Kavan!

—rugió Matthew, empujándolo con el hombro—.

¡Tú solo ves números, yo los vi a ellos!

¡Era amor!

—El amor no explica una genética alterada —contraatacó Zeke, firme—.

Ni por qué no hay registro alguno de esa enfermedad en toda la base de datos.

Matthew lo miró fijamente.

—¿Tú qué sabes de su historial?

—preguntó, en un tono bajo, peligroso.

—Me lo sé de memoria —confesó Zeke—.

He revisado cada simulación, cada informe, cada línea de código.

Me giré hacia él, la rabia subiendo como un golpe seco.

—¿Tú hiciste qué?

¡Te he dicho mil veces que no soy una variable que puedes estudiar!

¡No soy un experimento, Zeke!

Él no se defendió enseguida.

Me miró con una mezcla de cansancio y sinceridad.

—Hace mucho dejé de verte como una variable, Annie —dijo con voz baja—.

Pero tenías que saberlo.

Génesis Lab no acepta niños con condiciones médicas.

Jamás lo hizo.

Y, sin embargo, tú estabas aquí.

¿Por qué?

Porque nunca estuviste enferma como él lo sugiere.

Sus palabras quedaron suspendidas entre los tres, pesadas, irreversibles.

El Código de Cristal.

No solo un archivo.

No solo una teoría.

Yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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